Jot Down Cultural Magazine – Fotos tristes reveladas en ácido

Fotos tristes reveladas en ácido

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Tim Page y Clare Hollingworth en Vietnam, 1968. Imagen: Francois Sully / manhhai (CC).

Un animal mitológico recorre Vietnam. Salta y se cuela en los helicópteros de guerra, de sus fauces emanan densas bocanadas de opio, su cuerpo se mueve a las órdenes de una música metálica y estridente, no cesa de hacer chasquidos: clic, clic, clic. A su espera, un periodista cansado, Michael Herr, apunta en su libreta (que luego será su mejor libro) cuatro notas acerca de la leyenda: «Yo ya había oído hablar de él antes incluso de ir a Vietnam (“Búscalo, si sigue aún vivo”), y entre el tiempo que llegué allí y su regreso en mayo, había oído hablar tanto de él que tenía la sensación de conocerle si no me hubiesen advertido muchos: “No hay manera de describírtelo, de veras, es imposible”». El mito tenía nombre de perro, Tim, y es el fotoperiodista más recordado de la guerra de Vietnam. Un joven que ya era viejo a los veintitrés años, cuando Herr lo conoció. Sobrevivió a la guerra gracias a los porros, a la música de The Doors y a la adrenalina que se dispara cuando buscas la foto más cercana a la carnicería. Si esto suena a cliché, es porque él, Tim Page, inauguró estos clichés. El veterano de guerra psicodélico, el Hunter S. Thompson con cámara. Como todas las buenas historias, el relato empieza con un niño escapándose de casa.

«Queridos padres, estoy marchándome de casa para ir a Europa, o quizás a la Marina, y por tanto al mundo». Así empezaba la nota que dejó en casa de sus padres adoptivos, en Londres, a los diecisiete años. Ya era un poco viejo. Le había dado tiempo a casarse y a divorciarse, y también a estamparse con una moto, un accidente por el que casi pierde la vida y por el que quedó cojo para siempre. Antes de escapar, había soñado con ser piloto de guerra. Su huida, de Inglaterra hacia ningún lado, siguió el patrón extravagante de una novela beat: saltó a Europa, donde trabajó en una fábrica de Heineken, una de chicles y vendió sangre en Grecia; traficó con hachís en Pakistán e hizo de extra en una película en Bombay; fue contrabandista de tabaco entre la frontera de Tailandia y Laos. En este último país, encontró empleo en el Departamento de Agricultura de Estados Unidos —mientras fumaba todas las drogas que podía— y escuchó por primera vez a los Beatles y a Bob Dylan. También empezó a hacer trabajos para la United Press International (UPI), una de las agencias de noticias más importantes del mundo. Era el encargado de hacer stringing, es decir, llevar las películas fotográficas desde Laos hasta la central que la UPI tenía en Tailandia, donde había las instalaciones para revelar los carretes. En Vientián, la capital de Laos, le llegó la suerte: fue el único extranjero que pudo tomar fotografías del intento de golpe de Estado de 1965, ya que los militares habían echado a la prensa. UPI le pagó cien dólares por esas fotos en exclusiva, le dio una cámara nueva y le ofreció noventa dólares por semana si se iba a Saigón. En Vietnam, jóvenes veinteañeros —con la misma mirada aventurera, nerviosa y desorientada que Tim— bajaban de los aviones con fusiles en la espalda. Aunque él llevaba una cámara, no se salvaría de las mismas cicatrices.

En parte, Tim fue leyenda porque acertó en cómo estar loco. La cultura joven de finales de los sesenta premiaba a los genios psicodélicos —los riffs de Jimi Hendrix— y el consumo masivo de drogas era un sinónimo de rebeldía, con el que, parecía, incluso congeniaban los jóvenes y disciplinados soldados estadounidenses que batallaban en Vietnam. Años más tarde descubrirían que, más allá de las risas, la marihuana y el opio eran los parches que tenían más a mano para evitar que brotara la mierda. Entre esta juventud estaba Tim Page, pidiendo dinero, cigarrillos y comida a sus compañeros de prensa, pobre como una rata; al día siguiente, después de cobrar miles de dólares por unas fotos, invitando a todos a botellas de licor y porros y más porros de marihuana. Bailando drogado y concentrado ante un espejo durante una hora, al ritmo de The Doors. Chillando y tirándoles los tejos a las virginales estudiantes vietnamitas, vestidas de uniforme y de larguísimo pelo negro, que pasaban ante él con sus bicicletas, hermosas. Su balbuceo, su risa, su verborrea sobre budismo, sobre guerra, sobre libros, sobre rock, sobre Tim Page y sus enfermedades venéreas (hablaba de él mismo en tercera persona); su casco donde llevaba escrito «HELP, I AM A ROCK!» (canción de Frank Zappa, si la escuchan entenderán el caos frenopático de la mente de Tim). Su figura hippie-militar aparecía en las fotografías de los periódicos, su nombre en noticias que anunciaban las últimas heridas de guerra de Tim Page, fotógrafo de guerra. Era carne de mito, seductora para sus compañeros de la prensa y seductora para una nueva generación necesitada de figuras contestatarias, aventureras y hedonistas.

