Jot Down Cultural Magazine – La caverna de Platón, el mito de Narciso y la caída de Ícaro

La caverna de Platón, el mito de Narciso y la caída de Ícaro

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Ícaro y Dédalo, 1799, de Charles Paul Landon. Imagen: DP.

Prólogo

La ciencia está de moda. Es mainstream. Existe un universo de frikis, nerds y geeks que toman las aulas, los bares, las plazas y las ondas hertzianas, e incluso la infranqueable televisión, para divulgar y popularizar la investigación científica. La ciencia mola. Los físicos hacen bromas sobre los ingenieros, al puro estilo Sheldon en la ya mítica Big Bang Theory, la cual se ha convertido en un referente, en una biblia apócrifa del movimiento geek. Se adoran obras como Ready Player One, se democratizan imágenes como la Foto 51 y se portan de manera orgullosa emblemas y símbolos como las diferentes insignias de la Flota Estelar; se visten camisetas con frases transcritas de Carl Sagan o de Charles Darwin. Las promesas de la ciencia ficción diseñan los descubrimientos del futuro, como Julio Verne anticipara en el viaje a la Luna hace ya más de cien años.

Al calor de esta tendencia afloran otros colectivos, algunos complementarios, otros contrarios, muchos de ellos reaccionarios, y unos cuantos intencionadamente confusos, que modelan a su antojo la terminología científica mezclando tecnicismos propios de la jerga especializada con vocabulario new age. Estos grupos incluyen desde negacionistas del cambio climático hasta seguidores de las nuevas religiones druídicas, pasando por combativos líderes que atacan la tecnología que permite construir organismos modificados genéticamente.

Surge la duda razonable de qué piensa esa rara avis que es el ciudadano ilustrado español sobre los movimientos contracientíficos. Nos preguntamos lo que mueve a los feligreses de las pseudociencias a abrazar las terapias mágicas, alcanzando metas nunca sospechadas como la de coquetear con su muerte o la de sus propios hijos. Llama todavía más la atención en una sociedad altamente tecnificada, donde la ciencia envuelve silenciosamente cada una de las rutinas diarias, desde prepararse un café a teclear una dirección en el navegador.

Mientras tanto, el científico asiste asombrado y estupefacto a la eclosión de nuevas pseudociencias (verbigracia las dietas detox), a la redefinición de las antiguas (de la imposición de manos de toda la vida al reiki moderno) o al florecimiento de las de siempre (digamos la homeopatía). Y mucho se ha escrito de cómo los científicos, y los escépticos (que no son necesariamente los mismos), deben comportarse frente a la explosión de las pseudociencias: ignorarlas, ridiculizarlas, perseguirlas, impedirlas…

Lo que sin duda es una obligación del librepensador es averiguar por qué existe tal atracción por las artes mágicas, por qué resultan tan seductoras, por qué cada día se suman más adeptos y se abren más pseudoclínicas con terapias irracionales como las flores de Bach o la bioneuroemoción. Es necesario identificar algunas de las claves que subyacen a este enamoramiento carente de sentido y un tanto suicida.

La caverna de Platón

Alegoría de la caverna de Platón, 1604, de Jan Saenredam. Imagen: DP.

Probablemente, el grabado del manierista Jan Pieterszoon Saenredam es el que recoge de forma más fidedigna la explicación del libro VII de la República de Platón. Esta joya del Museo Británico muestra los elementos que explican la ignorancia y el conocimiento, y el sufrido camino que transita del primero al segundo.

Una pared separa la oscuridad de la luz. A la derecha del cuadro, sumidos entre sombras, se amontona un grupo de hombres confinados desde niños, que ven las sombras proyectadas de los objetos verdaderos iluminados por una candela. Los reflejos en el fondo de la cueva, unidos a los sonidos y las palabras que se escuchan al otro lado del muro son «su verdad», aunque el observador externo, el que mira el cuadro desde fuera, percibe claramente el engaño al que están siendo sometidos.

¿Qué podríamos esperar de los individuos criados en el pensamiento mágico no racional que solo ven la representación de los objetos? ¿Son las sombras de hoy en día los bulos de internet y los grupos de Facebook que muestran productos y terapias de base aparentemente científica? El producto homeopático emerge como el más fiel reflejo de las sombras de la caverna, que aparenta ser medicamento, pero que conceptualmente no lo puede ser porque tan solo es una representación del producto verdadero. El packaging se envuelve de verdad.

