Jot Down Cultural Magazine – El safari de los espejismos

El safari de los espejismos

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El sol del desierto. Foto: ©Paty Godoy

Sonora es «el mundo físico» al que pertenece Paty Godoy, ese lugar donde guarda sus «recuerdos y olvidos». A través de Roberto Bolaño y de Los detectives salvajes, la periodista sigue «las huellas literarias del escritor» para reencontrar su infancia y juventud, esta vez desde una mirada anfibia: la de autóctona y metaviajera.

A veces es como si el viajero resurgiera del agujero negro de su personalidad y se quedase casi sorprendido de la dirección en la que le llevan sus pasos, revelándole patrias del corazón antes desconocidas para él. Je voyage, dijo un loco parisino, pour connaître ma géographie. (El infinito viajar, Claudio Magris)

Sonora es el lugar en el que habita la mayoría de mis recuerdos y olvidos. El mundo físico al que pertenezco, el microcosmos que me pertenece. Mi paisaje sentimental.

El color de su luz, el sonido de ciertas palabras, ese olor repentino a tierra mojada me hacen saber que soy de allí y no de otro sitio.

So-no-ra

palabra

de tres sílabas,

dulce,

magnética.

El lugar donde fui feliz y del que siempre me quise ir. ¿En busca de qué?

Intuía que había algo más allá de aquel horizonte infinito, fuera de aquel territorio que me era demasiado conocido. Abandonar aquel desierto se convirtió en un acto ineludible.

Y me fui.

Pero Sonora y sus recuerdos siempre vuelven. El pasado me envió una postal en forma de novela. Y volví.

Los detectives salvajes me marcaron el camino de regreso a casa. Seguí las huellas literarias del escritor Roberto Bolaño, que a pesar de que nunca estuvo en mis desiertos fue capaz de elevarlos a categoría de espacio mítico.

Su poética visión de Sonora despertó en mí las ganas de escarbar en el mundo mágico de mi niñez, de mi juventud.

Y volví, para comprobar que todo allí ha cambiado y nada ha cambiado.

La aventura de un regreso

Polvareda en Agua Prieta, en la frontera Sonora-Arizona. Foto: ©Paty Godoy

Mi viaje de vuelta a los desiertos de Sonora, como casi todos los viajes, comenzó en un libro. El tercer capítulo de Los detectives salvajes se convirtió, de forma inesperada, en un espejo. Leyendo sus páginas me vi reflejada en la imagen ficticia de aquella geografía que tantas veces yo había recorrido con indiferencia.

En estos desiertos por los que transitan veloces cuatro forajidos en un Impala blanco, en busca de una fantasmagórica poetisa, estaban mis huellas.

Y me pregunto: ¿por qué construir aquí un universo mítico y literario al que huyen los poetas?

¿Por qué aquí, entre «pueblos fantasmas donde moran lagartijas y moscas», entre sahuaros y polvareda?

¿Por qué buscar, aquí, en mis desiertos de Sonora, el sentido último de la vida y el arte?

Aquí nadie usa sombrero charro.

Aquí solo hay desierto y pueblos que parecen espejismos y montes pelados.

La lectura acelerada de aquellas páginas alimentó mi deseo de entender, de aprender a mirar mi tierra, a la que ahora vuelvo, para perderme en sus desiertos, como hicieron aquellos poetas, persiguiendo el sueño más valiente de todos…

Vuelvo al lugar en el que «he sido feliz» saltando charcos, descalza, con mi hermana gemela, en esas tardes de lluvia y risas en las que todo era una fiesta.

Vuelvo para recuperar el olor de mi infancia.

Vuelvo para dejarme seducir por el sol implacable.

Vuelvo para beber de esa luz tan blanca, tan luminosa, que casi hiere.

Vuelvo para disfrutar de sus cielos rojo sangre.

Tuve la sensación no solo de haber recorrido ya estas pinches tierras sino de haber nacido aquí.

Vuelvo para recuperar las huellas de lo vivido.

Vuelvo a mis desiertos de Sonora como lo hicieron ellos: «de espaldas, mirando un punto pero alejándose de él, en línea recta hacia lo desconocido».

