Piratas sanguinarios (II): Roche Brasiliano

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Con creciente preocupación el gobernador de Campeche arrastró la mirada por entre aquellas últimas palabras: «Y debiera tener cuidado en como es usada esa gente que tiene en su custodia. Pues en caso de que les sea causado daño alguno, le juramos no dar cuartel a ninguna persona de la nación española que cayera en nuestras manos.» La amenaza remataba la nota como un tajo, a la firma cierto grupo de piratas que se anunciaba en las inmediaciones de la ciudad preparados para poner en jaque lo previsto: la horca para Roche Brasiliano y todos sus hombres, confinados en aquel momento en los más hediondos calabozos tras ser apresados hacía escasas fechas cuando preparaban un asalto en las lindes costeras. ¿Podía ciertamente rechazarse aquella advertencia y consumar por encima de ellas la necesaria justicia? La realidad era que Campeche y otras poblaciones circundantes llevaban ya demasiado tiempo siendo devastadas por los ataques piratas, por lo que resultaba mas que una osadía una desfachatez desdeñar la magnitud de los daños que pudieran ser causados en aquel conflicto. Entre la conveniencia y los remordimientos, meditada fue la decisión. Finalmente el gobernador, resignado, accedió a liberar a aquellos indeseables no sin antes exigirles el juramento de que abandonarían la piratería para siempre, y además, como sello de lo prometido, aceptarían ser enviados como pasajeros o marineros comunes en los galeones con destino hacia España.

 Roche Brasiliano comulgó con aquella impuesta alternativa como uno más, con la única salvedad de que como en otras muchas ocasiones había acabado con las manos manchadas de sangre junto a sus compañeros, en aquella, sin embargo, era el único que lo había hecho con las mismas manchadas de tinta. Aquella que junto a papel y pluma se había ingeniado en conseguir mediante alguna suerte de chantaje o artimaña para una vez escrito lo cavilado en reclusión y oscuridad conseguir que aquella nota saliera de allí encubierta por alguna mano cómplice con dirección al gobernador de Campeche. El más brillante ardid para asegurar la vida y la libertad había funcionado.

 Es este un pasaje sin dudas digno de ser destacado por particularmente revelador en la comprensión de cuan taimado podía llegar a ser aquel pirata conocido como La Roca Brasiliano, cuyo nombre real quedara enterrado para siempre bajo el seudónimo de una adoptada condición brasileña, cuando tras nacer en Groningen (por entonces una de las siete provincias unidas de los Países Bajos) sobre el 1630, emigrara con sus padres a la colonia holandesa que mucho después se convertiría en la actual ciudad de Recife. Allí fue que creció hasta que fue forzado a abandonarla tras la conquista del territorio por parte de los portugueses. Apátrida, buscó su porvenir en el afamado Port Royal (Jamaica) donde se uniría a la Sociedad Pirata y tras ganarse poco a poco el respeto de sus iguales y mostrando virtudes dignas de un líder acabó por comandar un motín que le alzaría definitivamente como capitán de barco.

 Como tal ganó renombre, especialmente tras el abordaje de un barco proveniente de Nueva España cuyo botín contenía gran cantidad de plata, pero de manera indefectible su figura siempre estuvo zarandeada por dos pujantes corrientes. Una la de reputado y temido pirata cuyas habilidades le hacían capaz de sobreponerse a cualquier adversidad, Como aquella en que tras una violenta tormenta que hizo naufragar su barco cerca de las costas de Campeche, se dirigió penosamente con parte de su tripulación, y lo poco que pudieron salvar, hasta más allá de Golfo Triste, a una base habitual de corsarios donde estos solían hacer sus reparaciones, pero donde nada más llegar y afligidos por el hambre y la sed, fueron a toparse con una tropa española formada por un centenar de hombres a caballo que les había seguido la pista en su trayecto. Fue entonces que Roche haciéndose cargo de la crítica situación alentó a los poco más de treinta hombres que le acompañaban con un grito descarnado pero a la vez embriagador: «Compañeros, sería mejor elegir morir luchando bajo nuestros brazos como los hombres de valor que somos que rendirnos ante los españoles, quienes en caso de que nos venzan nos arrebatarán la vida con crueles tormentos». Insuflados de valor y empujados por la imprudencia de los que no tienen nada que perder, consiguieron con la gran destreza de sus mosquetes imponerse finalmente a la caballería y escapar de aquel terrible encuentro con tan sólo un par de bajas. Por el contrario la otra corriente que dominaba a Brasiliano era la del miserable borracho incapaz de gobernarse a si mismo y fuente de las más gratuitas mezquindades. Como aquellas en que tras abusar de la bebida recorría las calles espada en mano para enfrentarse, y eventualmente dañar, a cualquiera que le saliera al paso. U otras aún más reseñable en crueldad como la ocasión en que decidió quemar vivos a unos campesinos españoles por la simple razón de no confesar donde escondían el vino; así como siempre generoso en fechorías que marcaran el odio que sentía por la nación española y que tanto predominaba entre los piratas de la época.

También reseñable episodio por conjugar a la perfección tal bipolaridad, —por otra parte propia de la idiosincrasia de gran parte de los piratas— fue aquel en que tras conseguir junto a sus hombres tomar con éxito un barco con rumbo a Maracaibo y destriparle una importante suma de monedas de a ocho pusieron rumbo directo a Jamaica para derrochar en pocos días la totalidad del botín por cualquier indigna taberna de la ciudad. Era en ocasiones de desenfreno como aquellas en que el Brasiliano más desatado surgía para disfrutar con uno de sus pasatiempos preferidos: ese que le llevaba a comprar todo un barril de vino o cerveza, plantarse en medio de la calle y comenzar a regar con alcohol a cualquiera que por allí pasara fuera hombre o mujer, para en un momento dado obligarlos a beber con él incluso si era necesario a punta de pistola.

Todo aquello, la vida de un pirata en su expresión más honesta y brutal, pareció acabar para siempre rumbo a España en aquel forzado destierro para salvar la vida. ¿Pero qué tierra o palabra podría mantener a La Roca alejado de su Mar Caribe por mucho tiempo? Sabe Dios que ninguna, y fue por ello que en cuanto él y sus compinches consiguieron reunir lo necesario decidieron poner rumbo de nuevo hacia Port Royal, donde a poco le compró un barco a su amigo François L’Olonnais y zarpó de nuevo para continuar sembrando de robos y crueldades aquellas costas, —como no podía ser de otra manera con especial dedicación hacia el odiado poblador español—, e incluso más adelante llegando a navegar bajo el mando del célebre Sir Henry Morgan. Así fue hasta que un día de 1671, aquel brasileño impostado hecho a golpe de abordajes pirata inveterado, desapareció sin dejar ningún rastro, quién sabe si retirado en algún lugar donde sólo le alcanzó el olvidó o hundido en el fondo de los mares junto a su último barco. Para entonces, sea como fuere Roche Brasiliano ya era pétrea leyenda.

 

 

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2 comentarios

  1. Manudo

    Estan geniales los relatos, pero podríais hacer relatos de piratas españoles, no soy nada patriótico pero cansa e incluso diría que siento algo de «molestia» leer solamente como nos escaloman una y otra vez en estos relatos.

    Yo tambien quiero saber sobre piratas españoles que eslomasen a Holandeses, Ingleses y Franceses.

    Un Saludo!

    • Manudo

      Y por supuesto espero que no sea motivo de molestia para el autor de este artículo ni a los que cooperen en la creación de esta serie, no era mi intención ni mucho menos :)

      Como ya he dicho son geniales.

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