Precaria, feminista y lectora: tres ensayos de 2017 que te servirán en 2018

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Foto: Max Pixel (DP).

Ahora que se ha esfumado el furor por las listas de las-mejores-cosas-del-año (aunque aún quedan las que anuncian lo que está por llegar en 2018) la vida nos ofrece un generoso paréntesis para valorar con calma otras propuestas que han acontecido durante el pasado 2017 cuya proyección se anticipaba a acontecimientos venideros y se extendía sin fecha de expedición; hablo de tres ensayos perfectos para leer en la condición póstuma en la que estamos inmersos, pues no precisan de inmediatez. Según la filósofa Marina Garcés, que es la autora de uno de ellos, el eterno presente que trajo la posmodernidad en los ochenta del siglo pasado se ha convertido hoy en una amenaza que no nos pregunta hacia dónde vamos, sino más bien hasta cuándo vamos a estar así. Anota Garcés preguntas-ejemplo que van desde lo más cotidiano hasta lo colectivo: «¿hasta cuándo tendré empleo?», «¿hasta cuándo habrá pensiones?», «¿hasta cuándo habrá agua potable?». En este tiempo apocalíptico Donald Trump a un lado, al otro Kim Jong Un y en medio nosotros, que en ocasiones votamos malresulta sencillo desentenderse ante la aparente irreversibilidad de la catástrofe: asistimos al fin de la vida vivible en una época en la que la austeridad, lejos de imponerse como un valor ético, se presenta como un «reajuste de los márgenes de una vida digna». Ante tal panorama el individualismo, taimado, acecha, acentuando el aislamiento y desechando causas colectivas que busquen un bien común. Que piensen otros, ya retuiteo yo. Total, el mundo se va a acabar.

Contra esto, Garcés propone una nueva ilustración radical (así se llama también su libro, publicado por Anagrama en una nueva colección de cuadernos) que combata la credulidad, que se mantenga insumisa ante la ideología póstuma que nos mantiene alienados y absortos esperando el fin; pretende armarnos para pensar lo único que merece ser pensado: aquello que, de una manera u otra, contribuya a hacernos mejores. La lectura figura como uno de los principales recursos del pensamiento para construir un corpus radical frente a discursos post mortem, ¿pero qué leer ahora que, según la autora, «las instituciones globales de la cultura se han convertido en la sede permanente de la crítica cultural»? Garcés reprocha que hoy la cultura se reduzca a la reseña: así, la filosofía no es filosofía sino critica de la filosofía, la literatura es en realidad crítica de las formas literarias y lo mismo ocurre con el arte, la música y las distintas materias. «Esta circularidad —escribe— es parte de nuestra experiencia póstuma, ya que se trata de un ejercicio de la crítica que solo puede moverse en el espacio que queda entre lo que ya fue y la imposibilidad de ser otra cosa». También las listas son una manera de dirigirnos: quizás no necesitemos saber por qué Solenoide (Impedimenta, 2017) es tan buena, sino por qué necesitamos leerla. Se preguntaba recientemente Fran G. Matute si algún periodista se la habría leído entera antes de juzgarla —es un buen tocho—.

En este sentido, Garcés asegura que de nada sirve la digitalización, pues lo vital es que podamos relacionarnos con el conocimiento «de manera que contribuya a transformarnos a nosotros y a nuestro mundo a mejor», ya que cuando este es masivo se vuelve indigesto. Vivimos aturdidos, desorientados y así nos convertimos en crédulos desinformados. Por algo recientemente, en 2016, surgió la posverdad desde las profundidades de la lengua: era necesario urdir una palabra que viniese  a decir que, en un plano emocional, a veces es más cómodo creernos los embustes.

Desde la antigua Grecia (y también en la cultura asiática, la autora referencia a Lao Tse y a Zhuangzi) a los primeros ilustrados: para Platón y Heráclito no era tan importante el acceso al conocimiento como la conquista de la verdad —el logos, la idea—; y a Diderot y compañía ya se les atragantaba la idea de que la Enciclopedia compilara más información de la que fuera posible asimilar. Ahora hay tal algarabía a la que atender que ni siquiera podemos recopilarla adecuadamente.