Universal Soilder, de Tim Page. Imagen tomada del documental Vietnam’s unseen war. Pictures from the other side, 2002.

Universal Soldier, de Tim Page. Imagen tomada del documental Vietnam’s unseen war. Pictures from the other side, 2002.

Pero todo ese halo se sustentaba, en primer lugar, en el buen y arriesgado trabajo que hacía como fotoperiodista. Como en otros casos estrella de esa generación (Bukowski, Hunter S. Thompson, Kerouac) solemos regocijarnos en las anécdotas suculentas de los mitos, sin darnos cuenta de que la base de toda su fama venía de su máquina de escribir, es decir, de cuando se quedaban quietos y serios. Tim Page abrió la leyenda con su sobria y metálica cámara de fotos. Todo lo demás son fuegos artificiales. Desde su llegada a Saigón, fue conocido por lanzarse a las zonas de combate más peligrosas, donde otros fotógrafos no iban, y subir a un helicóptero tras otro en busca de balas enemigas. Su estrategia comercial era sencilla: esa fotografía tan suicida solo la tendré yo. Pero, con el tiempo, el arrojo se combinó con el estilo. Tuvo como maestro al fotoperiodista Henri Huet, famoso por una serie publicada en Life en la que mostraba a un médico de guerra, herido en el cráneo y con una gran venda cubriéndole el ojo izquierdo, cuidando a soldados malheridos que apoyan la cabeza en su regazo, como niños que se abandonan, en medio del horror y la sangre, a la protección de una madre. Otro de sus mentores fue Larry Burrows, el fotoperiodista que inauguró la fotografía de guerra en color. La sangre blanca y negra era más lejana, pero la roja supuso un choque todavía mayor de realidad. Tanto Huet como Burrows fallecieron en la guerra, cuando el ejército norvietnamita derribó el helicóptero en el que viajaban. Los muertos, las heridas y los fantasmas de viejos amigos se amontonaban en las pesadillas de Tim Page, pero la adrenalina de la batalla era un freno eficaz a esas presencias. Como a todo soldado, los espectros le abrazarían cuando llegara la calma.

Dice Susan Sontag, en un ensayo titulado Looking at War publicado en la revista New Yorker, que el poder de la fotografía reside en el choque fácil de memorizar que provoca en nuestra mente. Los documentales pueden mostrarnos centenares de vídeos sobre civiles vietnamitas asolados por el «agente naranja», y quizá alguna de esas escenas volverán en el futuro a nuestra memoria, pero ¿quién no evocará, sin casi esforzarse, la fotografía de la «niña del napalm»? Sontag compara la fotografía con una cita, un proverbio o una máxima, fácil de recordar e impactar en el imaginario popular. Cuando Tim Page viajó por un breve periodo de tiempo a Estados Unidos durante el transcurso de la guerra, le impactó fuertemente ver que en las protestas antibélicas los manifestantes llevaban pancartas donde aparecían sus fotografías. La pregunta que tanto él como todo aquel que ha reflexionado sobre este conflicto se ha hecho con el paso del tiempo es: ¿Los medios ayudaron a detener la guerra? Pero la pregunta sería trampa, como también es trampa preguntarse: ¿Los medios auparon la victoria del gobierno norvietnamita? ¿Los medios ayudaron a la derrota estadounidense? Como Sontag recuerda en su ensayo, la fotografía no existe sin una narrativa detrás. La fotografía por sí sola es pura propaganda. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿cuál fue el impacto que los medios tuvieron en el resultado de la guerra? Aquí se contraponen dos teorías muy extendidas: por un lado, la gran cantidad de historiadores que insisten en la fuerte influencia que tuvieron los medios en la opinión pública estadounidense, cada vez más opuesta al conflicto (en palabras del propio Tim Page, pacifista sin ser cínico ni naíf: «los medios le estaban haciendo [al Vietcong] el trabajo de desmoralizar a la población americana»). Esta posición, en resumen, atribuye un gran poder de convicción a los medios.

