4×4: Los mejores discos de 2011

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Siempre ocurre en estas fechas. Los medios llenan sus espacios felicitando las fiestas, con inocentadas (en el más amplio sentido de la palabra) y con listas de lo mejor del año. Lo de las listas es un acto de masoquismo gratuito que desde fuera comprendo que sea difícil de entender. Gente bienintencionada se inmola ofreciendo a los lectores sus más íntimas preferencias para que éstas sean pisoteadas sin piedad. Es imposible quedar bien porque nadie va a coincidir con sus propuestas; inevitablemente, va a venir alguien a intentar sacarte los colores poniendo en duda tu criterio. O peor aún, que tras una sesuda disección de los 5000 mejores LPs de música post-folk electrónica del año, llegue un fulano a los comentarios y suelte un lapidario “puta mierda” o “imperdonable olvidarse de la obra maestra del atormentado músico uzbeko Perico el de los Palotes”.

A pesar de ello, cuatro de nuestros redactores que durante los cursos de formación que Jot Down ofrece a sus empleados han acudido al mismo postgrado de Elaboración de Listas Anuales Definitivas que los críticos musicales de las revistas especializadas de mayor arraigo y tradición nacional e internacional, se retratan con los que a su parecer, son los discos más destacables de este año 2011. Al menos, tienen la vergüenza de reconocer que no han escuchado todos y cada uno de los LPs que se han publicado en el mundo a lo largo del 2011 y que han escogido sus cuatro discos tras mirarse fijamente los genitales durante unos minutos. Puede que no opinen que sean los mejores, tal vez ni siquiera sean los que más han sonado en sus equipos de música, pero son los que han decidido reseñar y justifican su elección con unas breves líneas. Y si alguien tiene algo que decir, les esperan en los comentarios con el teclado entre los dientes.

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Great State, de We Are Standard (Mushroom Pillow, 2011)

Para aquellos que ya conocían a WAS por sus dos trabajos anteriores tal vez convendría que sonase un clarín anunciando cambio de tercio. En este EP, aunque conservan el poso de aquel grupo que nos hizo bailar como malditos con On the floor u Other lips, other kisses con la inconfundible la voz de Deu Txakartegi y la percusión frenética, han evolucionado hacia lo que unánimemente se lee por ahí como un sonido más luminoso, más pop, más madchesteriano al parecer, por lo que tal vez se ajuste más la palabra involución a los nuevos derroteros musicales del grupo vasco, en lo que se intuye como un intento claro de inmersión hasta las orejas en el mercado internacional. He de reconocer que he necesitado varias escuchas para decidirme si me gustaba el disco o no, oportunidades que les he dado debido a que siento una debilidad por ellos desde sus inicios. Y lo han aprovechado, porque el cambio de registro gana con cada reproducción: al reducir la velocidad de los temas se han convertido de algún modo en más escuchables que bailables. 07.45 Bring me back home, Let’s say I am in love, Summer, Good ones, Love me… Sí, solo cinco canciones, pero qué canciones. Bien mirado, es de agradecer que no metan morralla y descartes hasta alcanzar la cifra mágica de 12 pistas que justifiquen el nombre (y el precio) de un LP.

Yuck, de Yuck (Fat Possum, 2011)

Implícitamente, destacar el primer disco de Yuck es una reivindicación del sonido indie rock de los 90. Se rumorea que si elaboras una lista con Dinosaur Jr, Teenage Fanclub, Pavement, Yo la Tengo y Yuck y la reproduces en modo aleatorio mientras tarareas desnudo Corrientes circulares en el tiempo frente a un espejo, llega un momento en que todo te suena igual y ves la vida desde otra perspectiva. Y es que esa una de las grandes críticas a este grupo, que no hacen nada nuevo, como si todos los días se inventase la rueda en el mundo de la música. También se dice que sí, que el disco tiene un puñado de (muy) buenas canciones sueltas pero que en conjunto no tienen la personalidad suficiente como para considerar el LP más allá de una curiosidad dentro del revival de finales del siglo pasado. Bien, puede ser. Pero un disco que contiene pequeñas joyas como Get away, Sunday, Holing Out o Georgia, temas sencillamente deliciosos (porque al final, de eso se trata: de hacer canciones bonitas, ¿no?), merece un lugar destacado entre la producción del 2011.

