«Cinematizar» la vida soviética - Jot Down Cultural Magazine

«Cinematizar» la vida soviética

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Soldados del Ejército Rojo bebiendo vodka, 1941. Fotografía cortesía de Военное обозрение.

Soldados del Ejército Rojo bebiendo vodka, 1941. Fotografía cortesía de Военное обозрение.

Si está oyendo hablar de cosas soviéticas, lo más probable es que le estén dando la brasa con las vanguardias, el industrialismo o la propaganda. Además, es muy posible que estén parloteando con un tono de voz engolada por la erudición o con una nostalgia comunista irreparable.

Una absoluta basura de esteta pedante.

Lo único que tengo claro es que a mí, de lo soviético, lo que me interesa es el vodka. Una interminable tradición en las destilerías destinadas a una producción en masa para abastecer a casi toda la población. El vodka es, junto al té, la bebida más tomada en la nación de las interminables estepas. Bebida hecha para estómagos rudos e intelligentsias privilegiadas; una de las claves para entender esta cultura es, quiérase o no, el vodka, y no solamente porque sea el producto nacional con mayor proyección hacia el consumo, sino porque forma parte de la historia política y social del país.

Lo cierto es que en parte en el cine, influido por todas las corrientes de vanguardias y la emergente teoría formalista de la literatura, se empezó con algunas obras un tanto exóticas que bien podría uno achacar al consumo alcohólico. Nada más lejos de la realidad. Las geniales creaciones de Eisenstein, Agadzhanova-Sutko, Room o Kuleshov, están íntimamente relacionadas con la bebida alcohólica estrella, aunque no precisamente porque se concibieran en la ebriedad de sus autores.

En 1923 Trotski escribió un artículo titulado «El vodka, la Iglesia y el cinematógrafo». En él polemiza con Osip Brik, un caballero que organizaba, junto a su señora, inolvidables veladas en su casa en las que se dedicaban a la excitante tarea de contar versos. Brik definió el cine como un calmante más nocivo que el vodka y Trotski, que no quería más borrachos en su renovada nación, alabó el cinematógrafo como un magnífico instrumento de propaganda de cualquier tipo, con un poder de sugestión y —¡ojo!— entretenimiento por encima incluso de la liturgia de la propia Iglesia.

El caso es que si razonas de esa manera pero lo acompañas diciendo que todo el país está lleno de palurdos e ignorantes por no dominar el nuevo arte de la imagen aun después de seis años de vigencia, claro, algo de credibilidad es inevitable perder. El poco tacto de Trotski le llevó a disipar la confianza de los bebedores, que eran un gran contingente aún, a pesar de la reciente prohibición del alcohol. Borrachos, eso sí, patrocinados por el régimen zarista, cosa con la que había que terminar de una vez por todas para el mejor vivir de los obreros —los mayores bebedores, por otra parte—. Y el patinazo de desvirtuar el séptimo arte que se había estado practicando hasta entonces hizo que se erizasen los vellos de la nuca de hasta los miembros de la mismísima FEKS.

La FEKS, o Fábrica del Actor Excéntrico por sus siglas en ruso, fue un grupo de cineastas con la intención de fundar un arte revolucionario que llevara el pobre estilo del cine primigenio a unas cotas más elevadas de creatividad y conceptualización. Comenzaron coqueteando con el teatro y la poesía, pero definitivamente el cinematógrafo era el elemento soñado para mostrar las nuevas cualidades del arte. Incluso Maiakovski se atrevió con una poesía en imágenes que no tardó en ser rechazada por el canon establecido por la censura. No se quería que la propaganda se hiciera en torno al progreso de un ideal europeo, sino que se aferrara con fuerza a las rojas mejillas del joven comunismo.

El Estado arremetía contra el Estado y los recientemente sobrios ciudadanos soviéticos se preguntaron por qué, totalmente estupefactos ante semejante desfachatez. Para que la trola colara, Trotski se apoyó en un artículo de I. Gordeiev, quien en junio de 1923 escribió en el Pravda que un buen aprovechamiento del monopolio cinematográfico podría aportar una mejoría financiera semejante a la que aportaba el monopolio de la venta de vodka.

El hombre de la cámara, de Dziga Vertov, 1929. Imagen: VUFKU.

El hombre de la cámara, de Dziga Vertov, 1929. Imagen: VUFKU.

Sin embargo, no cuajó la idea. Y no lo hizo porque el cine ruso no está nada mal, incluso es excelente, pero el vodka es aún mejor. Teniendo en cuenta que la nueva cinematografía estaba en flagrante contradicción con el cine que quería el Estado, muy  a pesar de reclamar unos valores más patrióticos tal vez que los que se buscaban, era prácticamente imposible lograr que el negocio del cine fuera más rentable que el del alcohol, al no ser entendido por aquellos a los que iba dirigido.

