World War Z: sudor y lágrimas

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Guilty pleasure. Así, en la bisectriz del disfrute y culpabilidad, es como se definen las películas como World War Z, en las que uno pone la lógica cartesiana en stand by durante un par de horas y se deja llevar por la acción. La película, basada en la novela del mismo título, plantea la zombificación a escala planetaria en formato virus, como si de una gripe aviar se tratara. La diferencia es que, de momento, los enfermos de H1N1 no se convierten en muertos vivientes sedientos de sangre.

Sangre. Quizá la palabra clave al hablar de World War Z. Porque en la película hay sudor y lágrimas, pero la sangre brilla por su ausencia. Extraño, porque una película de zombis, como una de guerra, se supone un espectáculo para mayores de edad. Pues bien, WWZ es PG-13, lo que en España se conoce como “no recomendada para menores de 13 años”, una categoría inventada por Steven Spielberg y la MPAA (el organismo que se ocupa del tema en EE. UU.) para evitar que la violencia de películas como Indiana Jones y el Templo Maldito o Gremlins impida al público adolescente ir a verlas. Público adolescente que, en aquel momento y todavía hoy, es el público más rentable para las majors de Hollywood. Para que se hagan a la idea, una clasificación R en Estados Unidos (los menores de 17 años tienen que ir con un adulto) supone dejarse por el camino entre un tercio y la mitad del dinero de la taquilla.

El problema del PG-13 es que, a base de que los productores busquen como sea que las películas quepan en esa etiqueta, muchas se acaban diluyendo en lo políticamente correcto para no ofender al censor. Es por eso que, sin ir más lejos, Bruce Willis no llegaba a completar su “yipee ki-yay, motherfucker” en La Jungla 4.0. En cambio en la última Jungla, estrenada este año con la calificación R, John McClane lograba soltar su frase al malo de turno. El resultado, 79 millones de dólares menos recaudados (teniendo en cuenta que ambas son infinitamente inferiores a las tres anteriores Junglas). En World War Z se cortan miembros, se muerden caras, se ejecuta a multitudes, pero todo ello sucede fuera de plano para no herir la sensibilidad del espectador de entre 13 y 18 años.

Por lo demás, poca cosa. La certitud de que a Brad Pitt finalmente empieza a vérsele la edad. Pitt, productor de la cinta a través de su productora Plan B, pasó el rodaje sin dirigir la palabra al director que él mismo aprobó, el alemán Marc Forster. Que a Forster le vienen grande el traje talla blockbuster estaba bastante claro después de aquel desastroso 007 que fue Quantum of Solace. Aquí vuelve a hacer un ejercicio de falta de personalidad como si de Brett Ratner se tratara. Y luego están los zombis, que desde la perspectiva de quien solo se ha acercado al género con la excelente novela El Cuarto Jinete (Víctor Blázquez, 2012), parecen los primos descerebrados de los Uruk-hai de El Señor de los Anillos.

Lamentablemente, una vez más la apuesta por lo políticamente correcto vuelve a dar resultado: World War Z lleva recaudados casi 300 millones de dólares, más que suficiente para que Pitt y la Paramount ya hayan anunciado su intención de hacer una trilogía. A base de sudor y lágrimas.

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34 comentarios

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