Breve antología del insulto

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Luis de Góngora, retratado por Velázquez (1622) / Francisco de Quevedo, retratado por Juan van der Hamen.

Lo sientes nacer en un espacio indeterminado de tu estómago. Lentamente. Al principio es poco menos que un borborigmo amorfo, el equivalente en sonido de las criaturas fungosas de Lovecraft. Poco a poco se va componiendo, de manera lánguida, deliciosa, puliendo las aristas. Dibuja el alcance, paladea el impacto. Asciende desde tus más profundas entrañas, toma aire en los pulmones, saca fuerzas de tu corazón, se encamina hacia tu boca. Subglotis, glotis, epiglotis, cuerdas vocales que cimbrean alegres el adecuado tono. Y llega hasta tus labios. Pam. Seco, sonoro, contundente. Miradas aterradas, pequeños gritos que se ahogan, gestos de incredulidad, a lo mejor cierta sonrisa condescendiente. Notas como si te hubieses quitado un peso de encima. Qué bien sienta.

El insulto.

El insulto en la historia

No manejo el dato, pero tengo pocas dudas de que las primeras palabras expresadas con claridad por la boca de algo que podemos denominar Homo sapiens serían un insulto. Posiblemente llamando feo a su interlocutor, o por el estilo. Y es que si de aguzar el ingenio y forzar las meninges se trata lo de la falta de respeto es campo insuperable…

Lo podemos constatar desde la antigüedad. La Epopeya de Gilgamesh, la narración épica más ancestral conocida, está trufada de insultos. Insultitos, podríamos decir, cosas como «hediondo» apareciendo aquí y allá para solaz de G. R. R. Martin, imagino (o de Cristina Macía, su traductora, vaya). Brota también, de forma paralela, la mímica para acompañar a estas palabras. Ya desde los textos homéricos se coloca la mano abierta con los dedos muy extendidos y separados entre sí, la palma dirigida directamente a quien se está injuriando. Esto se utiliza aún en Grecia, así que cuidado si están de vacaciones y pretenden pedir cinco copas en un pub, porque pueden salir a hostias…

Como les digo, imprecaciones sin mayor maldad, más allá de desear que te pudras en los infiernos y toda tu parentela perezca. Pero sin calidad rítmica, sin magia. Para eso debemos esperar a los romanos, que eran unos tipos mucho más pragmáticos, y con un estilo decadente casi desde el principio que vuelve loco al amante de lo corrompido. Una civilización que deja plasmado, en los famosos restos de Pompeya, el relieve de un pene rodeado por la leyenda HIC HABITAT FELICITAS («aquí se encuentra la felicidad»). Ya ven, los poetas de los urinarios públicos tienen sus propios clásicos. Pues bien, estos romanos sí que nos legaron ciertas creaciones interesantes en el muy noble arte del insulto. Cosas como planissimus (el que se pasa de plano, de llano… el tonto, vamos), verbero (quien merece azotes como castigo, no como placer) o el muy sonoro furcifer, que designa al ladrón (prueben a repetirlo….furciferfurcifer…se le llena a uno la boca). Además serán los romanos quienes entreguen al mundo un insulto aun hoy muy utilizado, aunque desprovisto de su contexto: pathicus. O cabrón, vaya.

¿Echan de menos los muy eufónicos insultos ibéricos? Pues no deberían porque los hay, y conocidísimos. Tenemos idiotas censados desde el siglo XIII (el insulto, no las personas, que aparecen ya en el principio de los tiempos), tenemos imbéciles desde 1524, zoquetes desde 1655 (aunque dado su origen árabe es probable que el término u otro similar se usase durante toda la Edad Media), tarugos desde 1386, y pendejos desde la época de los Trastámara. Por cierto que con este último ha ocurrido algo desafortunadamente habitual cuando del noble arte del insulto hablamos: se ha perdido su significado original. Porque un pendejo es un pelo que brota del pubis. No me negarán que es una bella forma de faltar al respeto.

Pero hay más, algunos con su explicación y todo. El primer gilipollas de la historia de España, por ejemplo, dicen que fue un ministro de Hacienda, inaugurando a juicio de algunos glosadores una larga relación entre el cargo y la consideración. Esto, quede claro, no lo afirma el autor del texto, ¿eh?, no se me vengan arriba.

