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Martín Varsavsky: «En Argentina nadie va preguntando de dónde vienen los abuelos de los demás»

Martín Varsavsky para Jot Down

Martín Varsavsky (Buenos Aires, 1960) ha vivido varias vidas en una sola. Es hijo de un astrofísico que construyó el primer radiotelescopio del hemisferio sur. Exiliado en el Nueva York turbulento de los setenta, empezó transformando edificios industriales en lofts en el SoHo y Tribeca de los ochenta. Continuó fundando compañías de telecomunicaciones, portales de internet y clínicas de fertilidad. Fue pionero en biotecnología cuando el VIH era todavía un enigma, levantó Jazztel y Ya.com antes de que existiera la palabra «unicornio» y hoy programa con inteligencia artificial mientras invierte en medicina reproductiva. Empresario en serie, polemista intermitente y agitador digital, su trayectoria oscila entre la ciencia dura y la batalla cultural.

La entrevista tiene lugar en su casa de La Moraleja, pocos días después de que tuviéramos un conflicto sobre la gestión de Menéame, cabecera de la que soy responsable y él, en aquel momento, máximo accionista. En el salón conviven obras de arte y libros; fuera, la tranquilidad de una urbanización diseñada para que nada parezca urgente. Varsavsky es una persona dialogante, cercana y muy brillante a la que no le importa decir lo que piensa a quien le pregunta y que, además, escucha.

Comencemos por el principio. Tu abuelo paterno y sus cuatro hermanos llegan a Argentina procedentes de Ucrania. ¿Qué sabes de tus orígenes europeos? ¿Eres judío askenazí? ¿Has visitado la ciudad de la que sois originarios, los Varsavsky?

Según 23andMe, el análisis genético que me hice, me sorprendió muchísimo ver que era 99,6 % judío askenazí. Me dejó perplejo. ¿Qué significa exactamente esa cifra? ¿Que ninguno de mis antepasados se acostó con alguien que no fuera judío? Me pareció algo chocante, casi inverosímil.

También me interesó entender qué quiere decir ser judío askenazí. La palabra askenazí, en hebreo antiguo, significa «alemán». Es decir, en cierto modo es como decir judío alemán. Y cuando empecé a investigar el origen de los primeros judíos askenazíes documentados en Europa, descubrí que aparecen en la zona de Düsseldorf, que es precisamente de donde es mi esposa. Me resultó curioso que esa identidad que yo asociaba más bien a Europa del Este tuviera una raíz alemana tan marcada.

En mi familia los apellidos cuentan bastante esa historia de desplazamientos. Tengo Weizmann y Warszawski. Los Weizmann son austríacos; los Warszawski, ucranianos. Y por la otra rama están los Ferial Perovich, también ucranianos. Es decir, de mis cuatro abuelos, tres proceden de Ucrania. Sin embargo, nunca he estado allí. Mi propio apellido, Warszawski, significa que vengo de Varsovia. Pero en el siglo XVIII Ucrania y Polonia formaban parte del mismo espacio político, así que es muy probable que la familia pasara de Alemania a Polonia, de Polonia a Ucrania y, finalmente, en 1890, de Ucrania a Argentina.

De todos modos, tampoco es extraño que los argentinos no vivamos obsesionados con nuestras raíces. Yo considero que Argentina es un país postétnico. Allí todo el mundo se mezcla. Si miro a mis amigos, es rarísimo encontrar familias que no se hayan cruzado con otras procedencias en una o dos generaciones. En mi caso también fue así: yo me mezclé, evidentemente, con una alemana.

Argentina logró algo muy singular: que la gente se sienta, ante todo, argentina. Nadie va preguntando de dónde vienen los abuelos de los demás. Por ejemplo, Menem, que fue presidente, era de origen sirio, pero nadie decía «el sirio Menem». Era simplemente argentino. En ese sentido, Argentina consiguió algo que España no ha terminado de conseguir: que la identidad nacional pese más que el origen de los antepasados.

¿Cómo llegan tus abuelos a Argentina? ¿Formaron parte de aquellas colonias agrícolas judías en Entre Ríos?

No exactamente en Entre Ríos, fue más bien una mezcla. Algunos fueron a Mendoza. Era una época en la que Argentina estaba completamente abierta a la inmigración. Parte de mi familia emigró a Estados Unidos y otra parte a Argentina, en un momento en que a Argentina le iba prácticamente tan bien como a Estados Unidos. Resulta llamativo que, teniendo la opción de ir al norte, eligieran el sur. Esa era la reputación que tenía el país entonces.

Mis abuelos crecieron en el campo. Existía una política muy clara de enviar a los inmigrantes a zonas rurales para poblar el territorio, porque Argentina estaba prácticamente vacía. Había población indígena, por supuesto, pero no en la escala de Perú o México, donde existían civilizaciones con millones de habitantes. En el territorio argentino predominaban tribus nómadas. Cuando los españoles llegaron en 1536 con Pedro de Mendoza, no se encontraron con algo comparable a lo que habían visto en el imperio inca o en el azteca.

La idea era poblar el país y desarrollar el campo, pero con el tiempo casi todos terminaron trasladándose a Buenos Aires. Y yo ya crecí en Buenos Aires, en una Argentina mucho más urbana y concentrada.

Cuando la familia deja el campo y se instala en Buenos Aires, ¿a qué se dedica tu abuelo? ¿Es ahí cuando empieza la etapa más empresarial?

Sí. Mi abuelo montó un corralón de materiales, algo así como una ferretería especializada en materiales de construcción. Fue, en cierto modo, el primer emprendedor de la familia. Le llegó a ir bastante bien, pero murió muy joven, así que esa etapa quedó truncada.

Mi padre, aun así, pudo ir a estudiar a Estados Unidos. Primero pasó por la Universidad de Colorado y después por Harvard, donde se especializó en astrofísica. Eso, en los años cincuenta, era algo muy poco común, especialmente para un argentino. Mi madre también estudió en Estados Unidos; de hecho, mis padres se conocieron allí. Ella estaba en Mills College y él en Harvard.

