Me acuerdo mucho de Melrose Place - Jot Down Cultural Magazine

Me acuerdo mucho de Melrose Place

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Melrose Place (1992–1999). Imagen: Fox Television Network / Spelling Television.

El secreto para ser un buen guitarrista de rock and roll es no lavarse. Son palabras de Izzy Stradlin, guitarrista de la formación original de Guns N’ Roses. Si no te duchas, la grasilla que recubrirá tu cuerpo te ayudará a recorrer el mástil de la guitarra con suma facilidad, explicaba. De las toneladas de literatura sobre este grupo que consumí en su momento, quizá sea esta la enseñanza que más he recordado toda la vida. Cuando luego he visto vídeos de otros artistas la observación volvía a mi mente. Qué bien toca Johnny Thunders el «Jet Boy» con New York Dolls. Claro, es que no se lava, pensaba. Luego descubría que el afamado vídeo de esa canción era un playback, pero oye, la magia del momento mugre estaba ahí. Seguramente en el estudio tampoco se había duchado.

A todos estos simpáticos y bucólicos detalles, tan evocadores ellos de un tiempo mejor, le hemos dado vueltas cuando se ha anunciado el regreso de la formación original no original de Guns N’ Roses. Serán unos conciertos en Estados Unidos con las entradas a unos precios que pueden subir unas décimas la inflación de ese país. Pero no será igual. Ya nunca podrá ser lo mismo. La época en la que eran toxicómanos, proxenetas, chaperos y se vestían con la ropa que cogían de los contenedores de basura nunca volverá. Es una pena muy grande. Sí. Muchos entramos en el punk de los setenta gracias a su disco de versiones, mencionado siempre de forma acotada: «el Spaghetti». Por ese camino llegamos a apreciar el valor artístico residente en salir a tocar en pelotas, reventarse una botella en el pecho y despedirse del público cagando sobre el charco de sangre. Sí, qué rebeldes hemos sido gracias a que un día, de niños,  escuchamos a los Guns.

Solemos, los que fuimos fans, masturbarnos mutuamente con estas teorías de la puerta de entrada. Darnos palmaditas en la espalda y grandes aplausos a nosotros mismos, pero olvidamos el mayor logro que tuvo este grupo cuando se puso de moda. No fue servir de primer paso en nuestras biografías melómanas rockeras. Fue, no se me caen los anillos por reconocerlo, todo lo contrario. Lo positivo de que se pusieran de moda Guns N’ Roses fue volvernos a todos un poco más pijos.

En 1991, cuando salieron sus singles de «Don´t cry», «November Rain» y «Civil War», ocurrió un hecho fantástico. Cientos, miles de adolescentes, en su mayoría féminas, que se habían comprado ese verano el musicassette de Alejandro Sanz Viviendo deprisa, se hicieron fans declaradas de los Guns. En casa, unos escuchábamos el temazo del momento, «Enter Sandman» de Metallica. Otros, «Se le apagó la luz», del bueno de Álex, pero al ir al cole, al encontrarnos en el bus, hablábamos de que en «Live and let die», cuando Axl Rose cantaba lo que ponía en las letras que decía «but if this ever changing world», lo que se le oía era «parecer ser changing world». Y nos reíamos. Nos dábamos codazos. Guiños. Nos hacíamos amigos. Estábamos unidos por algo gentes diferentes. Confluimos. Todo era hegemonía de masas y núcleos irradiadores.

En esta breve primavera de los tiempos ocurrió un momento mágico, porque luego nos separamos, nos bifurcamos, unos tiraron por «Una rosa es una rosa» de Mecano e «Historias de amor», de los nunca bien ponderados OBK, y los otros por el «Countdown to extinction» de Megadeth y el «Deltoya» de Extremoduro. Al volver de vacaciones del pajillero verano de 1991 —no recuerdo otras vivencias más espectaculares— el lanzamiento de los citados singles coincidió con el estreno en televisión de un hito de la televisión mundial, la ficción moderna y por qué no, la historia de la literatura: Sensación de vivir. ¿Y qué ocurrió? ¿Qué tiene que ver nada con nada en este texto? Pues que, unidos por los Guns, vimos la serie juntos. El domingo por la noche nos llamábamos por teléfono para comentar el episodio. Hablábamos, chicos y chicas, sobre el amor, sobre el dinero y sobre tupés: sobre filosofía. Y nos despedíamos con un «ahora me voy a poner “Don´t cry” para pensar en lo que le ha pasado a Brenda». Era mentira, claro, te hacías una paja, pero ibas de ese palo.