Los pilotos, de Los Pilotos (El Volcán Música, 2011)

Dentro de la deriva flamenca de los últimos discos de Los Planetas, encontramos en su último trabajo (Una ópera egipcia) dos temas con una componente mucho más electrónica (La Veleta y Los Poetas) al parecer fruto de la influencia de Banin, al que siempre le ha ido la marcha con los teclados y sintetizadores. Fuera de los corsés del inefable grupo granadino, lo que comenzó siendo una experimentación de Florent y Banin con algún que otro bolo por ahí, se fue tornando en algo más serio y que ha cobrado forma en este primer (¿y último?) LP del dúo. Mezclas, arreglos, samplers y riffs de guitarra que crean bandas sonoras de accidentadas salidas nocturnas u obsesivos ritmos que te envuelven en penumbras psicodélicas… ehm… bueno, es lo que tiene la música instrumental, que cada uno la interpreta como quiere. Dentro de algún tiempo puede que nos riamos por este experimento gracias al que, por una temporada, Los Pilotos fueron los Azul y negro de la música indie. Mientras tanto, podemos disfrutar bailando en modo hinchador de colchonetas con temas como Cero en blanco y Vuelo rasante con ametralladora o poniéndonos melancólicos mirando la lluvia por la ventana mientras suena la más planetaria Felinos a la mar.

Belong, de The Pains of Being Pure at Heart (Slumberland / Play It Again Sam, 2011)

Había ganas de escuchar el segundo largo de este grupo neoyorquino gran amante del kalimotxo tras el par de buenos EPs que sirvieron de puente desde su aclamada (dentro de su orden de magnitud) primera entrega homónima. Rodearse de productores que trabajaron conThe Smashing Pumpkins, Depeche Mode, The Jesus & Mary Chain o My Bloody Valentine inquietó a más de uno, temerosos de que la frescura y el tono alegre y desenfadado se pervirtieran en el reverso tenebroso de ese gran coco que es el mainstream. Tras la escucha del single de presentación sí que se apreció que se les había ido un poco la mano en la producción (la gente, que es muy mala, los rebautizó como The Pains of Being Smashing Pumpkins) pero fue una falsa alarma; el LP continua la línea ascendente del grupo con grandes canciones como My Terrible Friend, The Body o Heart In Your Heartbreaks, tal vez perdiendo un poco de la chispeante inocencia de sus primeros temas pero asentando las bases para una larga y fecunda trayectoria profesional con un sonido más pulido.

Tirso Montañez

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No time for dreaming, de  Charles Bradley (Daptone Records, 2011)

Este eterno imitador de James Brown, para muchos el mejor de todos con diferencia, ha llegado al gran público tras más de cuarenta años moviéndose en el mundo de los “homenajes” al más puro estilo de los millones de Elvis en Las Vegas. Esta maravilla está llena de pedazos de la vida de Charles, una vida que comenzó en la calle y que cambió por completo el día en que su hermana lo llevo a ver a James Brown al teatro Apollo, actuación que le hizo dejar las calles y dedicarse en cuerpo y alma a ser como Brown. Pero el camino no iba a ser fácil y Bradley no disfrutó de apenas oportunidades, lo que en parte le llevó a ir atesorando vivencias que se han convertido en verdaderas maravillas funk y soul. Es inevitable escuchar este disco y que no te venga El Padrino del Soul a la mente, y eso es un honor para cualquier mortal. Una de esas voces llenas de historia que suena más actual que Brown pero que sigue sonando eterna. Sin ninguna duda esta obra realizada por este soñador es uno de los indispensables del año.

