Me acuso de piedad y no de rigor

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Foto: Javier del Real, cortesía de Teatro Real.
Foto: Javier del Real, cortesía de Teatro Real.

Seis semanas le dieron a Mozart para escribir La clemenza di Tito y tres meses después de estrenarla se murió. Era 1791 y la corte austriaca estaba ocupadísima preparando el jolgorio y el boato para la coronación Leopoldo II como rey de Bohemia. La ocasión requería, qué menos, la composición de una ópera, así que llamaron a Salieri, y como estaba muy ocupado (¡conspirando para matar a Mozart!), el encargo terminó en manos del amigo Wolfgang Amadeus.

Las prisas obligaron a reutilizar un libreto de Pietro Metastasio (un famosísimo libretista del XVIII) que satisfacía todas las necesidades propagandísticas que requería la ocasión: la historia aleccionante de Tito, el augusto césar de Roma, el gobernante más magnánimo que han visto los siglos. «Preservad, ¡oh Dioses custodios del destino de Roma, en Tito, el justo, el fuerte, el honor de nuestro tiempo!».

Vamos al argumento: Vitellia está embaucando a su amante, Sesto, para vengarse de Tito, que ha elegido a otra como consorte. Rápidamente conocemos la nobleza del emperador: acaba de renunciar a la mujer que ama, Berenice, porque es extranjera y esto no entusiasma a los romanos. ¿Tendrá ahora Vitellia su oportunidad? Aún no lo sabemos, porque Tito sigue dando ejemplos de su bondad: tras entrar entre trompetas y tambores al Capitolio, agradece al pueblo y a las provincias su intención de levantarle un templo, pero prefiere destinar esos fondos a las víctimas de la erupción del Vesubio.

Si Roma quiere a una esposa romana, ¿qué mejor mujer que la hermana de su fidelísimo amigo Sesto? Tenemos aquí un pequeño embrollo, porque la tal Servilia está enamorada de Annio. Pero como todos son un ejemplo de justicia andante, Annio le dice al emperador que es cierto que no encontrará a mujer más virtuosa; y Servilia, que ella no va negarse a los deseos del césar, pero que su corazón le pertenece a Annio. Tito queda contentísimo con que alguien contradiga sus deseos («¡Gracias, oh dioses del cielo! Todavía queda alguien que se arriesga por decir la verdad») y libera a Servilia de casarse con él. A la ejemplaridad de Tito, la obra contrapone la mezquindad de Vitellia, que le sigue sorbiendo el seso a Sesto («será como te plazca todo lo que quieras, haré. Mírame, y lo olvidaré todo, y volaré a vengarte»), que al fin se decide a acabar, por los deseos de su amante, con la vida de su amigo, a quien debe todo lo que es. Con Sesto ya en marcha, Vitellia se entera de que Servilia ha renunciado a los laureles y que al fin ella será coronada. Pero, ¡ay, Sesto! Ya es tarde para prevenirlo. Se ha desatado un incendio en el Capitolio y se cree que alguien ha matado al césar.

Sesto, carcomido por los resentimientos, se encuentra con Annio, que lo intenta convencer de que Tito no ha muerto. Vitellia, como no podía hacer menos, hace jurar a Sesto que no dirá una palabra sobre su papel en el contubernio. Detienen a Sesto, lo juzga el Senado y lo condenan a los leones. Pero Tito quiere hablar con él: no puede creer que su amigo le haya traicionado. Aunque sabe que lo justo es que muera, decide perdonarlo. Pero a la clemencia de Tito se le acumula el trabajo: cuando se ha decidido, llega Vitellia y le cuenta lo suyo: «En el momento mismo en que absuelvo a un reo, descubro a otro». Tito, cuya misericordia no conoce límites, los perdona a todos al verlos arrepentidos. «Truncad, eternos dioses, truncad mi vida si llega un día en que, el bien de Roma, no sea mi primera preocupación», canta Tito. «¡Eternos dioses, velad sus sagrados días, conservad la felicidad de Roma preservándolo a él!», cantan todos y cae el telón.

Foto: Javier del Real, cortesía de Teatro Real.
Foto: Javier del Real, cortesía de Teatro Real.

Creo que no es necesario justificar mucho por qué se escogió este libreto para una coronación: Tito es el compendio de las virtudes del buen gobernante. No hay que olvidar que hacía apenas un par de años los franceses habían montado una verbena tremenda y habían instaurado la república. La ópera escenifica cómo un buen emperador es mejor que un gobernante simplemente justo: Tito es honrado y desprendido, está dispuesto a inmolarse a la mínima por su pueblo, no se enfada con los que lo injurian y es clemente con los culpables. Esta es la tesis de la ópera: que la clemencia es superior a la justicia, porque se sobrepone al castigo. Y, por supuesto, que esta virtud solo está al alcance de los grandes hombres: en este caso, los Habsburgo.

