Imprescindibles: The Wire

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¿La serie de televisión más grande de todos los tiempos?

Se dice tan a menudo que se ha convertido casi en un tópico incómodo, pero no por ello deja de ser cierto: una parte del mejor cine de nuestro tiempo está fuera de las salas de cine, más concretamente en las series de televisión. Algo impensable hace unas pocas décadas, cuando a nadie se le pasaba por la cabeza equiparar la calidad de ambos formatos. Pero hoy la opinión general es otra: hoy, con frecuencia, la TV sobrepasa a la gran pantalla en cuanto a logros artísticos. Mucha gente se dio cuenta de ello con la explosión de The Sopranos, la serie que cambió para siempre la percepción global de la relevancia que podía alcanzar el drama televisivo. Estaba producida por una cadena norteamericana de cable, la HBO, que demostró que la mejor forma de imponer respeto en el mundo audiovisual sigue siendo el hacer las cosas con la mejor calidad posible.

Aunque durante un tiempo pareció que The Sopranos no tendría rivales directas en las listas de mejores series en esta repentina edad dorada del drama televisivo, la propia HBO se encargó de crearle una dura competencia sobre la marcha. The Wire es citada por bastantes críticos como “la mejor serie de televisión de la historia”. Aunque pueda parecer la típica hipérbole propia de fans, lo cierto es que nadie que la haya visto podría atreverse a negar que es como mínimo una de las más firmes merecedoras de tan insigne título. A algunos les gustará más The Sopranos, otros añadiríamos una tercera serie de HBO (Deadwood) u otras, pero no recuerdo otra que haya mantenido semejante nivel a lo largo de cinco temporadas sin flaquear .

Es el momento de decirles algo a los lectores que nunca la han visto y que creen que saben lo que se están perdiendo: mucha gente no se toma muy en serio la fervorosa recomendación de The Wire por la sencilla razón de que lo primero —y último— que escuchan es que se trata de una “serie policíaca”. Cuando oyen mencionar ese término dejan de prestar atención o creen que se hacen una idea de lo que es, porque la equiparan mentalmente a las series policíacas que ya conocen. Pero, ¡nada más lejos! The Wire no sólo muestra un nivel narrativo que ya apenas puede verse en las salas de cine, sino que es demasiado compleja como para ser considerada un producto de género. Es verdad que la temática policial domina la primera temporada, sí, pero las cuatro siguientes son tan distintas a ella (y entre sí) que calificarla como “serie de policías” sería como decir que El señor de los anillos es un tratado de bisutería.

Así pues, si no es una serie policial, ¿qué es The Wire? Buena pregunta y difícil de responder con un único adjetivo que no sea “obra maestra”. Así que responderemos por partes. Podríamos decir, para empezar, que es un canto a la ciudad de Baltimore. ¡No, amigo lector, no huya todavía! No hablamos de un documental turístico: quédese y siga leyendo.

Baltimore, un agujero en mitad de América

Baltimore es la ciudad más poblada del estado de Maryland, pero ni mucho menos la más importante. También está Annapolis, más pequeña aunque capital administrativa del estado y sede de los gobiernos territoriales. Y también está Washington DC (aunque administrativamente no pertenezca al estado, por ser distrito federal), conocida por todos como la capital de los Estados Unidos. Washington y Annapolis son dos de las ciudades más ricas de Norteamérica: el ingreso per capita es altísimo y viven en ellas muchas de las personalidades políticas y administrativas más importantes de los Estados Unidos y, por ende, del mundo.

Pero ¿y Baltimore? Veamos:  Baltimore es la ciudad estadounidense que presenta un mayor índice de pobreza, marginación y delincuencia. Allí se producen más de trescientos asesinatos al año y su tasa de mortalidad por homicidio es comparable a la de muchas ciudades del tercer mundo. El contraste entre esta maltrecha urbe y sus dos ricas vecinas resulta sangrante, y en la propia serie se menciona Washington como una especie de paraíso intocable que parece pertenecer a otro planeta, y Annapolis como la ciudad que debería preocuparse por Baltimore pero que, en cambio, la ignora, manteniendo a sus habitantes abandonados, sumidos en la miseria y el olvido. En el estado de Maryland, Baltimore es como una hermana mayor descarriada que no tiene trabajo ni título universitario, mientras sus dos hermanas pequeñas, triunfadoras y pijas, hacen lo posible por fingir que no la conocen de nada. Es más, el resto del país ha tratado de ignorar la existencia de Baltimore casi siempre. Desde USA siempre nos han mostrado el crimen y la marginación en Los Ángeles o Nueva York, pero la primera puede presumir de Hollywood y sus músicos de rock, y la segunda de Wall Street y su incesante vida cultural o su encanto turístico. Pero, ¿de qué puede presumir Baltimore? No tiene nada llamativo que ofrecer al mundo excepto su decadencia. Ni siquiera hay una tradición industrial o deportiva como la de Detroit. Había que meterla debajo de la alfombra porque de verdad muestra la peor cara de aquella nación. Es la ciudad donde todos pierden y nadie gana, donde no hay estrellas de cine ni agentes de bolsa que maquillen tanta miseria. Baltimore es básicamente el culo de América.