Por otro lado, hay teóricos que afirman que, de Vietnam en adelante, la sobreexposición a imágenes de guerra nos hace insensibles al horror. Desayunamos con fotos y vídeos de muertos, nos hemos convertido en simples espectadores del horror. Por tanto, una teoría afirma que los medios hacían que los estadounidenses se horrorizaran ante lo que sucedía en Vietnam y otra teoría dice que la sobreexposición de los medios los inmunizaba ante el horror. Ambas teorías se olvidan de un factor clave: los féretros. Eran los amigos muertos, los hermanos muertos, los hijos muertos, los que volvían a ser enterrados a casa. Lo novedoso de esta guerra es que los estadounidenses podían ver, sin demasiada censura de por medio, dónde y cómo morían sus hijos. Nadie desayuna tranquilo ante la fotografía, en primera plana del periódico, de un muerto desfigurado que podría ser tu hermano mayor. ¿Y en nombre de qué? Del containment, una teoría abstracta ideada por los círculos de política exterior de Washington que tenía como objetivo impedir la expansión del comunismo internacional. Al otro lado, los norvietnamitas, que luchaban en nombre de su propia tierra. Un argumento mucho más fuerte, sin necesidad de explicaciones académicas. Por eso Stalin, ante el avance de las tropas de Hitler, llamó a defender a la patria y no al comunismo. Los medios, los periodistas, los fotógrafos, Tim Page, jugaron su papel. Pero la base de todo era algo tan antiguo como la sangre y la tierra. Nuestro fotoperiodista tuvo que afrontarlo años más tarde, cuando la guerra de Vietnam quedaba lejos, pero los fantasmas no abandonaban su cabeza.

Al acabar este traumático conflicto, Page viajó a Estados Unidos, donde ya había trabajado para algunas revistas y se había relacionado con la contracultura de la época. Unos años antes había sido arrestado junto a Jim Morrison en medio de uno de sus conciertos. Se ve que el cantante de The Doors estaba recibiendo una deliciosa felación de una groupie detrás del escenario, cuando el novio de la chica se enteró, fue a quejarse a la policía y a las fuerzas de seguridad no se les ocurrió nada mejor que irrumpir con gases lacrimógenos en el camerino de Jim Morrison, que más tarde fue detenido junto a Tim Page y más periodistas. En el furgón de camino a comisaría, se dieron cuenta de que iban cargados de porros y drogas, y llegaron a la brillante conclusión de que lo mejor era comerse todos los estupefacientes que tenían. Pueden hacerse una idea del estado en que todos ellos llegaron a comisaría. La historia ocupó seis páginas de la revista Life.

Fotografía: Tim Page / Australian War Memorial.

Fotografía: Tim Page / Australian War Memorial.

Page también tuvo tiempo para realizar algunos trabajos conjuntos con su alter ego periodístico, Hunter S. Thompson, con el que desayunaba cócteles de vodka, pastillas multicolores y zumo de naranja. Pero aunque intentaba mantener el ritmo explosivo de Vietnam, a Page le empezaron a asaltar los fantasmas, como a centenares de veteranos de guerra que habían vuelto a Estados Unidos. El consumo de drogas y alcohol se le descontroló (aún más) y tuvo arranques de ira y violencia. Acabó en prisión y fue expulsado de Estados Unidos. Nadie le contrataba. Por un lado, la multitud de heridas físicas que había padecido durante la guerra le habían dejado muy tocado. Había sufrido heridas de balas en cuatro ocasiones, además de accidentes en trenes, coches y motos. Incluso, una vez que iba con lancha por el mar del Sur de China, helicópteros del ejército estadounidense ametrallaron su embarcación por error. Pero su última herida fue la más grave: acompañaba a varios soldados en la frontera entre Vietnam y Camboya cuando una mina explotó, le llenó de metralla el cráneo y tuvieron que extraerle un fragmento de cerebro dañado por la explosión. Pasó casi un año medio paralizado y luego en recuperación (aunque se las arregló para escaparse al festival de Woodstock con dos muletas y un agujero en la cabeza). Pero, además de las heridas físicas, el cuadro postraumático de veterano de guerra le asaltaba día tras día. En esa espiral de alcohol, violencia y decadencia profesional le vino una segunda oportunidad: un famoso director, Francis Ford Coppola, estaba trabajando junto a un antiguo amigo suyo, Michael Herr, en una película sobre la guerra del Vietnam. En ese film, Apocalypse Now, aparecía cierto fotógrafo de guerra, medio loco y medio tierno, encarnado por Dennis Hopper y que era, sin duda alguna, la primera aparición de Tim Page en las salas de cine. Gracias a su propia leyenda y a sus buenos amigos la gente volvió a recordar su nombre, su leyenda, y, quizá más importante, le volvieron a llamar para hacer trabajos como fotógrafo. Era una buena manera de empezar de nuevo, pero, al cabo de un tiempo, se dio cuenta de que sus fantasmas no huían. Necesitaba un choque, una catarsis. Y decidió volver a Vietnam.

