Aquí nació la literatura de terror

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Villa Diodati, W. Purser, 1832.

El verano de 1816 no era un verano cualquiera. En la isla de Sumbawa había estallado el monte Tambora, en la erupción volcánica más violenta desde que las crónicas tienen memoria. La expulsión de ceniza y otros componentes a la atmósfera trajo consigo una catástrofe sin igual, la reducción de la luz del sol hizo que la temperatura terrestre descendiera sin descanso, durante meses el Caribe y el sur de Europa se levantaron nevados, los páramos chinos quedaron devastados por las heladas, las cosechas se arruinaron en medio mundo, el hambre azotó los estómagos y el ánimo, las revueltas populares no se hicieron esperar y decenas de países se vieron forzados a declarar el estado de emergencia. El estío se dejó acompañar por la lluvia y el frío durante toda su aparición y aquel año quedaría para siempre registrado como «el año sin verano».

No se salva de la tiranía de aquellos meses la región de los Alpes suizos, en el corazón de Europa. La figura de un poeta tan extravagante como magnífico recorre los caminos escarpados de la región en medio de un periplo que habrá de llevarle por medio mundo buscando la justicia que no había encontrado a lo largo de su juventud. Lord Byron observa de reojo la silueta de John Polidori, médico joven y afamado al que tuvo la desgracia de conocer en Londres y que se ha convertido, sin los méritos propios, en su asistente personal. No sabe si seguir odiándolo o amarlo, como su editor le había sugerido. Decide, de momento, odiarlo como se merece.

¿La justicia poética que no había encontrado a lo largo de su juventud? Byron había nacido con una deformación en su pie, lo que le había provocado una cojera notable y una época escolar plagada de mofas y escarnio. Descubrió el sexo con nueve años, cuando mantuvo relaciones con una institutriz que se había dejado enamorar por la capacidad intelectual que ya desprendía ese crío al que su madre apodaba «el diablo cojo». Fue precisamente en ese momento, el día que su madre pateó a la profesora Gray, cuando Byron comprendió que la etiqueta que habría de diferenciar su vida de la del resto ya estaba escrita: melancolía. A partir de entonces, su camino va necesariamente ligado a la muerte: su tío abuelo (el lord), su padre, su primera novia, su mejor amigo… todos irían abandonando al joven Byron. Al llegar a Cambridge, el poeta ya había descubierto sus versos, dejaba su atuendo a merced de lo que las lecturas de Las mil y una noches le dictaban y se había labrado un personaje que pasaría para siempre a la historia de la literatura. Era ese personaje el que escapaba de la melancolía. Era ese personaje el que exigía justicia.

El año sin verano avanzaba lento. Tan lento como la pareja Byron-Polidori, que busca alojamiento junto al lago Leman para refugiarse del frío y de la lluvia, avatares del desastre climático con los que tendrían que lidiar. Por diferentes motivos, el poeta termina buscando refugio en algún lugar que no signifique tener como acompañantes a políticos, soldados, nobles y demás sacamantecas que se alojan en la zona como insignes supervivientes del horror que había supuesto para toda Europa el avance napoleónico. Es entonces cuando se topan con una casa bastante desmadejada, aunque guarda todavía el encanto de lo opulento. Es el refugio perfecto para el genial Lord Byron: superficial atractivo, interior decadente. El poeta vuelve a observar a su lacayo, sigue decidido a odiarle. Finalmente, le ordena alquilar aquel recinto. Byron no lo sabe, pero está a punto de alojarse en Villa Diodati.

Viejos fantasmas

Mary Shelley (ha decidido adoptar el apellido de su amante) observa también de reojo los costados de la pequeña caravana que cruza la misma Europa que cruzó Byron y que dejó teñida de rojo el infausto emperador francés. Ella no mira con asco, como sí miraba el poeta. Lo hace con miedo, sigue haciéndolo con miedo. Son ya demasiados años haciéndolo. El nacimiento de su hijo Willmouse no ha acortado las noches de terror que llevan acompañándola durante meses. Su hija había muerto cuando apenas había gastado dos meses de lo que tendría que haber sido una larga vida y que terminó destruyéndose junto al ánimo de Mary. Nunca se recuperaría de aquel final. Todavía recordaba su angustiosa carta para su siempre querido y a veces amado doctor Hogg: «Parecía estar durmiendo… pero por la mañana me desperté sin ser madre». Después llegó Willmouse, su segundo hijo… pero ella siempre estaba ahí. Se le antojaba necesario vigilar los costados de la caravana, ¿aparecería esta vez?

Ajeno al caminar fatigosamente triste y a los delirios fantasmagóricos de su mujer, Percy Shelley mantiene el rumbo que todo poeta seguía en aquellos años. Solo el opio mantiene con vida a los integrantes de la caravana, quienes demacrados y al borde del suicidio llegan a los pies de las montañas para ver reflejadas las figuras que su derrota dibuja sobre el lago Lemán. Allí malviven unos días hasta que Claire, la hermanastra de Mary, decide revelar su secreto: le consta que Byron ha puesto sus pies en Suiza, y necesita acompañantes. Percy, que ya ignora por completo el tormento de su mujer Mary y el hastío de su hermanastra Claire, decide olvidarse de las disputas con las que tanto su amante como sus enemigos esperan recibirle allá en la lejana Escocia.

La decisión parece firme. Les devuelve la vista a Mary, a su hijo y a Claire. Sabe que el hambre acucia, y no tiene muchas más opciones. Por fin sentencia: ¿Dónde dices que se aloja ese hijo de mala madre? Claire, que lleva tiempo carteándose con el príncipe romántico, no lo duda ni un solo instante: se ha instalado en Villa Diodati.