Yo nací en Argentina casi de manera anecdótica, como por una semana. Ellos se habían casado en Estados Unidos y estaban desarrollando su vida académica allí. Ser argentino en Estados Unidos en 1959 o 1960 era algo bastante singular. No era, ni mucho menos, una presencia habitual.

Tu padre, Carlos, fue un astrofísico muy conocido, y tu tío Óscar un pensador influyente en metodología científica y política latinoamericana. Ambos participaron en debates intelectuales de gran calado. ¿Cómo influyó en tu formación crecer en ese entorno?

Mi padre salía en la televisión y era bastante conocido como astrónomo. Cuando yo era niño, el hombre llegó a la Luna; era la edad de oro de la astronomía. Él convenció a la National Science Foundation de que, dado que desde Argentina se observa una parte distinta del universo, financiara la construcción del primer radiotelescopio en el hemisferio sur. Yo crecí yendo allí, trepando por la estructura, jugando literalmente en el radiotelescopio.

Mi infancia fue muy distinta a la de otros chicos. Hoy sería algo parecido a tener ChatGPT en casa: sabía muchísimo más que la mayoría de los padres de mis amigos. Además, en aquella época había un interés social por la física y la astronomía que ahora no existe con la misma intensidad. Recuerdo que me decía cosas como que la temperatura y el calor no son lo mismo. Yo repetía eso en el colegio y me miraban como si estuviera loco, porque para los demás, cuando hay muchos grados, hace calor. Y yo insistía: «la temperatura es el estado cinético de las partículas y el calor es una forma de energía». Nadie me entendía.

En casa también estaba el tema religioso. Éramos judíos, pero ateos. Eso generaba una actitud de cuestionamiento permanente. La idea científica de no dar nada por absolutamente cierto, porque siempre puede aparecer alguien que lo reformule. Como Einstein con Newton. En mi casa se hablaba constantemente de Einstein, de física, de mecánica cuántica. Venían colegas de mi padre, físicos, científicos. Era un ambiente muy particular.

El problema que tenemos los judíos ateos es que los islamistas no te preguntan si eres creyente o no. Para ellos sigues siendo judío.

La desaparición de tu primo y el secuestro de tu padre precipitan el exilio de vuestra familia a Nueva York. ¿Cómo viviste, con diecisiete años, ese salto forzado a Estados Unidos?

Mi adolescencia fue un desastre. No solo la derecha asesinó a mi primo —nunca vimos su cadáver—, sino que la izquierda también había secuestrado a mi padre. Fuimos atacados por ambos lados. Los años setenta en Argentina fueron una especie de guerra civil a menor escala que la española, pero nada insignificante. Cuando pienso en la guerra civil española no pienso en buenos y malos, sino en malos y malos. Y en la argentina ocurrió algo parecido. Los militares se comportaron como bestias y la izquierda también.

Llegamos a Nueva York después de haber estado, literalmente, esquivando balas. Pero el Nueva York de los setenta tampoco era precisamente un lugar tranquilo. Era el Nueva York de Taxi Driver, peligrosísimo. La gente hoy no tiene idea de cómo era aquello. Me robaron en el apartamento, me robaron en el coche —que era viejo—, me quitaron la radio… La transición fue muy dura. Pasar de una Argentina violenta a un Nueva York igualmente hostil no fue un aterrizaje suave, ni mucho menos.

Estudiaste en Columbia y más tarde has dado allí clases de emprendimiento. ¿Cómo has vivido el giro ideológico de los campus, especialmente en relación con el conflicto de Oriente Próximo?

Quienes crecimos viendo de cerca el daño que provoca la violencia política nos quedamos muy impactados con lo que ocurrió en Columbia. No mataron a nadie, pero sí les hicieron la vida imposible a estudiantes judíos. Fue muy triste. Yo mismo dije que no volvería a enseñar hasta que cambiaran ciertas cosas.

Me sorprendió el nivel del discurso contra los judíos y contra Israel. Se habla de «genocidio» con una ligereza enorme. Y el genocidio es algo que, en parte, se puede medir. Si en 1938 había diez millones de judíos en Europa y después de la Segunda Guerra Mundial quedaba un millón, eso es un genocidio. Pero si en 1948 había unos setecientos mil árabes en el territorio que hoy es Israel y ahora hay dos millones de árabes ciudadanos de Israel, más dos millones en Gaza y tres millones en Cisjordania, no encaja con esa definición.

Se puede criticar la política israelí de muchas maneras. Se puede defender la solución de dos Estados; yo mismo puedo estar de acuerdo con eso. Es un debate político legítimo. Pero utilizar el término «genocidio» en ese contexto me parece incorrecto.

El problema histórico de los judíos es demográfico: somos unos quince millones en un mundo de ocho mil millones. En Estados Unidos representamos alrededor del dos por ciento. En España, una minoría muy pequeña. Es complicado sostener una voz judía en un entorno donde pesan más los relatos que los datos.

Martín Varsavsky para Jot Down

Siguiendo la línea temporal, ¿cómo surge la oportunidad que te llevó a fundar Urban Capital? ¿Recuerdas el momento en que decidiste dar ese paso?

Es curioso, porque todo empezó bastante antes. Yo entré muy joven en la universidad. Me echaron del colegio por haber sido elegido delegado en un breve periodo democrático en el que los alumnos podían votar a sus representantes. Después los militares pusieron al frente del colegio público a un coronel, el coronel Roux, y comenzaron a matar a estudiantes. A mí no me mataron, pero les dijeron a mis padres que no podía volver.

Me enfurecí y decidí presentarme por libre a los exámenes. Terminé el colegio a los dieciséis en lugar de a los dieciocho porque era muy buen estudiante y me preparé por mi cuenta los dos últimos años. Así que empecé la universidad a los diecisiete.

En casa éramos seis hermanos entre mi hermana y mis hermanastros, y la situación económica era complicada. Yo buscaba cualquier manera de ganar dinero. La idea surgió porque tenía amigos okupas que se metían en edificios industriales abandonados en Tribeca. Aquello estaba completamente vacío. Yo pensaba que no tenía sentido ocupar ilegalmente esos espacios; lo inteligente era legalizarlos.