En Los reinos de papel (Siruela, 2016) Jesús Marchamalo se adentra en las bibliotecas de grandes escritores. Echarles un vistazo puede ser parte de una metodología de investigación: ellos también se quejan de la imposibilidad de leer todo lo que compran, les regalan o les llega de parte de las editoriales. «Creo que los libros están ahí para ser leídos, para ser usados, para ser anotados», arguye Juan Marsé contra el acopio innecesario. En un reportaje de La 2 graban su sala de lectura: tiene, todo sea dicho, un buen tamaño, pero nada más allá de lo que un aficionado a la literatura pueda llegar a cosechar a sus sesenta años, por ejemplo. Desde luego, nada en comparación con los 20.000 ejemplares de Javier Marías, que es de un ostentoso que hasta ofende. La biblioteca como acumulación.

Esto nos genera tal impotencia y dependencia que, en el siglo de las cosas smart para la gente idiota, acabamos delegando en otros que dicen que han leído: desde mi credulidad creo en lo que me cuentes, «puesto que no podemos formarnos una opinión sobre todo lo que nos rodea, seguimos o nos apuntamos a las que nos ofrecen ya formateadas, sin tener la capacidad de someterlas a crítica». Sobre esto han incidido Kant, Robert Pfaller y Zizek, entre otros. El último llama interpasividad a la delegación de tareas que finalmente no hacemos y que acaban haciendo otros o bien pasando por una máquina. De esta manera generamos movimiento vacuo: descargamos películas que no vemos, fotocopiamos cosas que no leemos, compramos y apilamos libros en la mesilla aun teniendo otros que no hemos leído, ponemos música en Spotify que no atendemos. Todo esto «no genera experiencia, compresión ni desplazamiento alguno».

Cuando no hay tiempo para leer

Pero a veces no hay tiempo y emerge la prisa, horrenda enfermedad. No hay tiempo porque debemos dedicarnos a otras cosas que nos permitan comprar libros, y a menudo no son estos los oficios con los que habíamos soñado. La mejor parte de El entusiasmo, el laureado ensayo de Remedios Zafra, habla de eso. Se concentra en la primera mitad y se hace difícil no subrayarla entera. La autora crea un concepto que duele y que se extiende a lo largo de todo el texto: la vida aplazada. Quien escribe no es mayor, ni mucho menos, pero tampoco es joven y lo sabe, es insoslayable: «para quienes tienen pocos años es fácil considerar la vida como algo a punto de empezar, pero la juventud se apaga con el tiempo (…) Difícilmente reconoceremos que en el impedimento también habita la vida». Entre impedimento e impedimento andamos, de trabajo temporal a beca circunstancial, como si el ser estuviese al final de un camino que se va alargando, una vida eternamente pospuesta. En una analogía entre literatura y vida, Carmen Martín Gaite dejó dicho algo importante en El cuento de nunca acabar: «no hay duda de que lo que no voy escribiendo, por escribir se queda. Me quiero engañar, pensando vagamente que cada visión y experiencia me enriquece, y así me van lloviendo encima los días, cada uno de los cuales arrastra con sus gotas las gotas del anterior, sin que me esfuerce por investigar en qué aljibe se recoge toda esa agua o qué tierra fertiliza». Como dejar para luego los apuntes sobre un sueño inmediato: no sirve de nada intentar recuperar la pureza al tiempo. La vida que se aplaza, recurriendo a Garcés, es precisamente la vivible: una entelequia que vamos retrasando entre práctica laboral y contrato precario, entre trabajos concebidos para pagar el piso («cuando ahorre podré dedicarme a esto por completo») y vueltas forzosas a la casa familiar (dice Zafra que siempre se vuelve al sur, aunque no esté allí la ciudad de origen, porque en estos casos se suele descender en la escala de expectativas).

Dicen de El entusiasmo que en su proceder pasa por alto las industrias culturales (el cine, la música, el mundo editorial, las artes, ya sabéis) y se centra en la academia, o más bien en la frustración que conlleva ser parte de ella. Y es cierto. Pero el mismo desasosiego nos apela a todos y, sobre todo, recuerda a la tragedia de los doctorandos, a mí en concreto a una amiga que sufre por no poder escribir su tesis. No es cuestión de calificaciones: ella es excelente, pero comparte destino con el 70% de los investigadores que en España no disfrutan de becas o ayudas públicas que los amparen. Es desolador. La veo a ella cuando Remedios Zafra se refiere a congresos que cobran por la asistencia —y una asiste a exponer su trabajo no remunerado, por si se nos olvida—, seminarios que hay que organizar, artículos para revistas que debe escribir, su curro de fin de semana, el segundo máster que estudia —para ganarse la vida de algún modo, porque se ve que con la teoría es imposible—. Todo a partir de un esfuerzo ímprobo con el fin de engordar el currículum y complementar una tesis que, como nuestra vida, se aplaza continuamente. Una vez me dijo que ella era una empollona y que para eso servía: para leer, leer y escribir, para dar con algo. Adiestrada para los trabajos prácticos, por fin reparé en la importancia de lo que contaba: también los empollones profesionales deben tener su sitio. Los necesitamos, entre otras cosas, porque nosotros no lo somos.

