Opinión Portero delantero

Pepe Albert de Paco: El libro y la película

The Blues Brothers

En el verano de 1982, Bob Woodward recibió una llamada a la redacción del Washington Post. Judy Jacklin, la viuda del actor John Belushi, fallecido tres meses atrás por una sobredosis de speedball, le pidió que indagara en las circunstancias de su muerte con el fin de formalizar un relato plausible, magnánimo y elegíaco acerca de su vida. 530 páginas después, Woodward concluyó que, en efecto, el despeño de Belushi era un misterio extraordinario, mas no en el sentido intrigante que atormentaba a su esposa, sino en la acepción de que la piel es insondable. A lo sumo, y estirando el chicle, diríase que Belushi conspiró contra la vida desde que empezó a fajarse con el éxito. Tal vez por ello la crónica de Woodward es, antes que una biografía al uso, una imponente autopsia. No en vano, el blues brother puso todo su afán en morir joven y, a despecho del tópico, dejar un hórrido cadáver de 140 kilos.

Para llevar a cabo una empresa como la que acometió Woodward, resultaba de obligado cumplimiento dejar a un lado los adjetivos. Reparé en ello al poco de comenzar la lectura. Acostumbrado como estoy a tanto rizo extemporáneo, no me fue difícil apreciar que Belushi durmió, Belushi cantó, Belushi se drogó y Belushi, ay, soñó. En realidad, la aspiración del autor no solo pasaba por la elisión de los adjetivos, sino también de los nombres. Le alcanza, en efecto, con el relato alucinado de un trozo de carne atravesando la noche en busca de su propio reflejo.

En la madrugada de la muerte de Belushi, pasaron por su bungalow del Chateau Marmont, donde el cómico había fijado su residencia (o, por mejor decir, su ataraxia), jovenes airados como Robert de Niro o Robin Williams, estrellas en ciernes por que por entonces cabalgaban Los Ángeles a salto de snif.

Sostiene Woodward en un sinnúmero de pasajes que la llamada a tal o cual proveedor de cocaína o heroína se produjo a las (cito al bulto) tres y veintisiete minutos de la madrugada. Resultaría obsceno no preguntarse cómo Woodward se atreve a incrustar en el texto esos ‘veintisiete’. La respuesta son 217 entrevistas mas un exhaustivo escrutinio de agendas, diarios, listados telefónicos, cartas, fotos, registros de hotel, facturas de limusinas, recibos de taxi… Dos años y medio de trabajo en que el bisoño ayudante John Ward Anderson desempeñó una función crucial.

Sea como sea, la exactitud en el manejo de los datos no es un alarde preñado de fanfarronería, sino el nítido recordatorio de que el sintagma ‘periodismo de precisión’ es un pleonasmo.

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3 comentarios

  1. Arkaitz Mendia

    Qué bien escribe De Paco.

  2. Miquel Àngel

    «el sintagma ‘periodismo de precisión’ es un pleonasmo»
    Hoy no es un pleonasmo, es un oxímoron en toda regla…

  3. Precisamente son los gafapasta los que adoraban esta infumable peli.

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