Cuentan que en Indochina los fantasmas no traen el miedo, sino la tristeza. Según la tradición budista, los espectros suelen ser almas de aquellos que desaparecieron y murieron sin una ceremonia digna, por lo que vagarán atormentados hasta que sus huesos descansen en un lecho que familiares y amigos puedan regar con sus lágrimas. Tim Page suele encender palillos de incienso y rezar por esos espectros, especialmente por uno llamado Sean. También era fotógrafo de guerra, pero, más importante, fue el mejor amigo de Tim. Era valiente y guapo, algunos dicen que más que su padre, cierto actor llamado Errol Flynn. Desapareció junto a otro fotoperiodista, Dana Stone, cuando ambos viajaron a Camboya a cubrir la guerrilla de los Jemeres Rojos. Es muy probable que fueran asesinados por los secuaces de Pol Pot y que sus cadáveres se sumen a los miles de ejecutados en el país con más fosas comunes del mundo. Pero para Tim Page, los desaparecidos eran sus amigos, y cuenta que —en varias ocasiones, en las decenas de viajes que ha hecho de vuelta  a Indochina— ha oído sus voces y risas. Encontrar los cuerpos de sus amigos, algo que todavía no ha conseguido, se convirtió en su meta vital. Volver a Vietnam, la catarsis que buscaba. Sus últimos trabajos como fotoperiodista han estado ligados a ONG y proyectos humanitarios en la zona. Su homenaje profesional a sus amigos Flynn y Stone, pero también a sus maestros Burrows y Huet, fue un bonito libro de fotografías de guerra llamado Requiem. En él, Tim Page y el fotoperiodista Horst Faas recogieron las mejores fotografías de todos los fotoperiodistas que murieron en el conflicto de Vietnam. Desde leyendas como Robert Capa —que, al contrario que Page, no sobrevivió a una mina que se cruzó en su camino— hasta decenas de desconocidos fotógrafos vietnamitas que se jugaban la vida en la línea de fuego.

El camino budista y humanitario de Tim Page no le ha hecho dejar los porros, ni tampoco perder su particular sentido del humor. En las elecciones camboyanas de 1993, Page viajó como fotógrafo para cubrir esos comicios. Eran las primeras elecciones libres en Camboya después del régimen de los Jemeres Rojos y los años de ocupación vietnamita. Como era su cumpleaños, Tim decidió hacer una sopa de marihuana de quince litros y ofrecer un bol a los más de cien periodistas que había en la sala de prensa, sin avisar del ingrediente «feliz» que contenía el brebaje. El día empezó con decenas de corresponsales que se olvidaron de cubrir los primeros votos de esa jornada histórica y algunos que ni siquiera salieron del edificio de lo drogados que iban. Se pueden tener traumas de guerra, pero no se puede perder el sentido del humor.

Tim Page ya no sería fotógrafo de guerra. En las últimas entrevistas que ha dado, critica lo poco que se paga a los fotoperiodistas y el poco valor que se da a su oficio. Tampoco le gusta Oriente Medio. Hace ya unos años, trabajó en Afganistán como embajador fotográfico de la ONU y pasó, asegura, las semanas con más miedo de toda su vida. Tim, como todo veterano de guerra, suele hacer constantes buceos en la nostalgia. Las guerras de ahora suceden en lugares donde el alcohol está prohibido, las mujeres llevan tapada incluso la cara y una bomba te puede explotar en el coche en cualquier momento. En Vietnam había violencia, miseria y guerra, pero también cervezas, porros, gigantes y hermosas estatuas de Buda, radios en las que sonaba Jimi Hendrix, misteriosos bosques pintados en niebla, largas playas azules y mujeres que parecían tener la sonrisa más bonita del mundo.

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Tim Page. Fotografía: Australian War Memorial.

7 comentarios

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  2. Ya que nadie lo dice, lo digo yo: ¡Excelente artículo!

  3. Gracias por el articulo, muy interesante. En el tiempo de los burkas y la prensa controlada parece mentira que se pudiese cubrir una guerra como lo hacian ellos o como cuenta Oriana Fallaci en Nada y asi sea. Muchos acabamos haciendo periodismo por su culpa o por la de tipos como Manu Leguineche y su El camino mas corto. Malditos…

  4. Coincido con S. Sontag. De todas las imágenes de la actualidad constatando diariamente desastres, injusticias, violencia…, el poder icónico de la foto es mucho mayor que la imagen en movimiento del vídeo.

  5. Uuuffff, menudo artículo; uno de los mejores que he leído en mi vida. Y váya historia que cuenta, totalmente fascinante.

  6. Reafirmo, excelente artículo! Ha sido un auténtico placer leerlo. Felicidades al autor.

  7. Le ha salido una foto triste, pero el texto y el trabajo es impresionante. Felicidades!

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