Sensación de vivir (1990–2000). Imagen: 90210 Productions Fair Dinkum Productions / Spelling Television / Torand Productions

Pero no es de Sensa de lo que quiero hablar, sino de lo que ocurrió al verano siguiente: Melrose Place. Un año de un adolescente equivale a siete de un adulto, como en los perros, y doce meses después ni nos acordábamos de Dylan y con «November Rain» ya nos dejábamos influir por los que decían que sabían y proclamaban que eso era una castaña y los Guns unos vendidos y unas vedetes y que solo había un dios verdadero, que era Metallica, que nunca jamás, ni de coña, serían unos divos. Sin embargo, una huella difícil de borrar se quedó dentro de nosotros a pesar de la reconversión. Como ese archivo que nunca se borra de un programa que alguna vez tuviste instalado en el ordenador. De modo que cuando apareció Melrose Place nos arrojamos también en sus brazos ávidos de romances. Estábamos programados.

No voy a venderles la serie yo ahora a ustedes. Ya deberían haberla visto, que ya tienen una edad. Además, tampoco podría resumir el argumento alegremente. Todo en esta vida se puede despachar con tres frases, pero Melrose Place no. Si no la has visto, necesitarías que de niño te la relatase tu abuelo dando largos paseos hasta que fueras un crío de cuarenta años. Lo que va a ocurrir en el mundo con el barril de petróleo a veintinueve dólares lo puede explicar cualquiera, lo que pasaba en Melrose no. Ahí uno frunce el ceño y dice: «es que es complejo».

Pese a todo la serie tiró millas en Telecinco con mayor o menor éxito de audiencia. Estaba concebida como una Sensación de vivir para adultos y en su aparición hubo un bello spin-off en el que Kelly saltaba de una serie a la otra para liarse con Jake. Kelly, interpretada por Jenny Garth, era una sufridora de primer orden. Millonaria de madre cocainómana, se enamoró en este episodio de un obrero motero, Jake, Grant Show, que la abandona de mala manera por miedo a herirla. Un conflicto generacional, de clases sociales. Ahí estaba todo. Además, Jake era un obrero de reformas que luego monta un garito. Pertenecía a una estirpe legendaria de grandes folladores.

Pero bueno, al fin y al cabo aquello era una serie más, con sus cosas y tal, pero una más. Sin embargo, en 1997 en España se produjo un acontecimiento planetario. Durante el verano, echaron doble capítulo mañanero de Sensa y doble de Melrose. Nada nuevo, pero el de Melrose correspondía a la quinta temporada. Los profanos desconocen la magnitud de lo que estamos hablando. Ana Karenina al lado de esa temporada es un mongotuit de Paulo Coelho.

Sin abundar especialmente en el asunto, mencionaré las dos grandes historias de amor que hicieron que ese verano edificantes comportamientos como estar bailando «Love & Respect» en los chiringuitos con un pantalón pirata blanco y un sombrero de paja careciera completamente de sentido. Y eso que también se podía levantar el dedo índice echando el hombro izquierdo hacia delante y luego el derecho y otra vez el izquierdo y así sucesivamente repitiendo el estribillo de «La Flaca» mirando a unas chavalas que no te hacen caso ninguno, pero tampoco tenía sentido. El verdadero carrusel de emociones en el verano de 1997 estaba sudando el culo delante del aparato televisor de tubo de rayos catódicos. Vean el porqué.

Peter Burns, Jack Wagner, era un doctor. Rubio, de ojos azules. Mala persona, buena persona, dependía de la trama del momento. De repente fue bueno para enamorarse de Amanda, Heather Locklear, verdadera estrella de la serie. De hecho, la introdujeron con la finalidad expresa de que levantase la audiencia. Como cuando fichas un delantero centro nato buen cabeceador en el mercado de invierno, que no sueles decirle que lo esencial es que le caiga bien al público porque lo importante es participar.

Su amor tuvo muchas trabas que no recuerdo, pero al final se consumó. Se fueron a vivir juntos y todos esperábamos, qué sé yo, que tuvieran un hijo o cuando menos vieran series juntos, cosas que hacen las parejas estables. Aunque en aquella época las parejas no eludían el sexo con refinados seriales de HBO sino con Esta noche cruzamos el Mississippi, pero ese es otro problema.