A pesar de la NEP (Nueva Política Económica, un sistema de regulación comunista que pretendía evitar el caos organizativo y de desarrollo), el pueblo siguió bebiendo, ahora con el ansia de quien debe hacerlo a escondidas, y sus ruborizadas mejillas aplaudían con fuerza las sátiras que cineastas que no se llevaban demasiado bien con la sumisión se esforzaban por esconder en la pantalla. Y no pensemos en autores a los que solo conocieran sus madres. El documentalista Dziga Vertov, sin ir más lejos, proyectaba un año después del artículo de Trotski sus Juguetes soviéticos, un cortometraje de animación que se supone que era una llamada a la cohesión del Estado y que así se había proclamado tras pasar la famosa censura.

La cinta, de solo doce minutos de duración, representa, mediante las caricaturas animadas de V. Deni, a todos los enemigos del Estado soviético por aquel entonces. Uno es capaz de distinguir al ricachón capitalista, explotador del obrero, al párroco rendido a los placeres de la gula o a la mujer, que se presenta como instigadora de los vicios del viejo régimen. Cuando terminan de desfilar todos estos y otros personajes, claramente pérfidos y repudiables, aparece un soldado del Ejército Rojo ayudando al obrero a colgarlos de un árbol de navidad como si fueran guirnaldas —o «juguetes», que es como los rusos llaman a esos adornos—.

Se supone que el árbol representa al Estado y que el ejército (el soldado) y el proletariado (el obrero) son quienes lo sostienen, verdaderos edificadores del mismo. El resto son adornos que han pasado por él, pero que son totalmente prescindibles para su buen funcionamiento. Si vemos el cortometraje, y aun intentando contextualizar la época y el lugar de visionado para el que fue creado, cuesta mucho leer esta interpretación, pues lo único que vemos es un desfile de personajes con los que uno no simpatiza pero se siente plenamente identificado. Tanto el proletario como el soldado son individuos totalmente idealizados según el Volksgeist (o tal vez sea más adecuado decir «socialismo» sin más) soviético.

El caso es que Vertov crea propaganda tal y como la productora Goskino le encarga, pero la ciudadanía, que recordemos, ha entrado en la sala de proyección con la botella de vodka atada a la pierna bajo el pantalón, visualiza una sátira doble: la que el Estado quiere mostrarles y la que realmente les muestra, que es una parodia de lo que el país había sido hasta entonces, hasta antes de la Revolución, es decir, su historia y tradición. El Estado soviético estaba pretendiendo que el proletariado mantuviera las tradiciones de la madre patria sin las viejas tradiciones de la madre patria y eso, para un tipo sobrio, es totalmente incomprensible. Lejos de desincentivar el consumo de alcohol, Trotski lo estaba fomentando con la mayor contradicción de la historia de un país: la admisión y a la vez renuncia de sus bases como civilización.

Y no solo eso, sino que la ciudadanía no lograba comprender el cine. Cuenta el húngaro Béla Balázs que un amigo suyo, vecino de la capital soviética, contrató durante los años veinte a una criada de un recóndito pueblo de la Rusia profunda. La señora, claro está, desconocía qué era ese invento que llamaban cinematógrafo. El amigo del teórico del cine, sorprendido porque aún existiera gente que lo ignoraba a esas alturas del siglo y con los avances de la gran maquinaria soviética, le pagó una entrada a la señora para que disfrutase de la proyección de la película del momento en la ciudad. La mujer, asustada y visiblemente enfadada, regresó a casa antes de tiempo, pregonando que «en la civilizada Moscú se admite y excita un espectáculo consistente en la reiterada exposición de cabezas cortadas».

Balázs se rió exageradamente de la anécdota de su amigo por la lectura «deconstructora» del uso del primer plano de la señora, pero a quien no le hizo gracia alguna fue al Stalin de después del interregno (1923-1924), quien decidió que había llegado el momento de dejar en paz a los bebedores y comenzar a perseguir a los intelectuales. Hasta entonces, el vodka no había hecho mayor daño del que hace hoy en día. Provocaba algún que otro accidente, disputas frecuentes y risas ante la propaganda descarada del Estado. Pero después de Stalin ya no hubo más risas; el vodka solo era una bebida más cuyo monopolio explotar, al igual que el monopolio del cine, con cuya propaganda se consiguió lo que un día pidiera Gordeiev en un artículo del Pravda, «“cinematizar” la vida soviética».

*21.12.1879-05.03.1953+ Politiker, UdSSR Porträt am Schreibtisch unter einem Bild von Karl Marx Fotografie von James Abbe - 1932 * 21,12,1879-05,03,1953 politicians, USSR haven-guesses/advises at the desk under a picture by Karl Marx photography of James Abbe - to 1932 * 21.12.1879-05.03.1953 le politicien, URSS portrait au bureau sous une image de Charles Marx photographie de James Abbe - en 1932 *** Local Caption *** 00105092

Stalin, 1953. Fotografía: James Abbe / Cordon Press.

One Comment

  1. Los rusos son un pueblo muy sufrido. Su realidad siempre fue muy cruda.

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