Sexo estrambótico aquí y en Pekín*

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El sueño de la mujer del pescador. Imagen: DP.

Podríamos suponer que una cultura apartada durante siglos de la moral judeocristiana viviría las perversiones sexuales de manera menos enfermiza que la nuestra. He de señalar que cuando hablo de esto estoy despojando los conceptos de cualquier connotación peyorativa: no hay forma más sana de vivir la sexualidad que arrojándose a la perversión enfermiza y desquiciada, si eso es lo que te pide el cuerpo. Los caminos del amor son inescrutables y confiamos en que el niño Jesús no nos esté mirando. Ese niño Jesús que tal y como nos lo muestran pudiera uno pensar que padece de cierto voyeurismo, por otro lado. La idea de que determinados entes invisibles y omniscientes nos observen apesadumbrados mientras ponemos en práctica complejos rituales de apareamiento utilizando órganos que supuestamente ellos nos otorgaron despierta cierta inquietud morbosa. Esa moral judeocristiana que mencionaba juega un papel importante en la sexualidad, digamos alternativa, añadiendo un plus de placer gracias a la liberación que supone actuar sobre el pecado, traspasar los límites de la decencia y convertirnos en verdaderos guarros. Pero, dejando a un lado los infinitos ejemplos de comunión entre sexo y muerte o sexo y violencia que en todas partes compartimos, ¿por qué en Japón el sexo puede derivar hacia ciertas prácticas tan extremas? ¿A qué responde que en una misma cultura conviva la inocencia mojigata con la perversidad más demencial? Quizá porque, en una sociedad con una larga tradición erótica socialmente aceptada, los estremecimientos que su identidad nacional sufrió desde el final de la Segunda Guerra Mundial propiciaron que la ficción y la fantasía se convirtieran, más que nunca, en una vía de escape. No lo sé, sería objeto de un profundo estudio del que solo imaginar el volumen y trabajo ganas me dan de tenderme en una fría losa a esperar la muerte.

Así que vamos a centrarnos brevemente en tres ejemplos de perversiones japonesas que por extrañas que pudieran parecernos en cierto modo compartimos:

El sexo tentacular: todos tenemos, seguro, un amigo que ha visto hentai. En el porno animado japonés existe todo un subgénero que consiste de manera básica en inocentes colegialas presas de las violentamente cariñosas atenciones de monstruos tentaculados. Una joven deambula por los pasillos del instituto hasta que de la nada surge un horrendo bicho y la somete a una violación múltiple por todos sus orificios con el ímpetu de un marinero turco que llevara seis meses sin ver puerto. El guión no resulta tan complejo como la coreografía, desde luego. Esta obsesión por los tentáculos responde, por un lado, a las leyes de censura japonesa. En Japón podría decirse que cualquier representación erótica está permitida, salvo mostrar de manera explícita los genitales. Los creadores esquivan esa barrera de distintas formas: la más evidente, pixelándolos. Esto supone un ahorro, puesto que por el tamaño medio del pene japonés sólo es necesario gastar un volumen de píxels equivalente al del bigote de Mario. Pero muchas veces optan por el método creativo: sustituir los penes por tentáculos. Nada en sus leyes impide representarlos gráficamente. Así, la natural y cabal a los ojos de Dios cópula con la polla de toda la vida resulta ilegal a la hora de mostrarse, pero imágenes de señoritas estrujadas y penetradas por innumerables tentáculos que descargarán sobre ellas litros de sustancias pringosas pueblan toda una filmografía. Aunque el pulpo como símbolo sexual no es nada nuevo. Alrededor de 1820 el artista japonés Hokusai realizó un grabado titulado El sueño de la mujer del pescador, que mostraba a un pulpo que succionaba el sexo de una mujer mientras utiliza los tentáculos para introducírselos en la boca, sujetar sus pezones y enroscarlos por sus piernas. En este dibujo conviven algunas de las más oscuras fantasías femeninas. Y los miedos masculinos: miedo a la incapacidad de cubrir totalmente a la mujer. Miedo a que si amanece y ves que estoy despierta cúbreme otra vez, que diría la Jurado. Pero cubrirte cómo, si no tengo tantas pollas. El pulpo en occidente también ha sido un símbolo sexual recurrente, ya sea visto con horror como representación del malvado sexo femenino (los traumas de Lovecraft y su espanto hacia los seres húmedos, viscosos y marinos) o con violenta lubricidad por poetas como Lautréamont, o sus “hijos” surrealistas. Desde esta perspectiva, da que pensar aquella canción de verano que popularizó un anuncio de la ONCE hace unos años. Me pica la medusa, la medusa del amor. Todo encaja. Inquietante.