David Simon, el autor de The Wire, es un antiguo reportero de The Baltimore Sun. Especializado en crónica policial, cubrió durante añosla actividad criminal de la ciudad y vio con sus propios ojos la tremebunda degradación de algunos de sus barrios. Simon es, pues, un reportero a la antigua usanza, hoy reconvertido en guionista. Empeñado en denunciar los males que aquejan a su ciudad natal, ya trazó un retrato del mundillo de los traficantes y toxicómanos en el guión de la muy recomendable miniserie The Corner (“La esquina”). Mucho más breve y modesta que The Wire, es también emocionante, cuenta la historia real de un chaval que trafica con drogas, además de describir el caótico entorno en el que vive. Pero The Corner es una serie sobre la vida del drogadicto, mientras The Wire, a lo largo de sus cinco años, hace un repaso a otros muchos aspectos de la sociedad de Baltimore. Simon escribió la serie junto a Ed Burns, un antiguo policía de la ciudad, así que no sorprende que resulte tan realista.

¿Una serie «de policías» o cinco series en una?

Si hay una característica única que define a The Wire por encima de todo, que la distingue de casi cualquier otra serie, es que sus cinco temporadas se parecen en lo superficial pero en realidad son totalmente diferentes entre sí, y sin perder la calidad, ni desvirtuarse, y sin que su diversidad arruine el foco inicial. Cuando uno ve la primera temporada de The Sopranos se hace una idea bastante acertada de cómo será el resto de la serie. Pero con The Wire esto no funciona así, porque da un giro cada vez que comienza una nueva temporada. Veamos:

Primera temporada: Vemos a un grupo de traficantes que domina una barriada marginal donde pululan toda clase de drogadictos en busca de su dosis y adolescentes que aspiran a convertirse en respetados “gangsters”. También vemos a un grupo de policías con pocos recursos y nulo apoyo institucional que intentan desarticular la banda principal de traficantes con ayuda de escuchas telefónicas. Pero este argumento policial resulta engañoso: lo importante es que nos presenta a los numerosos personajes y el entorno social en que se mueven. No es la acción lo que nos engancha sino la enorme calidad de las interpretaciones, la enorme inspiración de los diálogos y la fuerza narrativa en la escritura y dirección de muchas de las secuencias. A algunos espectadores les puede parecer que tiene un arranque lento, porque habiendo policías y traficantes esperan acción continua. Al ver el primer episodio podrían llegar a pensar que como serie de policías es un tanto rara, pero al final de la primera temporada, con mucha probabilidad, se habrán enamorado de ella porque padecerán a causa del destino de los personajes. Mucha gente define esta primera temporada, con razón, como el argumento que Shakespeare hubiese escrito de haber nacido y crecido en el Baltimore del siglo XXI. No me parece exagerado.

Segunda temporada: Cuando comienza el segundo año y quedamos descolocados. Pese a que vemos a muchos personajes ya conocidos, la acción ya no se centra tanto en los barrios negros y se traslada a los tinglados portuarios de la ciudad. Allí se nos muestran los entresijos de los sindicatos de estibadores y sus turbias relaciones con las mafias locales. De repente, es como estar viendo otro programa. El género policial persiste, pero de nuevo queda en un segundo plano ante lo trascendente: otra tragedia griega que lentamente se va cociendo ante nuestros ojos. Esta segunda temporada es muy distinta en tono y estilo a la primera. Diría que es casi más similar a The Sopranos que a la propia primera temporada de The Wire. El argumento principal está centrado en la figura de un sindicalista que vende su alma al diablo en el intento de conseguir lo mejor para los suyos, una especie de Tony Soprano, pero mucho más sufrido e introvertido, que ni siquiera tiene la posibilidad de desahogarse con mujeres o peleas. El nivel de calidad de esta segunda temporada es tan bueno o mejor que la primera y la serie vuelve a enamorarnos, sólo que usando diferentes armas.

Tercera temporada: La acción vuelve a centrarse en los ghettos y el tráfico de drogas, así que regresan a primer plano muchos de los personajes que protagonizaron la temporada inaugural y que durante la segunda aparecían de manera episódica. Aun así, esta vez el auténtico centro de atención será la política. The Wire se transforma en una avinagrada crítica del funesto papel de los políticos en la perpetuación de muchos problemas sociales. Vemos lo que se cuece en despachos de alcaldes, gobernadores y jefes de policía; vemos la corrupción, ambición, las luchas de egos, las envidias y las puñaladas por la espalda. David Simon no se contiene y ataca con fiereza al estamento político, acusándolo de tolerar e incluso de fomentar la decadencia de su querida Baltimore. Retrata a los administradores de la ciudad como seres corruptos, casi tan indeseables como los traficantes de las calles. La intriga política marca pues esta tercera temporada, aunque cabe decir que el retorno de la acción callejera y las guerras de bandas le confieren un considerable plus de entretenimiento. Podría decirse que hubiese sido la temporada favorita de Emile Zola. Y probablemente también de Michael Moore, ya que además de crítica social contiene enormes dosis de humor y sarcasmo.