La clave era ir al Ayuntamiento y conseguir que recalificaran esos edificios, porque estaban catalogados como industriales y ya nadie quería fabricar en Manhattan. Las fábricas no iban a volver. Había que permitir que se transformaran en viviendas u oficinas. Así nació el llamado movimiento Loft, que impulsaba ese cambio normativo.

Convencí a inversores de que compraran esos edificios industriales, organizamos una campaña para recalificarlos y luego los rehabilitamos. De ese modo gané mi primer millón de dólares: no ocupando, sino transformando legalmente lo que otros veían como ruinas en activos con futuro.

Eras muy joven, apenas veintidós o veintitrés años. ¿Cómo conseguiste convencer a esos primeros inversores?

Fue algo bastante fortuito. En un vuelo de Buenos Aires a Nueva York me senté junto a un arquitecto argentino muy exitoso en Estados Unidos, Mario Gandelsonas. Le expliqué mi idea: no tenía sentido que aquellos edificios estuvieran ocupados ilegalmente; lo lógico era cambiar la normativa y legalizar su uso residencial u офис. Yo estaba convencido de que se podía lograr.

A él le entusiasmó la propuesta y se convirtió en mi primer inversor. Después se sumaron otros arquitectos, como Isenson, y más inversores que ellos mismos atrajeron.

Compramos un edificio en 25 East 21st Street. Desde el principio les dije que no quería sueldo; en realidad, nunca he tenido un sueldo en mi vida. Prefería un porcentaje del edificio. Vivía prácticamente en la miseria, moviéndome en bicicleta por Nueva York, pero mantuve mi participación.

Dos años más tarde, ese porcentaje valía muchísimo. Eran unos cincuenta mil dólares de 1981, que hoy equivaldrían aproximadamente a un millón. Con ese primer éxito pude presentarme ante nuevos inversores ya por mi cuenta, con un historial demostrable, y negociar mayores participaciones. A los veinticinco años había desarrollado unos cincuenta mil metros cuadrados de lofts, algo así como cinco manzanas de Madrid.

Sin embargo, terminé cansándome del negocio inmobiliario. A mí lo que realmente me atraía era la ciencia. Y decidí volver a ese mundo.

A las personas que tenemos ideas nos preocupa que nos las roben. ¿Crees que tuviste suerte de que ese arquitecto no te robara la idea? ¿Es diferente la mentalidad en Estados Unidos?

Todo es un riesgo. Esa pregunta es válida para todo lo que hago. Yo nunca fui tan secretista como Steve Jobs o gente a la que le ha ido increíblemente bien sin contar nada. Yo siempre tuve blogs y conté mis ideas. No sé si mi estrategia es mejor; sé que a veces cuento demasiado. Pero este arquitecto, sentado al lado mío en el avión, tampoco era un gran hombre de negocios: era un gran arquitecto —llegó a ser decano de Princeton—, pero no parecía un tiburón que me iba a robar las ideas.

Tras el inmobiliario das un giro radical y te metes en biotecnología. En 1986 fundas MediCorp con Claudio Cuello y César Milstein, ya Premio Nobel. ¿Cómo se cruza en tu camino alguien como Milstein y de quién fue realmente la iniciativa?

Mi padre murió muy joven, en marzo del 83; yo tenía veintidós años. Fue un shock enorme. Poco después, mi tía Ruth Weizmann y su marido, Carlos Blanco, estaban en Cambridge porque él hacía un postdoc en neonatología. En una fiesta de fin de año, totalmente casual, conocí a varios científicos argentinos. Allí me hablaron de César Milstein, que ya era Premio Nobel por el descubrimiento de los anticuerpos monoclonales.

No tenía claro qué eran exactamente, así que me puse a estudiarlo. Mi tío, que era médico, me explicó la idea: «poner a trabajar el cáncer». Los anticuerpos monoclonales se producen utilizando células tumorales; se aprovecha la capacidad casi infinita de replicación del tumor y se combina con la especificidad de un linfocito. Esa mezcla entre longevidad y precisión me pareció fascinante.

Yo ya hacía negocios, pero en el mundo inmobiliario, y estaba cansado. Les dije que quería dedicarme a la ciencia, que me interesaba mucho más. Les propuse crear una empresa juntos. No sé muy bien cómo, porque yo tenía veinticinco años y ellos eran científicos consagrados, pero aceptaron. Milstein había rechazado ofertas de grandes farmacéuticas, y aun así decidió embarcarse en el proyecto.

Empezamos a trabajar en temas relacionados con el sida, que en ese momento era una enfermedad nueva, mal entendida y aterradora. Desarrollar tests de detección era fundamental para saber quién estaba infectado, y también exploramos tratamientos de inmunidad pasiva. Fue una época muy intensa.

Para poder seguir el ritmo, volví a Columbia y estudié un año de inmunología. Ya había terminado mi carrera, pero en Columbia puedes asistir a clases aunque no obtengas otro diploma. No me dieron un título en inmunología, pero fui a todas las clases para entender mejor lo que estábamos haciendo.

MediCorp fue un éxito moderado, no un gran éxito. Y mi frustración con la medicina —que hoy sigue siendo uno de mis principales intereses— tiene que ver con lo mismo: la lentitud regulatoria, el tiempo que tarda la FDA en aprobar cualquier avance.

Yo había hecho cuatro años de premedicina. En Estados Unidos puedes estudiar premedicina junto con otra carrera; luego la facultad de medicina dura tres años adicionales. Hice biología, química, física, matemáticas… Lo hice con entusiasmo, pero nunca completé los tres años de medicina. Me quedé en ese punto intermedio entre empresario y científico.

Después de MediCorp encadenas varios proyectos de éxito, hasta el punto de que en 1998 ya habías construido lo que hoy llamaríamos un unicornio, mucho antes de que existiera el término. ¿Sientes que has dejado atrás el emprendimiento en internet?

