Zona de rescate: El año solar, de Francisco Rivero

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Detalle de la cubierta de El año solar, de Francisco Rivero.

No tengo ninguna referencia personal sobre Francisco Rivero (1955-1998). No lo conocí, jamás leí un libro suyo en vida y cuando me sumergí en la segunda novela de la trilogía que dejó incompleta —El año solar (Ediciones B, 1997)— descubrí a un autor de la estirpe del mejor Fernando Quiñones y con un oído atento a los fascinantes soniquetes del habla andaluza, porque el flamenco y los flamencos poblaron la obra de Rivero como los jaramagos perfuman las tierras de labor después de la estación de las lluvias. La viñeta del campo andaluz no es arbitraria, porque el mundo literario de Rivero era rural sin ser bucólico y madrigal de puro barroco.

Francisco Rivero fue poeta antes que narrador —Cantos de la tierra (1979) y Ceniza de los sueños (1986)— y la crítica saludó con entusiasmo Los días del sur (1995), su primera novela que muchos compararon con Cien años de soledad porque su Matabueyes era un territorio literario tan poderoso como Macondo. En realidad, a Francisco Rivero jamás le hizo gracia el paralelo con García Márquez, pues se sentía más afín a Valle-Inclán y —¡quién sabe!— tal vez al Caballero Bonald de Argónida o al Julio Manuel de la Rosa de Etruria. Desvariante lector de los clásicos del Siglo de Oro, me seduce creer que Matabueyes era una suerte de Barataria contemporánea, porque el cura Flamenquerías de El año solar es el personaje más sanchopanzesco que he conocido después del original cervantino.

Hace cinco años escasos, la crítica celebró la prosa de Jesús Carrasco en Intemperie (2013) porque rescataba voces perdidas del mundo rural. Los méritos de aquella novela eran otros, pero la indigencia verbal de nuestros días es tan severa que hasta los críticos se extrañan de la riqueza del vocabulario del campo, como si Miguel Delibes, Luis Berenguer, José Antonio Muñoz Rojas o los hermanos Cuevas jamás hubieran existido. ¿Cómo se leerían hoy día Viaje a la Alcarria (1963) o Viaje al pirineo de Lérida (1965) de Camilo José Cela? Mucho menos conocido, pero más cercano en el tiempo a Intemperie, Francisco Rivero también incorporó a sus novelas toda la riqueza verbal del campo andaluz, amén de una retranca flamenca y de pueblo para troquelar a los personajes. Así retrató al señorito de su novela Francisco Rivero: «El único forastero que entró en Matabueyes sin tener que besar los cuernos del buey Plumaje fue el marqués de Montera, un prócer gordo, zambullo, con las carnes mantecosas, el rostro de mazapán y las manitas de sapo, que amasaba los dineros como los jeques de Arabia […] Pues, en contra de lo que suponían, el verdadero motivo por el que el marqués de Montera había ido a Matabueyes era porque seis meses atrás le había le había dado la punzada de casarse a toda prisa con una mocita nueva, temperamental y ardiente como las alpargatas de un calero, que lo había enamoriscado con sus hechuras triunfales, sus grandes ojos de luna y sus coqueteos furtivos, y que a sus veintidós años de plenitud rompedora no hacía más que pedirle guerra de amor en la cama, remaches de pijo duro en la llaga del pecado y polvos de matacán a cualquier hora del día, de la mañana a la noche».

Por otro lado, el humor de Francisco Rivero tenía todo el aire del genial Fernando Quiñones, quien lo había bebido al mismo tiempo de Borges y del Beni de Cádiz. Ese barbero bailaor de Matabueyes que se marcaba sus pataítas mientras marcaba el compás con los chasquidos de las tijeras; ese cura Flamenquerías que después de las juergas del señorito se acercaba a las bailaoras para preguntarles «¿a quién hay que bendecirle el coño?» y esos padres de familia que se negaban a mandar a sus hijos a la escuela «porque se habían enterado de que el excesivo refinamiento que tantos estragos estaba causando entre la gente nueva acabaría por echarlos a perder y por convertirlos en maricones de iglesia, en bujarrones folclóricos y en cancos de romería». En estos tiempos de mojigatería políticamente correcta, leer a Francisco Rivero es una pecaminosa delicia.

Aseguran quienes lo conocieron bien —Antonio Enrique y Antonio Rodríguez Almodóvar— que Francisco Rivero era fino, melancólico y asaz depresivo por sus quebrantos físicos. También fue un gran conversador y absolutamente desternillante si se lo proponía. Todo eso hallará el lector en El año solar: sabiduría, nostalgia, tristezas, criaturas memorables y un humor capaz de nacer en negro y madurar en blanco, tal que la soleá por bulería.

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Algunos libros nunca disfrutaron de la atención que merecían y ciertos autores fallecidos en su plenitud corren el riego de ser olvidados. En Zona de Rescate compartiré mis lecturas de ambas regiones —la Zona Fantasma y la Zona Negativa— porque la memoria literaria es tan importante como la otra. Distancia de rescate (¡gracias, Samanta!): 1985, año de mi venida a España.

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2 comentarios

  1. Paco, como le decíamos sus alumnos del Instituto de Bachillerato de San Jerónimo, está perfectamente descrito en el texto, si acaso añadiría que fue un grandísimo profesor de literatura, de los que hacía que una clase entera de adolescentes con las hormonas alteradas de un barrio periférico de clase baja no se saltara sus clases y descubriera el amor por las letras. Auténtico genio que nos dejó un vacío cuando se nos fue.

  2. Antonio Vega

    Yo tuve el privilegio de ser su alumno en el Instituto de San Jerónimo. Su libro Los Días del Sur me despertaron las ganas de leer. Fue un gran profesor y una estupenda persona.

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