Resulta que don Baltasar Gil Imón de la Mota tenía un cierto complejo por sus orígenes humildes. Extraño, quizá, porque pese a eso nuestro Gil había logrado ganarse, entre el siglo XVI y el XVII, la confianza de dos reyes (Felipe III y Felipe IV) y otros tantos validos (el duque de Lerma y el conde-duque de Olivares), ascendiendo en la alta sociedad madrileña hasta puestos tan importantes como los de contador mayor de cuentas o gobernador del Consejo de Hacienda. Pero, ay, no tenía un titulazo de esos de poner en la tarjeta de visita y dejar a todo el mundo boquiabierto. Así que, hombre emprendedor, decidió que iba a emparentar con las altas dignidades vía prole. Dos hijas nada menos, Fabiana y Feliciana (otras fuentes dicen que tres), a quienes buscaba casar con alguien de buen copete, por lo que no perdía oportunidad, fiesta o sarao para exhibirlas como si de preciado trofeo se tratasen. Sucede que, al parecer, las muchachas no eran demasiado agraciadas pero, sobre todo, resultaban algo estólidas, por lo que la insistencia de don Baltasar resultaba ya comidilla y chanza entre los pisaverdes (los pijitos…otro insulto a recuperar) de la Corte. Hasta tal punto que cuando se veía aparecer a padre y herederas por la puerta de los bailes todos cuchicheaban. Por ahí vienen don Gil y sus pollas (una forma despectiva de referirse a las muchachas jóvenes en la época), decían. O, abreviando, por ahí llegan los Gil-y-pollas. Ya ven. De ahí al infinito, que se non è vero è ben trovatto.

Ni siquiera los eclesiásticos se libran de ese gustirrinín que deja en el cuerpo un insulto bien lanzado. Lo que no es de extrañar, ojo, que ya la Biblia recoge todo un reguero de imprecaciones dichas con acierto, y hasta el mismo Jesús, nos cuentan los evangelistas, tenía a veces en los labios un «hipócrita», «serpiente» o «malvado» presto a brotar…

Mi intercambio dialéctico preferido en este campo data del siglo VIII, y tiene como protagonistas a Elipando, un arzobispo de Toledo, y a Beato de Liébana, el monje autor de los «Comentarios al Apocalipsis» que luego serán profusamente copiados, e iluminados, durante toda la Edad Media (de hecho esos tomos serán conocidos como Beatos). Todo muy El nombre de la rosa, para entendernos. Pues bien, estos dos tipos tenían una polémica bastante gorda en torno al año 785 (invierno arriba o abajo) sobre una herejía que se llama adopcionismo y que, básicamente, permitía a Elipando vivir cojonudamente en el Toledo musulmán mientras otros cristianos, entre ellos Beato, chupaban frío y humedad en las tierras del norte. Se hacen una idea. El caso es que el amable intercambio epistolar que se dedicaron los sujetos contiene algunas de las mejores muestras de hostias dialécticas que jamás fueran creadas. Elipando dice de Beato que era un milenarista (al parecer esto era cierto, y Beato convenció a la alta sociedad lebaniega para que esperasen el fin del mundo en un monte durante una especie de fiesta rave que acabó con todos satisfaciendo sus apetitos) y Beato le contesta, cuidado, que Elipando es el cojón del Anticristo. Ojo, el Cojón del Anticristo. Detengámonos en el término y analicémoslo. Luego pensemos dónde se sitúa el tal cojón y las cosas que podrá ver durante toda la eternidad. Escalofriante. Elipando, ni corto ni perezoso, dice de Beato que tiene la boca hedionda y es fetidísimo (lo que en la Edad Media parece poca ofensa, la verdad) y después le llama antifrasto, que es un insulto muy elegante y distinguido, demostrando gran inteligencia y una puntería aguda al dirigirlo a quien lleva por nombre Beato (la antífrasis consiste en afirmar lo contrario de lo que se quiere decir, con lo que nuestro Elipando viene a señalar la ironía de que alguien llamado Beato sea un pecador de la pradera). Todo un arsenal, como ven los lectores, de dialéctica postpatrística y mala leche.

Escribiendo faltas de respeto

Si lo del insulto es género literario de por sí, y a estas alturas nos va quedando bien claro, es menester pensar que quienes mejor lo manejen sean los propios escritores, ¿verdad? Y de entre todos podemos destacar a los gigantes del Siglo de Oro español, no en vano reúnen dos grandes facultades que los hacen gigantescos creadores de ofensas: su maravilloso dominio del lenguaje y su gran condición de hijos de puta resentidos, envidiosos y crueles.