Más o menos. En los últimos años me he centrado mucho en biotecnología y medicina. Pero con el auge de la inteligencia artificial, en septiembre del año pasado volví a programar. Le dedico unas dos horas al día a desarrollar productos digitales. De momento es un experimento personal, pero me impresiona comprobar que lo que antes requería cientos de personas —como en el caso de Ya.com— ahora puede hacerlo una sola con ayuda de la inteligencia artificial.

Soy un amateur, pero siempre lo fui al principio de cada etapa. En fertilidad también era un amateur, y después de diez años trabajando en ello me consideran un experto. Cuando profundizas durante una década en un campo, terminas dominándolo.

Ahora veo algo especialmente interesante en la intersección entre inteligencia artificial y biología. Estoy explorando productos digitales vinculados a ese cruce. Por ejemplo, interpretar analíticas de sangre de forma mucho más sofisticada, combinar marcadores biológicos con IA en fertilidad, en oncología o en detección precoz de enfermedades. Hoy puedes introducir datos clínicos en sistemas como Grok, ChatGPT o Gemini y obtener análisis muy avanzados. Estoy experimentando con esa convergencia entre lo digital y lo biológico.

También estoy desarrollando una aplicación pensada para salvar la vida de personas mayores, originalmente inspirada por mis propios padres. Utiliza dispositivos como el Apple Watch para monitorizar en tiempo real su estado fisiológico y enviar alertas si detecta algo anómalo. Me interesa mucho todo lo relacionado con salud digital y cómo la tecnología puede intervenir de forma preventiva, no solo reactiva.

Martín Varsavsky para Jot Down

Jazztel era un operador de red, con una infraestructura muy pesada, mientras que Ya.com era un portal, mucho más ligero. A medida que avanzan tus proyectos, ¿buscas deliberadamente modelos más escalables o simplemente sigues la oportunidad que aparece?

Un poco de ambas cosas. Por ejemplo, mi empresa Prelude, que tiene unos cinco mil empleados en clínicas de fertilidad, es un negocio totalmente físico. Requiere infraestructura real: clínicas, pacientes, médicos, enfermeras. No tengo ningún problema con negocios intensivos en activos si tienen sentido.

Pero sí es verdad que siempre me ha atraído esa combinación entre lo físico y lo digital. Jazztel tenía una parte muy tangible, de red; Ya.com era puramente virtual. En fertilidad ocurre algo parecido: Prelude es la parte real, pero luego desarrollo proyectos más tecnológicos. Por ejemplo, robots que manipulan embriones o el uso de espectrómetros de masa para analizar los metabolitos de los embriones y predecir la probabilidad de embarazo. Al final es software conectado a un espectrómetro que te ofrece una evaluación objetiva del embrión. Es medicina apoyada en tecnología avanzada.

Sueles implicarte personalmente en las tecnologías en las que inviertes. ¿Necesitas entenderlas en profundidad antes de delegar?

Mucho. No invierto en nada que no entienda. Me obligo a comprender cómo funciona. Recuerdo una anécdota: me ofrecieron invertir cinco millones de dólares en el fondo de Madoff a través de mi family office. Todo el mundo estaba entrando. Les pedí que me explicaran con detalle cómo generaban retornos tan constantes. Me dieron una explicación y les respondí: «Habéis inventado la homeopatía de las finanzas». No tenía sentido, sonaba igual que la homeopatía en medicina. Decidí no invertir. A la semana, el fondo colapsó.

Hubo, sin embargo, otra inversión que terminó mal: la aerolínea en Argentina.

La aerolínea funcionaba bien. Que un piloto o una azafata intenten contrabandear drogas es algo que ocurre en muchas compañías aéreas; no era un problema estructural del negocio. La empresa cayó porque me negué a pagar un soborno a Néstor Kirchner. Me pidieron dinero para no cerrarla. Yo nunca he pagado sobornos ni pienso hacerlo. Y la cerraron.

No todos tus proyectos han sido grandes éxitos. A veces hablas de ideas que se adelantaron a su tiempo, pero hay una inversión que mencionas con cierto resquemor y de la que has acabado saliendo: Menéame, que además nunca fue relevante en términos empresariales. ¿Qué te llevó a entrar en 2006-2007 y qué impresión te causaron Ricardo y Benjamín?

Yo tengo un family office y he invertido en alrededor de cien proyectos. Hay que ponerlo en contexto: Menéame fue uno más dentro de ese conjunto, no fue una apuesta existencial. Me atrajo la idea, muy similar a Reddit: que el poder editorial lo tenga la gente, que la comunidad seleccione los contenidos y genere conversación alrededor de ellos. Conceptualmente me parecía —y me sigue pareciendo— una propuesta muy potente.

Ricardo y Benjamín me parecieron inteligentes, técnicos sólidos, con una visión clara del producto. Era un proyecto auténtico, nacido más de la convicción que del cálculo financiero.

Mi crítica es conocida: la plataforma terminó reflejando solo una parte muy estrecha del espectro ideológico, quizá un diez por ciento de lo que existe en la sociedad. El otro noventa por ciento prácticamente no está representado. Mi aspiración siempre fue que fuera un espacio transversal, abierto a todos. Lograr eso es extremadamente difícil. Pero la idea original, la de un sistema donde la comunidad jerarquiza la información, sigue pareciéndome válida.

En redes has expresado tu desencanto con la comunidad de Menéame por su polarización hacia la izquierda. Pero tu familia sufrió la violencia de la extrema derecha durante la dictadura argentina, y también has contado que la izquierda os atacó. ¿Cómo conviven en ti esas experiencias? ¿Se acaban tocando los extremos?

La extrema derecha y la extrema izquierda muchas veces se parecen más de lo que creen. Comparten rasgos: dogmatismo, intolerancia, simplificación del mundo. A veces ni siquiera es una cuestión clásica de izquierda y derecha; piensa en el rechazo a las vacunas, por ejemplo. El extremismo tiende a encontrarse en los bordes, aunque venga de tradiciones distintas.

También hay desplazamientos de votantes que muestran eso. En Argentina, gente que pasó del kirchnerismo a Milei. En España, personas que fueron de Podemos a Vox. Hay péndulos políticos muy fuertes. Cuando yo estaba en el consejo de la Fundación Clinton o apoyaba a figuras como Felipe González, eso era claramente izquierda moderada. Hoy, muchas de esas posiciones parecen casi de centroderecha porque el eje se ha movido.

