El aguijón del insecto negro - Jot Down Cultural Magazine

El aguijón del insecto negro

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Fotografía: Andrés Franco Harnache.

Aprendemos tarde a valorar los placeres naturales del cuerpo. La simpleza de echarse en la cama, y hundirse de inmediato en el sueño por unas horas, parece la mejor de las dichas después de dos o tres noches de insomnio.

Quienes no padecen de temporadas de vigilia que se extienden durante días pueden creer que se trata de una exageración, pero no hay mejor forma de preservar la cordura que una noche de buen dormir. Conforme las horas pasan y el sol se acerca, el desvelado, si no tiene algo mejor que hacer, puede comenzar a indagar en las condiciones de su vida, un hábito que se hace nocivo si el insecto negro pica durante las noches siguientes. No es ningún secreto que la incapacidad de encontrar el sueño, si no se sabe cómo manejarla, puede derivar en complicaciones físicas y estados mentales en los que es mejor no indagar. No por nada, la privación del sueño es una de las técnicas cultivadas por místicos y cenobitas para bañarse en las fuentes de la iluminación y las experiencias psíquicas, muy para el detrimento de sus cuerpos marchitos.

El insomnio tiene su componente fisiológico, además de su precedente genético. Muchos de los afligidos con regularidad venimos de familias en las que un padre o abuelo, cuando no ambos padres y más de un abuelo, han tenido que enfrentarse toda su vida a noches frecuentes que no parecen tener fin.

Al ser una dolencia no del todo general en la población, pero tampoco exclusiva de unos cuantos desgraciados, pueden encontrarse insomnes célebres por donde uno los quiera buscar. Napoleón, Lincoln y Roosevelt se desvelaron toda la vida. Jimi Hendrix y Groucho Marx no se quedaron atrás. Kafka podía pasar días sufriendo despierto y Edison fomentó el hábito no solo en él mismo, sino en sus trabajadores. Podría existir la tentación de ligar esta falta de sueño con los logros y la producción intelectual, y cierto es que grandes cosas han salido de esas horas entre luz y luz, como En busca del tiempo perdido, que Proust escribió por las noches durante un periodo de enfermedad. Pero también es cierto que el sueño cumple su función creativa. Tanto Descartes, como Shelley y Louis Stevenson, obtuvieron inspiración de lo que encontraron bajo los ojos, y la lista de iluminados no termina con ellos. Tal vez, el sueño y su ausencia son igual de importantes en el crecimiento cultural y tecnológico de la especie.

Contra el insomnio existen métodos cuya eficacia depende tanto de la biología como del estado mental del insomne. Ya lo dijo antes Scott Fitzgerald, cuando apuntó que el insomnio es tan diferente entre las personas como lo son sus aspiraciones y esperanzas. Él mismo recurrió al alcohol para paliar un poco los estragos de sus vigilias larguísimas, pues una o dos copas antes de ir a la cama no hacen más que relajar los ánimos. Sin embargo, lo que para él fue una solución a corto plazo, más tarde se transformó en un problema.

Van Gogh, que además de otros males era incapaz de un descanso natural, solo podía conciliar el sueño si rociaba su almohada y sábanas con alcanfor, una sustancia de usos por lo general benignos, pero que en exceso puede causar envenenamiento. Las hermanas Brönte gustaban de dar vueltas alrededor de la mesa del comedor hasta quedar lo suficientemente cansadas y a Nabokov, que lo sufría de vez en cuando, no le quedaba otro remedio más que trabajar toda la noche y dormir por las mañanas. Y desde luego, si las soluciones caseras no funcionan, o la desesperación puede más que la resignación y el estoicismo, siempre está la farmacología, sobre todo hoy día en que la gente se medica por cualquier cosa. Las hay desde relajantes con diferentes grados de adicción hasta remedios naturales. Si esto tampoco funciona, las calles pueden ofrecer sustancias menos ortodoxas, aunque llegar hasta ellas puede no ser tan agradable.

Fotografía: Andrés Franco Harnache.