Seguramente el más conocido en estos menesteres sea Quevedo, en quien convivían admirablemente todas las características antes señaladas. A Góngora le llamaba desde bujarrón hasta marrano (por tener sangre sucia, no por cerdo…aunque ya entrados en materia al bueno de don Francisco no creo que le importase el equívoco), además de lo de la nariz (también por lo hebraico) y otras pequeñas minucias más mundanas, como comprar la casa donde vivía para luego desahuciarlo, cual si de un banco cualquiera se tratase. Pero no era el único. El mismo cordobés no dudaba en responderle, tachándolo de ignorante, borracho o cojo (acertaba dos de tres). También solicitó, en una ocasión, las traducciones que hacía Quevedo del griego para leerlas con su ojo ciego (el que es poeta es poeta)… es decir, para limpiarse el culo con ellas (con perdón del copista, aclaramos). También reparte a Lope, de quien dice que es un necio, un zote, un tagarote (el escribano de un notario… coincidirán conmigo en que llamar notario a un poeta es el insulto más grave de todos los recogidos aquí). El Fénix trufa sus comedias con perlitas de todo tipo, desde babieca hasta sandio, pasando por zamacuco, tuturuto, sansirolé, mamacallos (razonen el significado específico de este), tolondro, cipote (ejem) o estólido, que es uno de los que más utilizo en mi vida diaria. Ah, también se mete con alguien llamándole zurdo, para que vean cómo cambia la historia. Y de Cervantes qué decir… leer El Quijote es encontrarse con toda una retahíla de desprecios y repulsas. Claro que, como dice Sancho Panza, «no es deshonra llamar hijo de puta a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle». Un poco lo que hacen hoy algunos, que pasan del «usted» al «qué tal, cabronazo» con (insultante) facilidad.

Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós. Imágenes: Arquivo da Real Academia Galega y autor desconocido (DP).

Luego los grandes escritores tienen ese je ne sais quoi que les hace responder raudos con un insulto certero en momentos de máxima tensión. Porque esa, y no otra, es la mayor muestra de genialidad que se puede exponer. Como aquella vez que Emilia Pardo Bazán se cruzó con Benito Pérez Galdós en una escalera (ambos traían detrás toda una historia que acabó mal, porque menudos dos torrentes, amigos) y le espetó, muy digna, «viejo chocho», a lo que don Benito respondió, con toda su tranquilidad y su cara de billete de mil pesetas, lo mismo pero cambiando el orden de los términos.

Claro que el campeón invicto de los insultos fue un belga catolicote y aburrido que firmaba como Hergé. Vale, en las páginas de los veintitrés álbumes protagonizados por el sosainas de Tintín no hay sexo, no hay muerte (y cuando la hay aparece representada con diablillos naíf), no hay demasiada sangre. Pero insultos…vaya, en eso Hergé mostró tener una enorme inventiva, y una mala uva que se agradece un montón. Ambrosía para los paladares más exigentes, sí, cuando Archibaldo Haddock saca a relucir su muy extenso lenguaje, seguramente aprendido en tabernas (igual hasta en burdeles) de barrios portuarios por medio mundo. Un total de doscientos sesenta y cinco insultos hay censados en las quince aventuras donde aparece Haddock, lo que nos da una maravillosa media de casi dieciocho por libro. Extensa lista que destaca, además, por su originalidad: desde anacoluto hasta grotesco polichinela, pasando por Atila de guardarropía, logaritmo, mujik, Mussolini de carnaval, coloquíntido, zapoteca de truenos y rayos o, mi preferido, bachi-buzuk de los Cárpatos. Ojo, muchos de ellos definen realidades poco o nada ofensivas (un bachi-buzuk, por ejemplo, es un mercenario otomano) con lo que podemos inferir otra de las características principales del insulto: su intención. No importa qué llames al otro, sino hacerlo con el tono correcto.

El Hergé español, al menos en cuanto a los insultos, es sin duda (en pie todos, por favor, y aplaudan con fuerza) Francisco Ibáñez. Sus creaciones están salpicadas de ofensas bien dichas, destacando las descacharrantes últimas viñetas que (casi) siempre muestran a sus personajes persiguiéndose en una orgía de violencia física y verbal que hoy sería sin duda censurada por traumática para los niños. Berzotas, merluzo, alcornoque, botarate, mentecato…a uno se le llena la boca de miel solo con decir esas palabras. Lo mejor, háganme caso, es repasar la obra de este artista genial para disfrutar con la luminosidad de sus insultos.

