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Solo la Medusa podía tener esa fiereza en la mirada. Así eran sus ojos sobre la pantalla, el reto definitivo de quien ya no espera nada. Norma Desmond baja la escalera como si estuviera subiéndola camino de la gloria. El mundo la espera petrificado. Y ella ejecuta su coreografía con parsimonia. Pero Billy Wilder ha conjurado su hechizo con el objetivo de la cámara. Ha reflejado la miseria de la estrella que un día fue grande: el pestañeo imposible, las manos crispadas, el cabello ensortijado. Como una gorgona cinematográfica. Como un ser mitológico. «Antes las estrellas teníamos un rostro». El suyo es el de un monstruo congelado en un fotograma. Caemos con ella peldaño a peldaño, pero lo que realmente queremos es reconstruir su ascenso. Ver cómo era Norma Desmond cuando tenía dieciséis años. Antes de convertirse en una sonámbula engañada por el sueño de la fama. «Esta es mi vida. No hay nada más: solo nosotros y las cámaras y toda esa gente maravillosa en la oscuridad». La película va a acabar. Necesitamos saber lo que no ha sido desvelado.
De todas las enseñanzas que Billy Wilder aprendió de Lubitsch, ninguna como el noble arte de la elipsis. La misteriosa maestría de contar con el silencio. De iluminar al personaje con los agujeros negros del pasado. «Dale al público dos más dos y deja que sean ellos los que sumen. Lo van a hacer por ti. Y se van a divertir. Van a jugar contigo». Wilder sublimaría la ecuación el día que convirtió a William Holden en un cadáver flotando en una piscina. El arranque de El crepúsculo de los dioses era la versión más sofisticada de la fórmula de Lubitsch: nos ofrece la suma final y las pistas necesarias para que podamos regresar al principio. Pero Wilder no va a despejar todas las incógnitas. Esa es una de las reglas sagradas de la elipsis: deja los suficientes huecos para que el espectador cuele los párrafos de su propia historia. La otra, que los buenos personajes se modelan con oscuridades, con la gama infinita de negros que Rembrandt desplegaba en sus grabados.
El reto de Wilder no era comenzar con el protagonista muerto. Era escamotearnos la luz de la verdadera estrella, ofrecernos apenas un reflejo de los tiempos en los que Norma Desmond deslumbraba a Sunset Boulevard. Antes de que las películas se hicieran pequeñas. Cuando ella era todavía grande. Wilder lo logra. El truco funciona. Porque el misterio siempre lo hace. Y cuando se dibuja el «The End» sobre el último plano, el espectador se queda reconstruyendo el rompecabezas. Dando vueltas alrededor de la imagen angelical de la actriz ahora devastada a la que un día adoró DeMille. «Tenía más valor, más coraje y más ingenio que cualquier otra jovencita». Nadie lo diría cuando la descubrimos a través de los ojos de William Holden, oculta tras una persiana pretendidamente colonial. Apenas es una sombra tras unas gafas de sol innecesarias. Un personaje quimérico. Un unicornio. Y nuestra curiosidad se siente espoleada. Wilder ya nos había avisado: quiere que seamos como Rudy, el limpiabotas, que nunca preguntaba a sus clientes por su situación económica, le bastaba con mirar los zapatos. Está siguiendo el bendito consejo de Lubitsch: darnos menos para que deseemos más. Dejarnos con la duda de cómo era la Desmond antes de colocar el artículo delante de su nombre.
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«El crepúsculo de los dioses» es probablemente mi oblicuos favorita.
Aconsejo verla sin duda y, justo después, ponerse con Muholland Dtive de David Lynch. Serán 4 de las mejores horas invertidas de vuestra vida. Garantizado
Uno de los mejores artículos que he leído nunca. ¡¡BRAVO!! ??????????????????????
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si han tenido el placer (y la paciencia, la verdad) de ver Magical Girl de Carlos Vermut, espero que coincidan conmigo en que hay al menos tres películas en ese film que se quedan por contar. y yo al menos me quedé muerto de ansia por verlas.
gran artículo!
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