Cuarta temporada: La serie da otro giro copernicano y adquiere un tono lúgubre y sentimental. Se centra en el día a día de una escuela pública de la peor parte de la ciudad, en cuyas aulas vemos cómo un grupo de niños del ghetto trata de sobreponerse a las dificultades de su descorazonador entorno social, mientras sus profesores intentan rescatarlos del abismo y reconducirlos hacia un futuro decente. En este cuarto año, The Wire se transforma en un melodrama con todas las de la ley pero no debemos dejar que la palabra “melodrama” nos engañe. La tragedia manda más que en cualquiera de los años anteriores.  No hay sentimentalismo amable: lo que se nos muestra es cada vez más duro, cruel e impactante. Simon nos pone un nudo en la garganta con la historia de estos chavales que están en un punto crítico en sus vidas. Tienen que elegir entre centrarse en los estudios para convertirse en adultos con una vida medianamente digna, lo cual no resulta fácil en sus circunstancias, o la tentación de ganar dinero fácil traficando en las esquinas, aun sabiendo que por esa vía muy probablemente terminarán muertos o en la cárcel. Es difícil describir con palabras la intensidad emocional que llega a alcanzar la serie durante esta cuarta temporada, especialmente hacia la parte final, que llega a ser tan sobrecogedora que, con el transcurrir de los episodios, incluso el espectador más endurecido debería tener una caja de Kleenex al alcance de la mano. Podría decirse que es la temporada más Charles Dickens o más Víctor Hugo de la serie.

Quinta temporada: David Simon aprovecha el último año de The Wire para hablar de algo que él conoce bien desde dentro, el mundo de la prensa. La acción principal, o parte de ella, se traslada a la redacción del periódico donde él trabajó, The Baltimore Sun. Pero también vemos cómo se cierran las tramas anteriores, por lo que esta última temporada sirve de recapitulación sobre el destino final de muchos de los personajes que hemos ido conociendo durante los pasados cuatro años. Vemos quiénes alcanzan la redención y quiénes terminan en el abismo, quiénes reciben justicia y quiénes no. Es la temporada que contiene más giros argumentales sorprendentes, por así decir, la más “peliculera” de las cinco. Es como una mezcla de estilos que refleja las cuatro otras temporadas tomando elementos de todas ellas, unificados bajo el fatídico aura de Apocalipsis bíblico que se está cerniendo sobre Baltimore. Un Apocalipsis en el que cada personaje, finalmente, ha de hacer frente al destino que dictaba su profecía particular. La quinta temporada es, pues, como la Revelación que hubiese escrito San Juan de haber sido guionista de televisión.

En definitiva, las cinco temporadas de The Wire presentan enfoques e incluso estilos divergentes. Pero hay un factor común a todas ellas: no importa la impresión que te produzca cada una en sus primeros episodios, ya sea de sorpresa o de confusión por el salto repentino de enfoque. Una vez la has visto completa, terminarás completamente rendido ante la inconmensurable calidad de lo que tienes delante. The Wire es una serie que consigue lo impensable: cuando ya se ha ganado al espectador con una fórmula, cambia de fórmula en la siguiente temporada y vuelve a intentar ganárselo casi, casi, desde cero. Así, cuatro veces. Esta valiente forma de tirarlo todo por la borda en cada nuevo año de emisión, arriesgándose a perder a sus antiguos fieles por el camino, es uno de los motivos por los que muchos la consideran la mejor serie de todos los tiempos. Es una obra tan compleja, con tantas facetas, niveles de interpretación, personajes, tramas y subtramas que podría escribirse toda una enciclopedia en torno a ella. Es una Obra Magna de la televisión y el mejor favor que puede hacerse un espectador que no la haya visto es ponerse a devorar sus cinco temporadas cuanto antes. Incluso aquellos que no terminen de sentirse capturados por los primeros episodios deberían seguir viéndola, porque tarde o temprano  se convertirán en entusiastas. Conozco unos cuantos ejemplos.

A The Wire no le falta nada. Hay drama, acción, humor, intriga, violencia, ternura, crítica social. Hay momentos cómicos, momentos de entretenimiento, momentos reflexivos, y momentos trágicos de esos que encogen el corazón. Hay tantos personajes dignos de mención que una lista completa se alargaría, sin exagerar, hasta casi varias decenas de nombres. Es una serie que trata al espectador como un ser inteligente y que no nos lo ofrece todo masticadito. De hecho su guión da mucho que pensar y dice muchísimas cosas entre líneas, tantas, que resulta imposible captarlas todas la primera vez (esto hace que se siga disfrutando mucho en posteriores revisiones). Además del fabuloso guión de Simon, es una serie excepcionalmente bien narrada desde el punto de vista visual, hasta el punto de que muchas de sus secuencias son momentos memorables dignos de figurar en la videoteca de cualquier cinéfilo. Buena parte del mejor cine de los últimos años está aquí.

