Una ruta por el Madrid del Dos de Mayo

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El dos de mayo de 1808 o La carga de los mamelucos, por Francisco de Goya.

Tengo por enemigo a una nación de doce millones de almas, enfurecidas hasta lo indecible. Todo lo que aquí se hizo el 2 de mayo fue odioso. No, Sire. Estáis en un error. Vuestra gloria se hundirá en España. (Carta de José I Bonaparte a su hermano Napoleón)

Madrid aún es un misterio para los madrileños. Una ciudad que adopta naciones de lo más variopintas, pero que se sigue guardando secretos y misterios. El Dos de Mayo sigue siendo para muchos de los nacidos y criados en ella una celebración vaga en detalles, profusa en festejos, pero ignorada en esencia. Cierto levantamiento popular, cierta guerra de independencia. En los días que rodean a esta fecha algunos lugares de la capital española cobran una relevancia que el resto del año se encuentra aletargada. Propongamos una pequeña ruta, que apenas ocupa un par de horas, para conocer esa historia dormida. Dormida, como lo estaba la gente madrileña cierto día segundo del mes de mayo, en el año 1808, cuando bien temprano en la Plaza de Oriente un carruaje se llevaba a los infantes, últimos miembros de la familia real que quedaban en el país.

Palacio de Oriente

Palacio Real en la Plaza de Oriente. Foto: Jean-Pierre Dalbéra (CC).

En la actualidad, una de tantas placas que señalan los puntos cardinales de la historia de la ciudad pasa desapercibida en uno de los laterales del palacio. En ella se cuenta que este es el primer punto en el mapa del Levantamiento del Dos de Mayo. De mañana, José Blas de Molina, cerrajero, lanza el grito que prendería los ánimos de la clase baja: «¡Muerte a los franceses!». En este grito se puede destilar el odio y la impotencia que suponían la ocupación francesa en España. Los monarcas habían vendido a su pueblo, y el imperio de Napoleón dejó en manos de su hermano, José I Bonaparte, el gobierno de un pueblo aún henchido de orgullo, si bien doliente de un pasado de gloria. Analfabetos y altaneros, temerosos de la Iglesia, que ostentaba más poder del que quisiera reconoce. La primera parada de esta ruta nos lleva a una plaza que en la actualidad es un espacio turístico gracias al Palacio Real. Junto a este, la catedral de la Almudena; en sus inmediaciones el Teatro Real. Un lugar bonito y acogedor que se llenó de furia hace más de doscientos años, cuando el pueblo se creyó que secuestraban a sus gobernantes.

El revuelo ascendió por lo que ahora es la Gran Vía, por Preciados, por Plaza de España y por los barrios colindantes, dando pie a una guerra desigual y absurda. Pero levantamiento a fin de cuentas.

Malasaña

Malasaña y su hija batiéndose contra los franceses, por Eugenio Álvarez Dumont.

Edduardo Viera, director y productor de la obra teatral Madrid 1808: Nosotros Ellos (Teatro Häagen-Dazs Calderón, 2013), que recoge en una producción con más de cuarenta actores los acontecimientos destacados de la mañana y noche del Dos de Mayo, ha pasado los últimos años investigando los rincones de Madrid que aún guardan historias no populares de aquel levantamiento. El barrio de Malasaña, donde actualmente se levanta la Plaza del Dos de Mayo y que da pie a las celebraciones del mismo nombre, es la siguiente parada. «Malasaña», señala Viera, «era una chica costurera del barrio. Hay varias versiones sobre su muerte; en la obra de teatro he querido juntarlas todas». Manuela Malasaña, descendiente de franceses, es una chica de quince años en la mayoría de historias que se han recopilado sobre su muerte. En unas, pasa por heroína que ayuda llevando munición a los artilleros del Parque de Monteleón (actual Plaza del Dos de Mayo), dirigidos por los capitanes insurrectos Daoíz y Velarde. En otras, una sencilla costurera a la que se encuentra llevando unas tijeras propias de su profesión y acaba siendo fusilada por los soldados franceses. Si Madrid tiene una heroína posiblemente sea Malasaña, cuya figura ha dado nombre a uno de los barrios más emblemáticos de la capital.

