En las nubes

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Hace unos meses el gurú informático favorito del mundo entero, Steve Jobs —QEPD—, desveló la nueva estrategia de su compañía: migración hacia la computación en la nube —cloud computing—. Anuncio que supuso el habitual aluvión de tinta virtual que todos los anuncios de la compañía de la manzana suelen producir sean o no relevantes. Este en cuestión es muy relevante ya que podría marcar una manera distinta de entender el negocio informático. Particularmente el negocio del software y de la información. Sin embargo entre todo lo que se ha escrito, que ha sido mucho, se echa a faltar algún tipo de análisis caso de que la computación en la nube se acabe convirtiendo en una realidad generalizada. Cosa que, aun careciendo de licencia —y dotes— de gurú, me atrevo a aventurar que ocurrirá ya más pronto que tarde.

La computación en la nube no es precisamente una recién llegada, es de hecho el sueño húmedo de la industria del software desde la época de la burbuja 1.0. El concepto es en realidad muy sencillo. El software que usamos y nuestros ficheros están disponibles ahí arriba, en internet, para que podamos acceder a ellos independientemente del dispositivo y del lugar en el que nos encontremos. La razón por la que los intentos de llevarla a cabo aún no han fructificado son muchos, pero podemos dividirlos en dos grandes grupos. Uno es tecnológico y resumible en que las redes, sean de cableado físico o electromágnético, no daban de sí para que un elevado número de terminales se conectaran por la misma vía. Aún hoy los proveedores de telecomunicaciones mantienen legalmente un servicio de capacidad inferior al número de usuarios potenciales. El otro gran problema es la privacidad; las compañías, objetivo inicial de las propuestas de computación en la nube, no estaban dispuestas a dejar sus ficheros en el ciberespacio asumiendo todos los riesgos que ello conlleva.

Decía sueño húmedo porque esto es hacer por fin realidad la declaración de intenciones incluida en esas licencias de software que nunca nos leemos. A saber, que nosotros no somos propietarios de lo que hemos comprado sino que la compañía nos cede el derecho de uso. La computación en la nube es, en rigor, las puertas al campo de la piratería que la industria de software venía reclamando. Esto conlleva por tanto la obligatoriedad de licencias para el uso ya no sólo del software que precisemos sino del acceso al producto del mismo, nuestros ficheros. Pase lo del software, pero ¿nuestro trabajo? El trabajo no lo sé pero sus fotos personales, sus pensamientos íntimos, sus ligoteos o el producto de las horas cuidando de su granja virtual ya están en la nube, usted no es propietario de ellos y tiene tan sólo una licencia de uso de los mismos. Esta nube se llama Facebook y sí, le mentí, yo sí leo los acuerdos de licencia.

Llevo ya dos artículos seguidos hablando de la sensación de dejà vu, pero es que no puedo evitarlo. La computación en la nube es moderna, cómoda, ordenada e ideal si le preguntamos a alguien de la industria. Sin embargo no puedo evitar la sensación de ver este fenómeno como la vuelta a los ordenadores centrales de compañías y universidades con sus administradores dotados de poderes sobre la vida y la muerte, sus decenas de terminales tontas y, sobre todo, la frustración asociada a su uso.

Sin ponernos demasiado dramáticos también podemos decir que las cosas han cambiado mucho desde entonces. Hoy en día existen cosas como la redundancia de servidores, mejores sistemas de copia de seguridad, mayor seguridad en las comunicaciones y mucho mayor ancho de banda. Sin embargo los administradores, por el simple hecho de serlo, siguen siendo los que eran; los servidores se siguen cayendo y aún siguen precisando mantenimiento. Por otro lado hay que añadir los centenares de millones de usuarios potenciales de lo que usted precisamente necesite en ese momento. No se confundan, ya usamos la nube sin darnos cuenta; servicios —que así se llama la cosa en la nube— como las realidades virtuales lúdicas tipo WoW, nuestro correo electrónico, servicios de comunicación o nuestros juegos legalmente adquiridos en plataformas como Steam ya están en la nube total o parcialmente… Y en ocasiones no podemos acceder a ellos. Los motivos para revivir antiguas frustraciones siguen ahí, aunque atenuados gracias a los avances tecnológicos.

¿Qué va a ocurrir? La lógica indica que este modelo debería imponerse en dispositivos ultraportátiles, que es el mercado en el que Apple está centrada y es la fuente de sus mayores satisfacciones empresariales. Aunque similares un iPhone y un iPad no son el mismo dispositivo y dadas las trabas físicas que la compañía pone a la transferencia de archivos, por muy nuestros que sean, desde sus dispositivos a soportes físicos la única solución plausible es la nube. Por otro lado esto centraliza y simplifica, de alguna manera, el control de licencias evitando la piratería. Sí, ya sé que la piratería no es un problema que Apple sufra normalmente, pero todo indica que tiene intención de trasladar su modelo iTunes al mundo editorial. Este detalle ya es enormemente relevante, porque esta industria está todavía deshojando la margarita del cómo va a ser su desembarco en el mundo digital y lógicamente están preocupados porque no se les repita la experiencia de la industria musical. Si Apple lo tiene todo atado y bien atado en la nube tiene muchas posibilidades de pasar por encima de Amazon para hacerse con el monopolio de la distribución editorial en formato digital y propiciar ese desembarco.

