Los libros son (también) para el verano

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Abandonar, aunque sea por unos segundos, la lectura de un buen libro para atender la llamada de un móvil o la llegada de un whatsapp es una falta de respeto. Una falta de respeto hacia la literatura, pero sobre todo hacia uno mismo. Cuando alguien decide leer un buen libro es porque, aunque sea muy en el fondo, sospecha que es, al menos, una persona que vale la pena y, por lo tanto, merecedora de algo más elevado de lo que ponen a su disposición los periódicos, las revistas o la televisión.

Apague el móvil y desconecte el ordenador. Comienza el verano. Disponga de varias horas —sin interrupciones— para sumergirse en estos libros que le recomiendo a continuación. Tras su lectura —garantizado—, además de haber pasado un buen rato, estará más cerca de esa persona que es usted mismo pero en una versión mejorada.

Patrick Leigh Fermor, una aventura, Artemis CooperPatrick Leigh Fermor, una aventura, Artemis Cooper (RBA, 2013)

Patrick Leigh Fermor (1915-2011) fue lo que se llama un hombre encantador. Hijo de una familia de clase media inglesa (su padre estuvo destinado en la India durante largos periodos), después de repetidos fracasos académicos e influido por los libros que había leído, decidió —apoyado por su madre— emprender un viaje por Europa en 1933, cuando solo tenía 18 años. Había obtenido algunas referencias entre los amigos de la familia que le permitieron iniciar una cadena de contactos en las ciudades que tenía previsto visitar. Pero solo poseyendo una personalidad tan atractiva se puede conseguir que a cada nueva ciudad la familia que lo acoja en su casa sea más influyente y adinerada que la anterior. El joven Leigh Fermor terminó alojándose en las más grandes casas señoriales del continente y relacionándose con las mejores familias de aquellos años. A “Paddy”, como le conocían los amigos, le gustaba, le interesaba y quería aprenderlo todo. Todo lo nuevo —ya fueran idiomas, costumbres, poesías o canciones populares— era divertido. Y todo lo que experimentaba lo enriquecía. Y así lo consignó en sus cuadernos o en los libros de viajes que luego publicó con títulos como El tiempo de los regalos o Entre los bosques y el agua. (Recientemente publicados en un solo volumen por RBA Editores). Pero lo mejor que tenía Paddy era la alegría. Esa cualidad, que tan bien describe Artemis Cooper en esta biografía, le permitió ganarse la confianza y la amistad de condes húngaros, princesas rumanas y militares griegos.

La autora, esposa del conocido historiador Anthony Beevor, ilustra con detalle pero sin aburrir sobre las circunstancias sociales y políticas que rodearon el largo periplo, de más de dos años, que comenzó en Holanda y terminó en Grecia. El valor de este libro reside, entre otras cosas, en que no solo cuenta lo bueno. También nos relata otras cosas que humanizan la figura del protagonista. Por ejemplo, que no siempre fue bien acogido por sus anfitriones: Paddy, ya en su juventud, era un heavy drinker (muy bebedor) y sus sábanas, con frecuencia, amanecían con agujeros producidos por los cigarros con los que se iba a dormir. Más de una vez los dueños de aquellos castillos centroeuropeos desearon su marcha.

Los libros de Leigh Fermor eran escritos, como es natural, tiempo después de haber ocurrido sus aventuras. Por eso su autor podía, en función de las circunstancias históricas, decorar los hechos y presentarse como una persona mejor —más patriota, más socialmente sensible— de la que en realidad era. Esta biografía, como decimos, destapa los claroscuros que toda persona tiene. Uno de los fragmentos más divertidos del libro, en referencia a lo anterior, es aquel en que se relata una entrevista en televisión que tiempo después de la Segunda Guerra Mundial —durante la cual Paddy fue miembro del servicio de inteligencia británico— le hicieron a él y a uno de sus compañeros:

Años más tarde, en un programa de televisión en el que participaron ambos, Van der Port recordó el momento en que recibieron la noticia de que Francia había caído [bajo el poder nazi]. Una noticia que conmocionó y consternó a todos, explicó Van der Post. A todos menos a Paddy, pues «en aquel momento se encontraba escribiendo un poema sobre un estanque de peces en los Cárpatos y no prestó ninguna atención al asunto hasta haber dado fin a su poesía». Algo incómodo, Paddy alegó que «de todos modos, después de eso estuve muy abatido».