Las ejecuciones se prolongaron durante todo el día. El ejército francés tenía orden de fusilar a todo aquel que portara armas y a los ciudadanos que participaran en la revuelta. Por contra, el ejército español tenía órdenes de no meterse en la contienda y dejar que los franceses impusieran la ley. Como resultado, casi quinientos muertos en aquella mañana fatídica. Los había que se lanzaban a la lucha con las herramientas de su gremio: cuchillas de barbero, martillos de herrero. Las mujeres y los niños que no salieron de sus casas lanzaban macetas desde los balcones a los soldados que veían pasar. Se puede seguir el rastro de sangre desde el barrio de Malasaña, pasando por las historias particulares y los militares españoles que desobedecieron las órdenes, hasta la cercana Plaza de España: en aquella época, parte del cuartel de San Gil, que ascendía hasta la Montaña del Príncipe Pío. Allí dirigieron las tropas francesas, tras un día de furia, a los prisioneros que capturaron.

Montaña del Príncipe Pío

El 3 de mayo de 1808 en Madrid o Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío, por Francisco de Goya.

El Templo de Debod y el mirador han restado importancia a la montaña, máxime hoy día que tiene poco de montaña y más de parque construido en torno a las casas de elevada renta y al teleférico, pero hace doscientos años la cuesta que bajaba desde lo alto del Templo de Debod (que aún no había sido transportado desde el sur de Egipto) hasta el mismísimo río Manzanares era un bosque de endiablada pendiente. Por allí caminaron, grilletes en manos y pies, algunos españoles que fueron apresados por su ofensiva contra el ejército francés. Concretamente, cuarenta y cuatro. En el camino que desciende desde el templo, el director teatral Edduardo Viera señala un lugar concreto del actual parque: «Hay un debate entre historiadores sobre el lugar exacto en que fueron los fusilamientos. El paisaje ha cambiado mucho desde entonces. Aunque la principal referencia que tenemos es el cuadro de Goya, en él se aprecia una iglesia con cúpula que no existe ya. Algunos insisten en situarlos más cerca de la Plaza de España, pero algunas pistas infieren que podría haber sido aquí, más cerca del río».

Una de estas piezas claves es la historia de Juan Suárez, conocido como el Asturiano.

Las fuentes sitúan que fueron cuarenta y cuatro los fusilados durante la madrugada del 3 de mayo, sin embargo solo cuarenta y tres resultaron muertos. El Asturiano no recibió ninguna bala de arcabuz, sino que se lanzó por la montaña para huir de los soldados franceses y dio con la iglesia de la Florida, donde pidió asilo. Allí habló del lugar en que se había fusilado a sus compañeros, un antiguo tejar que hoy día casi podemos ubicar con seguridad a espaldas del actual teleférico. «Para que el Asturiano llegara a la Florida», dice Viera, «el lugar del fusilamiento tenía que estar cerca del río. La iglesia era pequeña y el hombre estaría atado por grilletes; el recorrido desde este lugar hasta la Florida tiene más sentido que desde la Plaza de España, cuya pendiente hacia el río es más empinada y queda más alejada. Si hubiera huido desde allí, se habría encontrado con otras iglesias antes que con la Florida».

Otro de los motivos por los que los fusilamientos pueden situarse con relativa exactitud es gracias a la siguiente parada en la ruta. Solo hay que descender por los caminos de tierra, dejar atrás el horizonte de edificios y adentrarse en un bosque donde el ruido de la ciudad parece quedar aislado. Tan solo las vías del tren que salen de la próxima estación de Princípe Pío rompen con un oasis que se parece a las afueras de la villa que era la ciudad hace doscientos años.