Sesto es un personaje muy interesante: es un traidor que traiciona por obligación. Su voluntad ha quedado tan arrasada por la volubilidad de Vitellia que no solo va a cometer el crimen sin esperar ganar nada, sino sabiendo que se está arrojando por un abismo (hay un momento particularmente cruel en el que se muestra la tensión dramática de la obra: Tito le dice a Sesto cuánto lo aprecia y sin sospechar que él ya está preparando su muerte). «Al más grande, al más justo, al más clemente príncipe de la Tierra, a quien debes cuanto tienes y eres. ¡Buen favor le devuelves!». A un asesino (vale que no mató al emperador, pero a alguien se llevó por delante, aunque parece que esto no le importa a nadie) tan singular le corresponde una víctima igual de peculiar. Tito, después de convencerse de que su amigo ha intentado matarlo, se lanza como loco a buscar una excusa que justifique todo aquel despropósito. Y no la encuentra, pero lo ve arrepentido. Es el corazón misericordioso de Tito el que resuelve la obra: «Si al imperio, dioses amigos, le es necesario un corazón severo, o apartadme a mí del trono o dadme otro corazón». Quiere Tito (y esta es la medida de su grandeza), en suma, que sus gobernados lo amen, no que lo teman: «Si la lealtad de mis súbditos con amor no puedo asegurar, mala lealtad sería la que fuera fruto del temor».

Las prisas con las que tuvo que componer Mozart y la vuelta a la ópera seria (Mozart había estado componiendo los tres drammi giocosi que le había escrito Da Ponte: Las bodas de Fígaro, Don Giovanni y Così fan tutte) dejaron a La clemenza con una enorme cantidad de recitativo seco (esa parte en la que los personajes hablan y solo son acompañados por un instrumento de tecla). Para colmo, la acción de la ópera (que solo tiene dos actos, en vez de los tres que mandan los cánones) se da justamente en los recitativos, así que no conviene ni compendiarlos ni hacerlos con desgana. (La ópera seria, así, dicho entre nosotros, y como aclaración, son tres actos, mucho recitativo y arias da capo, que es esa forma barroca de tema principal, tema secundario y repetición del tema principal con variaciones que se inventó para que los cantantes hiciesen caso a lo que había escrito el compositor, con la excusa de que luego tenían un sitio donde hacer gorgoritos y despacharse a gusto). Si bien esto era un encargo que había que hacer deprisa y corriendo, y en un formato que no era su preferido (llevaba diez años sin escribir uno, desde Idomeneo), Mozart dejó en esta ópera algunos momentos de música brillante y un buen repaso de sus habilidades como compositor: solo hay que mirar los números grupales que tan bien se le daban.

El Teatro Real tiene en cartel La clemenza di Tito hasta el 28 de noviembre, repitiendo el famoso montaje del matrimonio Herrmann que ya se vio en el teatro en 2012 y que lleva, desde que lo encargase Mortier para La Monnaie en el 82, dando vueltas por el mundo. Es una propuesta tan elegante y tan sofisticada que no puedo sino recomendar que vayan a verla cuanto antes. Dos razones de peso: la vigencia del montaje treinta y cinco años después de su estreno; y la reconfortante sensación de que los directores de escena entienden que el espectador es inteligente, y que el montaje no debe ni mascar y ni deglutir la música y la trama, ni tampoco adornarla. Pocos elementos, referencias sutiles, y algún símbolo masónico de cuándo en cuándo. «No queríamos hacer un montaje como en tiempos de Mozart, sino hacer algo moderno, pero sin tener que irnos a una estación de tren o a una ducha» dijo Ursel Herrmann en la rueda de prensa (lo dijo en alemán y estoy citando de memoria, conste). Y sobre esta ópera se han hecho montajes horrorosos, porque es muy facilón montar una película de romanos.

Dirige bien y con delicadeza la orquesta Christophe Rousset, que toca también los recitativos al fortepiano. Sobre los cantantes, el Sesto de Monica Bacelli es formidable, con una insospechada y elogiable actuación escénica. Jeremy Ovenden canta el Tito con una dicción admirable y con una solvencia excelente. También magnífica Sophie Harmsen como Annio. Sylvia Schwartz como Servilia está correcta y el Publio de Guido Loconsolo no tiene mucho interés. Sobre la Vitellia de Karina Gavuin, está como fuera del papel. Resulta —quizás es un problema de encaje con el montaje muy inverosímil. Y quiero mencionar también a José. M. Micó, que toca la importantísima parte para corno di bassetto que Mozart escribió para su amigo Anton Stadler, un virtuoso para quien también escribió el Concierto para clarinete y el Quinteto con clarinete. Es casi un personaje que canta desde el foso, y exige una delicada habilidad para el fraseo que Micó logra con solvencia.

La clemenza pasó mucho tiempo olvidada. Tiene que sobreponerse a haber sido gestada a la vez de dos colosos: la Flauta mágica y el Réquiem (una rivalidad entre hermanos difícil de salvar). El tema, de romanos, y la ópera seria, con tanto recitativo, tampoco juegan a su favor. No es, digamos, una ópera fácil. Pero es una música valiosísima. ¡Diablos, que lo ha escrito Mozart!

Foto: Javier del Real, cortesía de Teatro Real.
Foto: Javier del Real, cortesía de Teatro Real.

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