Leigh Fermor, sin embargo, destacó por sus acciones durante la guerra. Luego viajó por todo el Caribe y otras partes del mundo. Pero siempre se sintió especialmente vinculado con Rumanía, Grecia y Turquía. Además de escribir libros de viajes y de historia colaboró con el cine. Especialmente divertido es el episodio (pág. 401 y ss.) de su encuentro en África con John Huston y Errol Flynn para el rodaje de una película. Leigh Fermor tenía que hacer el guión adaptando la novela Las raíces del cielo. Houston, que no había podido cazar su elefante durante el rodaje de La reina de África, estaba empeñado en hacerlo en aquella ocasión. Reguémoslo todo con abundante whisky, al que todos en aquel rodaje eran aficionados, y…

La biografía del último de los grandes aventureros. Un hombre que fascinado por el viaje, como lo estuvieron Bruce Chatwin y Ryszard Kapuściński —cuando se viajaba de verdad, no como ahora que ya solo se hace turismo— vivió los momentos más interesantes del siglo XX y, para nuestra suerte, los contó.

La muerte del padre, Karl Ove KnausgårdLa muerte del padre, Karl Ove Knausgård (Anagrama, 2013)

Las primeras cinco páginas de este libro están dedicadas a una reflexión sobre la muerte. No es agradable comenzar un libro leyendo, por ejemplo, cómo las bacterias y otros “representantes de lo muerto” avanzan sin oposición apoderándose del cuerpo sin vida con el objetivo de descomponer lo que queda de aquello que un día fue una persona. En la página 15 aparecen los personajes. Pero las cosas que les ocurren son tan anodinas que el texto se me hace aburrido y comienzo a leer en diagonal. No abandono el libro porque se trata —como he leído en varias reseñas— de la primera parte (de 6) de Mi lucha, lo que ha sido el relato de la vida al completo (infancia, juventud y madurez) del autor, Karl Ove Knausgård (Noruega 1968). A mí, estos ejercicios autobiográficos, cuando se hacen por extenso, me interesan y tengo comprobado que un poco de dificultad al comienzo puede traer en ocasiones una gran recompensa. Adivino, además, que en la novela puede haber algo más cuando, gracias a la buena prosa del autor, percibo destellos de calidad. El libro comienza a remontar. Conforme va avanzando la novela me doy cuenta de que lo que en principio parecía un dietario en el que solo se apuntan un montón de tareas y actividades sin importancia, se está transformando poco a poco en una subyugante —por lo que tiene de profundo y honesto análisis psicológico— novela sobre el yo. Ya no es que no pueda dejar el libro, sino que me veo obligada a volver a leer —esta vez palabra por palabra— aquellas páginas que despaché con una breve ojeada.

El narrador, que se llama como el autor, va a contar en primera persona cómo descubre el sexo, la primera vez que se emborracha, cómo sufre cuando su padre o su hermano se burlan de él, su relación con el suicidio (Noruega es uno de los países con mayor índice de suicidios del mundo)… Las inseguridades, los miedos y las peleas con uno mismo para hacerse —mejor o peor— como persona son relatados con minuciosidad. Es imposible no verse reflejado a uno mismo en muchas o en casi todas las cosas que Knausgård cuenta que le pasan por la cabeza. Este libro es un buen ejemplo de cómo la buena literatura permite al lector conocerse a través del conocimiento del otro.

La introspección, la capacidad para analizar lo que ocurre dentro de nuestra mente, para escrutar nuestros sentimientos, es más común de lo que parece. Lo que no es tan habitual es la habilidad para poner ese análisis por escrito consiguiendo, además, que el lector lo entienda. Menos si ese estudio interior ha sido minucioso y profundo.

Todo lo que era sólido, Antonio Muñoz MolinaTodo lo que era sólido, Antonio Muñoz Molina (Seix Barral, 2013)

A una persona bien informada el contenido de este ensayo de Antonio Muñoz Molina (último Premio Príncipe de Asturias de las Letras) le va a sonar familiar. Quien durante los últimos 30 años ha leído el periódico a diario no se va sorprender ante los ejemplos de la desfachatez de algunos políticos, del sectarismo de los medios de comunicación, de la falta de compromiso real con la sociedad de la gran mayoría de los intelectuales y de la incompetencia de muchos funcionarios. Uno a uno los casos que cuenta Antonio Muñoz Molina son de sobra conocidos o muy similares a otros de los que ya teníamos noticia. Pero recogidos en un solo libro y acompañados de las reflexiones de su autor permiten entender cómo ha sido posible que España, el mejor ejemplo, hasta hace poco, de transición a la democracia, el país que estuvo a punto de ser la octava potencia mundial, se encuentre hoy inmerso en esta larga, terrible y temible crisis económica e institucional.