Pensemos ahora en el otro lado de la pared. Los hombres que conocen la verdad, que suben las figuras al muro para que se proyecten las sombras, que conocen lo que pasa en la oscuridad, pero que además pueden salir fuera de la cueva donde la luz del conocimiento ilumina con fuerza, donde se encuentra el mundo real. Llamémosles «los científicos», por lo que nos ocupa.

Y pensemos en el recorrido, pero sobre todo en el sufrimiento de realizar la odisea de viajar de la oscuridad a la luz del sol. En el centro del cuadro hay un hombre que habla con los condenados a las sombras. Hay dos posibilidades. Puede que sea un «científico» que les está explicando la verdad. Advertimos en ese caso la cara de incredulidad de los hombres oscuros. Para ellos resulta absolutamente incomprensible lo que relata el científico. Es prácticamente imposible entender qué hay fuera sin haberlo visto nunca, puesto que han estado confinados en el mundo de la oscuridad desde su infancia.

Pero hay otra posibilidad. Y es que el hombre del centro del cuadro sea un «regresado». Alguien que ha recorrido el doloroso camino del conocimiento, que ha tenido que ir acostumbrando los ojos, primero a la luz de la candela, luego a la luz indirecta del sol a través del pasadizo que conduce fuera de la cueva, más tarde a la luz exterior y, finalmente, ha logrado mirar al sol directamente. Un camino nada fácil, desde luego. Y aquí nos podríamos preguntar cuál será la respuesta de los hombres de las sombras a las palabras del «regresado». ¿Le creerán? ¿Querrán salir inmediatamente de las sombras y ver el mundo real? ¿O, por el contrario, lo considerarán un loco? Platón elucubra con que pueden llegar incluso a matarlo. Hemos tenido ejemplos concretos de la persecución de aquellos que intentaban alumbrar los periodos históricos de oscuridad, caso de Galileo o de Copérnico, entre otros muchos.

Vayamos un poco más allá. Hay un posible «regresado» más peligroso. Aquel que vuelve a la oscuridad y no revela que ha visto la luz. El poder que maneja es inmenso. Puede influir en las conciencias de los hombres ignorantes a su antojo. Si acierta, o si puede predecir lo que pasará en el fondo de la cueva, todos le creerán. Será un mesías, un profeta, un iluminado en el que confiar. El requisito imprescindible para su negocio es que los demás sigan sumidos en la más profunda oscuridad. Deben seguir creyendo en la certeza de la realidad de las sombras.

El mito de Narciso

Eco y Narciso, 1903, de John William Waterhouse. Imagen: Walker Art Gallery (DP).

John William Waterhouse refleja en este icono del simbolismo inglés el mito de Eco y Narciso. Eco, la ninfa a la que Hera mutiló el habla, concediéndole tan solo la posibilidad de poder repetir la última sílaba. Su pecado fue embaucar a la esposa de Zeus, mientras su marido se entregaba a escarceos eróticos con sus amantes. Eco, que se enamoró perdidamente del atractivo y pérfido Narciso. Eco, la despechada por su amor imposible, aquella que tuvo que refugiarse en una cueva mientras su cuerpo se desvanecía por el inmenso dolor del rechazo del amor único, quedando viva tan solo la reverberación de su voz. De nuevo la cueva, como alegoría del dolor. Y Narciso enamorado de sí mismo, petrificado ante la visión de su rostro en el Estigia, persiguiéndose a sí mismo, hasta la muerte, para luego salir de su estado de pupa y emerger como la más bella flor que nunca se vio entre las aguas.

La pseudociencia tiene, al menos, cuatro Narcisos. El Narciso científico, aquel que se enamora de su ciencia y de sus mecanismos subyacentes, y donde todo lo demás pierde sentido. Solo llega a percibir el dolor de los enfermos al otro lado de la bruma, como el sonido de la voz de Eco en la cueva. No persigue el reconocimiento del vulgo, tan solo de sus pares, pero para poder mostrar su superioridad, su victoria eterna, que trascenderá por generaciones y generaciones.

El segundo Narciso es el escéptico. El enamorado de la ciencia por encima de la ciencia. Poniendo a prueba a la propia ciencia, a sus obreros y a sus andamios. Es mayor el reto del escéptico de descubrir la falacia, siempre en latín, claro está, que de percibir la necesidad de empatía del incauto, del que se enreda en la trampa de la falsa promesa o del remedio milagroso.