El caso es que cuando su romance estaba en orden, se mudaron al barrio los McBride, Kyle y Taylor, Rob Estes y Lisa Rinna. Él era un veterano de la primera guerra del Golfo que se despertaba por la noche entre sudores por el estrés postraumático del conflicto. Yo creo que lo que le atormentaba en realidad era que la guerra del Golfo marcó el final de la década de los ochenta y todo se llenó de abominables ritmos de batería quebrados, pero los guionistas no profundizaron en el trauma. Nos mostraron que abrió un restaurante y que su mujer era la metre, posición privilegiada desde la que dedicaba miradas y miraditas a todos los personajes del barrio que iban a comer. Peter entre ellos. ¿Pero era solo eso, una metre cachonda? ¿No había algo más? ¿Rompería Peter su amor con Amanda solo por tirarse a la primera que se le cruza en un restaurante? Claro que había más.

Resultó que Taylor era la hermana pequeña de la primera mujer de Peter, trágicamente fallecida y estaba enamorada de él en secreto desde niña. Y a falta de un Facebook desde el que espiar con un perfil falso a una persona con la que se está obsesionada, cogió los trastos y directamente se mudó debajo de la casa de su cuñado. Lo inevitable ocurrió y al final el cántaro fue a la fuente como un ciudadano maño arrojando un botijo con las dos manos contra un frontón y rompieron a follar y la pareja idílica con Amanda, dos rubios triunfadores, se fue al garete.

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Melrose Place (1992–1999). Imagen: Fox Television Network / Spelling Television.

No les contaría esto si acabase aquí el affaire. Cuántas parejas se habrán roto en culebrones. Miles. De hecho, en eso consiste este egregio género de la ficción de nuestro tiempo. En deshacer parejas y arrejuntarlas de nuevo en combinaciones de equis elementos tomados de equis en equis de forma obsesiva compulsiva.

Aquí, si Peter hubiera querido echar una cana al aire muy bien podría haber recurrido a los servicios de una profesional. Había gato encerrado. Y efectivamente lo que ocurría es que a Peter lo que le ponía era algo oscuramente irresistible y con lo que no podía competir cualquier escort. Empezó a vestir a Taylor con las ropas de su mujer fallecida y a actuar como que era ella. No recuerdo detalles más pormenorizados de tamaño drama, sobre todo para Amanda y también para Taylor, que no esperaba algo así. Pero sí hubo dos fotogramas inmortales que me siento en la responsabilidad de compartir con las nuevas generaciones.

En el primero, Peter y Kyle se emborrachan como dos buenos vecinos. Cuando llegan a casa abrazados tropezándose con todo, Peter se echa a dormir en el sofá del salón y Kyle se va a su cuarto. Entonces aparece Taylor, que arropa a Peter y, mientras este yace inconsciente completamente alcoholizado, le acaricia la cara, siente su pasión prohibida, le pasa los dedos por los labios y lo morrea.

Bien. Los técnicos de fotografía de Aaron Spelling hacían que todo cuanto sucedía en la serie resultase aséptico, para que pudieran consumirlo las buenas gentes de centro democrático sin salirse de su zona de confort, pero a cualquier persona, más si éramos españoles con una cultura alcohólica anterior a los romanos, y a los fenicios también, aquello lo veíamos como lo que era: una tía que le da un morreo a un borracho que está durmiendo la mona con la boca abierta de medio lado que además es el exmarido de su hermana la que se ha muerto. ¿Mas no es eso el amor? Nos preguntábamos. Pues sí. El amor puro. Otra cosa no podía ser.

Sensación, la del amor puro, no la arcada de lo de besar a borrachos comatosos, que volvía a repetirse en ese otro fotograma cuando Peter vestía a Taylor con las ropas de su ex y la observaba. Taylor sabía que algo ahí no iba bien —¿qué esperaba?— y tenía cierto gesto de preocupación. Pero Peter estaba entregado a su pasión y le importaba un huevo el qué dirán. Sus ojos eran lascivos, los entrecerraba cuando la veía, era la mirada de ese hombre que en 1999 escribió «busty blonde» en Altavista y en 2016 «hairy natural granny» en Google. Difícil de olvidar todo aquello. Ahí se hallaba el amor puro en toda su intensidad. Y vuelvo a sentirlo una y otra vez cuando un pornotube me dobla el alma. Aquí estoy yo, como el doctor Peter Burns, me digo. Y también miré como Peter la victoria de Grecia en la Eurocopa de 2004 y el documental de Metallica en el que hacen terapia de grupo porque uno está un poco plof y le tiemblan los ojos como a Candy Candy.