Este libro denuncia las mentiras que nos han contado y la facilidad con que nos las hemos creído, pero también lo horteras que en general hemos sido los españoles durante estos años. Hemos actuado —convencidos de ser merecedores de lo mejor— como nuevos ricos y el autor lo demuestra en sus páginas.

Se trata de un libro incómodo porque nos señala con el dedo a todos y cada uno de nosotros (Antonio Muñoz Molina también se recrimina a sí mismo por no haber actuado como debía). Todos tenemos la culpa de lo que ha ocurrido. Unos más y otros menos; Unos hemos pecado por acción y otros por omisión. Pero solo si somos capaces de reconocer nuestras faltas, podremos empezar a arreglar todo lo que se ha roto, aquello que era sólido. Porque España merece la pena (esto también se argumenta en el ensayo). Si usted se considera una persona honesta, debe leer este libro.

La banda que escribía torcido, Marc WeingartenLa banda que escribía torcido, Marc Weingarten (Libros del K.O. 2013)

En 1998, con el título de Easy Riders, Raging Bulls (Moteros tranquilos, toros salvajes, Anagrama 2004) y el subtítulo de “Cómo la generación del Sexo-Drogas-y- Rock-‘n’-Roll salvó Hollywood”, el periodista Peter Biskind nos contó la historia de los comienzos en el cine de un grupo de jóvenes (Scorsese, Coppola , Spielberg, Hopper, De Niro, Pacino, Nicholson,…). En aquel libro se levantaba acta de la especial confluencia de genios —y de cómo rompieron con los esquemas de la industria que se produjo en los años 70 en la meca del cine. No es fácil que coincidan en el tiempo, en la misma actividad y en el mismo país tantos talentos artísticos. Por eso aquel libro.

Algo parecido ocurrió a finales de los 60 y principios de los 70 pero en el mundo del periodismo. Tom Wolfe, Gay Talese, Hunter S. Thompson, Joan Didion, Jimmy Breslin John Sack, Michael Herr con la incorporación de veteranos como Norman Mailer y Truman Capote se sacaron de la manga una nueva forma de escribir, de contar. Lo que se llamó el nuevo periodismo.

Marc Weingarten (editor, escritor y periodista) publicó en 2005 The Gang That Wouldn´t Write Straight, que ha sido publicado ahora en castellano por Libros del K.O. con el título de La Banda que Escribía Torcido. El título en inglés tiene mucho sentido porque «straight» significa derecho. Pero también correcto, en orden; como Dios manda, al fin y al cabo. Y tiene miga porque los ortodoxos del periodismo y la literatura se hartaron de criticar a estos, entonces, principiantes. Los periodistas veteranos los acusaban de no limitarse a destacar lo que era noticia, de andarse por las ramas. Y los literatos les echaban en cara no escribir narrativa respetando las reglas del género.

En la página 154 se explica con claridad qué era lo que hacían:

Los datos más destacados de un suceso no eran prioritarios para Wolfe, aunque siempre los tuvo presentes; la idea consistía en construir la escena con una suma de detalles que otros periodistas podían considerar tangenciales, pero que en realidad eran cruciales de cara al evento en cuestión, y también de cara a la meticulosa puesta en escena de Wolfe. «Lo aprendí de Gay Talese, todo un maestro a la hora de describir un suceso dándole esos pequeños detalles a través de los cuales cobraban vida las grandes cuestiones», dijo Wolfe. «Todo lo que tenías que hacer era estar allí, pasar el rato».

«Pasar el rato».

En las páginas de este libro se enterarán, por ejemplo, de cómo se fundó la revista Esquire; de hasta dónde llegó la relación de Hunter S. Thompson con los Ángeles del Infierno o de cómo fue de sangrienta la batalla (máquinas de escribir en mano) que se libró en 1967 entre los redactores del semanario The New Yorker y el suplemento dominical del rotativo New York Herald Tribune, donde militaba más que escribía Tom Wolfe. ¿Sabían que Truman Capote, durante los seis años que duró su investigación sobre el asesinato del granjero Herbert Clustter, su esposa y dos de sus hijos (lo que dio fruto a su libro A sangre fría), no utilizó nunca una grabadora ni tomó notas en cuaderno alguno? Al llegar la tarde, en su hotel, escribía todo lo que había conocido ese día, utilizando solo la memoria. En 1966 en una entrevista para la revista Life dijo:

Si anotas o grabas lo que la gente dice, los inhibes e intimidas. Solo logras que te digan lo que ellos creen que tú esperas escuchar.