Nada magnífico puede salir en poco tiempo con una concentración parcial a todos los niveles, con el cansancio y el agobio como compañeros de nuestras casas-habitaciones. Merma nuestros logros, siendo siempre sujetos en potencia, a punto de ser, mientras pasa yermo el tiempo.

«Es que no estoy concentrada. Escribo mierda, estoy cansada»

Empieza la segunda jornada laboral —esta me convierte en freelance— y se lo acabo de comunicar así a mi novio a través de una pantalla. La precariedad también nos mantiene lejos. Dice Zafra que las pantallas nos conectan al mundo, a nosotros —seres aislados, trabajadores culturales—, desde nuestras casas-habitaciones. Es tremendo: la arquitectura como maldición. Lo suscribe Sergio C. Fanjul, otro entusiasta, en un poema extraído de su Pertinaz freelance (Visor, 2016): «El día presenta su tráiler mañanero:/llegar al puesto de trabajo a escasos cinco metros/de la cama (es decir, sobre la mesa escandinava/que ocupa un flanco privilegiado del comedor)». «Una habitación es capaz de hablar de la época y del poder porque en ella pueden configurarse determinados tipos de vida y no otros», escribe la autora.

Soy presa por las tardes de un entusiasmo que no es solo un estado vocacional (y la vocación, lejos de ser innata, en la mayoría de los casos es una construcción cultural), también es una provechosa herramienta de explotación capitalista. Por amor a su oficio, el entusiasta es capaz de trabajar años con contratos que apenas si pagan el alquiler del piso; y otros tantos, habiendo ya sucumbido, currando en algo que nunca eligió, dedicando así el resto de su tiempo a participar en proyectos  —el lenguaje no es inocente: nos han hecho creer que nuestros trabajos no son trabajos sino proyectos por estar desprovistos de horario definido e incluso de contrato. También, de un tiempo a esta parte, nos han despojado del nombre; de hecho resulta incluso incómodo interrogar a alguien por su identidad. A día de hoy esto se traduce en una pregunta obscena: «¿y tú qué haces?», «¿en qué trabajas?», entre sus variantes más típicas. Esta cuestión, además, se pronunciará prontamente y encabezará un diálogo que en ocasiones puede resultar bochornoso, un oprobio para el interlocutor, que de repente se encuentra abordado, sin saber qué contestar. Al hilo recuerda Remedios Zafra cuando, en el pueblo, su identidad correspondía a la genealogía: el «y tú de quién eres» ha pasado a convertirse en «¿a qué te dedicas?». Al respecto, se dice Zafra:

A menudo la diversidad de cosas a las que se dedica Sibila la hace olvidar si acaso su ser existe más allá de lo que hace, de lo indefinido de su dedicación difuminada en mil prácticas.

Sibila, personaje al que acompañamos durante la mayor parte del libro, es la entusiasta. Es la cajera, la librera, la artista, la lectora, la escritora, la profesora particular; Sibila hace collages, Sibila ha trabajado en tiendas de ropa deportiva. Sibila en el libro intenta seguir la carrera académica, pero fuera de él puede ser cualquiera de nosotros. A partir de este personaje que Zafra crea, yo me invento que Sibila, durante un periodo de —corto, esperemos— desempleo, se apunta a uno de estos cursos que siempre vienen bien: un curso para ser (así, de buenas a primeras) un Social Media Manager.

Allí no cesan de hablarle de la marca personal: ella no debe ser ella sino exponerse como ella en una constante actualización de feeds con nuevas monedas como recompensa: los likes, los retweets, las visualizaciones. Su éxito se emitirá en directo, pero también su fracaso. Aquí, una vez más, Zafra llega a la misma conclusión que Garcés: la célebre y diferenciadora, repetida hasta la extenuación, marca personal, no es otra cosa que la enésima deriva individualista que nos hace olvidar un objetivo común.