Barn doors and concrete floors, de  Israel Nash Gripka (Continental Song City, 2011)

De Missouri a la Gran Manzana para madurar como músico, pero al final resultó no ser el lugar ideal para crear el último trabajo de Gripka. Este disco nace en el estado de New York, pero en un  lugar completamente diferente a la jungla de asfalto y cristal que es Manhattan. Nace en las montañas Catskill, entre ríos, árboles y enormes campos, empapado del más puro sonido Americano. Con influencias como The Band o Neil Young (a quienes es imposible no recordar cuando se le escucha), Nash Gripka es uno de los llamados a ser grande en la música yankee. Suena americano, a barras y estrellas, a duras acústicas, a bourbon, a folk, rock, americana y lo que quiera. Con armónica o con lapsteel, con banda o en solitario, sus temas llegan y suenan perfectos. En una época en la que parece que los sonidos añejos tienen más fuerza que nunca y en la que a los nuevos grupos parece que los conozcamos de toda la vida, Gripka viene para quedarse siendo ya un grande.

El camino, de The Black Keys (Nonesuch Records, 2011)

Disco nuevo y vuelta a superarse, Dan Auerbach y Patrick Carney lo han vuelto a hacer: nos han dejado otro imprescindible (y ya van unos cuantos). Los de Akron (Ohio) nos demuestran que dos son suficientes para hacer rock & roll (algo que ya nos decían los desaparecidos The White Stripes). Este disco tiene tintes rock, blues, garage, surf, glam y de lo que les dé la gana porque lo hacen todo bien. Si a todo esto le sumamos la ayuda de Danger Mouse en la producción, obtenemos un coctail perfecto. Guitarras que suenan añejas y sucias acompañadas de ritmos más actuales, nos atrapan desde el primer corte hasta el último. A pesar de sonar guitarreros, Auerbach y Carney siempre han dicho que sus influencias no se quedan en el rock y el blues, es más, llegan de estilos que en principio creeríamos alejadísimos de su música como pueden ser el Hip-Hop o la electrónica. Este El Camino es un regalo perfecto para terminar y empezar bien el año.

En la imaginación, de Sílvia Pérez Cruz & Javier Colina Trio (Nuba Records/Producciones Contrabaix, 2011)

Dos nombres en la portada pero cuatro virtuosos en sus entrañas. Sílvia Pérez (Voz), Javier Colina (Contrabajo), Marc Miralta (Batería) y Albert Sanz (Piano) con la colaboración en algunos cortes de un impresionante Perico Sambeat (Saxo Alto) nos han dejado una de las grandes obras jazz del año. España es un país con músicos de jazz con renombre internacional (no hay más que ver los aquí mentados) pero que no acostumbra a tenerlos en las listas de destacados (por desgracia esto pasa con demasiados músicos y estilos) cuando de este país salen verdaderas joyas como este En la imaginación. Tanto voz como instrumentistas están simplemente perfectos y con ello consiguen embarcarnos en un viaje que en diez pistas nos lleva hasta el Spanish Harlem de mediados del siglo pasado. Una delicia que merece aparecer en al menos una lista este año y que todo amante de las cosas bien hechas debería escuchar.

Alain Raya

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David comes to life, de Fucked Up (Matador, 2011)

Fucked Up es esa ruidosa banda canadiense que trae de cabeza a los redactores del New York Times cuando estos se las han de ver haciendo  malabarismos absurdos para reseñar conciertos y noticias de la formación sin escribir el (para la editorial) ofensivo nombre del grupo. Decisión que  conlleva hilarantes resultados, como citarlos en el propio NYT como “********”  en algunos casos y en otros referirse a ellos como “aquella banda canadiense cuyo nombre no será publicado en este periódico hasta que el presidente lo diga por error.”