El mensaje de The Wire

¿Cuál es el tema principal de The Wire? En realidad podrían citarse varios temas principales, como hemos visto al repasar las temporadas, pero quizá se podría resumir diciendo que es un análisis de los defectos y puntos oscuros de la sociedad moderna. The Wire está claramente dividida en dos mundos: el del ghetto, regido por la delincuencia y el tráfico de drogas, y el de los ciudadanos «normales», donde cada cual tiene un empleo en el que sale adelante como puede, pero haciendo frente a otros obstáculos. Esa distinción se produce incluso a nivel lingüístico (ni que decir tiene que HAY que verla en versión original, con subtítulos, porque no se me ocurre otra serie dramática donde que pierda tanta información sobre los personajes sin escuchar sus voces). En ambos mundos se emplea un idioma diferente: el slang barriobajero frente al inglés americano más convencional. Aún diría más: incluso quien no tenga ni idea de inglés y la ve con subtítulos, notará los cambios en la entonación y sabrá lo importante que es la inflexión vocal de cada personaje para distinguir tanto sus orígenes como la posición que ocupa en su entorno.

La moraleja fundamental de The Wire es quizá que la mayoría “normal” de la sociedad participa de los mismos vicios que el submundo del ghetto, sólo que manifestados de manera diferente. Hay depredadores y víctimas en las calles, pero también los hay en los despachos y oficinas. Vemos familias desestructuradas, gente infeliz, héroes y mártires en las dos orillas. Unos mueren de un disparo, otros mueren de problemas cardíacos o un cáncer temprano, pero son víctimas por igual de un sistema sin corazón que machaca a los individuos como hacían aquellos engranajes en Tiempos modernos de Chaplin. The Wire es una serie profundamente humanista, en la que son tratados con amor —o al menos con comprensión— casi todos los personaje. Ese amor se demuestra por el sencillo procedimiento de no ocultar sus defectos sino sacarlos a relucir, para después explicar de dónde vienen y qué los ha originado. Pero no todo es comprensión: también se transmite la idea de que existe un pequeño porcentaje de personas intrínsecamente malvadas, que serían igualmente perversas nazcan en el ghetto o nazcan en una familia rica.

La corrupción a todos los niveles es otra de las grandes protagonistas de las cinco temporadas. Se transmite una visión desencantada y pesimista del mundo en que vivimos. Rara vez vemos a un personaje honesto prosperar, mientras que los ambiciosos y los rapaces ascienden rápidamente en la pirámide de su respectivo grupo social. Las buenas personas son ignoradas o incluso aplastadas por el sistema. Y el “sistema” puede ser una banda criminal, el cuerpo de policía, un partido político, la red pública de escuelas, el sindicato de estibadores, un gimnasio o la redacción de un periódico. En todos estos lugares y en muchos otros hay vencedores y vencidos. A menudo los vencidos son, además, quienes menos lo merecen, pero pagan el precio de estar menos predispuestos a combatir; su actitud pacífica y pasiva los condena a la derrota.

Personajes

The Wire es ante todo una serie de personajes. La presencia de cliffhangers es anecdótica y son los personajes quienes nos terminan enganchando, es su destino personal lo que, como espectadores, más nos preocupa. Así pues, qué mejor para perfilarla es presentar a algunos de esos personajes. Hay tantos y de todo tipo que una lista realmente completa ocuparía varios artículos, así que haciendo de tripas corazón elegiremos solamente unos cuantos de los más relevantes, aunque estaremos dejando fuera a muchos otros que también son dignos de mención. No se trata únicamente de nombrar a los personajes más llamativos, sino de dar una idea general de lo muy heterogéneos que son los caracteres en la serie.

El tratamiento que The Wire hace de sus personajes es muy particular. Algunos aparecen solamente en una o dos temporadas. Otros están presentes durante toda la serie, pero a veces ejercen como protagonistas mientras que otras veces son simples secundarios y apenas dan señales de vida. Los hay que son villanos en una temporada y héroes en otra, o que son presentados bajo unos colores determinados para más adelante aparecer bajo una perspectiva distinta e inesperada (aunque siempre coherente). Supongo que se entiende lo difícil que resulta hacer una selección, pero intentaremos abarcar diversas facetas de la serie. Los presentamos sin ningún orden en particular, ya que hablamos de una serie coral:

Omar: No es el protagonista, pero sí el favorito de mucha gente y desde luego uno de los personajes más reconocibles. Pese a la poca presencia que tiene durante la fase inicial de la serie, va adquiriendo un creciente protagonismo gracias a su carisma y sus intervenciones cada vez más llamativas en mitad de otras tramas complejas. Es como el Robin Hood del ghetto: un atracador solitario que no pertenece a ninguna banda y que sólo roba a los traficantes. Extremadamente violento, su sola mención causa el terror en las calles, pero a la vez se esfuerza por mantenerse fiel a unos principios, cosa que lo transforma en uno de los grandes antihéroes de The Wire y le confiere una gran conexión con el público, que termina viéndole con mucha simpatía pese a su carácter sangriento. Es, además, un personaje llamativo porque, siendo el típico vengador callejero repleto de testosterona que hemos visto muchas veces en el cine, rompe todos los tópicos por su condición homosexual. Cosa poco habitual en un héroe de acción y menos cuando se estrenó este programa.

