Un hombre solo - Jot Down Cultural Magazine

Un hombre solo

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Frank Sinatra. Foto: Corbis.

Frank Sinatra. Foto: Corbis.

Soy un solitario, pero no por voluntad. Sufro mucho en soledad. (…) Por la noche soy casi otra persona. Es cuando me relajo de verdad. Cuando ya no hay nadie en ningún lado, no estás solo porque no tengas nadie a quien ver, sino porque la gente está durmiendo. (…) El gran problema vital es la soledad. ¿Qué hace la gente cuando está sola? No lo sabe nadie. Nos quedaríamos todos estupefactos». (Iván Zulueta)

Todo nuestro mal proviene de no saber estar solos. (Jean de la Bruyère)

Según un reciente estudio elaborado para las fundaciones AXA y ONCE, más de la mitad de la población española ha experimentado en el último año sensación de soledad, aunque solo cuatro millones de personas aseguran sentirse solas con mucha frecuencia. Dicen los comecocos que para sentirse solo no hace falta vivir solo, aunque son los solteros en paro los más proclives a estos sentimientos. En castellano no hay, como en inglés, una palabra diferente para cada cosa, pero no es lo mismo «estar solo» (alone) que «sentirse solo» (lonely). La procesión suele ir por dentro, así que la soledad espiritual te puede atacar en cualquier instante y lugar, da igual que te encuentres en medio de una manifestación de cientos de miles de seres, en un abarrotado estadio de fútbol o en una cama llena de cuerpos desnudos.

A continuación, hablaremos de la soledad como calvario mental, como noche oscura del alma, como desequilibrio interior. Y lo haremos a través de tres artistas musicales que han utilizado la frase «Un hombre solo» para titular una canción y su respectivo álbum. Juntos, los tres elepés, las tres canciones, forman un desolador tríptico a través del cual intentaremos diseccionar la soledad masculina, muy distinta en fondo y forma de la femenina, tratada por cantantes como Nico, Cecilia o Billie Holiday y que abordaremos en un futuro reportaje.

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Pese a que también había escrito canciones para estrellas como Jeanette, Marisol, Raphael, Bambino o Rocío Jurado, el compositor Manuel Alejandro sentía debilidad por Julio Iglesias; en su día, dijo de él que «Julio es el buen hacer, el buen decir, el sentido de la estética, del buen gusto, el no querer molestar nunca, la sencillez. Es como un buen vino, en sus años medios. Me quedo muy a gusto cuando canta mis canciones». Pensando en él parió «Un hombre solo» en 1987. La gran paradoja es que, en ese momento, Julio ya llenaba estadios y era presentado en la televisión estadounidense como «el cantante más famoso del planeta». La grandeza de la canción está en que explora la soledad del artista de éxito, rodeado de fans y mujeres, pero embargado por una miseria existencial incluso más dolorosa que la del común de los mortales. Es la angustia del que todo lo posee pero, aun así, siente vértigo al asomarse al abismo de su alma, y ver que a pesar del dinero, de la salud y del amor… falta algo:

Lo tengo todo, completamente todo; mil amigos y amores y el aplauso de la noche. Lo tengo todo, completamente todo; voy por la vida rodeado de gente que siento mía. Voy de abrazo en abrazo, de beso en risa, me dan la mano, cuando es precisa; la loca suerte besa mi frente por donde voy. Pero cuando amanece, y me quedo solo, siento en el fondo un mar vacío, un seco río, que grita y grita que solo soy un hombre solo.

La canción se estrenó con un videoclip que no he logrado encontrar en internet, quizá por ser el más raro y austero de la carrera de Julio: vestido de blanco y con un jersey negro atado a la cintura, el cantante hace playback rodeado por el lóbrego decorado de una calle vacía y tenebrosa, que representa la cara oculta del escenario; como dijo Julio en una entrevista de la época, «cuando las luces se apagan, los artistas nos vamos a otro lugar y estamos solos como cualquier otra persona».