Villa Diodati

Aquellas paredes alojaban algo mágico, un sentimiento como de tragedia de otro tiempo. Byron, siempre atento, se percató y honró aquel misticismo como merecía. Sigue bebiendo vinagre para mantener su palidez, a juego con el aspecto tétrico al que el susodicho verano les había condenado. No faltan el grog y el láudano, pasa las noches perdido en el monte. Bebe utilizando calaveras como recipiente, aloja a las bestias del exterior en el armario, amenaza a Percy con un duelo a pistola. Así es la vida dentro de la Villa: entre las clases de italiano y el sexo grupal. El mal tiempo persiste, y los versos premonitorios del poeta inglés se pueden masticar entre aquellas montañas.

Tuve un sueño, que no era del todo un sueño.

El brillante sol se apagaba, y los astros
vagaban apagándose por el espacio eterno,
sin rayos, sin rutas…

(Fragmento de «Oscuridad», Lord Byron).

Los días van pasando y los momentos iniciales de relativo asueto dan paso a una claustrofóbica estancia dentro de Villa Diodati. Las drogas empiezan a clavar sus uñas en el corazón de los huéspedes, el sueño de Byron que no era un sueño va descubriéndose. Las alucinaciones se suceden: ahora Percy aúlla sin motivo aparente, ahora Polidori desaparece durante horas sin que nadie (ni siquiera él mismo) sepa dónde anduvo. Solo Byron se mantiene firme en su púlpito, consciente del poder que su verso ejerce sobre el ambiente romántico. Allí observa a la panda de escritorzuelos que deambula por los pasillos de la Villa. Ha llegado el momento de honrar las páginas de una maldita vez. Reúne a los integrantes del grupo: su médico Polidori, Percy y Mary Shelley, Claire Clairmont. Los cuatro exhiben la mirada penetrante que Byron busca, así que se lanza: los huéspedes deberán entregar un relato para ser narrado cuando la noche, que sigue amenazando con no terminar nunca, se agolpe contra la casa. Entre temblores, un rumor de aceptación cierra la escena.

Varios días después, el opio y el alcohol dejan paso a los textos escritos por aquellas mentes que, al límite de sus fuerzas, dudan si mantener a los cuerpos en pie. Llega el momento en el que los bardos se deciden a expulsar sus historias del papel. El genio, el príncipe, el maestro Byron transmite una historia mediocre, cuyo argumento basado en el triste periplo de unos amigos por Grecia se pierde en lo más profundo de la nada narrativa. Todas las miradas se dirigen ahora a Percy Shelley, junto a Keats y el propio Lord, la cima de la poesía del XIX en el idioma de Shakespeare. No solo no trae nada consigo, sino que su cara es la de un perturbado al que le quedan minutos de vida. Tampoco Claire ha desarrollado historia alguna. Pero al borde del fracaso florece la literatura más fecunda, y las dos plumas que aún no han descubierto sus creaciones están a punto de cambiar la narrativa de terror.

Al calor de las conversaciones que días atrás mantuvo el grupo, esa noche salieron a la luz dos mitos inigualables. Es el papel de la muerte como medio y no como fin la llave del Romanticismo. El grupo espera con expectación el desenlace. Uno de los mitos lo concibe Polidori, y se trata nada menos que del vampiro romántico. La seducción de este personaje, Lord Ruthven, que a través de la sangre sostiene una idílica relación con la muerte, todavía tiene eco en la literatura de hoy. Pero, sin duda, el plato fuerte llega cuando Mary Shelley muestra su creación. Nace fruto de las últimas alucinaciones, mezcladas con la presencia constante de su hija muerta en el regazo y, por supuesto, las macabras conversaciones con Byron. Se trata de Frankenstein, un personaje que dos siglos después ni siquiera necesita presentación.

Al borde del abismo, el grupo se dispersa abandonando Villa Diodati. Años más tarde, Goethe diría del Vampiro (erróneamente atribuido a Byron durante años, hasta que finalmente se hizo justicia con Polidori) que era lo mejor que había salido de la pluma del Lord. Gracias al vientre novelesco de Mary Shelley, que definió aquellas noches como «el momento de saltar desde la infancia hasta la vida real», Frankenstein pasó a la historia como el gran personaje de terror que el siglo XIX tuvo la nobleza de parir. Los mejores párrafos parten de la realidad para después ir acercándose a ella, a la propia literatura, hasta fundirse en una obra maestra. Bajo el tejado de Villa Diodati, Lord Byron, Mary y Percy Shelley, John Polidori y Claire Clairmont consiguieron llevarse la literatura a la vida para parir sobre ella a los grandes mitos del terror contemporáneo. Nada menos que el Vampiro y Frankenstein. Y es que el verano de 1816 no era un verano cualquiera.

Soplaron por un poco de vida, e hicieron una llama
que era una burla; entonces levantaron
sus ojos al verla palidecer, y observaron
el aspecto del otro —miraron, y gritaron, y murieron—
de su propio espanto mutuo, murieron.

(Fragmento de «Oscuridad», Lord Byron).

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3 comentarios

  1. Jesús Iribarren

    Nunca me impactó con terror el Frankenstein de Mary, ni Lovecraft. Creo que la noción del terror tiene milenios hablada entre los hombres y se volvió literaria con Poe pero.. puedo estar equivocado, sin duda.

    • Puenteamor

      Es que la noción de terror de Mary y Lovecraft está hablada entre dioses y monstruos…

  2. Artículo interesante… pero diría que el nacimiento de la literatura del terror fue con “El castillo de Otranto” de Horace Walpole en 1764

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