No siento que yo me haya desplazado tanto; más bien creo que parte de la izquierda se movió hacia una izquierda mucho más radical y yo me quedé donde estaba. Si hoy me sentara con Bill Clinton, probablemente seguiríamos coincidiendo en muchas cosas.

Las diferencias actuales son mucho más agudas. La distancia entre Kamala Harris y Trump es mayor que la que había entre Bush padre y Clinton. La polarización se ha intensificado en casi todo el mundo. Y cuando los extremos dominan la conversación, el espacio intermedio se estrecha.

En 2017 dijiste que Mark Zuckerberg podría ser mejor presidente que Trump porque entendía a su comunidad. Ahora que Trump ha vuelto al poder, ¿mantienes esa idea?

Me sorprende haber dicho eso. En aquel momento no pensaba que Trump fuera a ser un buen presidente, pero me llama la atención haber imaginado a Zuckerberg en ese papel. Es brillante, y Meta es una empresa extraordinariamente valiosa —soy accionista y me ha ido muy bien—. Además, Javier Oliván, que es quien lleva el día a día de Meta, es un genio; lo conozco bien y somos amigos.

Ahora bien, no veo en Zuckerberg el instinto político que sí tiene alguien como Elon Musk. Zuckerberg tiende más a adaptarse al entorno que a liderar grandes giros políticos. Como líder empresarial es muy sólido; como figura política, lo veo distinto.

Y respecto a Menéame, ¿entiendes a su comunidad, aunque no compartas muchos de sus valores?

En el tema de Israel entré en conflicto con mucha gente porque para mí hay una línea roja: no se puede pedir el exterminio de los judíos ni la desaparición del Estado de Israel. Creo que hay dos tipos de antisemitismo. Uno es el de quienes odian a los judíos como etnia —nazis o islamistas—, que es el más peligroso; ese no es el que veo en Menéame. Lo que sí percibo allí es una afinidad muy fuerte con el que consideran el perdedor.

El siete de octubre probablemente muchos sintieron simpatía por las mil doscientas personas asesinadas y violadas. Pero cuando Israel empieza a imponerse militarmente frente a Hamás, Hezbolá, Irán o los hutíes, parte de esa comunidad se distancia porque deja de percibir a Israel como el débil. Hay una identificación casi automática con quien parece estar perdiendo.

Yo veo Oriente Medio como una región donde conviven constructores y destructores. Dubái es un ejemplo de constructor: han levantado una ciudad impresionante en medio del desierto. Arabia Saudita está intentando transformarse en algo parecido. Israel y Dubái, en cierto modo, comparten rasgos: sociedades abiertas a la tecnología, al emprendimiento, con convivencia de religiones y culturas distintas.

Quienes sienten rechazo hacia Israel suelen sentirlo también hacia modelos como el de Dubái, porque no encajan en su narrativa. No creo que en esos casos se trate de un odio étnico como el de los nazis o los islamistas. Es otra lógica: si eres el débil, el marginado, generas simpatía; si te va bien, si construyes y prosperas, pasas a ser sospechoso.

Hablábamos antes de cómo los extremos pueden terminar pareciéndose. Si comparas a un judío ultraortodoxo con un fanático islamista —roles de género rígidos, familias muy numerosas, códigos morales cerrados—, ¿ves el mismo riesgo para una sociedad ilustrada?

Hay una diferencia clave: el judío ultraortodoxo, con todos los rasgos conservadores que pueda tener, no suele exportar violencia terrorista a otros países. No ves a ultraortodoxos organizando atentados en estaciones como Atocha. Eso marca una frontera muy clara para mí.

Yo puedo ir a Marruecos de vacaciones y pasarlo muy bien. No tengo un problema con que existan países musulmanes con sus propias normas y tradiciones. El mundo es diverso. Lo que me incomoda es otra cosa: que personas que dejan esos países —muchas veces porque allí no estaban bien— lleguen a Europa con la idea de transformar el marco cultural europeo hacia modelos islamistas. Eso es lo que critico.

Y creo que en Europa ha habido, en parte, una ingenuidad política al respecto. En España, por ejemplo, hay niveles de renta bastante bajos; el salario más frecuente es el de mil euros al mes, que es un salario modesto. En ese contexto, cuesta entender determinadas políticas exteriores o ciertas prioridades cuando todavía hay carencias internas importantes.

Sobre los valores tradicionales y los derechos de las mujeres en sociedades multiculturales, el punto central para mí es que en Europa deben prevalecer las leyes y los principios europeos: igualdad ante la ley, libertad individual, derechos de la mujer. Si alguien quiere vivir de manera conservadora en su ámbito privado, es libre de hacerlo. El problema surge cuando se intenta imponer ese modelo al conjunto o cuando se cuestionan derechos ya consolidados.

Las sociedades abiertas funcionan si hay reglas comunes. Sin ese marco compartido, la convivencia se vuelve mucho más frágil.

¿Tienen sentido los bots de inteligencia artificial comentando en redes sociales?

Sí, y mucho. Lo vi por primera vez con Grok y me sorprendió. Recuerdo que Grok comentó en uno de mis posts en X; le escribí a Elon para decírselo: «Mira esto». Ni siquiera él sabía que estaba ocurriendo así. Fue casi accidental, una convergencia inesperada entre Grok y X.

Estamos en un punto en el que la inteligencia artificial es, como mínimo, tan capaz como muchas personas en ciertos ámbitos, y en algunos casos más. Puede aportar datos, contexto, argumentos. Si hoy casi todos interactuamos a diario con sistemas como ChatGPT, ¿por qué resultaría extraño que existan agentes similares participando en conversaciones públicas?

He estado en reuniones presenciales donde alguien interrumpe el debate para consultar qué opina ChatGPT sobre el tema que estamos tratando. Si eso ya forma parte de la vida real, no veo por qué no podría integrarse de manera transparente en redes sociales bien diseñadas. La clave no es si interviene una IA, sino cómo se identifica y con qué reglas participa.