La tierra de los horizontes infinitos

Montañas en el río Sonora. Foto: ©Paty Godoy

Manejo al amanecer. Persigo la sombra de mi carro que se refleja sobre la carretera. El sol sale a mi espalda.

Acelero y brotan los recuerdos. Como cuando de niña, con mi mamá y mis tres hermanas, viajaba a la frontera —al «otro lado», como le llamamos— por esta misma carretera larga y de cunetas ralas.

En aquellos viajes miraba con indiferencia a través de la ventana el paisaje árido, inescrutable; matorrales, pequeños árboles y nubes del desierto.

Imaginaba animales que eran montañas: conejos, tortugas, pájaros. Después, me perdía entre las nubes y siempre me quedaba dormida.

A mitad del camino que enlazaba El Cuatro con Trincheras debíamos desviarnos a la izquierda, por una pista que pasaba por las faldas de un cerro con forma de codorniz.

Cuando despertaba, estábamos atrapadas en esa fila de carros que conduce al norte, rodeada de otras niñas que también miraban, aún entre sueños, por la ventana. Cláxones, silbidos, vendedores ambulantes. «Del otro lado» está Arizona, «y en medio, la aduana y los policías de frontera».

Hoy recorro estos «pueblos perdidos» que «parecen espejismos»: Huachinera, Trincheras, Cucurpe; pueblos polvorientos: La Ciénaga, Félix Gómez; otros silenciosos pero con nombres evocadores: Bavispe, Bacerac, Las Maravillas, Las Calenturas, donde solo cantan los gallos o relincha un caballo.

Navego por los desiertos de Sonora, entre estos pueblos que son islas y en los que nadie sabe lo que es una epanadiplosis, en los que nadie leyó nunca a Rimbaud, ni tampoco a Baudelaire. Aquí no hay flâneurs, nadie camina, todo el mundo echa humo sobre ruedas.

Escucho el calor. Veo los ruidos de los animales venenosos. En Altar sigue habiendo poetas salvajes que buscan cruzar el desierto camino del norte. Pero en Caborca no hay rastro de poetisas perdidas. Tampoco en Pitiquito, mucho menos en las calles de tierra que rodean el cementerio de Agua Prieta.

«Como buzo en un lago» me sumerjo en mi tierra para dejarme seducir por sus enigmas y disfruto de la metamorfosis: en Bahía de Kino, en el sordo rugir del océano Pacífico, en el silencio profundo de las aguas del Mar de Cortés, se oculta el sonido de la libertad.

Nos marchamos a la playa. Alquilamos dos habitaciones en una pensión de Bahía Kino. El mar es azul oscuro.

Estoy de vuelta en el punto de partida, en la tierra de los horizontes infinitos, donde los atardeceres duran un siglo, un breve instante.

Carreteras de papel

Foto: ©Paty Godoy

Entre pueblos de «nombres magnéticos e indescifrables», regreso a los desiertos de Sonora para dibujar mi atlas personal.

Pasamos por pueblos llamados Aribabi, Huachinera, Bacerac y Bavispe antes de darnos cuenta que nos hemos perdido.

Avanzo por estos caminos borrados por el polvo que se abren como promesa al más allá. Cruzo este limbo de curvas, de líneas rectas, de elipsis. Rutas que son paréntesis entre lugares.

«Veo huellas diminutas en la arena». Caminos color ocre y pisadas de animales: la codorniz, la liebre, el coyote, el borrego cimarrón.

Me abro camino entre cactus de formas infinitas, que se estiran y acarician el cielo con sus espinas y flores.

A los lados de la carretera veíamos a veces alzarse una pitahaya, nopales y sahuaros en medio de la reverberación del mediodía.

Es el Atlas de Sonora, lo recuerdo. Hace muchos años llegó a casa como un regalo para mi mamá. Con curiosidad infantil, lo contemplamos, lo hojeamos, lo examinamos. Después, se quedó en un rincón de nuestra sala. Y un día desapareció.