Delicias endémicas

Si hay algo que une a toda la humanidad, por encima de credos, procedencia o ideologías, es su tendencia natural por insultar a sus semejantes. Lo cual no quita, evidentemente, para que cada cultura tenga sus propias formas de cagarse en los muertos ajenos, muchas veces en base a criterios de carácter geográfico, evolutivo o, simplemente, en atención al capricho del momento.

Existen una serie de bases que pueden resultar intercambiables en todo el mundo. Las palabras, por ejemplo, que se refieren al pene (cazzo), a la vagina (figa) o a la vida pública de la progenitora (figlio di puttana), todos en italiano. También, claro, las maldiciones familiares (el serbio «me cago en todos los de la primera fila de tu funeral» me parece especialmente acertado) o las que te invitan amablemente a irte a ciertos lugares o realizar ciertas actividades (en francés te dicen va te faire mettre y claro, como suena tan bien, te cuesta hasta ofenderte).

Pero después hay toda una caterva de particularidades idiomáticas e incluso regionales que merece la pena destacar. Algunas, de tan repetidas, hasta parecen haber perdido su significado original, como las inglesas asshole o motherfucker, con cuya traducción literal quizá deberíamos solazarnos cada vez que las escuchamos en una serie. Los daneses, ese país con unicornios y contratos únicos, tienen una expresión bastante gráfica que es kors i røven, y que significa literalmente «(que te metan) una cruz por el culo». Ya ven, tanto Kierkegaard para esto. En el educadísimo idioma japonés nos pueden decir kuttabare y nos tenemos que joder, o llamarnos manuke y a lo mejor no lo entendemos, por tontos. Y los habitualmente chiflados rusos también extienden esa extravagante visión del universo a sus imprecaciones, con cosas tan llamativas como yob tvoyu mat (que puede significar, dependiendo del contexto, desde el literal «he besado a tu madre» hasta «vete fuera de mi vista»…ya me dirán la relación) o júy (que lo mismo sirve para hablar del pene que para designar a un imbécil).  

Con el otro lado del Atlántico compartimos el uso del castellano y la mala baba para insultar. Ya hablamos, oh sí, de los pendejos, pero también están los boludos, los perros, los huevones, la chingada, el verraco o el chimpapo. Incluso tenemos gozosas expresiones compuestas, hallazgos felicísimos de nuestro maravilloso idioma que, una vez más, usamos sin tener en cuenta su significado literal. Así, que te manden a la «concha de tu madre» o a comer un «pingo» resulta toda una experiencia. Hay que aplaudir desde aquí el esfuerzo que la conocida serie Narcos ha hecho para dar a conocer por todo el mundo alguna delicatesen verbal como «hijueputa» (hay que decirlo más), «gonorrea» o «sapo». Gracias, mil veces gracias, han enriquecido ustedes profundamente mis cenas de amigos.

También tenemos, por último, diferentes formas de entender las faltas de respeto dependiendo de los lugares de estas dos Españas, una te helará el corazón, donde te estén mandando a esparragar. Así, por ejemplo, si aquí en Cantabria le dicen que es usted un palajustrán sepa que lo llaman liante, que sí, que tiene mala idea, algo parecido a un talingón, o a un venigoso; y si lo tildan de mondregote le están haciendo saber que se lo tiene usted muy creído, pedazo de imbécil. Ah, las mujeres tienen sus insultos propios, claro, por lo de la paridad, y así las rámilas son hembras de mucho genio, las lumias son aquellas (sobre todo niñas) algo sabihondillas y repelentes, y bardaliega será la que gusta de pasar mucho tiempo detrás de los bardales o las zarzas, preferentemente en posición horizontal y acompañada…

En Galicia llamarán parvo al poco espabilado, y será babayu cuando pase a Asturias, babarrión en Cantabria o kaiku al llegar a Euskadi. Al mismo tipo le llamarán ababol en Aragón, faba en Catalunya, borinot en Valencia o penco en Andalucía. Si logra arribar, quién sabe cómo, hasta los pueblos de la montaña palentina se referirán a él como aberado, Por el camino le habrán escupido un bolo en Toledo, un fato en Valladolid y un zurumbático si se cruzó con Pérez-Reverte a la salida de la Real Academia de la Lengua. Al final toda una vuelta a España de lo más entretenida y didáctica. Aunque igual ni se ha dado cuenta, el muy estafermo.