Formaste parte del consejo de Axel Springer y llevas años reflexionando sobre el periodismo digital. En un entorno dominado por algoritmos, desinformación e inteligencia artificial, ¿cómo debería transformarse el periodismo? ¿Tiene futuro el modelo tradicional?

El periodismo es indispensable para una democracia, pero está en peligro. Históricamente vivía de la publicidad, y esa publicidad se la llevaron Google, Facebook, TikTok y otras plataformas. Se quedaron con la tarta dejando a los medios con el coste de producir contenido y sin la recompensa económica proporcional.

Al empobrecerse, el periodismo se volvió vulnerable. Cuando mantener una redacción es caro y los ingresos son escasos, influir se vuelve relativamente barato. Con cantidades que para un Estado son pequeñas, se puede condicionar mucho. Si una empresa pública o semipública concentra decenas de millones en publicidad institucional, eso genera dependencia. Y cuando hay dependencia económica, la independencia editorial sufre.

Muchos periodistas lo reconocen en privado. Saben que hay líneas que no conviene cruzar porque la financiación puede resentirse. Eso erosiona la credibilidad y, a la larga, el valor del propio medio. La transformación pasa por recuperar modelos sostenibles que no dependan exclusivamente de la publicidad generalista. Suscripciones, productos verticales, clasificados, servicios digitales paralelos… El periodismo tiene futuro si encuentra una base económica que le permita ser realmente independiente. Si no, se convierte en un actor débil frente a gobiernos y plataformas.

Martín Varsavsky para Jot Down

Has mencionado a Mathias Döpfner, una figura poco conocida en España, pero clave en Axel Springer. ¿Qué papel ha jugado y cuál es tu relación con él?

Conozco a Mathias desde hace unos veinticinco años. Es un periodista que terminó convirtiéndose en consejero delegado de Axel Springer. La viuda de Axel Springer le donó una participación valorada en torno a mil millones de euros en acciones porque quería garantizar la continuidad del proyecto bajo su liderazgo. Gracias a esa combinación de donación y gestión exitosa, se convirtió en multimillonario.

Lo relevante no es solo eso, sino su estrategia. Cuando los gigantes tecnológicos se llevaron la publicidad, Axel Springer no optó por depender del gobierno. En lugar de eso, desarrollaron negocios digitales propios: portales de empleo como StepStone, comparadores como Idealo, plataformas inmobiliarias como AVIV. Es decir, reconstruyeron su propia tarta publicitaria creando mercados digitales paralelos.

Esa diversificación permitió sostener cabeceras como Bild o Die Welt con mayor independencia frente a la presión política. La lección es clara: sin modelo económico sólido no hay independencia editorial real.

Hace años criticaste públicamente a Elon en Twitter, lo acusaste de amplificar teorías conspirativas y él te bloqueó. Hoy mantenéis buena relación. ¿Cómo recuerdas aquel momento y qué opinión te merece ahora su etapa en Doge, ya cerrada?

Conocí a Elon hacia 2007, en casa de Sergey Brin, cuando apareció con uno de los primeros Teslas. Tardé un tiempo en comprender lo extraordinariamente brillante que es. Tuvimos desacuerdos públicos fuertes; uno de mis tuits tuvo millones de visualizaciones y él me bloqueó. Yo pensaba que comprar X era un error estratégico, que estaba tirando el dinero. El tiempo demostró que no fue así. Si hago balance, diría que en nuestras disputas él acertó la mayoría de las veces y yo bastante menos. Es, probablemente, una de las personas más inteligentes del planeta.

Sobre Doge, creo que cumplió una función importante mientras estuvo involucrado: puso el foco en el despilfarro y en la necesidad de auditar el gasto público con mentalidad tecnológica. Era lógico que una iniciativa así generara enormes resistencias, porque cuando cuestionas partidas presupuestarias tocas intereses muy consolidados. Su salida también era previsible; Elon no es un burócrata, es un constructor de proyectos. Entra, sacude el sistema, instala una conversación y sigue adelante.

Más allá de su papel personal, el debate que abrió sigue vigente: cómo hacer que el Estado sea más eficiente, más transparente y menos capturado por redes de dependencia. Ese es un tema estructural que no desaparece porque cambie la persona que lo impulsa.

Háblanos de Auditoría Ciudadana.

Es un proyecto que tuvo un tropiezo técnico al principio, pero sigue adelante. Programé yo mismo la primera versión y cometí un error: dejé expuesta una contraseña en el código y entraron. Vaciar el front fue relativamente sencillo, aunque la base de datos estaba protegida y con copias de seguridad, así que no hubo acceso a datos personales ni pérdida estructural. Fue un aprendizaje acelerado sobre seguridad cuando construyes algo visible y con carga política.

Ahora lo estoy reforzando, tanto a nivel técnico como legal. Hay un colaborador voluntario, Iván García, que se ofreció a ayudarme a blindarlo mejor, y estoy trabajando con Pablo Cambronero, que lleva tiempo investigando el despilfarro público de forma sistemática y documentada. La idea es profesionalizarlo, que no sea solo entusiasmo ciudadano sino un proyecto sólido.

Creo que en España hace falta una auditoría permanente del gasto. Hay muchísimo dinero circulando en redes donde todos se pagan entre sí con fondos públicos. Muchas veces se presenta como «buenismo», pero el resultado real es ineficiencia. El Estado del bienestar tiene que centrarse en tres grupos: niños, ancianos y enfermos. No en mantener estructuras improductivas o puestos donde la gente cobra sin aportar valor. Si reduces el despilfarro, puedes fortalecer lo esencial.

Si Isabel Díaz Ayuso llegara a presidir el Gobierno, ¿estarías dispuesto a implicarte como Elon hizo en su momento con Doge?

Cada vez que me han ofrecido entrar formalmente en un gobierno he dicho que no. Pero eso no significa que no pueda aportar ideas. Desde la época de Clinton entendí que se puede influir sin ocupar un cargo. Puedes sugerir, proponer, argumentar. Luego quien gobierna decide. No necesito estar dentro del poder para contribuir.