Cementerio de La Florida

El cementerio de La Florida. Foto: Wikicommons (CC)

Felipe Cortés, vicepresidente de la Sociedad Filantrópica de Milicianos Nacionales Veteranos, guarda las puertas del cementerio de La Florida, cuya puesta de gala acontece en los días previos al aniversario. «Ciento y un años lleva en activo la sociedad como responsables del cementerio de La Florida» dice con orgullo al abrir las puertas. La cripta donde reposan los arcabuceados aquel día no es fácil de encontrar: un pequeño edificio blanco junto a las vías del tren. Resguardado, casi secreto, custodiado por una sociedad compuesta de voluntarios que se encargan del cuidado y guarda de la finca. «Durante la Guerra de la Independencia» explica Cortés «se organizaron milicias populares para hostigar al ejército francés. En 1839 unos milicianos vieron a algunos vecinos deshacerse de un cuerpo que más tarde descubrieron se trataba de un sargento miliciano y acarrearon con los costes del entierro. Se constituyeron entonces con la obligación de enterrar a los milicianos sin recursos. Cuando en 1917 el cementerio dejó de estar regido por la Congregación de la Buena Dicha, la Sociedad de Milicianos se hizo cargo de la custodia». La sociedad gestiona el espacio sin ayuda del Gobierno, la Comunidad o el Ayuntamiento, pese a que todos los Dos de Mayo se recibe a parte de las autoridades en un acto a modo de homenaje. «No recibimos ayuda, ni la hemos solicitado. Hace unos años nos ayudaron financiando unas obras de remodelación de la capilla, pero nada más. Realizamos visitas sin ánimo de lucro, previa cita, y nos apañamos nosotros como podemos».

Una serie de actos, los de esta festividad, que tiñen de un malentendido nacionalismo unos hechos que subrayan un periodo negro de nuestra historia. El cementerio de La Florida, desconocido por muchos, guarda en su interior la cripta donde se encuentran enterrados los fusilados. «Como último castigo» cuenta Edduardo Viera «los fusilados no podían ser enterrados. Se los dejó pudrirse en la montaña. Algunas mujeres anónimas, ayudadas por las monjas de la Buena Dicha, tal vez, y por el párroco de La Florida, cargaron los cadáveres en carretas y les dieron sepultura en este cementerio». La Sociedad Filantrópica de Milicianos Nacionales Veteranos, tal como nos explica su vicepresidente, continúa las labores de investigación en torno al fusilamiento. «En los últimos años hemos podido añadir diez nombres a la tumba, pero aún nos quedan catorce». La cripta es austera, angosta y pequeña. En ella, una gran losa en la pared presenta en letras doradas los nombres de los fusilados identificados; bien porque llevaban encima documentación en el momento de su muerte, bien por la labor de investigación de los historiadores de la sociedad.

Veintinueve nombres en letras doradas. En su interior, dos urnas: restos mortales en una, en la otra ropas, botas, y los pocos enseres que quedaron tras la muerte.

Tumba de Goya

Ermita de San Antonio de la Florida Foto: Sanva1959 (CC)

Tal vez quede en la memoria del madrileño, o del visitante, el cuadro de Goya de los fusilamientos como icono del levantamiento. Resulta curioso que, frente a otros hechos históricos que se enmarcan en la niebla de guerra, esta historia la hayan contado los perdedores. En el cuadro, terminado en 1814 y actualmente expuesto en el Museo del Prado, se aprecian la oscuridad, el frío, el miedo y la violencia de la pronta muerte. Una ejecución auspiciada por un cielo negro, sin estrellas ni luna.

La Quinta del Sordo, la finca donde pasó Francisco de Goya sus años oscuros, inmerso en el mundo onírico que plasmara en sus pinturas negras, se alzaba en un horizonte no tan distante al lugar en que termina la ruta. Dos pequeñas iglesias a los pies del cementerio de la Florida, a orillas del río Manzanares, guardan los restos del pintor nacido en Zaragoza en 1746. Los restos mortales de Goya circularon por varias criptas, pero llegaron a la capital española en 1919. Aunque muchos asumen que su tumba se encuentra en Burdeos, la ciudad que lo vio morir, en una pequeña iglesia a los pies de la montaña es donde nos encontramos con una escueta lápida que señala en grandes letras doradas: «GOYA».