Cansarse físicamente es siempre la solución más sencilla, y en casos prácticos, incluso funciona como deporte. Si la ciudad lo permite, las caminatas nocturnas son un ejercicio que no solo agota al cuerpo, sino que calma a la mente. Gente como Dickens, Dumas y Will Self, todos ellos insomnes, son testigos de los placeres terapéuticos que se encuentran durante un paseo en las horas oscuras. La noche y la distancia dan a la ciudad una cualidad que no tiene bajo el sol. Libre del ruido y de la gente, se vuelve como un sueño eléctrico, que, como cualquier otro sueño, tiene una sensación liminal no del todo de este mundo, además de ser agradable. Sin embargo se trata de una solución para solteros y divorciados, para gente por lo general solitaria o de viaje a otras ciudades, lejos de sus familias o, en su defecto, dentro de una relación en la que abunda la confianza. No es nada agradable volver a casa, fatigado por haber caminado hasta las afueras, para encontrarse con la pareja quien, tras despertarse por un vaso de agua o por el frío al otro lado de la cama, cree que hemos salido a vivir amoríos y aventuras.

Tarde o temprano, para la mayoría, el cansancio natural del cuerpo se vuelve más fuerte que los desequilibrios biológicos y las ansiedades psicológicas, y caemos rendidos. Los ritmos del sueño pueden encontrar un balance, muchas veces por periodos de semanas o meses que son como una misericordia, hasta el momento en que el insecto negro aparece otra vez entre las sábanas. Cuando eso ocurre, los ánimos de un insomne convencional ya se han repuesto y la molestia puede tolerarse. Por desgracia, también los hay quienes no son tan afortunados, gente a la que le llega un momento en el que no importa lo que se haga, ya les es imposible desconectar.

El insomnio mata, y aunque sus víctimas pueden contarse con unas cuantas manos, el solo hecho de que la mortalidad sea posible puede consternar a quienes sean incapaces de pegar los parpados. La condición es genética, aunque solo está presente en unas pocas familias, en su mayoría, europeas. Se llama insomnio familiar fatal y es causado por priones, un tipo de proteína que, aunque infecciosa como un virus y capaz de evolucionar, carece de ácido nucleico, por lo que no es un organismo vivo. Hacen estragos sobre todo en la región del tálamo, en el centro del cerebro, lo que deriva en un colapso psicológico y físico. No existe tratamiento, y la falta de sueño se extiende durante meses, un periodo espantoso en el que los afectados pasan de ser personas funcionales a poco más que uno vegetales. Así, hasta el día en que la muerte cae sobre ellos.

Sin embargo, para los que tenemos la fortuna de vivir periodos de insomnio sano, a falta de un mejor calificativo, el descanso siempre termina por llegar. Volviendo a Proust, para él «un poco de insomnio es necesario para apreciar el sueño». Y apreciarlo deberíamos, ahora que las noches están siempre iluminadas y nuestras habitaciones se deslumbran con el azul cobalto de innumerables teléfonos móviles y tabletas. El insomnio hoy está mucho más presente de lo que era hace un siglo, en parte por el tipo de vida acelerada que llevamos, en parte por lo que ahora nos parece la normalidad. El mercado y la civilización hipermoderna no pueden seguir adelante si, en lugar de producir y consumir, pasamos un cuarto de nuestro día bajo las sábanas. El propio estrés por el futuro inmediato es suficiente para mantenernos despiertos, y el futuro inmediato está a solo cinco minutos o a un par de clics.

En condiciones desafortunadas, el insomnio es también una señal de las flaquezas del espíritu. No solo el producto de una mente que, con los ritmos tecnológicos, no quiere o no puede desconectar, sino también un calambre causado por el hambre metafísico y la insatisfacción causada por las pequeñas y grandes desgracias que se sufren en este planeta.

Tal vez hemos perdido algo primordial y mítico al intercambiar las estrellas en el cielo por las luces de la ciudad, o la reflexión personal por la conexión digital y ubicua. Eso no se sabe. Pero incluso si viviéramos aún en tiempos anteriores a la historia, bajo las sombras de bosques plácidos llenos de duendes y hadas, por culpa del insecto negro muchos de nosotros aún tendríamos, de vez en cuando, problemas para dormir.

Fotografía: Andrés Franco Harnache.

2 comentarios

  1. Pingback: El aguijón del insecto negro – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. Ningún comentario? Soy el único que se siente 100% retratado en este texto?
    Tengo problemas con el sueño desde hace años y ya he decidido tratarlos. No quiero tomar medicinas y me han hecho todo tipo de pruebas, pero todas dan buenos resultados.
    Lo próximo es que tengo que ir al laboratorio del sueño donde me van a llenar de cables la cabeza y seguramente me dirán que no pasa nada en mi cabeza, que todos los parámetros son normales.
    Con lo que tendré que vivir el resto de mi vida con estos trastornos pasajeros pero muy molestos.

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