No sé si haría algo exactamente como lo que hizo Elon, entrando en una estructura gubernamental. Pero ayudaría encantado a cualquier gobierno que quiera reducir el despilfarro y hacer el Estado más eficiente.

China parece demostrar que un modelo autoritario con capitalismo puede competir globalmente. ¿Ves en Estados Unidos una deriva en esa dirección?

China eligió capitalismo sin democracia, y durante décadas le fue muy bien. Pero tiene límites. A largo plazo, la innovación profunda requiere aceptar pensamiento crítico y diversidad real de ideas. Estados Unidos tiene una tradición de libertad que es difícil que desaparezca. Además, el riesgo autoritario no es patrimonio de la derecha; el siglo XX mostró autoritarismos de izquierda devastadores. El peligro está en los extremos, no en una etiqueta ideológica concreta. Me sorprendería que Estados Unidos terminara pareciéndose a China.

Has dicho que, si en 2027 Pedro Sánchez vuelve a ganar, te irías de España. ¿No es una exageración? ¿No ves ningún valor en él como político?

Creo que gobierna con una base electoral limitada y que el sistema de alianzas lo lleva a pactos que desvían el rumbo de lo que muchos votantes creían estar apoyando. Las alianzas con el independentismo generan una dinámica institucional que considero dañina para el país. Gobernar sin presupuestos estables, tensionar permanentemente el marco constitucional… eso debilita la confianza.

No veo en su gestión elementos que me resulten positivos. Me parece que prioriza la supervivencia política sobre la cohesión institucional. España, en mi opinión, funcionaría mejor con otro liderazgo.

En tu relación ambivalente con Argentina, ¿Guaminí es una reconciliación emocional o una apuesta estratégica por si el mundo se complica?

Ambas cosas. Es una reconciliación con el país donde nací y también una diversificación geográfica en un mundo incierto. Argentina, por su ubicación y sus recursos, es un lugar relativamente aislado de grandes conflictos geopolíticos. No es un búnker ni una fantasía apocalíptica; es un campo abierto. Pero en un mundo volátil, tener raíces y proyectos en distintos lugares es simplemente sensato.

Martín Varsavsky para Jot Down

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36 comentarios

  1. Verguencita entrevistar a un sionista defensor del genocidio en Palestina la verdad…

  2. Posiblemente la entrevista menos interesante en años

  3. Simplicísimo

    Una entrevista a un prorruso.
    Una entrevista a un prosoviético.
    Una entrevista a un cristiano.
    Una entrevista a un musulmán.
    Una entrevista a un proyanqui.
    Una entrevista a un liberal.
    Una entrevista a un budista.
    Una entrevista a un anarquista.
    Una entrevista a un reaccionario.
    Una entrevista a un bolivariano.
    Una entrevista a un proiraní.
    Yo creo que no deberían entrevistar a nadie y así nos curamos en salud.

  4. Por favor, Dios: que Pedro Sánchez gane el año que viene y manda de vuelta con Milei a este ser.

  5. Estimado Martín, y entrevistadores:

    Durante muchos años se ha hecho recaer sobre el pueblo alemán la culpa colectiva por el Holocausto y sus consecuencias. Se argumentaba que como pueblo lo conocieron, y como pueblo lo apoyaron o no se opusieron lo suficiente.
    Estaría bien que los israelíes reflexionaran sobre el asunto, a ver qué parte de culpa colectiva les corresponde en el actial genocidio de Gaza. Y también los judéos que consideran que Israel es su hogar nacional, o un Estado ligado a su identidad, que no son todos, lo sé.
    Porque una vez que se pone en marcha algo como el concepto de culpa coleciva es casi inevitable que se vuelva contra ti.
    Si los alemanes nacidos en los cincuenta son aún culpables del Holocausto, ningún israelí del futuro se librará de esa mancha. Y eso no es bueno para nadie.

    • Totalmente de acuerdo. Y lo que me resulta más sorprendente de todo es que un pueblo que ha sufrido tanto como el judío no sea capaz de sentir la menor empatía por el sufrimiento de otro pueblo.

  6. Sólo recordar que en lo más gordo de la pandemia Martín Fachafsky se saltó el confinamiento y se piró a Alemania con su familia porque no se fiaba de la sanidad española.

  7. Increible darle voz a esta ultraderechista que ya la tiene en mil altavoces reaccionarios y que no tiene absolutamente nada interesante que contar.

  8. Nunca le preguntes a un argentino cuánto gana o qué hacía su abuelo durante la Segunda Guerra Mundial.

  9. Jotdown es cada vez más down que jot. Este señor hace 20 años que dejó de tener interés. Es tan idiota que normalmente lo contrario de lo que diga es lo razonable. En pandemia no paró de decir majaderías ni un momento. Es el triunfo de la estupidez, el egoísmo máximo. El clasismo. Cuñadismo extremo. Es como un tonto con un lápiz. Por dios jotdown, haced algo más interesante que esto. Habéis sido referente. A quién vais a traer después a Risto?

  10. Jot Down: al próximo nazi que entrevistéis (sois muy dueños) os quito de marcadores.

  11. La conjura de los minions

    «El judío ultraortodoxo, con todos los rasgos conservadores que pueda tener, no suele exportar violencia terrorista a otros países.»

    ¡Que se lo digan a los habitantes de Gaza, Irán, Siria o el sur del Líbano! ¿O si es con bombas guiadas por láser no cuenta? Martín Varsavsky es al cuñadismo lo que Miguel Ángel a la pintura de techos.

  12. Pito Gorgorito

    Que triste que le den lugar a un sionista defensor de Israel y pro-yankee, que vive criticando a su país de nacimiento y al país donde vive.

  13. Muy grande este señor. Hace falta más gente así, valerosa r inteligente a partes iguales

  14. Jose Andres

    Causa mucha risa comprobar el enorme escozor hemorroidal que provoca en los rogelios las aportaciones de gente inteligente. Debe ser la consecuencia de ser homínidos mononeuronales. Grande, Martín.

    • Kezabe Nadie

      Basta ver su vocabulario para entender su capacidad intelectual.