Jimmy McNulty: Lo único parecido que la serie tiene a un protagonista principal, aunque curiosamente es uno de los personajes principales menos desarrtollados, al menos en mi opinión. y uno de los que está interpretado de forma menos interesante. Aunque hay que tener en cuenta que en el guión se supone que McNulty ha de ser despierto para unas cosas pero visiblemente obtuso para otras. Es un policía cuya asilvestrada honradez lo mete en problemas todo el tiempo, además de causa constantes dificultades a los demás. Es como una combinación entre Don Quijote y los típicos policías con sombras al estilo Harry el Sucio: es honesto e idealista por una parte; alcohólico, putero y maximalista por otra. Su carácter irreflexivo y su incapacidad para someterse a la autoridad sirven a menudo de catalizador para que se haga justicia en un mundo policial donde casi nadie se atreve a enfrentarse a la corrupta burocracia. Casi nadie excepto él, claro.

Bubbles: Es el junkie prototípico, de hecho creo que es uno de los mejores y más ricos retratos que se han hecho en cine o televisión del típico heroinómano. Es la clase de drogadicto que tanto abunda en la realidad pero que no suele aparecer en la ficción porque llama poco la atención y resulta, por así decir, poco “peliculero”. No atraca, no se mete en peleas, y trata de pagar sus dosis recogiendo chatarra o haciendo chapuzas para unos y otros, pero sin hacer daño a nadie. Es adicto a una sustancia y eso le ha conducido a vivir en las calles como un vagabundo, pero más allá de eso no es un individuo asocial ni desagradable. Al contrario, tiene un carácter bondadoso,aunque matizado por los pecados universales del junkie: la mentira y la anteposición de su consumo de droga a la honradez. Aunque no es un personaje cómico ni mucho menos, su papel es similar al de un bufón trágico de Shakespeare, porque su neutralidad y su aparente “locura” (en este caso la locura shakesperiana es sustituida por la drogadicción) le convierten en el perfecto observador de todo cuanto sucede en las calles, en el auténtico conocedor de las verdades de la ciudad, aunque nadie se digne a escucharle porque sólo es Bubbles, el junkie al que casi nadie respeta. No es el protagonista “oficial” de la serie, como McNulty, pero en mi opinión es el protagonista oficioso y «oculto», casi como la encarnación del espectador que todo lo ve.

Bunk: Al contrario que Bubbles no cumple la función de bufón en sentido shakesperiano sino casi en sentido literal. Compañero de juergas de McNulty, es también un policía alcohólico y con diferencia el personaje más chistoso de toda la serie. Extrvertido y simpático, pronuncia más frases sarcásticas por minuto que ningún otro. Como era de suponer en una serie donde ningún carácter es plano, detrás de su barrera de ironía se oculta el profundo desencanto que siente hacia su profesión por culpa de la basura que ha de contemplar a diario en las calles y también en los despachos. Es el tipo del que te harías amigo y con el que te irías a tomar una cerveza sabiendo que nunca jamás te vas a aburrir.

Avon Barksdale: El jefe de la organización criminal de traficantes del ghetto es un personaje al que vamos conociendo de manera muy lenta y progresiva, y del que apenas se nos deja entrever retazos su personalidad hasta bien avanzada la serie. Sin embargo es un personaje magníficamente planteado e interpretado, y un retrato muy verosímil de ese tipo de líder callejero, el jefe de una pandilla tal y como te lo imaginas. Siendo tan inexpresivo puede parecer extraño que imponga tanto respeto en el mundillo criminal cuando está rodeado de personajes mucho más locuaces y carismáticos que él, pero conforme avanza la serie descubriremos por qué el nombre de Avon tiene tanto impacto en las calles. David Simon, de manera muy inteligente, hace que Avon hable lo justo. Es la clase de individuo que tiene las ideas claras pero que dice sólo lo que tiene que decir, cuando necesita decirlo y a quien tiene que decírselo. Así, es capaz de sorprender a cualquiera con la clarividencia que se esconde tras su apariencia de tosco matón de barrio. Se hace respetar porque conoce perfectamente las reglas de la calle, y no las viola para no hacer perder valor a su palabra.

Stringer Bell: El lugarteniente de Avon Barksdale es muy diferente a su jefe. Carismático y elocuente, con una encendida ambición que le lleva a querer elevar su organización callejera al estatus de mafia de guante blanco, incluso pretendiendo establecer ramificaciones en los grandes negocios legales. Quiere convertirse en la versión negra de “El Padrino” y viste con corbata, al contrario que Avon, quien nunca se desprende de sus ropas callejeras. El contraste entre ambos es muy interesante. Stringer trata de apabullar a los demás con su inteligencia y una sofisticación insólita en su entorno, frente a la más sibilina y sutil forma de actuar de Avon Barksdale. Esto marca uno de los duetos más interesantes de la serie, o por lo menos uno de los que deja algunas secuencias de diálogo más memorables. Hay dos o tres secuencias entre ellos que deben de estar entre lo mejor que se ha escrito en la televisión reciente.

Marlo Stanfield: La versión diabólica de Avon Barksdale. Emerge como líder de otra banda criminal y, aunque es igualmente reservado y callado, no le importan las “leyes de la calle” ni las lealtades que se cultivan en su mundillo, lealtades que intentan crear un equilibrio en que todos puedan tener su trozo de pastel. Marlo está dispuesto a cualquier cosa con tal de ganar poder en el ghetto y no le preocupa cuántos enemigos pueda hacerse en el camino, porque su intención es eliminarlos a todos sin excepción alguna. Es un personaje con pocas facetas, pero tenía que ser así, porque representa al psicópata en estado puro. Es quizá el personaje que mejor podría estar representando la figura tradicional de Satanás.