Y la otra escena inolvidable de aquella época fue una historia, más que un fotograma. Compañero de Peter era el doctor Mancini, Thomas Calabro. Mentiroso, manipulador y avezado follarín, el doctor era un no parar de grandes momentos para la posteridad, pero lo que le ocurrió con su mujer no tuvo nombre de dios. Resulta que el hombre estaba corriendo por la playa cuando conoció a una rubia muy simpática. Se llamaba Megan, interpretada por Kelly Rutherford que ahora lo ha petado en Gossip Girl, y nada, se conocieron, hicieron migas y el doctor Mancini como entendía que era tradición familiar o algo así se la chingó. El problema entonces era su mujer. Porque se conoce que le gustó tirársela y repitió. Megan era dulce, agradable. No como su parienta, Kimberly, Marcia Cross, una estirada de tres mil pares y capaz de unas maldades que ni la banda terrorista ETA. O sí, porque al final de la temporada tres con mucha tranquilidad puso una bomba en el complejo de apartamentos que da nombre a la serie. Cosas que pasaban.

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Melrose Place (1992–1999). Imagen: Fox Television Network / Spelling Television.

Pero esta trama no iba de terrorismo, iba de redención, como en las películas de John Ford. Ya que… ¿Por qué ligó el doctor Mancini, achaparrado y cetrino, con una pedazo de rubia cuando iba, ítem más, en chándal? Pues porque Megan era una escort, a la que por cierto muy bien podría haber recurrido Peter para vestirla como su mujer y ahorrarse así un desagradable drama doméstico con Amanda, que había pagado ¡Kimberly! para que se ligase a su marido. Sería para conseguir un ventajoso divorcio, dirán ustedes. Pues no. Fue porque tenía un tumor cerebral incurable y le quedaban meses de vida. Quería que su marido no sufriese por ella, rebajar como pudiera el disgusto y esa brillante idea fue lo que se le ocurrió. Un gesto noble antes de expirar en una vida plagada de intrigas y vilezas. Redención. Expiación. Ya saben quién estaba detrás de esa decisión: el amor puro.

Al año siguiente, 1998, todo cambió. Empezó a llegar internet. Nuestras vidas se volvieron más aburridas y pasarse un verano viendo series ha llegado a ser hasta normal. No obstante, en horario infantil, nunca volvió a verse en una serie tanto amor puro reconcentrado de tal manera que hasta desviaba la luz solar. Gracias Aaron. Nunca lo olvidaremos. Que la Troika te nombre presidente del Reino de España.

25 comentarios

  1. Alvaro, crack.

  2. No he entendido nada aparte de que el autor follaba tan poco como yo en los noventa. Te queremos.

  3. Adoro Jot Down, hasta en sus momentos más lisérgicos bien empapados de sirope trash. Pero este ¿artículo? me parece una triste pérdida de tiempo. Y eso que yo veía MP! De verdad, no vale la pena recordar ese universo televisivo ni 5 minutos. Con todo el respeto.

    • Bueno, es que los temas se van agotando. Acabaremos hablando de Belén Esteban y deTorrebruno si nos sale de las gónadas…

  4. Yo empezaba esas mañanas estivales (las que me levantaba sin resaca) viendo la australiana “los rompecorazones”. Si ahora apuntando hacia los cuarenta somos unos moñas no es por casualidad. Menos mal que hoy hay viento fuerte y el aire se llevo las lagrimas cargadas de nostalgia que me provoco esta lectura.

    • Coño, es que Los rompecorazones era buena de verdad. La he estado buscando para tragármela de nuevo como quien ve algo de HBO. Igual un día hay que escribir algo sobre el romance de Drazic y Anita. Por cierto, que he comprobado fuera de España que la pasión por Drazic entre las chavalas fue muy intensa, más que aquí.

      • Ayyy.. Los Rompecorazones!! Cómo estaban los niños australianos!!! Y que carrerones los de los protagonistas de la primera Melrose…dónde esta la foto de grupo con el Grant Show (destinado a telefilms de antena3), el Andrew Shue, la Daphne Zuñiga (la fotógrafa) y la Jossie Bisset (¿no era la mujer del Calabro?) y su hermana la locandia que en la vida real esta casada con que hacia de vecino gay (Doug Savant, que acaba otra vez de vecino hetero esta vez en Wisteria Lane de la Marcia Cros?). Y la Lisa Rinna que sale en un realty show de Mujeres Millonarias de Beverly Hills (o Mujeres recauchutadas de Beverly Hills). Ya no se hacen culebrones como antes… Pero la best de todas las best era Joan Collins en Dinastia y en los Colby: Con tanto divorcio acabó llamándose Alexis Dexter Carriganton Colby!!! maravilloso nombre.