Locuras de la corrección política aparte, David comes to life se instaló en el radar de todo el mundo gracias a su demente propuesta —una ópera rock de 80 minutos, algo insólito en el punk—, dividida en cuatro actos de trama enrevesada y metareferencial: a principios de los ochenta un trabajador de una fábrica de bombillas (David) se enamora de una desconocida (Veronica) y ambos deciden fabricar una bomba con fatales consecuencias. Según avanza la función todo se enajena hasta tal punto que el narrador de la historia llega a pelear con el protagonista por el control de la trama e incluso adquirir el rol de villano. Y a partir de su meridiano se ofrecen nuevos puntos de vista de la desgracia. Si uno no está por la labor para seguir el hilo no tiene importancia, la cosa funciona igual de bien como disco cañero. Y sí, Damian Abraham parece que ha hecho gárgaras con lava y más que cantar los versos los ladra en medio de una tormenta de guitarras atronadoras, pero ese es exactamente el encanto de un disco que rebosa rabia musical y tanto te vuelve loco con una función inverosímil como te muerde de forma salvaje la cabeza.

Helplessness Blues, Fleet Foxes (Sub Pop, 2011)
Lo peor de estrenarse con un disco cojonudo es que cuando estás horneando el segundo todo el mundo te tiene en la mirilla del fusil y te apunta desde lugares muy, muy elevados. Fleet Foxes consiguieron ponerse por sombrero coronas de laureles con la sencilla y genial propuesta de su disco homónimo de 2008, demostrando entereza artesanal y  autentica pasión por su trabajo. Tres años después y tras un accidentado proceso de gestación (se perdieron irremediablemente pistas grabadas con lo que 60000 dólares se fueron por el retrete, no había forma de cuadrar las agendas de los componentes e incluso la novia de Robin Pecknold le abandonó al no poder soportar el estrés que generaba en él  el proceso de grabación) apareció Helplessness Blues, un disco más oscuro, preciosista, experimental,  de lírica existencial y brillantemente esculpido: hasta el caos eventual del mismo parece estudiado al milímetro. Fleet Foxes abrazan el folk americano y no se dedican a retorcerlo vilmente sino que lo hacen suyo dejándolo fluir, le insuflan corazón entre agraciadas armonías y consiguen lo impensable: que Mumford & Sons a su lado parezcan una orquesta de pueblo.

Hurry Up, We’re Dreaming, de M83 (Mute, 2011)

A lo que más se hace alusión en las reseñas de lo nuevo de Anthony Gonzalez es al carácter de viaje épico premeditado del disco; no en vano el hombre se pasó bastante tiempo diciendo que estaba embarazado de algo muy grande. Del dicho al hecho hay un camino intermedio bastante intrincado y por eso los precavidos decidieron no fiarse demasiado. Entonces apareció Gonzalez con Hurry up, we’re dreaming y su portada ochentera debajo del brazo, y no hubo más que sacar la bandera blanca ante la evidencia. Reinvención de un sonido electrónico moderno con los pies en el clasicismo y melodías que curiosean, con los ojos tanto posados sobre Depeche Mode como MGMT o el aire conceptual de Mellon Collie and the infinite sadness, latidos synths y un esqueleto poco convencional: doble cedé con 22 temas que alargan el viaje nocturno más allá de la hora, con un tracklist de construcción arquitectónica: todo parece estar colocado en su sitio y los setenta minutos se hacen coherentes y cortos a la vez, incluso sabe como tender el cebo desde el principio, una intro evocadora con Zola Jesus y a continuación el espléndido temazo Midnight City. Hurry up we’re dreaming huele a ensoñaciones de madrugadas, a soundtrack de monstruos nocturnos, a extraños lugares y a sensaciones iluminadas por neones.