Bill Rawls: Decíamos que The Wire es una serie que muestra dos mundos separados, así que tenemos personajes que representan arquetipos similares en uno o en otro bando. Rawls es, a su manera, como el Marlo Stanfield del cuerpo policial. Más expresivo, pero también un individuo sin escrúpulos ni entrañas, dispuesto a cualquier cosa con tal de mantener su posición de privilegio en el escalafón. Envidioso, competitivo, manipulador, rencoroso: todo un compendio de rasgos turbios reunidos en uno de los personajes más tenebrosos de la serie, pero también uno de los más carismáticos y difíciles de olvidar, que además protagoniza momentos hilarantes a causa de su completo descaro y falta de inhibición a la hora de demostrar a quién detesta o a quién disfruta jodiendo la vida.

Lester Freamon: Un agente de la ley veterano, extremadamente inteligente y astuto, que lo sabe todo sobre su oficio pero que se ha cansado de nadar contracorriente y que parece pasar más tiempo pintando figuritas en miniatura ante la mesa de su despacho que preocupándose por los asuntos internos de la policía. Es un hombre honesto que antes que someterse a la ola de corrupción generalizada prefiere sencillamente dedicarse a sus hobbies, aunque no hace falta mucho estímulo para despertar la vena idealista que aún late en su interior. Aunque no eligieron su apellido como guiño risueño a Morgan Freeman, es gracioso pensar que además de un cierto parecido físico muestra paralelismos con algunos de los personajes que Freeman ha interpretado siempre, hombres sensatos y llenos de sabiduría. Este paralelismo sirve para hacerse una idea de la clase de papel que desempeña Freamon en el ámbito policial: un hombre talentoso y de buen corazón pero que está de vuelta de todo.

D’Angelo Barksdale: Sobrino del jefe de las calles, Avon Barksdale, y aspirante a ascender en la organización criminal, D’Angelo es la luz de la conciencia en un entorno marcado por la avaricia y la carencia de valores. Si McNulty es un Quijote en la policía, D’Angelo es un Quijote entre los delincuentes. Le vemos cocerse a fuego lento en la incomodidad ante el entorno en el que le ha tocado vivir. Uno de los personajes cuya evolución moral y personal seria digna de aparecer en cualquier obra de Dostoyevski.

Frank Sobotka: El hombre que carga a sus espaldas la segunda temporada de The Wire y, curiosamente, uno de los personajes más olvidados por muchos fans de la serie, quizá porque no responde a los estereotipos de protagonista televisivo. Es sumamente introvertido y casi nunca deja entrever sus emociones. Aunque es uno de mis favoritos: creo que representa lo que Tony Soprano hubiese sido de ejercer un trabajo honrado y no haber crecido como un delincuente psicopático. Es decir, Sobotka es un hombre movido por un extraño sentido del honor, con una idea muy rígida de lo que constituye “su deber”, algo que supone un enorme peso que siempre parece a punto de quebrar su resistencia psicológica, pero que, al contrario del casdo de Soprano, nunca la quiebra. Es uno de los personajes más puramente trágicos en sentido clásico de The Wire. Es como Hamlet, con la diferencia de que Hamlet hablaba demasiado y Frank Sobotka, en cambio, soporta sus tormentos en casi total silencio. Exceptuando a los personajes infantiles y adolescentes, que como es lógico tienden a enternecernos más, y pese a sus facetas oscuras, es uno de los personajes que termina despertando un mayor grado de conmiseración, al menos para quienes consiguen ver más allá de su endurecida fachada.

Tommy Carcetti: El «animal político» por antonomasia. Sumamente encantador (que no simpático) por un lado, pero muy ambiguo por el otro. Afirma que accede a jugar con las defectuosas reglas del sistema porque desea cambiar ese sistema desde dentro, y nunca estamos seguros de hasta qué punto es sincero o no. Pero precisamente por esa ambigüedad es la perfecta representación del político, y  no sabemos si dejarnos seducir por su aparente idealismo o si deberíamos considerarle ya de entrada un político corrupto más. ¿Es un héroe, es un villano, es ambas cosas? Es un personaje de naturaleza poco clara, muy inteligentemente construido para hacer pensar, para que el espectador se pregunte:  ¿votaría a Carcetti, o sería como votar a cualquier otro político? ¿Es realmente distinto? ¿Pueden alguna vez cambiar las cosas?

Clay Davis: Otro político, aunque esta vez sí sabemos nada más poner el ojo en él que es un tipo corrupto. De hecho, incluso en su conducta visible es el arquetipo perfecto de político hipócrita, populista y verbenero. Davis es también una de las principales razones que nos obligan a ver la serie con subtítulos, porque su característica forma de hablar es imposible de reproducir, ni aun aproximadamente, en castellano. Es esa prosodia única la que lo convierte en uno de los personajes más hilarantes, especialmente gracias a su más célebre interjección (“sheeiiiiiit!”) que al parecer fue incluida sobre la marcha porque formaba parte de la forma de hablar del actor en su vida real y a todos les hizo mucha gracia y que nunca se cansa uno de escuchar. De hecho tuvieron que convencerlo para que usara la graciosísima expresión en la serie, cosa que tardó bastante en hacer, pero hacerlo fue un acierto glorioso desde el punto del divertimento.