Pero esta canción sería como un verso suelto si no estuviera incluida en Un hombre solo, un álbum conceptual sobre fatigas sentimentales compuesto íntegramente por Manuel Alejandro, que se vendió como churros y fue premiado con un Grammy. Según contó Julio Iglesias, el proceso creativo de esta cumbre de la canción melódica fue muy parecido a la concepción de una obra pictórica: «Manolo es capaz de hacer nuevas esas palabras tan viejas que tiene el amor. Para el disco, él empezó a pintar un cuadro y yo estaba detrás y él pintaba y pintaba, y cuando un día me dijo que mirara el cuadro, me reconocí totalmente».

Entre las diez canciones del disco, destacan los hits «Que no se rompa la noche» y «Lo mejor de tu vida», que ofrecen inquietantes puntos de vista sobre el amor: la primera lo considera un sentimiento tan frágil que se puede «romper» en cualquier momento, y la segunda, un acto de vampirismo: «Lo mejor de tu vida me lo he llevado yo / lo he disfrutado yo / me lo he bebido yo».

Otros temas hablan de pasiones prohibidas («Todo el amor que te hace falta»), galanes escurridizos («Procura hablarle tú»), o ensayos para reavivar relaciones moribundas («Intentando otra vez enamorarte»), pero el protagonista es siempre un varón que acaba abrazando la soledad de forma voluntaria o involuntaria.

La perla oculta del disco es «Evadiéndome», el discreto y emocionante lamento de un hombre que trata en vano de superar un desengaño amoroso y huye de la realidad para evitar el dolor: «Amando sin querer amar; olvidándote. Luchando sin querer luchar; aturdiéndome. Volando sin querer volar; destruyéndome. Bebiendo sin querer beber; evadiéndome».

En una línea más luminosa y optimista, el disco se cierra con la esperanza ciega de «Alguien», donde, un tanto narcotizado, el crooner fantasea con un posible amor que llene su vida, sin caer en la cuenta de que hace falta algo más que una persona para llenar ese vacío metafísico. Más acertada resulta la espesa nostalgia de «El mar que llevo dentro», una evocación del océano como punto de fuga, es decir, como símbolo de muerte, de eternidad o, lo que viene a ser lo mismo, de realización espiritual.

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En 1969, Frank Sinatra grabó una canción titulada «A man alone» para un disco homónimo, íntegramente escrito por el compositor y poeta Rod McKuen. A su vez, McKuen era uno de los crooners más oscuros del mundo, autor de una abultada discografía de discos cantados y, sobre todo, recitados; acababa de publicar In search of eros, subtitulado «amor y soledad en la era del erotismo», una deliciosa y reaccionaria apología del amor eterno en el siglo de la promiscuidad.

A la hora de componer para Sinatra, McKuen echó toda la carne en el asador y parió un fascinante disco conceptual sobre la soledad, que Frank acarició con su voz de oro, logrando las interpretaciones más jondas y crepusculares de su carrera. Acompañaban a la voz del crooner unos arreglos orquestales tremendamente sutiles, dirigidos y producidos por dos pesos pesados del género como Don Costa y Sonny Burke. Canciones como «Love’s been good to me» o la propia «A man alone» también serían entonadas por su autor, pero en la voz de Sinatra alcanzaron una dimensión casi apocalíptica. Por aquel entonces, Frank era un hombre atormentado y se dejó el pellejo en el estudio de grabación:

En mí tú ves a un hombre solo, tras la pared que ha aprendido a llamar «hogar», un hombre que aún camina bajo la lluvia esperando un nuevo amor. Un hombre que no se siente solo hasta que llega la oscuridad, un hombre que aprende a vivir… con recuerdos de noches que reventaron al amanecer. En mí tú ves a un hombre solo, que pasa los domingos solo, empinando el codo. Un hombre que sabe que el amor es más raro de lo que parece.

Para la ocasión, Sinatra grabó un videoclip donde aparecía (cómo no) solo y tristón en un pisito de soltero, vestido de manera informal, cantando ante la cámara «A man alone» y otros temas, demostrándonos con soberbia maestría cómo se le cae la casa encima.