Strange Mercy, St. Vincent  (4AD, 2011)

Una Annie Clark (hábilmente camuflada bajo el nombre de St. Vincent) que además de entrañable resultó ser talentosa como multiinstrumentalista y letrista, se acercaba al terreno incierto del tercer álbum. Strange Mercy debutó en septiembre de 2011 y la consagró como una de esas voces que han conseguido construir alrededor de sus obras un universo propio reconocible y con aires de renovación musical. En Strange Mercy se atreve a utilizar como estribillo una frase dantesca de Marilyn Monroe (“best, finest surgeon, come cut me open”) durante el tema Surgeon, a pervertir un arranque muy Disney en una amenaza pop (Cruel) decorada con sus característicos riffs distorsionados de guitarra, a no ocultar su romanticismo cinéfilo (Chloe in the Afternoon, la cual realmente solo comparte similitudes con la película de Éric Rohmer en su título) o a convertir la reiteración de un lamento en la primera persona del singular (Cheerleader). Camina entre retazos de Björk, PJ Harvey, Sufjan Stevens o Peter Gabriel sin parecerse ni tener tanto en común con ninguno de ellos. Damas y caballeros, el universo de Annie Clark.

Diego Cuevas

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We Must Become the Pitiless Censors of Ourselves, de John Maus (Upset the rythm, 2011)

John Maus es un doctor en filosofía al que siempre le interesaron la música experimental y las performances. Buena cuenta da de ello en sus conciertos que consisten únicamente en la reproducción del álbum mientras él se dedica a gritar y agitarse con su voz grabada sonando de fondo. Actuaciones que muchos de los asistentes califican directamente de estafa y que ha costado a la organización de varios festivales la emisión de comunicados posicionándose a favor o en contra del contratado. Pese a haber sacado dos álbumes antes que este, es We must become… el álbum que lo ha dotado de fama internacional al saltar al radar de los medios musicales especializados más populares en la red. Centrándonos en los cortes del disco cabe destacar el tema principal, Believer. En él, una serie de efectos indescriptibles y arrítmicos se entremezclan resultando un tema épico en el que la única melodía la aporta el eco de la voz de Maus. Un tema cuyo estribillo (“Me llaman el creyente”) da a entender que habla de la fe; aunque resulta difícil afirmarlo cuando en el resto de la canción solo menciona diversos objetos y personas que dan la vuelta al mundo. También debemos resaltar la apertura del álbum, Streetlight, que supone uno de los mejores cortes, y a la vez uno de los más sencillos, compuesto de apenas un par de acordes repetidos y sólo dos versos. Keep pushing on quizá sea el tema que mayor aceptación recoje al tener una base sin distorsiones bien marcada y un estribillo pegadizo. Todo lo contrario a Quantum Leap, que llega a coquetear con el shoegaze al incluir efectos que no sabríamos decir si provienen de un teclado o de una guitarra y es, sin duda, el tema más ruidoso del álbum. Pero no solo viene cargado de temas enérgicos, ya que en contraste tenemos los calmados And the rain y Hey moon, con unos teclados más calmados que en las anteriores. Bien cargado de sintetizadores, efectos estridentes y voces con eco, el disco recuerda tanto a la electrónica de sonido bruto de Kraftwerk como, por veces, a los toques más experimentales del rock de New Order a principios de los 80.

Bon Iver, de Bon Iver (Jagjaguwar, 2011)

Cuatro años después de su debut For Emma, forever ago, la banda de Justin Vernon volvió por la puerta grande y con un éxito de crítica y público gracias a su homónimo segundo álbum, llegando a conseguir incluso una reciente nominación al Grammy al mejor álbum del año, hazaña poco habitual en una banda independiente. Desde el mismo comienzo con Perth, esa intensidad en ascenso con un tambor marcando el ritmo nos da una pista del amplio espectro musical que abarca el disco. Utilizando como hilo conductor localizaciones del medio-este de los EEUU, origen del cantante, hace un repaso a sus recuerdos amorosos y de la infancia rozando los extremos del ánimo. Así, de la ilusión y alegría con la que recuerda a un antiguo amor en la preciosa Towers, pasa a un duro golpe en la desasosegante Holocene. Y es que a cualquiera se le hiela el alma al escuchar a este hombre lamentarse de aquellos días en los que pudo haber sido magnífico. Quizá el gran mérito de este álbum sea la armoniosa combinación entre distintos tipos de instrumentos clásicos, pues bien cargado va el disco de cuerdas, percusiones y vientos, con los arreglos electrónicos más sofisticados y sutiles. Una combinación de sonidos que se disuelven de manera impecable, amoldándose a la voz en falsete del solista.