Ya ven, mis queridos gaznápiros, que esta es materia extensa y de mucho solaz, por lo que nos apena especialmente tener que dejarla aquí, recién expuestos los grandes principios de nuestras tesis y apenas avanzada la investigación sobre el terreno. Eso sí, la certeza de haber contribuido a un enriquecimiento de su vocabulario más irrespetuoso es recompensa suficiente para nuestro esfuerzo.

Sean originales en sus reuniones familiares y de amigos. Insulten con creatividad.

31 comentarios

  1. Quemiras

    Mis preferidos: Infraser y semoviente. Y de paso recomendar a Octavio Mesa que tenía la costumbre de faltar al respeto al oyente en muchas canciones.
    https://www.youtube.com/watch?v=YX10uPAVw0M

  2. El HM de la pradera

    Mi insulto preferido es el muy andaluz “Me cago en tu puta madre”. Amén de lo relajadísimo que te deja, es que es un insulto complejo y maravilloso, que encapsula la esencia misma del exabrupto: desprecio, sexo, escatología, y mentar a la madre de uno.

  3. Pablo Rojo

    Si es por insultos preferidos, el aragonés “desustanciao” me parece lo más fuerte que he oído nunca. Eso de no tener sustancia me parece muy metafísico.

  4. Rafael

    En Canarias,( te falto ) al poco espabilado se le llama Totorota.

    • El HM de La Pradera

      En Andalucía, al menos en la parte occidental, se le llama “Carajote” o “Acarajotao”. Es decir, se es carajote, o se está acarajotao (Comunmente, “acarajotao perdío”).
      Una alternativa buenísima es “Apollardao”.
      Qué maravilla…

      • NiEstá

        Y “mamahostia” en la zona Chipiona, Rota, Sanlúcar. Y si estás más allá der ser un mamahostias, “eres un mamahostia que está hostiao”. ¡Insuperable!

  5. Rodrigo B

    Acá, si te tropiezas en la calle que va apurado y de mil vapores, te pueden espetar en medio segundo un “qué-te-pasa-rechuchetumare-hijoelaperra y la comemoco-mira paelante sacowea…!!”
    Aplíquese también para conductores endeudados o con demasiados whatsapps sin contestar.

    Bienvenidos a Chile.

  6. Yob twoyu mat es que follen a tu madre, juy , en polaco chuj(se pronuncia igual) es polla,tal cual.

  7. Juaa! La puta qué lo parió, che! Da gusto leer estas “guevadas” para “giles” y zonzos mal hablados, y también para los “grasas con guita” Muy bueno, macho. Mis felicitaciones

  8. El filete era mío

    Mi insulto favorito es “chorralaire”. También se puede escribir separado: “chorra al aire”, pero tiene menos gracia.

  9. Petros

    Yo como canario soy más de decir pollaboba y canchanchán

  10. Subero

    Pues los de Pepitas acaban de editar un libro de insultos con ilustraciones, ‘Insultario’. Tiene una pintaza descomunal:
    http://pepitas.net/libro/insultario

  11. Hellboy

    Dos muy buenos pero políticamente incorrectos: “patán” y “cafre”

  12. Lareon Falken

    Tengo que admitir que sólo lo uso cuando me han tocado las narices de mala forma y es, en gallego que traduciré despues, “cago na cona que te botou fillo dunha cadela mal fodida” (pronúnciese con gheada, es decir, pronunciar las g como j). La traducción al castellano es “me cago en el coño que te hechó hijo de una perra mal follada”. Y cuando te han cabreado tanto que sueltas esto, te quedas de un descansado…

  13. A mi el que mas gracia me hace es “cagapoquito”. Una vez se lo llamé a un taxista y me montó la mundial.

  14. Oooyyyy en Dinamarca tienen algunas coloridas…. fjappe= chichi viejo y arrugado. Røvbanan= plátano de culo( sin comentarios…) Nakkeost=Queso de cuello(smegma…..)

  15. José Olivares

    Buenos días,

    Disculpen pero no acabo de entender que este artículo sea idéntico al publicado en el blog de Ángel Romera:

    http://diariodelendriago.blogspot.com.es/2018/02/anecdotrario-del-insulto.html#links

    El artículo es de Marcos Pereda o de Ángel Romera?. Gracias
    Un saludo

  16. El HM de La Pradera

    Un exabrupto de mi invención que utilizo con creciente frecuencia es el siguiente: «No sirves ni pa pienso pa los perros». Aquel día me pilló inspirado.