Beadie Russell:  Un personaje que parece llamar poco la atención en principio, pero que una vez vista bajo el microscopio resulta altamente interesante y muy inusual en este tipo de dramas. Es una policía portuaria con un trabajo monótono en el que no tiene nada que hacer, una antigua ama de casa que eligió ese trabajo simplemente para dar de comer a sus hijos después de que su marido la abandonase. Pese a ser una inexperta, su agudeza le permite inmiscuirse en asuntos criminales dando la impresión de que podría llegar a convertirse en una brillante investigadora. Uno de esos personajes con mucho potencial que terminan apareciendo menos de lo que querríamos, pero es que hay tanta riqueza humana en The Wire que no todos pueden ocupar el mismo espacio.

Brianna Barksdale: Hermana de Avon, madre de D’Angelo y la auténtica “mujer Soprano” de The Wire. Tiene una personalidad que encaja perfectamente en el prototipo de “esposa de la mafia”, porque ha asimilado los valores de la organización criminal que dirige su hermano y los antepone a todo, incluso en ocasiones al bienestar de sus demás seres queridos. Tiene bastantes puntos en común con Livia Soprano y sobre todo con Carmela Soprano. Otro de los muchos personajes shakesperianos de la serie, una especie de Lady MacBeth de la que nunca sabemos muy bien cuánto está dispuesta a sacrificar en pos de su privilegiada existencia como familiar de un exitoso traficante.

“Prez” Presbylewski: Curioso personaje. Es uno de los más antipáticos o por lo menos de los más incómdos en la primera temporada, pero también uno de los más entrañables conforme avanza la serie. ¿Cómo se explica? Bien, en la primera temporada le vemos ejerciendo un oficio de policía para el que no sirve; sus inseguridades y frustraciones le convierten en la clase de agente de la ley que con los años podría terminar transformándose en el peor de los delincuentes. Pero cuando abandona su trabajo de policía y comienza una vida de profesor más acorde a sus cualidades personales, veremos emerger sus virtudes como antes habíamos visto emerger sus defectos. Se trata de una transformación perfectamente perfilada que no resulta nada artificiosa, todo lo contrario. Su evolución resulta completamente natural y ejemplifica cómo hay individuos que la sociedad desaprovecha por tenerlos ejerciendo funciones equivocadas.

Dukie: Si alguien es capaz de arrancarle una lágrima (o más de una) al espectador en The Wire, ese alguien es sin duda alguna este chaval nacido en el ghetto. El modo en que Dukie cuida de su hermanastro y se empeña por cumplir en el colegio pese a todas las dificultades que le rodean en su vida diaria es de por sí enternecedor, pero la impresionante —y muy comedida— interpretación del actor que lo encarna puede ablandar al más curtido de los televidentes. Es muy inteligente y en varios momentos sus profesores captan ramalazos de un talento por pulir. Sin embargo sus compañeros se ríen de él porque huele mal (no tiene agua corriente en casa, así que apenas puede lavarse) y porque es inseguro e introvertido. Lo peor es pensar que en el mundo hay unos cuantos Dukies a quienes nadie rescatará jamás de su agujero. Si les suena a personaje facilón de telenovela, se equivocan: lo más meritorio es que hablamos de un personaje totalmente realista que jamás sobrepasa la línea del sentimentalismo y de hecho no recuerdo si por ejemplo lo vemos llorar alguna vez, porque la mayor parte del tiempo parece estar inhibiendo sus sentimientos. Protagoniza por sí solo algunas de las escenas más tristes de toda la serie, no tanto por lo que vemos en ellas sino por lo que significan (quien lo haya visto, difícilmente habrá olvidado el momento en que le pide dinero a uno de sus profesores… ¡tremendo!). Si Dukie no te pone un nudo en la garganta o una lágrima pugnando por salir de tus ojos en algún momento de la serie, enhorabuena: estás oficialmente hecho de piedra.

Brother Mouzone: De un personaje dolorosamente realista como Dukie a una de las pocas, pero aun así bienvenidas, concesiones «peliculeras» de The Wire. El “hermano” Mouzone es un traficante que pertenece a la organización separatista negra Nación del Islam; creo que nunca lo afirman en la serie pero resulta muy evidente dado su aspecto y su idiosincrasia. Sigue a la perfección varios de los preceptos del grupo en que un día militó Malcolm X: vestir impecablemente, adquirir una gran para hacerse respetar (no deja de leer), hablar con corrección y mostrar una imagen intachable que contradiga la percepción que se tiene de los afroamericanos como de un grupo tendente a cierto grado de anarquía social. Todo lo cual no le impide ser un muy temido pistolero. Mouzone es casi como un personaje de cómic, algo inusual en mitad del realismo crudo de The Wire, pero resulta tan carismático que nunca se me ocurriría pretender eliminarlo de la serie. Verle mantener su actitud perfectamente contenida y cortés incluso en mitad de un tiroteo es algo que no tiene precio.