Hoy las páginas de este libro inclasificable me lo dicen: la geografía impenetrable de mi tierra solo se puede dibujar, recrear, repensar. Es lo que hizo el sabio chileno de origen catalán, Julio Montané, que se inventó el atlas de un territorio enorme, desértico y nada imaginario: Sonora.

Imagino los desiertos de Sonora como un triángulo construido entre el cartógrafo que los redibujó, el escritor que los reinventó, y yo, que hoy los releo.

Ruidos nocturnos: el de la araña lobo, el de los alacranes, el de los ciempiés, el de las tarántulas, el de las viudas negras, el de los sapos bufos. Todos venenosos, todos mortales.

Imagino el Atlas de Sonora abierto ¿sobre una cama?

Imagino al escritor hechizado por los sonoros topónimos de Sonora.

Imagino al escritor recorriendo con la punta de sus dedos carreteras de papel.

Imagino al escritor que imagina el decorado ideal para la muerte de la poesía.

Imagino al escritor que imagina las coordenadas exactas de una estrella distante.

Imagino al escritor que imagina un infierno de fantasía.

Imagino…

La paradoja Bolaño

Territorio Seri: isla del Tiburón, golfo de California. Foto: ©Paty Godoy

¿Y tú? Yo soy el jinete de Sonora, le dije de golpe y sin venir a cuento. En realidad nunca he estado en Sonora.

Roberto Bolaño jamás estuvo en los desiertos de Sonora. Nunca pisó la geografía que narró. Al fin y al cabo qué más da. Con su imaginación, fue capaz de darle forma literaria a este paisaje «sediento e indiferente». Es la gran paradoja del arte. También consiguió traerme de vuelta a este laberinto de rayos de sol y sombreros vaqueros.

Continúo mi errático leer y vagar por este desierto de enigmas, en el que el escritor imaginó «un infinito, eterno, inacabable crepúsculo sin final».

Epígona y metaviajera. Sigo el rastro que dejaron aquellos detectives extraviados en esta terra incógnita. Caborca. Un pueblo. O sea, una revista. O sea, la poesía. O sea, Cesárea. Un poema, ese poema: Sión, Ción, Navegación.

El desierto se transforma, te transforma, me transforma.

Trato de recordar mi pasado, pero ya no puedo. Un desierto, este desierto, es presente absoluto. Me enfrento a mi propia sombra.

Llegamos a un pueblo llamado El Oasis, que en modo alguno era como un oasis sino que más bien parecía resumir en sus fachadas todas las penalidades del desierto y luego volvimos a salir a la federal y entonces Lima dijo que los desiertos de Sonora eran una mierda.

«¿Qué hay detrás de la ventana?»

Me pregunta el escritor.

Yo misma. Es un espejo, le respondo.

He vuelto. Como ya se sabe, el safari de los espejismos siempre termina en casa.

He vuelto. Viajo, como dijo aquel sabio loco, para conocer mi geografía. Y aquí estoy. En el punto de partida, transformada y dispuesta a «dejarlo todo» y «lanzarme a los caminos, de nuevo».

Para regresar a ninguna parte.

He vuelto.

Foto: ©Paty Godoy

Este artículo está extraído del número 6 de Altaïr Magazine, disponible en nuestra store.

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(1). Todas las referencias y citas, de la novela Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, pertenecen a la edición de editorial Anagrama, año 2000, colección Compactos, número 232.

(2) He tomado la idea de «safari de los espejismos» de la lectura del artículo «El copiloto del impala» de Juan Villoro, publicado en La Jornada Semanal el 18 de julio de 1999.

One Comment

  1. Quiso la casualidad que Bolaño se inventase una Ítaca de desiertos que ya existía. Magnífico artículo. La lectura de Los Detectives Salvajes fue para mí, a los 20 años, una experiencia (literaria y no literaria) que me marcó bastante. Me ha encantado leer eso de «de espaldas, mirando un punto pero alejándose de él, en línea recta hacia lo desconocido», pues durante mucho tiempo la quise hacer mía. Gracias por redescubrirme Sonora y sus desiertos.

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