        • El tema que trataré cuando se borren las secuelas de este artículo es Falcon Crest

      • Pues yo que tú no lo haría, forastero. Hace unos añeles hice ese experimento HBO style con una serie que recordaba habían pasado en la 2 y el milagro de la red hizo que la encontrara de nuevo. Hablo de la muy noventera “es mi vida /My so called Life” (aquí yo no puedo dejar de mencionar que para pasiones, Jaret Leto en la piel de Jordan Catalano), y la sensación de pena que te queda es tan…de pena. Como jugar a un emulador de Spectrum esperando que el juego de aquellos maravillosos años te haga segregar la misma cantidad de adrenalina que entonces, o ir a un bar de los bajos de Arguelles a escuchar esos Guns y Metallica que mencionas en el artículo… que no, que no, no mires atrás o puedes quedarte convertido en estatua de sal.

        • jajaja… con los emuladores te invade una sensación de por qué hago esto que no tenías entonces. La verdad es que no conozco Es mi vida, pero me he acordado de Felicity, que también la seguía fiel y era droga dura.

          • Pues yo también recuperé “Es mi vida” hace poco, y bien que la disfruté. Álvaro, hazte con ella: sufrirás un rapto y sentirás por unos minutos que Internet nunca existió. Te apetecerá ser un introvertido noventero poca cosa y sin sentido del humor; una gloria, oiga.
            Y la música (de antes de que los años de publicación de los discos se hiciesen indistintos) resiste bien, así que todo OK.

  5. Juas, “Sensación de vivir”. Oye, ¿es cierto que en España llamaron a Pulp Fiction “La ficción del pulpo”?

  6. señor alvaro corazon… con perdon.. ud. esta muy enfermo.. no lo dude vaya al especialista… dificil pero tiene cura..

  7. Increíble artículo.gracias. Grandes risas. Éramos tan jóvenes que ofende

  8. Gracias por el artículo, muy grande.

  9. Ja,ja,ja,ja. Muy bueno, lo has clavao todo.

  10. Oye, felicidades. He llegado de casualidad al artículo y me ha encantado. La verdad es que la serie fue mejorando conforme degeneraba y las tramas se iban volviendo más locas. Kimberly era la mejor y también la hermana de la rubia de pelo corto, que no me acuerdo ahora. Las locas enamoradas del doctor Mancini. Aunque de lo que más me acuerdo es del principio, con el rollo de Allison y Billy. Qué coñazo Allison. Más de una vez le canté de broma a una novia que tuve la canción de “Allison” de los Pixies cuando se ponía pesada.
    Todavía ponen (o ponían, el verano pasado) los sábados a eso de las siete de la mañana en telecinco episodios nuevos de Sensación de vivir, la nueva generación y alguna vez me los he tragado, pero no es lo mismo.
    Guilty pleasures, que se llaman, ¿no?

    • La nueva generación no la he visto, pero Sensa crepuscular, cuando David se drogaba y estaba Tiffani Amber Thiessen creo que todavía daba emociones fuertes. La letanía de Billy me hubiera gustado contarla, su mala suerte, pero se me iba ya muy largo el engendro.

      • David interpretado magistralmente por Brian Austin Green novio real por aquel entonces de Tiffani (que venia de “salvados por la campana) y actual (creo que aún) de Megan Fox.

        Me voy a por la superpop.

  11. Lo que me he despollado xDD Qué grande!!

  12. Grande “Melrose”, grande “SenSa” y grande Aaron Spelling.

  13. Qué genialidad y qué maromo el Jake!

  14. ¡Melrose Place fue absolutamente grandiosa! Sobre todo sus temporadas tercera y cuarta. No sólo revitalizó un género y la carrera de una actriz tan genial como Heather Locklear, que será por siempre la feroz publicista Amanda Woodward, también nos descubrió a otros talentos femeninos como Marcia Cross (por cierto, ¿no es su Bree de Mujeres desesperadas la gemela idéntica de Kimberly Shaw, separada de ésta al nacer?), Laura Leighton (Sydney, el personaje que apareció de forma imprevista para ganarse nuestros corazones) o Kristin Davis (antes de su ñoña Charlotte de la almibarada Sexo en Nueva York, demostró en MP que podía ser una perfecta arpía).
    Algún incauto se sacó de la manga una infumable secuela con infumables nuevos personajes, hace un lustro. Por supuesto, sólo destacaré la repesca de algunos de los caracteres originales: Sydney, Jo, Jane, Michael y por supuesto Amanda, la eterna special guest star Heather Locklear.

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