El tema «A man alone» está englobado, como ya hemos dicho, en un álbum del mismo título, una obra atípica en la carrera de Sinatra y por eso mismo incomprendida. El crítico Stephen Thomas Erlewine, por ejemplo, tachó las composiciones de McKuen de «lírica y musicalmente insustanciales»; y el público ignoró este árido disco de traditional pop que incluye solo seis canciones (sin contar el reprise final de «A man alone») y cinco melancólicos recitados en los que Sinatra, más que hablar, susurra. Tampoco la portada es muy comercial que digamos, con un primerísimo plano del rostro del crooner carcomido por la penumbra y la angustia, anticipándonos lo que encontraremos entre los surcos. Hay algo casi maníaco en la soledad de asfalto que envuelve A man alone, algo que nos trae a la cabeza al guionista Paul Schrader, cuando decía por boca del taxista Travis aquello de «la soledad me ha perseguido durante toda mi vida, por todas partes, en los bares, en los coches, en las aceras, en las tiendas, por todas partes, no tengo escapatoria, soy el hombre solitario de Dios». La última frase, por cierto, la sacó Schrader del ensayo God’s lonely man de Thomas Wolfe, uno de cuyos párrafos dice así: «La soledad, lejos de ser un fenómeno raro y curioso, es el hecho central e inevitable de la existencia humana».

Cuando grabó A man alone, Sinatra tenía cincuenta y nueve años y, aunque se encontraba en plena madurez artística, enfilaba una profunda crisis personal. Tras más de dos años de tormentoso matrimonio, su divorcio de Mia Farrow lo sumió en una depresión que trató de exorcizar en obras como A man alone y, poco después, Watertown, un extraño disco conceptual compuesto por Bob Gaudio que cuenta la historia de un hombre abandonado por su familia. En una entrevista con la revista Life, Sinatra dijo que «me gustaría no hacer nada durante los próximo ochos meses, quizá un año». Sus allegados apuntaban que el artista estaba harto de entretener a la gente y aburrido de cantar unas canciones que ya no le representaban. Por el contrario, las piezas incluidas en A man alone tenían mucho más que ver con el turbio momento que atravesaba Sinatra, de ahí que entone con tanto sentimiento cosas como «Night» («la noche me pone nervioso»), «Empty is» («vacío soy yo») o la magistral «Some travelling music», único momento del disco donde hay unas gotas de humor: «Un día encontraré una isla y allí me iré con un puñado de discos y un ukelele, y me sentaré a tocar, e incluso puede que me ponga a pensar sobre todas esas mujeres y ciudades que he dejado atrás».

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Décima Víctima fue uno de los grupos más infravalorados de los años ochenta. Su música no era precisamente la alegría de la huerta y las gentes, embotadas con la necia euforia de una década donde se gestarían nuestras actuales miserias, preferían pasarse el día bailando, bebiendo y sin parar de reír. Luego vendrían las lamentaciones.

El nombre del grupo estaba inspirado en el film La décima víctima (Elio Petri, 1965), a su vez adaptación de la novela La séptima víctima de Robert Sheckley, que presenta un mundo futuro dominado por implacables juegos de violencia; los miembros del grupo no habían visto la película ni leído el libro, como reconoce el cantante Carlos Entrena en sus Memorias borrosas: «Estuvimos rebuscando nombres en los libros de cine que había en casa de un amigo, así surgió Décima Víctima».