El burusera: así se llama el negocio de compra-venta de bragas usadas por adolescentes en Japón. El comprador suele ser un hombre maduro que contacta mediante Internet con las vendedoras, y el precio varía según estén poco o muy usadas, los restos de flujo que las adornen y el olor que desprendan. Cuanto más, mayor precio, por supuesto. En torno a esta práctica existe todo un submundo con múltiples variantes: el namasera, que consiste en quitarse las bragas frente al vendedor en un piso clandestino al efecto, con lo que se consigue un bonito nivel de romántica intimidad entre los actores de la transacción; el kagaseya, citas concertadas en locales donde la chica permite al cliente meter la cabeza entre sus piernas para embriagarse con el olor; y hasta se llegó al extremo de las buruseras shop, máquinas expendedoras que expelían cajitas con bragas usadas y una foto de la propietaria. Evidentemente, estas máquinas fueron prohibidas hace años. La economía no suele tener en cuenta la moral -sólo hay que fijarse en la curiosa relación entre sueldos de empleados y beneficios de las empresas-, pero todo tiene un límite y por lo visto está en la edad de la empresaria, en este caso. En cualquier caso, nuestro posible escándalo ante este tipo de fetichismo sería hipócrita: si dejamos de lado la transacción monetaria ¿quien de nosotros no siente una querencia por la ropa interior? En esto puedo empatizar perfectamente. Por la ropa interior en sí misma, de hecho. Cuando la lencería está enfundada en el cuerpo de una mujer pierde parte de su interés y nos limitamos a quitarla cuanto antes y a ser posible con los dientes, para dejarla olvidada criando pelusas en el suelo. Despierta interés cuando está en el expositor de la tienda, y no son pocos quienes acechan disimuladamente en los Women’s Secret olisqueando bragas con la esperanza de que alguien se las haya probado. Y muy raro es —por no expresarlo de manera que ponga en duda su virilidad— quien no guarde como tesoro más preciado las braguitas de una antigua o actual amante y duerma junto a ellas alguna vez como prueba de amor constante. Con la precaución, obviamente, de que esas braguitas estén usadas y te hayan sido ofrecidas voluntariamente, pues apropiarse con subterfugios y sin que la propietaria esté avisada entraña riesgos como que arrebates unas quizá demasiado usadas y con la firma de una sustancia que no es la que deseabas. Cuidado con eso, puede resultar una descubrimiento traumático que rompa el amor, ay, de tanto usarlo. Espero no haber escrito todo esto en voz alta.

Narices porcinas: ignoro el término nipón para esto pero aseguro que existe. Toda una nouvelle vague de porno duro en el que se utiliza esa determinada parafernalia del bondage y la inmovilización más extrema que recuerda a instrumental médico para dilatar y estirar las fosas nasales hasta que parecen las de la cerdita Peggy. A partir de ahí, podemos imaginar el resto, porque yo todavía no lo he visto. Ni tampoco mi amigo el del hentai. No descartaría que la penetración nasal forme parte del asunto, debido a que la escasa magnitud del pene japonés lo posibilita. Pero la imagen se me hace difícil. Y en esto confieso que no encuentro equivalentes en el fetichismo occidental más allá de que una eyaculación facial se te vaya de las manos y termine el chorro por mal sitio, un accidente por lo demás sin consecuencias pues, al contrario que los ojos, nunca he visto un conducto nasal irritarse por el semen.

Por desquiciado que parezca, este último fetiche sin reflejo en nuestra sociedad abre una puerta a la esperanza: si tu vida sexual te parece aburrida y piensas que ya lo sabes todo, siempre puedes echarle un ojo a la moda que más fuerte esté pegando en el país del Sol naciente.


* Una rápida consulta en wikipedia nos confirma que Pekín no está en Japón, pero al refranero buena sombra le cobija.

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5 comentarios

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  5. el hentai es bastante caliente, pero para algunos no tanto, allá en pekin es muy bien visto esta clase de cosas.

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