Sociedad

Shakira no nos engaña, también está en la perimenopausia

Shakira con Jennifer Lopez en la Super Bowl. Imagen NFL. perimenopausia

Existe una línea divisoria muy contundente, y cruel, entre ser una mujer joven y no serlo. Su nombre técnico es climaterio, del griego klimater (escalón), y abarca los periodos que llamamos perimenopausia, menopausia y posmenopausia. De media, una mujer cis permanecerá en este proceso el 40 % de su tiempo de vida y un 60 % de esas mujeres aseguran sentirse solas y desinformadas al respecto, pese a que los cambios en su cuerpo y su salud son profundos y pueden ser graves.

¿Qué son cuarenta años en el siglo XXI? ¿Y cincuenta? Jennifer Lopez bailó subida a un mástil pasadas esas edades, en plena Super Bowl, con una pericia que tiene pinta de que ni ella misma tenía a los veinte años. La acompañaba Shakira que, no nos engaña, lo más probable es que ya estuviera para entonces perimenopáusica. Y, a la vez, viviendo a ojos de la opinión pública uno de sus mejores momentos de aprendizaje vital y crecimiento personal.

Cuarenta y cinco años. Apagas el despertador antes de que suene. Hace años que no duermes más de cinco o seis horas seguidas y maldices por ello a la melatonina y a los ciclos circadianos. Hoy, además, te despiertas con taquicardias. Te culpas a ti misma. «No puedo llevar este ritmo de vida», te dices, «no me puedo tomar las cosas así», insistes, «tengo que hacer ejercicio y comer más sano», rematas, y «es normal que tenga taquicardias con la de cosas que me dejé ayer por hacer». Pero no vas a ir al médico por esa menudencia. Es verdad que hace días que no puedes mover el hombro, pero tampoco vas a saturar la sanidad pública por eso. Así que te apuntas al gimnasio y esperas que tu ritmo de vida te deje acudir. En dos semanitas de máquinas y unas clases de yoga está solucionado seguro.

Entre un 75 % y un 80 % de mujeres en climaterio, fase vital en la que se encuentra, según un estudio de 2016, la mitad de la población femenina de Occidente, describen una sintomatología que, en cualquier otra circunstancia, sería preocupante y digna de consulta médica urgente. Sin embargo, son despachadas en muchas ocasiones con cinco palabras que se repiten como un mantra: «es normal a tu edad». Pero ¿cómo pueden saber esas mujeres qué es realmente normal y cuándo preocuparse sin la formación e información necesarias? Los investigadores ya han descrito más de doscientos síntomas derivados de la perimenopausia o la menopausia y sabemos que esos síntomas pueden persistir hasta una década sin más acompañamiento médico que «haz ejercicios de fuerza y come mejor». Hablamos de un cuadro que no solamente incluye los conocidos, y altamente incómodos, «sofocos» o la incontinencia urinaria tan caricaturizada. Puedes sentir hormigueo en las articulaciones, puedes sufrir dolores abdominales muy agudos, cansancio extremo, niebla mental, zumbidos en los oídos…

Cuarenta y ocho años. Un día te desmayas, en medio de la calle. Llevabas mucho tiempo con mareos y fatiga, inexplicables. Hace tres años, cuando lo de las taquicardias, ya te hicieron análisis de todo tipo y te dijeron que todos tus síntomas estaban producidos por la anemia. Sufres olvidos cada vez más frecuentes y, a veces, sientes como si tu cerebro se acolchase y te costase pensar. Y mejor no hablemos de tus reglas… En ocasiones te bajan las defensas hasta enfermar días antes de que baje, otras veces permaneces días y días hinchada, dolorida y con tus hormonas afectando a tu estado de ánimo y tu vida diaria hasta que comienza un sangrado tan constante y tan abundante que te impide permanecer lejos de un baño durante dos o tres días. Pero te han dicho que todo eso es normal con tu edad, que tus ovarios están viejos y ya no funcionan como es debido.

Hasta que un mes… no hay regla. Un hombre cis, y seguramente cualquier hombre, hasta este momento de lectura se habrá podido sentir ajeno al relato. Es normal. Una mujer joven, seguramente, también. Es más, una mujer que está viviendo todo eso lo único que sabe es que sufre un cuadro clínico que, en el saber popular, indica que está enfermando su cuerpo. Y que, cuando consulta a su médico, le dice que puede ser por la perimenopausia, que puede ser normal y que no hay tratamiento. «Y a nadie le importa», siente ella. Y no se habla de ello, no existe en el discurso social. Y cuando preguntas en tu entorno muchas veces obtienes respuestas más propias de la superstición y el «coaching» que de la ciencia. Conocerse a una misma, creo, no reduce el riesgo cardiovascular ni el de sufrir Alzheimer asociado con la caída radical de estrógenos. No hablamos de algo baladí, sino de un aumento importante de casos en la menopausia. Así que, el primer mes que no tienes la regla, intuyes que todo ha cambiado, que la protección que tu cuerpo te brindaba cuando eras fértil, preparándose tu endometrio mes a mes por si recibía vida… esa protección te la está empezando a retirar y te vas a quedar sola con tu envejecimiento. En un mundo en el que vivimos de espaldas al envejecimiento en general y al de la mujer en particular.