Fundado en 1981, el grupo estaba integrado por los hermanos suecos Lars y Per Mertanen y los españoles José Brena y Carlos Entrena; este último ejercía de letrista y vocalista. Aunque había militado en una formación tan frívola y efervescente como Ejecutivos Agresivos, cuenta la leyenda que un desengaño amoroso arrastró a Entrena hacia la calle de la amargura. Y encontró la horma de su zapato en los hermanos Mertanen, sofisticados hijos de un diplomático sueco y paladines de un dark pop vanguardista y melancólico que por entonces hacía furor en Inglaterra y el resto de Europa (no, España aún no era Europa, ni falta que le hacía). Carlos Entrena recuerda en sus memorias los primeros ensayos en casa de los Mertanen, en Las Rozas de Madrid: «Cenaban a media tarde como suecos que eran, mientras yo aprovechaba el tiempo para oír sus discos, ponía a Joy Division, The Cure, Joseph K, Monochrome Set, etc.». Aún siendo muy buenas, las primeras grabaciones de Décima Víctima estaban lastradas por el peso de sus influencias. Pero el grupo maduró a la velocidad de la luz y en 1982 grabó el que fue su único éxito, «Tan lejos», una canción que explora con emotiva resignación el dolor que persiste incluso mucho tiempo después de una ruptura amorosa: «Y ahora tan lejos, me hace daño creerlo, te echo de menos de corazón. Sé que ya es tarde para empezar de nuevo, no hubo remedio, fue un error».

Luego vendría su primer LP, que cosecharía buenas críticas pero exiguas ventas. Tampoco en directo tuvieron mucha suerte y en más de una ocasión, dadas las bajas recaudaciones, se vieron obligados a poner dinero de sus bolsillos para los gastos de transporte y manutención. Decepcionados y resignados a trabajar en otras cosas para sobrevivir, en diciembre de 1983 dieron su última actuación y, seis meses después, publicaron su segundo y último álbum, Un hombre solo. Carlos Entrena confiesa que «resultó duro grabar sin haber ensayado durante ese tiempo. Pese a todo, creo que grabamos las mejores canciones de Décima Víctima».

Efectivamente, con este segundo disco el grupo iría mucho más lejos, analizando las relaciones humanas y los sentimientos con distancia de entomólogos, usando más la tercera persona que la primera, transmitiendo con imágenes y sonidos la frialdad del aislamiento. La mejor prueba es «Un hombre solo», la canción:

Soberbio en la cuerda floja mantiene alta la vista en su equilibrio, sobre su frente la carpa recuerda un rito tan triste como antiguo. Un rito antiguo. Detrás sin riesgo ninguno mil ojos desconocidos que le observan, esperan en su silencio que un leve fallo le pierda y caiga en tierra. Sobre la tierra. No ven al hombre en el hombre, ni tan siquiera su vida interesa, tal vez querrán conocerla cuando retiren el cuerpo de la arena. Sobre la arena. Un hombre solo, un hombre solo.

La canción tiene múltiples interpretaciones, que van desde el pánico escénico del artista hasta la posición del individuo frente a una sociedad pasiva, inquisidora y necrófila que lo vigila en la distancia y lo abandona ante el peligro, como al protagonista del wéstern de Zinnemann. También podría funcionar como una reflexión sobre los medios de comunicación, que adquiere aún más intensidad en la era de Facebook, en la que todos somos al mismo tiempo equilibristas y mirones.

Un hombre solo, el disco, plasma la soledad a través de distintos protagonistas: el peregrino de «Sobre otra ruta («deambular lejos del clamor»), el desterrado de «La frontera perdida («aceptó la soledad sonriendo sin dar la sombra de un reproche»), el prisionero de «Cautivo y desarmado» («en su celda no se siente enfermo, con la soledad se mantiene cuerdo»), el insomne de «Noctámbulo» («sin un alma en los suburbios, al amparo de la noche, acechan a veces las sorpresas a quien vaga en solitario»), el monarca de «En la rebelión» («acomodado en el sillón del poder espera el golpe del adversario»), el campesino de «Tierra negra» («sueña con una mujer que no es la suya y con ser millonario»), el oficinista de «Una vez más» («otros ojos se abren a la luz, vuelven a la realidad, llevaré una vez más como ayer como cruz la obligación») o el cazador de «Contra la Naturaleza» («cada noche se hace eterna avivando el calor de la hoguera»). Solo al final, como un milagro, aparece otra persona que podría eclipsar la soledad en «Es solo el comienzo», quizá la canción que mejor describe los titubeantes comienzos de una relación (con permiso de «Nervously» de los Pet Shop Boys): «De cada pausa en la conversación nace el deseo de un largo abrazo. De cada instante en que la timidez plantea la duda ante un rechazo». Y vuelta a empezar. Rumbo hacia otra relación sentimental que, como de costumbre, estará marcada por otro tipo de soledad, que los propios Décima Víctima resumieron en su single «El vacío»: «Estás conmigo y sigo solo aún».