Frente a los hombres fotocopia, pagados de sí mismos, siempre encantados de haberse conocido, esos tunantes workaholics, gente como Miya Tokomitsu, profesora de Historia del arte en la Universidad de Melbourne y autora del libro Do what you love, pretende alertar de los peligros de la sonrisa entusiasta, del riesgo de justificar todo tus sacrificios en pos del «elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida». Al no ser conscientes de nuestra propia explotación, encontramos la salida en la autosuperación, dejando a un lado otra vez acciones colectivas, sindicales o políticas. Aquí la competencia emerge forma brutal, aislándonos aún más como individuos, solos en nuestras casas-habitaciones.

Encarnamos nuestro trabajo, se observa en nuestras biografías de Twitter: entrepeneurs, freelances, activistas, periodistas, ingenieros mecánicos, agobiados autónomos. Queremos diferenciarnos del resto, ser mejores, especializarnos y para eso nos presionamos en busca de un trabajo en el que, al menos, cobremos mil euros, renovada cifra de la felicidad.

Todos deberíamos ser feministas (radicales)

Además de estar íntimamente ligado al libro de Marina Garcés, El entusiasmo sirve para enlazarnos a uno de los ensayos más controvertidos —y, quizás, valientes— del último año. En el año del feminismo, Zafra, en línea con sus anteriores publicaciones, relaciona continuamente su texto con el movimiento al hablar de una precariedad «feminizada». Las mujeres —que copan las ciencias sociales y las humanidades— son más vulnerables en el tejido empresarial; a ellas, entre otras cosas, «les salpica la abdicación de los poderes públicos en sus responsabilidades sociales relativas al cuidado y a la atención a las personas dependientes». Sin embargo, «mientras los trabajos culturales son territorios muy feminizados, allí donde estos trabajos (ampliados en sus facetas culturales, académicas y creativas) comienzan a estar prestigiados, mejor remunerados, y a suponer un poder explícito (pongamos a esta idea, por ejemplo, puestos de director o catedrático), la cosa cambia», afirma Zafra.

La responsable del libro referido al inicio del párrafo anterior es la escritora estadounidense Jessa Crispin, autora de Por qué no soy feminista. Un manifiesto feminista (Lince Ediciones). En 124 páginas, Crispin presenta un texto necesario, no falto de argumentos pero con imposibles. En su planteamiento, la autora aboga por una reivindicación, en ciertos aspectos, del discurso de ciertas feministas radicales de la segunda ola que considera denigradas (Andrea Dworkin, Catherine MacKinnon y Shulamith Firestone, por ejemplo). Reclama un feminismo que acabe con las camisetas con mensajes empoderadores made in Bangladés, con la pedagogía destinada a que el hombre comprenda la magnitud de la cuestión («ellos no son nuestro puto problema», dice), con las secciones dedicadas al tema en revistas de tendencias, con los artículos tipo «por qué el feminismo te ayudará a conseguir mejores orgasmos», con las Ylenias de nueva consciencia; en definitiva, con un feminismo pop, universal (no importa cómo, lo importante es que nos llegue a todas, como la regla) y facilón, más ramplón, que no implique una lucha activa sino que sea tomado como estilo de vida, lo cual, según la autora, lo convierte en «un producto más» que «no sirve para cambiar el mundo».

Lo que viene a decir Crispin, muy lacónicamente, es claro a la par que demoledor: «ahora que las mujeres crecen con ese acceso al poder, no veremos un mundo más igualitario, sino el mismo, solo que con más mujeres en él». Lo que parece reclamar la autora es, por encima de la conquista feminista, un cambio en el statu quo, «una revolución total», en sus palabras. Para ella, la lucha del feminismo actual está focalizada en la conquista económica —como los hombres, solo valdremos por lo que tengamos—, en el beneficio personal «disfrazado de progreso político». Al final, buscamos medirnos, según dice, con sus mismos criterios laborales y económicos de consumismo y competitividad —a veces incluso para ser amadas—, renunciando a valiosas cualidades que, por suerte o por desgracia, nos han acompañado tradicionalmente en el tiempo: los cuidados, las tareas artesanales o incluso el arte de contar cuentos. Considera la autora que los hombres no se han adaptado a tales deberes, sino que simplemente se han abandonado porque ya no se consideran valiosos. «Ellos son el modelo: la manera patriarcal de hacer las cosas es la única manera que conocemos de hacer las cosas», argumenta. Otro fragmento interesante que viene al hilo: «Hay muy pocas historias e ideas sobre cómo vivir fuera de estos sistemas y, aun así, sentirse y ser considerada valiosa y respetable. Si una mujer solitaria quiere hacerse famosa en nuestra cultura, más le vale comportarse como un hombre solitario: con independencia económica, un voraz apetito sexual, sin hijos y sin ningún lazo que la una a la comunidad o la sociedad».

