El sobaco ilustrado

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Fotografía de David Pintor

El fin de la era Gutenberg y la hecatombe papelista provoca daños colaterales que no conmueven ni el corazón ni la razón de los gurús del periodismo futurible. Hoy, en el metro, ya no podemos espiar al viajero de nuestra derecha para leer de gorra lo que dice su periódico y, acto seguido, estirar el cuello a la izquierda para descubrir si el capitel de la columna de la contraportada luce volutas, hojas de acanto o un clasicismo de sobriedad dórica. Esa gimnasia del ping-pong es imposible, porque hace tiempo que los periódicos dejaron de viajar en metro y los chicos, de ir a buscar a su ligue con una revista enganchada bajo el sobaco. Es así que el recuerdo que guarda Manuel de Lope ha adquirido la pátina broncínea de una reliquia: “Hay que decir que los más fieles iban a esperar a la novia con la revista debajo del brazo, y es probable que fueran más fieles a la revista que a la novia. Eran los tiempos en que comprábamos en el Rastro Levis de contrabando, íbamos a sacarnos unos duros vendiendo un cuarto de litro de sangre en el Hospital Clínico y desafiábamos a la moda con la moda de vestir cazadoras militares de la base de Torrejón de Ardoz. Y éramos lectores de Triunfo”. En efecto, la revista revestía, tanto o más que los jeans y la chupa, como bien advirtió Manuel Vázquez Montalbán: “Triunfo significaba una seña de identidad y de significación que me recordaba una película que había visto en mi infancia, creo que protagonizada por Frederic March y Claudette Colbert, en la que los cristianos, cuando se encuentran en Roma, se reconocen haciendo crucecitas en la arena o dibujando un pececito. Creo que en muchos lugares de España llevar Triunfo debajo del brazo era una manera de reconocerse y pensar que no se estaba solo”. Hasta que, en elocuente concisión de Manuel de Lope, “su energía fue engullida y dispersada”.

Desmintiendo el esencialismo de la identidad o, tal vez, más prosaicamente, porque también la contracultura es esclava de la moda y está atenta a su fecha de caducidad, el caso es que la misma generación que dibujó con Triunfo en la arena del tardofranquismo su ichthus sagrado pasó a hacerlo en la transición con El País. Sin despeinarse. Y, pasado el tiempo, ya bien repeinados y hasta con traje y corbata, no faltaron quienes incluso se atrevieron a denunciar el transfuguismo como acto sacrílego. Definitivamente “el intelectual tiene pasiones que la inteligencia no comprende”, escribió Francisco Umbral antes de añadir: “El País es tanto el diario de la España pensante como una superstición intelectual, heredera aún de lo que fue, con el franquismo, ‘el sobaco ilustrado’, cuando había que llevar bajo el brazo un Marcuse o un Le Monde. […] Supersticiones (modas, esnobismos) que acompañan siempre a un fenómeno, cultural, por muy auténtico que éste sea. […] El País, desde la primera página, queda progresista sin decirlo, sin gritarlo. El comprador recibe un flash de racionalidad, de capacidad de ordenar el mundo en una página, que le depara tranquilidad, que le aquieta, sin duda, muchos conflictos interiores. Todo va mal, a veces, pero hay en España un periódico (un equipo, un sector social: todos los otros compradores) con quien identificarse. Hay un continente de racionalidad al que debemos llegar desde nuestro caos íntimo. Son las supersticiones de la inteligencia, o la inteligencia como superstición”.

Todavía no somos cíborgs perfectos y, en la transición, mantenemos ciertas supersticiones y difusas nostalgias. Ni siquiera el sucedáneo del retweet o del botón con el que Facebook nos permite alardear de lo que nos pirra –versión modernilla y aseada del sobaco ilustrado–, satisface el añejo fetichismo. Por eso los lectores de Jot Down se han procurado la versión en papel y con veloz diligencia han hecho públicas las fotografías de “su” ejemplar; algunos, bodegones tan fastuosos como los de Jan Van Kessel. Entre todos, me quedo con el de David Pintor, que posee la misma elegancia de su obra más un delicioso toque cafeinómano. Por mi parte, sujeto en un estadio escasamente avanzado de la cibermetamorfosis, me he ido paseando a la librería a buscar mi revista. He rechazado la bolsa que amablemente me ofrecieron. Y con las 320 páginas de papel bien acomodadas bajo el sobaco, directa a casa, a estudiar si la sugestión nostálgica de la portada, con la Underwood de Francisco González Ledesma, puede bastar como proyecto editorial y como imagen especular donde reconocerme o si la nostalgia es solo, como acostumbra, una añagaza tramposa de la memoria.

 

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One Comment

  1. aqui alguien que tambien fue a la libreria a por su Jot Down,…..aunque en mi caso no es por lo que describes, mas bien porque desde que descubri esta web,….hace mas o menos 2 meses,…pena de no haber dado antes con este site,…me congratule de ver, ya no solo de que se vuelve a escribir para el lector, sino que ademas se vuelve a escribir BIEN,…y eso, solo eso merece que alguien se de el gusto de acercarse, dando un paseo, a esa libreria y adquirir estas 320 paginas,……….

    un saludo

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