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Es un signo de los tiempos, de esta Edad Oscura: tras la muerte de Dios, el individuo se ha quedado metafísicamente aislado, bloqueado por las infinitas posibilidades, esclavo de su libertad. Perdido. En este sentido, quizá canciones como las de Alejandro, McKean o Entrena no son más que simples espasmos de seres vacíos que buscan luz en un mundo de tinieblas. Sus canciones son lamentos vanos, remedios sonoros que solo sirven para un efímero alivio basado en un «mal de muchos consuelo de tontos» espiritual. La única forma de matar la soledad, como han demostrado maestros, artistas y guerreros a través de los siglos, es trascender el ego.

Por desgracia, la mayoría no encontrará la paz hasta la muerte. Solo unos pocos serán capaces de transmutar su dolorosa ansia vital en una condición supranormal y disfrutar del mundo como bestias, con absoluta plenitud, en íntima comunión con el cosmos, bailando al ritmo de la música de las esferas. Santos, genios o criminales, la mayoría de estos escasos especímenes responden a un tipo humano capaz de trascender su propia humanidad: Nietzsche los llamó «superhombres».

10 comentarios

  1. “Su música no era precisamente la alegría de la huerta y las gentes, embotadas con la necia euforia de una década donde se gestarían nuestras actuales miserias, preferían pasarse el día bailando, bebiendo y sin parar de reír. Luego vendrían las lamentaciones”…. refiriendose el articulista al grupo Decima Victima. En esos años yo tenia 20 años (1980)…es decir entre 1980-1985 tenia 20-25 años. A esa edad no te tomas las cosas demasiado en serio y si, fueron esos primeros 80 muy, muy divertidos. Al menos en Vigo, si. Despues vinieron los peluqueros, diseñadores, las hombreras, los advenedizos, gafas de sol por la noche y toda esa tonteria. Evidentemente estaba el tema drogas (ya venia nde finales de los 70) y su destrucción (muchisimos amigos, conocidos cayeron años después por el sida, sobredosis, cirrosis, yonkys y blablabla), pero criticar que se pasaban el dia bebiendo ,bailando …si, ya ,la referencia a la canción de Alaska y con “necia euforia”, seria en su caso. En el mio y amigos de necia, poco. Repito la edad, esos grupos (malos en general, pero divertidos, las letras, el cachondeo), que salvo algunos, nadie se tomaba demasiado en serio … yo no, asl menos. A Decima Victima (me gustaban bastante) los vi una tarde en directo entre 1881-1983 (no recuerdo la fecha)…eramos cuatro monas. Lástima no tuviesen mas exito.

  2. jajaja..1881-1983..el grupo mas longevo de la historia

  3. Mi humilde opinión sobre este artículo : buenísimo, joder ! Enhorabuena

  4. Espero con cierta impaciencia el complemento con Nico, Holiday y Cecilia

  5. Pingback: Un hombre solo: un título para tres discos de Julio Iglesias, Frank Sinatra y Décima Víctima

  6. Excelente artículo.

  7. Aclaración: el padre de los Mertanen era un atleta, campeón sueco de salto con pértiga, que llegó a la Costa del Sol para gestionar un centro deportivo y acabó en Madrid.

  8. Hablando de Julio Iglesias, os remito a los desopilantes comentarios de “Julio Iglesias embajador universal” en esta misma web de Jot Down. ¡Memorables!

  9. ¿Cómo se trasciende el ego?¿qué significa?

  10. Al leer el título del artículo se me ha venido el álbum de Décima Víctima a la cabeza, pero sabiendo lo infravalorados que han sido siempre en España pensé que ni de coña tendrían un apartado en este artículo. Hay que reivindicar su figura, sin duda están en el top 3 de mejores grupos españoles de los 80. Gracias Jot Down.

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