El sentido de un final, de Julián BarnesEl sentido de un final, de Julián Barnes (Anagrama, 2012)

Julian Barnes (Leicester, 1946) forma con Ian McEwan y Martin Amis la santísima trinidad de las letras británicas de los últimos 30  años. En esta su décimo primera novela —que fue merecedora del premio Man Booker de 2011— vuelve a profundizar con su maestría de siempre (como ya hizo, por ejemplo, en Hablando del asunto y Amor, etc.) en los vínculos y las incoherencias de los seres humanos. Un asunto que, por suerte o por desgracia, no se agotará nunca.

En la página 68 el autor hace pensar a Tony Webster lo siguiente: “Si había una mujer en todo el mundo de la que un hombre podía enamorarse y seguir pensando que la vida no merecía la pena, esa mujer era Verónica”. El hombre enamorado es Adrian Finn y se ha suicidado. Este hecho lleva a lo que parece un detallado análisis —en busca de respuestas— de las relaciones que durante la infancia y juventud se establecieron entre cuatro amigos. Verónica —antes de su relación con Adrian— había sido novia de Tony. Este último, que además es el narrador de la novela, conoció a la familia de Verónica y ha sacado con posterioridad algunas conclusiones. Sin tener pruebas fehacientes ha deducido de las actitudes de su exnovia que durante su infancia pudo vivir ciertas situaciones desagradables. De ese modo Tony se explica parte de lo ocurrido.

En la segunda parte —40 años después— la madre de Verónica lega a Tony 500 libras y los diarios de Adrian. Pero Verónica no quiere entregarle el manuscrito. En la disputa por el texto se van a producir situaciones que nos permiten comprobar —así nos lo hace ver el autor— cómo somos de mentirosos al recordar nuestro propio pasado. A través de Tony vamos a entrar en la máquina de fabricar recuerdos dulcificados o de eliminar aquello que no nos interesa que suele ser la memoria.

Todo esto sirve al narrador (al autor) para reflexionar —sin enrollarse, la novela solo tiene 186 páginas— sobre lo difícil que es llegar a obtener una idea clara de lo ocurrido en el pasado.

La historia y los historiadores. La imposibilidad de una objetividad inmaculada. Hechos contra recuerdos. La verdad. ¿Qué verdad? La verdad de quién.

Un fragmento para terminar:

Pero el tiempo… el tiempo primero nos encalla y después nos confunde. Creíamos ser maduros cuando lo único que hacíamos es estar a salvo. Pensábamos que éramos responsables pero solo éramos cobardes. Lo que llamábamos realismo resultó ser una manera de evitar las cosas en lugar de afrontarlas. El tiempo… que nos den tiempo suficiente y nuestras decisiones más sólidas parecerán temblorosas, nuestras certezas fantasiosas. (Pág. 120).

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7 comentarios

  1. Y además después de la biografía de Paddy Leigh Fermor, lo suyo es continuar con «El tiempo de los regalos», «Entre los bosques y el agua» , «Mani» o cualquiera de los maravillosos libros de viajes que escribió.

  2. Pepe Ramírez

    Espléndido último párrafo. No como oasis en el texto, sino como guinda de éste.

  3. Armand d'Hubert

    El de Leigh Fermor caerá pronto. Estoy acabando Entre los bosques y el agua. No estoy de acuerdo con Dalia, creo que el orden es leer primero los comentados y luego la biografía, porque si no pierden parte del encanto, que es uno de los valores de esos dos libros.

  4. Armand d'Hubert

    Y un detalle, se dice «Los libros de Leigh Fermor eran escritos, como es natural, tiempo después de haber ocurrido sus aventuras.» La historia que relata en el Tiempo de los Regalos y Entre los bosques y el agua ocurrión entre 1933 y 1934, cuando estaba apunto de entrar en la veintena. Los libros los escribió cuando tenía los sesenta. Ése «tiempo después» obvía del porqué los relatos son tan maravillosos, la mezcla de los diarios de juventud y el tratamiento en perspectiva de una persona más que madura.

  5. Otro Rector

    Estupendo artículo. Permítaseme solo un comentario pedante. No se debe decir «décimo primera» sino «undécima». Es una chorrada que no desmerece el artículo, pero que yo apunto.

    • mayerclick

      ¿Y por qué no se debe decir décimo primera (o decimoprimera; ambas son igualmente correctas)? Es exactamente lo mismo que undécima.

  6. Me apunto el libro de Knausgárd. Todo ese asunto de la muerte y sus muertos, resulta siempre interesante. La descomposición y el tiempo, buena cosa para rellenar páginas y más páginas.

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