El tercer Narciso es el periodista. Cambio periodista por comunicador, divulgador o difusor de la ciencia, así como cualquier otro sinónimo recogido en los diccionarios de nuestra excelsa lengua española, y por el que ya han comenzado ciertas discusiones etimológicas a todas luces inútiles. El periodista se coloca muy por encima del científico en poder explicar al pueblo, allá abajo, las recetas de lo desarrollado. Resulta ser el poseedor de la piedra filosofal que transforma los arduos artículos científicos en mensajes comprensibles para el ciudadano común. Una especie de cura seglar transcribiendo las científicas escrituras al vulgo ávido de comprender.

El cuarto Narciso, el más peligroso, es el pseudoterapeuta. Aquel iluminado, y no todos son de esta especie concreta, que cree a pies juntillas, o a ciencia cierta, que su magia realmente transforma, adormece o ralentiza la enfermedad. Es el guardián del objeto de poder, del Santo Grial, de la lanza de Longinos, de las plantas mágicas que curan cual pócima o filtro de sanación universal. El loco con piel de cuerdo.

El vuelo de Ícaro

La caída de Ícaro, 1636-1638, de Jacob Peter Gowy. Imagen: Museo del Prado (DP).

Dédalo, el estratega del laberinto, es encerrado por el cruel rey Minos en los sinuosos pasadizos por los que un día transitó el monstruoso Minotauro. E Ícaro, el hijo amado, acompaña al padre en su castigo. El arquitecto diseña la estrategia de fuga que luego acabará con la muerte de su querido Ícaro. La cera que fija las plumas de las alas a su espalda terminará por deshacerse por el radiante sol y acabará con el hijo muerto en el mar, que luego será su mar, el mar de Icaria.

Los elementos de la pseudociencia son más obvios que nunca en este cuadro de Jacob Peter Gowy. Partimos del problema irresoluble, la enfermedad en algunos casos, la necesidad de ser escuchado por otros, la soledad, el laberinto, en resumen. Luego está la estrategia errada, el método no científico, el deseo de salir por encima de la lógica, el convencimiento de la magia como solución. Y el ángel caído, el muerto, el condenado, el que ya nunca volverá de los dominios del inframundo de Hades. Y, cómo no, el dolor. El dolor involuntariamente cómplice del padre, que pierde lo más querido, al primogénito. El agujero enorme por haber perdido a Pau, por la conexión mística entre vacunas y autismo.

Epílogo

Mucha discusión ha suscitado el artículo de Fermín Grodira titulado, no con demasiada fortuna, «Arrogantes, maniqueos y endogámicos: la otra cara de los escépticos». Fermín abría la caja de Pandora, que irremediablemente, y por alusiones, producía la respuesta enérgica de las sociedades de escépticos, los cuales luchan cuerpo a cuerpo contra los sacerdotes de las pseudociencias, consiguiendo, desgraciadamente, victorias pírricas en muchos de los casos. Joaquín Sevilla hacía saltar por los aires el principio de equidistancia establecido en el artículo con una frase muy elocuente en su blog: «Vaya, qué mal día hemos tenido, a ti se te muere el padre y a mí se me pierde el boli». Por su parte, Guillermo de Haro se mostraba escéptico sobre el escepticismo, tratando de comprender cómo afecta la posición escéptica a los creyentes de las pseudociencias. Y José Ramón Alonso ponía la cordura que le caracteriza en una carta abierta para explicar a los gestores de los espacios públicos lo que nos estamos jugando realmente.

En cualquier caso, no se trata de establecer una guerra de guerrillas, de pequeñas escaramuzas, o, cuando menos, de disparos certeros de francotiradores contra el complejo problema del auge de las pseudociencias. Tal vez la reflexión más urgente es la de identificar por qué se da el enamoramiento del individuo no científico hacia las pseudociencias y las artes mágicas. Los cuadros nos clarifican parcialmente el camino: la ignorancia inherente a una educación familiar mágica, o a una desinformación autocomplaciente, el doloroso camino de comprender, el narcisismo y sus rehenes, las estrategias absurdas, la encrucijada mortal del laberinto… Pero también la evocación de una falsa idea de naturaleza, de pertenencia a una tribu única y elegida por un dios abstracto o por un líder concreto, con un conocimiento propio del que el mundo carece, la seducción de la conspiración que tan solo es revelada a unos pocos elegidos, el manejo de una información que nadie más posee y que nos salva…

Sobre esto debemos reflexionar. Sobre esto hay que armar los escuadrones de científicos, comunicadores y escépticos para luchar con orden y criterio. Pero hay una condición necesaria. Hay que luchar todos juntos. Sin fisuras.

3 comentarios

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  2. Excelente artículo, así como también el de J. Ramon Alonso ( habitual en estas páginas ) enlazado en el penúltimo párrafo.

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