Otro punto a favor de este nuevo modelo es que los dispositivos ultraportátiles, aunque potentes, aún no son nuestros ordenadores de sobremesa lo que justificaría, en cierto modo, el uso de los mismos como nodos de la computación en la nube. Esto no invalidaría en absoluto el modelo de obsolescencia programada que la industria necesita, sino que serviría en los primeros compases del mismo para educar al usuario en el modelo y hacerle cautivo de este sistema. Porque de esto se trata, no se engañen: minimizar la capacidad de elección del usuario. En la informática tradicional la computación en la nube es casi una herejía. Por muy buenos que sean los servicios en la nube es menos frustrante almacenar y ejecutar el software en nuestro dispositivo. El poco uso que servicios como Google Docs tiene en comparación con el modelo tradicional de Office es una muy buena prueba de ello. Es útil, sí, pero sólo en casos de emergencia.

Pero ahora tenemos unos dispositivos poco potentes que empiezan a darle sentido a este tipo de servicios, ¿para qué queremos una suite ofimática si podemos tenerla como servicio? ¿Para qué queremos una librería de fotos por cada dispositivo si podemos tenerla accesible desde cualquier sitio en cualquier momento? Las ventajas son indiscutibles, pero los riesgos también lo son y nos vienen por dos cuestiones ya viejas conocidas de todos.

Seguridad. Los servidores corporativos son, en general, infinitamente más seguros que nuestros ordenadores personales. Sin embargo nuestros ordenadores cuentan con la ventaja del anonimato. El interés que nuestro ordenador en concreto pueda tener para un hacker es discutible. No pasa igual para los servidores de una compañía como Apple que, por cierto, ya ha sufrido alguna brecha de seguridad. Y eso por no mencionar el affair Sony.

Privacidad. Si colgamos nuestros ficheros en servidores corporativos eso significa que la compañía tiene, en teoría, el mismo acceso a ellos que nosotros. Ya tenemos muchos servicios en la nube y sabemos muy poco acerca de los derechos de acceso que se reserva la compañía a nuestros datos. Resulta revelador, a la par que inquietante, los ficheros con nuestras localizaciones GPS que almacenaban los teléfonos basados en IOS y Android. Lo normal es que sean libremente accesibles por parte de la compañía que se reserva además el derecho de compartir esa información con terceros.

En cualquier caso, sin resultar paranoicos, lo lógico es que la nube se imponga asociada a ciertos servicios, los que ya conocemos y algunos más —de pago o gratuitos— que irán saliendo en función de lo que precisen los usuarios o marque la moda. Una de las grandes ventajas de la pérdida de intimidad es que las compañías que ofrecen esos servicios pueden hacer dinero con nuestros datos y así mantener servicios gratuitos. Dudo mucho que lleguemos a pagar por todos los servicios propuestos, así que ese seguirá siendo el peaje que deberemos pagar, que de hecho ya estamos pagando, aunque bastante incrementado. No hay que olvidar que los dispositivos ultraportátiles vienen con nosotros a todas partes, así que la información personal que pueden recabar es infinitamente más detallada que la que pueden ofrecer los sistemas tradicionales.

Lo que preveo que sí va a estar en la nube sin discusión alguna es el material sujeto a derechos de autor y esa será la razón principal por la que la nube acabará situándose firmemente sobre nuestras cabezas. La nube, en cualquier caso, no se hará con el gran anhelo de la industria: el mundo empresarial. Supongo que seguirá con su sistema de ordenadores centrales, pero aislados tanto como puedan de acceso a la red de redes.

A este panorama tan brillante para el negocio sólo le veo un nubarrón en ciernes: los pagos con dispositivos electrónicos. Existe una nueva tendencia a realizar pagos a través de nuestros dispositivos portátiles. Tendencia que quedará en nada si nuestros datos y dispositivos resultan no ser todo lo seguros y privados que deberían ser asociados a asuntos tan sensibles. Hay mucho dinero ahí, así que la implantación del sistema en la nube dependerá de si los bancos, las compañías de crédito y las empresas de telecomunicaciones deciden terminar por explotar este posible negocio. Si es así, los servicios en la nube se acabarán diluyendo como las ídem en un día con altas presiones barométricas, porque la seguridad y privacidad en la nube nunca podrá estar garantizada, me temo.

De todas formas, el modelo de pago electrónico no va a imponerse hasta que no haya un estándar muy claro, cosa que no va a ocurrir precisamente mañana.

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