Kaputt, de Destroyer (Merge, 2011)

El canadiense Dan Bejar volvió este año con su nada menos que noveno álbum de estudio, y aún no hemos sido capaces de cerrar la boca aquellos que le hemos descubierto con este Kaputt. Desde el maravilloso comienzo con Chinatown, donde el solista nos cuenta su frustración al no ser capaz de encontrar una forma de evadirse, su voz va acompañada de un saxo que aporta un toque funk presente en todo el disco. Sigue con Blue Eyes, un dueto en la línea del Prince de finales de los ochenta que enseguida da paso a Savage Night at the Opera, uno de los temas más electrizantes a medio camino entre OMD y Belle & Sebastian y la Suicide Demo for Kara Walker, donde con tono alegre va narrando un desencanto amoroso. También debemos destacar la peculiar Kaputt, una de las mejores revisiones irónicas que se han escrito acerca del fracaso de un artista, que presentó a principios de año con un videoclip indescifrable. Letras de diversos temas, del amor a la política, la voz contenida de Bejar en contrapunto con la sensualidad de sus compañeras femeninas y, sobre todo, la ya mencionada inclinación a la música negra de hace treinta años, hacen de este disco quizá la mayor sorpresa del año.

James Blake, de James Blake (ATLAS, 2011)

Este jovencísimo debutante inglés apareció a principios de año con un álbum que lleva su nombre y parece que no ha dejado indiferente a nadie con su propuesta. Aficionado a salir borroso en las fotos y en sus vídeos, ha sabido crearse una imagen reconocible a simple vistazo, siempre actuando bajo una luz azul, haciendo gala de un minimalismo que sorprende por poco habitual en el género. Y es que este álbum ha supuesto una vuelta de tuerca en el dubstep que le ha hecho ganarse una minúscula cantidad de detractores y una enorme masa de fans. En los temas del álbum podemos encontrar estrofas repetidas con pocas variaciones acompañando bases sencillas, que no simples, que muestran la gran capacidad de adaptación del artista. Como ejemplo tenemos The Wilhelm Scream, una sola estrofa que cambia una palabra a lo largo de toda la canción y, sin embargo, hace que nos absorba completamente ese envolvente sonido. O Limit to your love, que consigue grabarse a fuego desde la primera escucha gracias a la falta de artificios y lo directo que consigue ser. Sin embargo cabe mencionar también su EP Enough thunder, enteramente acústico con una maravillosa versión del A Case of You de Jonni Mitchell. Gracias a él Blake desmuestra que además de ser una revelación y figura clave a seguir en la música electrónica, sus capacidades musicales no se acaban en ese género y puede llegar a acercarse al polo opuesto, a la sensibilidad de los compositores como Anthony Hegarty o Rufus Wainwright.

Jairo G. C.

Lista de reproducción en Spotify: Mejores discos del 2011.

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6 comentarios

  1. Muy buena esa intro jajaja falto el clasico comentario de… se ve que leeis mucho la p4k!!! jaja y 4 son muy pocos :(

  2. cardel

    Si te gustan los Black Keys y/o el Hip Hop, recomiendo fervientemente el disco BLAKROC. No es del 2011, pero son colaboraciones de Auerbach y Carney con grandes artistas de Hip Hop y el R&B. Sin acritud, verás como el Hip Hop no es un estilo ajeno a su música… y disfrutaras con uno de los mejores discos de los últimos años.

    Saludos

  3. PerroComeMosca

    La lista de Jairo le de un baño de arriba a abajo a sus compañeras. ¿We are Standard? ¿De verdad? Ay Dios!

  4. Pingback: Las listas, esas pistas musicales (v2011)

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