En resumidas cuentas, que según Jessa Crispin ya puedes ser una CEO exitosa, independiente, orgullosa de tus éxitos, proclamadora feminista, poderosa, que si tus empleados están en una situación de desigualdad, tú no eres feminista, ya que al margen del dinero y del poder no te estás esmerando por cuidar las causas colectivas. Ejemplos de estas tiene para repartir: explotación de mujeres y niños en fabricación de productos, contaminación de la atmósfera y las reservas de agua o salarios escandalosamente bajos.

Porque a veces resulta sencillo elegir el feminismo como quien se acoge a sagrado en mitad de una emboscada: te puede librar de muchas y complejas batallas mentales. Ella lo llama choice feminism (feminismo de libre elección): «la creencia de que, escoja lo que escoja una mujer —ya sea con respecto a su estilo de vida, su dinámica familiar o su consumo de cultura pop— esa mujer está tomando una decisión feminista por el mero hecho de escoger», de modo que, «por apropiarnos de la decisión, sea cual sea, ya nos estamos rebelando contra el patriarcado y actuando como feministas». Ahí van unas cuantas: depilarse aunque duela horrores, consumir cultura machista (véase el reggaetón, determinadas novelas, películas, obras de arte, casi todo el canon en realidad), casarse, el amor romántico, maquillarse, quedarse en casa, disfrutar el placer culpable de un azote durante nuestros coitos, etcétera, etcétera, etcétera.

Lamentablemente, Crispin nos está pidiendo demasiado. Y, a veces, de forma contradictoria. En un momento en el que urge la unión de fuerzas con el fin de desbloquear logros critica a las defensoras del feminismo universal por pretender conquistarnos a todas y alega que «no parecen advertir» —al fracasar— «que la simplificación convierte al feminismo en un producto insustancial y disneyficado y que tal vez sea la razón por la que tantas mujeres le dan la espalda». Sin embargo, al revestirlo de intelectualidad resultará menos accesible para muchas de ellas, sobre todo para las de menor nivel académico y económico, espectro social por el que ella se preocupa a lo largo del texto. También hay espacio para la polémica: a lo largo de sus capítulos, la autora pone en duda el «victimismo» de algunas mujeres y pone sobre la mesa el tema de su sinceridad a la hora de cuestionar o denunciar a un hombre; en plena campaña de #LeoAutoras se mete con el —según dice— más que generoso acceso que tiene la mujer al mundo editorial en comparación con, por ejemplo, los LGTBQ; llega a hablar de «linchamiento» censurador a los hombres —los considera «actos individuales de venganza», tiempo desperdiciado en lugar de analizar «por qué se repite ese factor de comportamiento (…) y determinar qué incidentes fueron producto de la misoginia y cuáles producto de la mala suerte»— justamente con todo el asunto Weinstein y la Manada de por medio, que están poniendo de relieve una sororidad que ella en cierta manera cuestiona. Como Remedios Zafra y Marina Garcés incide, eso sí, en la preocupación por la colectividad que este 2017 —un año que quizás no haya terminado— ha visto nacer:

Durante siglos, la seguridad de las mujeres se ha usado como una herramienta de propaganda. Si quieres cometer una atrocidad, di que la gente a la que quieres destruir supone una amenaza para las mujeres. Es un pretexto que ha servido para promover de todo, desde leyes antiinmigración (…) hasta la invasión de Afganistán. No deberíamos olvidar que muchas feministas apoyaron esa guerra por la opresión de los talibanes sobre las mujeres. Pero en lugar de mejorar las vidas de las mujeres afganas, matamos a un gran número de ellas y hemos hecho que su vida cotidiana sea aún menos segura y más terrorífica.

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2 comentarios

  1. Ismael

    Contundente. Poderoso. Iluminador. Muchas gracias.

  2. Pues así es: la lectura de libros como estos (los de Garcés, Zafra y Crispin), en lugar de decirnos cómo pensar (como suele ocurrir con la mayor parte de la prensa y las redes sociales) nos abren la puerta para pensar por nosotros mismos y, así, poco a poco, cambiar el estado -precario, machista, individualista y violento- de las cosas.
    Por supuesto, a la lista de libros se pueden agregar un montón más, desde Chimamanda a Virgine Despentes… todas, por cierto, mujeres.
    https://alejandroaliagablog.wordpress.com/

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