    • Sácate las tildes de los orificios nasales y devuélvelas a tu nombre: recuperas un poquito de dignidad y quizá como Homer Simpson, recobras algo de inteligencia… babanca atolondrao.

  15. Juan Luis Crespo Mariño

    Por algún motivo, mi comentario preguntando que con cuanto había financiado este señor a JD no ha sido publicado… no sé que norma he incumplido, pero si cual suscripción va camino de no ser renovada. Luego no os quejéis de que «el público» no os ayuda.

    • Pues lo borramos porque no nos hace ni puta gracia que un usuario aunque sea suscriptor nos llame comprados. Este señor no solo no ha pagado nada a Jot Down sino que además despidió a nuestro editor como CEO de Menéame en X el año pasado porque no se plegó a sus órdenes cuando era uno de los dueños. No te hemos borrado este comentario para contestarte pero puedes darte de baja de la suscripción cuando te de la gana porque no vamos a permitir que nos insultes gratuitamente.

      • Kezabe Nadie

        Inaudito. Con qué arrogancia y malas maneras contestan a un suscriptor. Me imagino que si lo tratan así , el resto de los lectores no les merecemos ningún respeto.
        En todo caso, a mi modo de ver, el problema no es el entrevistado en sí. Hasta una entrevista a Hitler o Trump podría ser interesante siempre que no fuera en un tono obsecuente y nada crítico como es ésta, que tan contestada está siendo por algunos lectores, entre los que me encuentro ahora.

        • Inaudito es que metas a Hitler y Trump en el mismo saco; vete a los artículos de Carlo anda

          • Kezabe Nadie

            La revista cultural Letras Libres, que no es sospechosa de ultraizquierdismo, le dedicó una portada con bigote hitleriano y titulada «Un fascista americano».
            Trump es peor que el Fuhrer, tiene más poder y utiliza la propaganda como lo hicieron los nazis.

            • Ah bueno, pues si la revista Letras Libres hace una caricatura dibujando un bigote a Trump pues ya estaría… pa qué queremos más.
              Sobre lo de que es peor, pues también, olé.

              • Kezabe Nadie

                Trump es fascista, también lo es Musk.
                Y Ud. seguramente, también.

                • Fascista no es lo mismo que nacionalista-socialista. Y Musk ahora, ¿a qué viene?, menuda paellita mixta le está quedando.

                  Por cierto, deje Vd. de usar el término fascista a cada paso, ya no porque le convierta eso en un p*** meme, que poco o nada nos importa, si no porque degrada y desgasta el significado de la palabra y su valor disuasorio/condenatorio de ciertas actitudes ante la vida.

                  ¿No ha notado que desde hace ya tiempo a cada vez menos personas les importa que les llamen fascistas sin serlo? Siguiendo la trayectoria, dentro de poco empezará a darle igual a muchos ser directamente fascistas.
                  Vd. es cómplice necesario del problema social actual.

                  • Kezabe Nadie

                    Fascista es quien dice o hace «fascistadas», como bien señala Michela Murgia (Instrucciones para convertirse en fascista). No dejaré de llamar fascista a quien diga o haga ese revisionismo que blanquea a figuras políticas o abrace la posverdad de Trump. ¿Qué me dice del saludo nazi de Musk? ¿O cree Ud. que se le disparó como al científico con brazo mecánico de cierta película?
                    Umberto Eco, lo citaba su, para Ud,. despreciado Frabetti, retrató con detalle al Ur Fascismo, es decir el fascismo eterno, al que parece seguir gente que escribe y comenta como Ud.
                    Mire, FJR, viví la primera etapa del régimen miltar de Chile , entre 1973 y 1976, también algunos años más tarde. Sé de lo que hablo y puedo olfatear al fascismo y a los fascistas a la legua.

                  • Kezabe Nadie

                    Cincuenta años en España. Trabajando en prensa y empresa pública. Y he tenido pocas muestras de xenofobia como la suya.

      • Juan Luis Crespo Mariño

        mmm… es bueno saber cuales son las expresiones que se pueden usar y pasan su «moderación».

        … y es bueno saber a qué llaman insultos.

        Luego no se quejen, por favor.

        • Kezabe Nadie

          Tiene Ud. mi apoyo. Personas como algunos que hablan de «picores hemorroidales» y nos envían a buscar otras páginas, no merecen tribuna.
          No en un medio que se supone o pretende de difusión o debate con un cierto nivel. Pero los responsables de éste no dan precisamente un buen ejemplo.

  16. Un tipo acostumbrado a adular millonarios da una entrevista sin decir absolutamente nada.

  17. No os entiendo.
    Podemos estar o no de acuerdo en que Varsavsky es un vendedor de crecepelos venido a más (lo reconoce implícitamente) y un sionista de la peor especie.
    Pero, ¿de verdad queréis que JD no publique entrevistas a gente como él?
    ¡Si son una joya!
    Solo con el argumento de los millones de árabes para justificar el genocidio es oro puro: según él, un genocidio no depende de la gente que asesines, sino de la que queda después, pasándose por el forro la convención de 1948. Es la necedad más grande desde que leí, hace algunos años, a otra sionista decir: “¿De qué se quejan los palestinos? Si ya tienen Gaza.”
    Ya que este caballero hace números, hagamos los nuestros: en menos de tres años Israel ha asesinado a más palestinos que todos los ejecutados por la Inquisición en más de tres siglos; tomando por buenas (que es mucho tomar) las cifras más exageradas de la Leyenda Negra.
    Me dice mi cuñado al respecto que no debemos dar voz a los extremismos (a los que no le gustan a él, se entiende). Yo creo que es importante conocer su narrativa de primera mano, no solo a través del filtro de sus críticos, sin necesidad de emporcarse en el cenagal de sus medios afines.
    Y eso sin contar con las risas.
    A finales de mes me llega la liquidación de derechos, ese mismo día habrá un suscriptor nuevo por aquí.

  18. No puede faltar la apología del reemplazo. Y eso que este es de «derechas», aunque se paseaba por Sol cual indignado hace unos años. Dentro de una década volverá a cambiar.

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