  17. Yo uno que uso con mis amigos más quedidos es “mascanabos”, me encanta y a ellos les hace reír. Todos contentos…

  18. betigal (impertinente) , billoto (imbecil), cagamandurrio (pusilánime), calabasa (necio), casporra (cabezón),boniato (gilipollas), soca (bobo), turrucho (incapaz),trompellote (muy torpe)….todos ellos del lenguaje buñolero. Buñol ( Valencia)

  19. Isaías

    Aparte de los ya mencionados canarismos ‘pollaboba’ y ‘canchanchán’ (chapucero), siempre me ha encantado ‘machango’ (tonto, imbécil, torpe hasta el desatino), además de ‘totorota’ (que, por lo que veo, podría ser en realidad una derivación de un castellanismo), ‘simplón’, ‘tontolculo’, ‘bobera’, ‘sinsorgo’, ‘papafrita’, todos más o menos entendibles. Antes también se oía aquello de ‘malandro’ (pillo pero también pendenciero), supongo que una simple derivación de ‘malandrín’, que se recoge en el Quijote.
    La madre de un amigo tenía un verbo florido para esto del insulto, además de un zueco de madera como herramienta didáctica sin parangón: tenía a sus hijos surtidos. Al margen de ‘calamidad’ y ‘alfeñique’ (dudo que la buena señora supiera realmente qué significaba la palabreja de marras, pero no me negarán que dicha con la suficiente energía o mala leche, puede ser devastadora hasta para las más recias voluntades), mi favorita es sin duda ‘saco de escombro’: si eso no te deja traumas infantiles, no sé qué puede hacerlo.

  20. Walter ~ nota

    Me cago en Deu clavat a la
    Creu.

    Me cago en dios clavado en la cruz.

    El equivalente al me cago en tu puta madre pero en vez de faltar a la madre del prójimo , faltando a dios nuestro señor… Pero siempre con respeto.. Como todo buen insulto…

  21. buenísimo artículo. Me he reído con ganas.
    Yo oí en no sé que película española el siguiente exabrupto, que no he conseguido olvidar aunque no me atrevo a repetir: Me cago en las tetas de la virgen pa que el niño (Jesús, se entiende) mame mierda…….

    Del pueblo de mi padre, por Córdoba, al bobo le llaman fartusco, léase la s pronunciada como j……..

  22. mauricio

    Quisiera saber si alguien ha medido el porcentaje de palabras que son insultos en el hablar diario en la madre patria comparado con latinoamerica.

    • Isaías

      Latinoamérica es bien grande, Mauricio, así que no sé si esa comparación es factible. No conozco la realidad de cada país, pero sí que conozco algo mejor, por cercanía familiar, el caso argentino. Y ahí, en el día a día, reputean lo que no está en los escritos por lo que sea, así que no me parece que al menos en ese caso haya grandes diferencias a favor de uno u otro lado del océano. Para ver si hay esas diferencias tendrían que informarnos los hispanoamericanos que vivan acá…

    • Rodrigo B

      No sé muy bien el caso español ni el del resto de los países hispanoparlantes, pero acá en Chile el abuso de palabrotas es en algunos casos demencial. Usamos el “huevón” (weón, hueón, etc) como sustantivo, como adjetivo, y se conjuga además en todas las formas verbales posibles. Se usan y crean subproductos del concepto (ahuevonado, ahuevoamiento) con rapidez y creatividad.

      “Puta la huea weón, la weona de mi mina es super aweoná y me webea por todo”.
      Traducción:
      “Caramba amigo, mi novia es algo problemática y me cela en cada ocasión”.

      Si viene a Chile y sabe usar el “weón” en todas sus formas, está usted listo.

  23. Preste

    “Fartusco” es un clásico en Córdoba.

    Creo que no se ha mencionado el también clásico andaluz “(me cago en) tus muertos” y sus variantes: “tus muertos, cabrón”, “tus muertos a caballo”, etc.

    Pronúnciense las “s” como “j”

  24. Braulio

    Mis amigos y yo nos decimos tragaldabas y soplapollas… nos encanta

  25. Wladimir Rojo Carrillo

    Me cago en Cristo en un barril y todos los santos de tapadera. Este lo oi en una pelicula, no me acuerdo del titulo. Me cago en un camion lleno de periodicos y en cada letra un santo. Este creo que es andaluz.

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