Cincuenta y dos años. Te ha bajado la regla, así que vuelves a empezar de cero la cuenta atrás. En cuanto estés doce meses sin sangrar, podrás darte por menopáusica. Para entonces, llevas tanto tiempo viviendo al margen del sistema de salud que has tenido que aprender a dejarte llevar por los síntomas (dolorosos, molestos, cambiantes, incapacitantes), físicos, mentales y de estado de ánimo derivados del climaterio que no se te termina de pasar. Algún señor, seguro, ya te habrá dicho que no te quejes tanto, que él también tiene la «pitopausia». Y tú te habrás sentido culpable, una vez más, por enviarle a paseo. Aunque sepas que la irritabilidad es otro síntoma habitual de estos cambios que estás viviendo. Y aunque, dicho sea de paso, el tipo se mereciera que le pusieran en su sitio. Menos mal que hace tiempo que hiciste caso a tus amigas con lo de que el ejercicio de fuerza te cambia la vida durante estos años. A tu prima le han dado terapia hormonal, por lo privado, porque en la pública ni hablamos, pero tú no eres candidata, parece ser, por antecedentes de cáncer de mama en tu familia. Que, por cierto, hablando de todo un poco, las pacientes oncológicas en climaterio tienen tremendo quilombo porque ya no saben a qué síntomas atender para compartir con sus médicos los cambios que esté sufriendo su cuerpo durante los tratamientos.

Cada vez que experimentas un nuevo síntoma, más o menos grave, rezas para que sea de la perimenopausia y no una enfermedad porque, muy probablemente, si es lo segundo y es algo importante va a ser muy difícil que te lo detecten a tiempo. Porque has aprendido, después de años de frustración, que a partir de los cuarenta años, le digas lo que le digas a un médico, te contestará que «es normal a tu edad». Lo que es injusto para el colectivo sanitario, donde a buen seguro hay muchísimos y muchísimas profesionales que informan y asesoran, y cuidan, a las mujeres a este respecto. Pero en la prisa, la urgencia y la cotidianidad de las consultas de médico de familia se quedan, también en muchas ocasiones, el relato de una mujer que intenta encontrar explicación y sentido a lo que le pasa y que se va de allí sintiendo que no debería haber abierto la boca, que no la van a acompañar. Quizá todas, y todos, personal sanitario, mujeres y hombres, deberíamos reflexionar por qué tantas mujeres se sienten solas, desplazadas y relegadas al silencio cuando viven un proceso determinante para la salud y la vida de más de la mitad de las personas de tu barrio, tu ciudad, tu región y tu país.

Sesenta años. Nunca te has negado a envejecer, aunque por dentro te sigas sintiendo aquella cría llena de vitalidad y alegría. Y, por fin, tu cuerpo y tus hormonas te permiten volver a ser tú. Te recuperas a ti misma tras más de diez años de travesía por el dolor y la incomprensión, propia y ajena, respecto a ti y a lo que te pasaba. No te negabas a hacerte mayor, no era eso, te asustaba asomarte al abismo de síntomas que los cuadros médicos describen como graves y sufrirlos sin tener nunca la certeza de cuándo acabarán y de si alguno de ellos se llevará por delante, para siempre, tus recuerdos o incluso tu vida. Pero, por suerte, eso ya pasó. E intentas acompañar a las que vienen detrás, tejer esa red de cuidados entre iguales que sobrevive al devenir de los tiempos y las épocas. Esa red que está demostrado protege la salud mental de las mujeres, sean cis o no. Esa red que, gracias a internet —algo bueno tenía que tener la globalización—, les ha permitido conocer testimonios de otras, de muchas otras, y así dejar de sentirse culpables y solas.

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4 comentarios

  1. El tema es muy interesante, pero lo he dejado tras leer el término «cis». Las mujeres no somos mujeres porque nos identifiquemos con el género femenino, millones no lo hemos hecho jamás, es nuestro sexo lo que determina ser hombre o mujer. Llevamos tres siglos luchando contra el género femenino que nos subordina para asistir, en este siglo, a un movimiento que trata de redefinir a mujeres y hombres en función del género, en lugar del sexo. Las mujeres no somos una subategoría. Somos mujeres, no mujeres cis. No estar de acuerdo con el género femenino impuesto no nos convierte en hombres trans. Lo que se presenta como algo inocuo (cis/trans) implica redefinir a los seres humanos según los roles y estereotipos de género impuestos y aceptados socialmente para cada sexo, hacer de ese género femenino o masculino una identidad, en lugar de lo que siempre ha sido: una herramienta de opresión. ¿Qué significa, además, estar en conformidad con tu género? ¿Con qué parámetros has de estar de acuerdo para estar «de acuerdo» con tu género? No se puede redefinir a los seres humanos en torno al género porque, además de ser profundamente sexista, ninguna mujer u hombre comparte esos parámetros indefinidos, lo que compartimos todas y todos es el sexo, un sexo al que está estrechamente ligado un proceso como el de la peri/post y menopausia.

  2. Acabo de ver que es de Marta G. Navarro, así que lo acabaré leyendo porque es una excelente periodista, pero es una pena la facilidad con la que el neoliberalismo acaba logrando que seamos nosotros mismos los que entremos en la jaula y convirtamos las opresiones en identidades que nos definen.

  3. Constatación: en este sitio hay muchos más artículos de feministas sobre la menopausia que de machistas sobre la andropausia. Y sin embargo, según el pensamiento feminista, debería ser lo contrario…

  4. Solo hay dos artículos, este y otro vinculado a la literatura. Tampoco se puede esperar mucho de quien, a estas alturas, cree que el feminismo es equivalente al machismo (en beneficio de las mujeres) o el antifascismo o antirracismo al fascismo o racismo.

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