Ellis Carver: Un personaje interesante porque es uno de los pocos policías que procede del ghetto, lo cual menciona en alguna ocasión. Aunque no es un delincuente, conoce su mentalidad, sobre todo la de los chavales que pululan por las esquinas, y sabe tratarlos de tú a tú. Mientras The Wire suele hacer hincapié en la barrera social que separa a unos individuos de otros y que impide que se puedan entender, Carver es uno de los pocos que está en la frontera entre ambos mundos y es capaz de establecer conexiones personales igualmente válidas en ambos. Sensible e idealista, es uno de esos personajes que crece ante un mundo frustrante y protagoniza un proceso de maduración poco habitual en un entorno donde casi nadie consigue evolucionar a mejor.

Bodie: Es el equivalente de Carver entre los delincuentes del ghetto, otro personaje que evoluciona lenta pero inexorablemente hacia la madurez. Ambos empiezan siendo básicos e irreflexivos, pero tienen el potencial para empezar a ver las cosas de otro modo con el transcurso del tiempo y los acontecimientos. El carisma callejero de Bodie, su mente despierta y el respeto que impone entre los más jóvenes parecen destinarlo a convertirse en un gangster prototípico, pero más allá de esa apariencia se esconden algunas sorpresas que ya descubrirán ustedes si es que no han visto la serie.

Michael: Otro personaje sometido a una lenta evolución con el transcurrir del tiempo y la influencia de los hechos sobre su manera de ver las cosas. Como Bodie, demuestra una tendencia natural a la empatía, algo que lo distingue de entre muchos otros aspirantes a gangster. Solamente decir que el final de su evolución —que sucede ya en la quinta temporada— fue uno de los giros argumentales que me dejó más boquiabierto e impresionado . Uno de los grandes y más memorables  “momentos sorpresa” de The Wire, pero que no dejaba de tener su lógica.

Snoop: La chica más temible del ghetto y uno de los pocos personajes principales que realmente está encarnado por una auténtica delincuente (entre los secundarios sí hay muchas personas que no son intérpretes profesionales). Fue descubierta por algunos actores de la serie en un bar, quienes la convencieron para sumarse al reparto. Actúa con su propio nombre, Felicia Pearson, usa su apodo verdadero en referencia a su peinado estilo Snoopy y básicamente se interpreta a sí misma. En la vida real había estado en la cárcel por asesinato, además de haber ejercido como traficante de drogas y sicario de una banda. Tras la fama que le supuso salir en la serie intentó reformarse y hasta publicó un libro, pero como era de prever ha vuelto a tener problemas con la ley. Por cierto, es uno de los personajes que habla un inglés más ininteligible de los que yo haya escuchado en cualquier serie o película americana. No soy el mayor experto en inglés, pero su acento callejero me parece verdaderamente indescriptible. Creo que incluso quienes tengan más soltura con el inglés que yo necesitarán subtítulos para entender qué demonios dice en algún momento. Es más, no me extrañaría que incluso a angloparlantes nativos se les escape parte de lo que dice. Todo un personaje.

Rhonda Pearlman: Prototipo de profesional brillante,  Rhonda es una mujer con capacidad innata para ascender rápidamente en la administración de justicia. Al igual que varios otros personajes de The Wire ejemplifica el choque inevitable entre el apego a la honestidad personal y la ambición, cuando surge la posibilidad de conseguir el éxito. En The Wire, ya lo decíamos antes, triunfo y honradez son conceptos completamente reñidos. Aunque en el caso de Pearlman se las arregla para aportar su pequeño grano de arena a la verdadera justicia, siendo honesta consigo misma, siempre y cuando eso no la perjudique en su carrera, eso sí. Un personaje que plantea la pregunta de si una actitud realista como la suya puede ser admirable cuando hace pequeñas concesiones al idealismo, o si más bien se trata de una manera de acallar la propia conciencia o mejorar la propia imagen.

Howard Colvin: Si Marlo Stanfield representaba el Mal absoluto, Colvin representa el Bien. Es un policía honesto, idealista y generoso. Pese a su veteranía, y al contrario de otros polis que beben y están hartos de todo, parece conservar las ganas de hacer cambios y se muestra siempre muy preocupado por los efectos que pueda tener su trabajo en la sociedad. El único “defecto” que se le puede achacar es su excesivo idealismo, que a veces peca de insensato, pero es quizá el personaje más admirable de toda la serie desde el punto de vista moral, la clase de individuo que ha sido educado para ser buena persona y que no puede dejar de ser buena persona ni siquiera en mitad de las peores circunstancias. Casi un héroe, lo cual constituye una  verdadera rareza en The Wire.

Dejo aquí la lista de personajes o el artículo se alargaría hasta el infinito, peor lo hago sabiendo bien que hay otros cuantos también memorables que han quedado fuera (Herc, Cedric Daniels, Ziggy Sobotka, Cutty, Jay Landman, Kima, Chris Partlow, Proposition Joe, Poot, Clarence Royce, Wee-Bey, Valichek, Wilson, el “Griego”, etc. etc.). Porque hablamos de uno de los programas televisivos con una mayor cantidad de personajes notables por episodio. Pero sirvan los presentes como inidicio de que hay otros muchos igualmente interesantes, y de que la mejor forma de conocerlos a todos es viendo esta inigualable obra maestra de la historia de la televisión. Arte con mayúsculas.

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