Yo siempre quise ser actriz y, como no tenía mucha idea de cómo conseguirlo, decidí hacer lo que hacen las más famosas: viajar a Costa Rica. Crecí en Miami, donde una aprende pronto que el bronceado es un idioma y que la diferencia entre influencer y estrella depende del ángulo de la foto. Así que, en lugar de mudarme a Los Ángeles, hice lo más lógico para una chica del sur de Florida con ambiciones cinematográficas: volar hacia donde vuelan las celebridades cuando necesitan que el mundo deje de mirarlas.
Tamarindo fue mi primera parada estratégica. Desde Miami el salto es casi natural: mismo océano, distinta actitud. Allí, entre tablas de surf y cócteles con nombres impronunciables, se han dejado ver figuras como Shawn Mendes, paseando por la playa como si estuviera ensayando un videoclip existencial, o Jimmy Fallon, que eligió Guanacaste para unas vacaciones familiares lejos del foco neoyorquino. Yo caminaba por la orilla con mi mejor expresión de «no me mires, pero mírame», convencida de que la fama empieza por dominar la luz del atardecer.
En Tamarindo entendí que Costa Rica tiene algo que Miami perdió hace tiempo: espacio. Espacio físico y espacio simbólico. Aquí nadie te escanea para calcular tu número de seguidores. Me tumbé en una hamaca imaginando que, en cualquier momento, Benedict Cumberbatch abriría un portal místico entre dos palmeras o que Gal Gadot emergería del agua con la serenidad de quien ya ha salvado el mundo y ahora solo quiere nadar en paz. No aparecieron, pero el simple hecho de saber que habían pisado estas arenas elevaba mi propia narrativa.
Seguí hacia Nosara, ese santuario donde el yoga tiene más prestigio que el cine independiente. Se comenta que por aquí ha recalado Hugh Jackman y que incluso Morgan Freeman ha disfrutado del silencio espeso de la selva guanacasteca. Nosara se descubre paseando por las calles de tierra fina que discurren entre los hoteles que se esconden entre árboles altísimos, mientras el mar ruge con una elegancia indomable. Yo, hija de la humedad glamourosa de Miami Beach, me encontré practicando saludos al sol con una concentración casi method. Si Gisele Bündchen eligió Costa Rica como refugio —y durante años Tom Brady compartió ese paisaje—, algo debe de tener este equilibrio entre lujo discreto y naturaleza exuberante que convierte cada amanecer en una portada sin necesidad de fotógrafo.
En Santa Teresa di un paso más en mi «carrera». Allí la frontera entre supermodelo y surfista es tan tenue que basta con caminar descalza y mirar al horizonte para que alguien te imagine en una campaña internacional. Se habla de temporadas largas y propiedades vinculadas a nombres como Lady Gaga o Michelle Rodriguez, mujeres que encarnan versiones muy distintas de la celebridad pero que coinciden en la búsqueda de un lugar donde poder respirar sin escolta. Santa Teresa es polvo dorado, caminos irregulares y atardeceres que suspenden la conversación. Yo ensayaba mi papel de estrella en retiro creativo, como si estuviera preparando un personaje complejo que exige aislamiento frente al Pacífico.
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No sé en cual país ha estado esta señora… en Costa Rica no. Vaya sarta de topicazos.
«La» pasé bien allí, en la costa del pacífico. en el caribe las personas a veces me gastaban alguna pequeña broma, a un andaluz, por ser caribeños.