San Antonio de la Florida, abierta al público de forma gratuita, esconde el final de este levantamiento, pues guarda los restos del hombre que plasmó el horror en un lienzo. Nos encontramos con algunos turistas, pero poco movimiento. Lejos de las peregrinaciones que otras tumbas famosas acogen; no olvidado, pero tampoco justamente recordado. La pintura de Goya es especial, y un punto final a la historia del Dos de Mayo, por la crudeza y misterio de su concepción. Un ejercicio de imaginación y empatía. Pero el protagonista de este cuadro es el más absoluto anonimato: la masa se lanzó a luchar, tal vez por las razones equivocadas, pero lo hizo. La masa sufrió la derrota y la humillación; la muerte y el olvido. Esa masa, que tanta pereza acusa en momentos de necesidad, una vez se enfrentó a la muerte.

Los motivos históricos y políticos del Levantamiento del Dos de Mayo quedan a cargo de historiadores, investigadores y demás entendidos. El pueblo de Madrid fue engañado y empujado a una lucha absurda, desigual y terrible. Lo que esconde este hecho tal vez sea la rabia de una nación dividida, analfabeta y gobernada por corruptos. Pero las huellas de ese día quedaron impresas en la ciudad: invisibles para algunos, poco interesantes para otros. Otros muchos lugares podrían formar parte de esta breve y humilde ruta, pero queda a elección de cada uno descubrirlos y recorrerlos. Hasta entonces, otro sol de mayo cae en el atardecer de la ciudad.

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12 comentarios

  1. Aqui tienes mas informacion sobre tu ruta

    Un abrazo

    Alfonso

  2. Drekken

    Coincido en que el dos de mayo es bastante ignorado para la gran importancia histórica que tiene. La pena de la ruta (que está bastante bien, tocando los puntos clave), es los cambios que ha sufrido la ciudad en el último siglo. Hay que renovarse con el tiempo, pero Madrid ha perdido mucho encanto en ese sentido:

    https://momentosdelpasado.blogspot.com.es/2016/01/fotografias-antiguas-de-madrid.html

    • Zackro

      Ten en cuenta que buena parte de los cambios de esa zona vienen impuestos por el bombardeo del frente nacional en la guerra civil que destrozó esa parte de Madrid.

  3. ¡Pensar que ahora podríamos ser franceses en vez de brutos españoles! ¡Qué oportunidad perdida por un mal entendido orgullo y patrioterismo de saldo! No me extraña que los catalanes se estiren hacia arriba todo lo que puedan.

    • Eso de unir bruto y espanol solo lo hacen o los acomplejados o los ignorantes, los que creen que Francia es liberte fraternite y lo que sigue. Lea un poco y aprendera a que nuestro amable vecino del norte ha sido experto en hacer mierda y en taparla con perfume, en lo primero tanto como la nuestra.
      Levantarse contra alguien que desde fuera pretende imponerte algo por la fuerza es logico y mas con la arrogancia con la que lo quisiseron hacer.

    • Oaquiti

      Ya tiene uno que haberse comido la Leyenda Negra entera y con patatas para decir semejante imbecilidad. Lea algo que no sea negrolegendario, no sé “España frente a Europa” de don Gustavo Bueno.

    • Sergio Dueñas

      Realmente tu comentario dice mucho sobre lo que “eres”.

    • Máximo

      Soy español y francés.
      Es cierto que dentro de la discusión académica está la de la naturaleza de la llamada Guerra de Independencia española, para algunos más una revolución o una guerra civil.
      Pero su comentario es de un papanatismo patético.

  4. Esa interpretación del levantamiento en clave espontánea y nacionalista es como mínimo bastante discutible.

    http://despuesnohaynada.blogspot.lt/2016/01/los-que-acechan-en-las-sombras.html

  5. la ermita de la florida es una pequeña joya madrileña. Recomiendo ir el día de San Antonio a ver jolgorio castizo, pedir novio, n ver los frescos de goya, pagar respeto a ese gran ciudadano y mejor pintor y se termina en casa Mingo

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