Arte y Letras Literatura

Aquellos sí eran puticlubs

Vargas Llosa, Onetti, Neruda._

Hay muchos puticlubs, pero ninguno es el de Junta Larsen. Ni el de don Anselmo. La literatura está plagada de prostíbulos que solo son eso, prostíbulos, hombres, mujeres, mala música, olor a desinfectante. En cambio, las «casas» de Junta y don Anselmo representan complejos símbolos, además de burdeles. En realidad, son utopías, hasta que un día se desmoronan, como todo lo bello. Si solo fuesen prostíbulos, tal vez siguiesen abiertos, como todo lo atroz. Cuando Juan Carlos Onetti y Mario Vargas Llosa publican en los años 60 Juntacadáveres y La casa verde, respectivamente, están en algún sentido fundando algo parecido a una «literatura de prostíbulo», que, como el nombre indica, no tiene demasiado que ver con los prostíbulos —que hacía mucho tiempo que aparecían en la literatura universal pero sí con su metáfora. La modernidad y grosería del capitalismo había producido, para aquellos años, una época grotesca de gloria y desgracia, placer e inmundicia, esplendor y ocaso, simultáneamente. Y los burdeles de Vargas Llosa y Onetti reflejaban ese escenario, tratado por el particular estilo de cada autor. Hay una variante de la modernidad en estos libros, imposible de desligar de la decadencia, que crece sobre una voz que escucha en su cabeza el protagonista, a menudo un individuo enigmático, oscuro, sin pasado, o en todo caso con un oscuro pasado. Esa voz dice: «¡Funda un prostíbulo, che!».

Nunca estuvieron tan próximos Onetti y Vargas Llosa como en estas novelas. A menos que demos por cierto esa historia que relata el primero sobre su dentadura, cuando en cierta ocasión Ramón Chao, acreditado por la televisión francesa, se desplazó a Madrid con el equipo de producción para entrevistar en su casa al novelista uruguayo. Una de las chicas que acompañaban a Chao se quedó clavada en la puerta del dormitorio, que es donde el novelista lo hacía todo, incluido el recibimiento de las visitas. «¿Se fija usted en que tan solo tengo un diente? observó Onetti. Pues debo decirle que yo tengo una dentadura perfecta, pero se la he prestado a Mario Vargas Llosa».

Eligen el burdel para desentrañar bajo techo, desde cierta perspectiva de la libertad, y al mismo tiempo la opresión, los huecos sórdidos y marginales de la realidad. Ahí, en ese espacio cerrado, también se gestan los sueños y las frustraciones de una sociedad. Porque de eso van la literatura y la vida: aspiraciones y fracasos, promesas y conflictos. El prostíbulo solo es, en ese contexto, una herramienta para ejercer el relato de la metáfora de una época. Otros prefieren el viaje, o la familia, o el crimen, o la metaliteratura. Ellos eligieron el puticlub y con ese mueble, como diría Anne Sexton, hicieron un árbol.

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9 comentarios

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  6. Muy buen artículo.
    Sin pretender entrar en competición de erudicciones recuerdo otra obra (teatral) donde el burdel es el centro de la trama: «El balcón», de Genet. creo que ahora que parece que se cae el tenderete de la transición española repasarla vendria bien, por aquello de las analogías.

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  8. Al fin y al cabo los burdeles han estado siempre muy presentes en nuestra historia lo que hace lógico que también lo estén en nuestra literatura, al menos aquella que trata de acercarse a la realidad que vivimos o que estamos viviendo

  9. Yo creo que hay que aceptar nuestra historia tal y como es, con las cosas políticamente correctas y las que no son tanto, y es que hay que reconocer que los puticlubs siempre han formado una parte importante de la sociedad, aunque no se hayan visto nunca con buenos ojos.

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