Los hermanos Mael, Bergman, Garbo y un gilipollas del Medio Oeste

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Fotografía de  Andy Sturmey.
Fotografía de Andy Sturmey.

Sparks tocará en España a comienzos de diciembre

El año es 1956 y el lugar es Estocolmo, aunque quizá no lo sea. Ingmar Bergman acaba de ser galardonado en Cannes por Sonrisas de una noche de verano. El genio sueco, llevado de un extraño deseo que ni él mismo sabe explicar («quizás la necesidad de hacer algo… muy poco Ingmar Bergman», aventurará más tarde) entra en un cine para adocenarse en la visión de la clásica película de acción americana, un artefacto de puro escapismo.

Cuando sale del cine, Bergman no reconoce la calle donde el cine estaba ubicado. No es la calle de Estocolmo que él esperaba encontrar a la salida. Antes de que su perplejidad pueda convertirse en horror, una enorme limusina se detiene a su altura. El conductor del vehículo se apea y cordialmente abre la puerta para que suba. La convicción del conductor y su propio estupor parecen anular su voluntad, y Bergman obedece.

—Señor Bergman, bienvenido a Hollywood.

En pocos minutos, se encontrará en presencia de los altos ejecutivos de un importante estudio, quienes le propondrán desarrollar el resto de su carrera en la meca del cine. A partir de ese momento, si se decide a dar el paso, Bergman contará con presupuestos con los que jamás habría soñado, así como con grandes estrellas del celuloide, a su completa disposición. Sin embargo, aceptar la propuesta traería consigo también sacrificar buena parte de su integridad artística, vender su alma al diablo del glamour y la frivolidad. Bergman duda, y su duda (como cada cosa en que se implica el gran creador) está atravesada de tormento.

Por mi parte, no llegué a Hollywood ni a Los Ángeles a bordo de ninguna limusina, sino a través de un vuelo de British Airways operado por Iberia que me llevó a Nueva York, y de otro de British Airways operado por Iberia (pero en realidad operado por American Airlines) que de Nueva York me trasladó a la gran urbe californiana. Cuál de los dos traslados (el de Bergman o el mío propio) comporta mayores dosis de misterio y alquimia no es algo que corresponda dilucidar aquí. Sí estoy seguro de haber compartido con Bergman una cierta sensación de irrealidad: la suya, al embarcar en la limusina mágica; la mía, al verme frente a frente con el poseedor de la voz que más veces he escuchado sonar en mi aparato de música en los últimos tres años: Russell Mael. Uno no piensa que puedan suceder estas cosas ni aun cuando ha acordado verse con Russell en una cafetería a través del muy verificable sistema del correo electrónico, y no obstante suceden. Su hermano Ron está a punto de llegar también, según anuncia Russell. Ron y Russell Mael —conocidos para el mundo de la música como Sparks— son los creadores de La seducción de Ingmar Bergman, una fantasía musical cuyo argumento acabo de sintetizar y que pronto se convertirá en una película dirigida por el prestigioso director canadiense Guy Maddin. Para hablar de este proyecto me encuentro con Ron y Russell en esta cafetería de Westwood, a veinte minutos en coche del mismo Hollywood donde Ingmar Bergman, en la aventura alumbrada por Ron, será tentado por la industria cinematográfica más poderosa del planeta.

Cuando vuelvo con los cafés que he insistido en traer desde la barra («Dos capuchinos, uno con desnatada y otro con leche de soja, por favor»), Ron está ya sentado junto a Russell, bajo una sombrilla, en el recoleto patio del establecimiento.

—¿Quién soja y quién desnatada, por favor?

—Qué buen servicio —exclama Ron, extendiendo su mano y una sonrisa llena de sorna. Es una forma lo suficientemente desenfadada y cool de conocer a un hombre que representa la esencia misma de todo lo que tiene que ver con lo cool. Yo sé (y no digo «yo creo», digo «yo sé») que bajo ese sombrero blanco se esconde una de las grandes mentes que ha dado eso que damos en llamar pop o rock. Yo, como muchos otros, sé que este compositor está ahí arriba con Cohen, Dylan, Springsteen o Simon, con un inconveniente que le ha restado reconocimiento generalizado: sus letras no propenden a la introspección más grave ni reflejan la coyuntura socioeconómica a través de angustias generacionales, sino que están iluminadas por el diablo risueño de la ligereza, la gracia, la elegancia. Me encuentro frente a frente con Ron Mael y observo que su icónico bigote se encuentra ahora reducido a la mínima expresión pero gloriosamente presente, tan solo una finísima fila de puntos negros sobre el labio superior. «One hundred hairs make a man», canta Ron por boca de su hermano Russell en la emblemática «Moustache» (Angst in my pants, 1982). Durante el desarrollo de la entrevista tengo ocasión de ir contándolos y me salen cien, sí. Pero ni uno más. Quizá el dato refleje la política de la casa de parecerse a Sparks, pero nunca más de lo estrictamente necesario.

(Imagen cedida por Republic Media)

¿Cómo comenzó esta fascinante aventura cinematográfica por parte de uno de los grupos de pop-rock más influyentes de la historia? Russell lo explica: «Fuimos a tocar a Estocolmo en 2008. Una representante de Swedish Radio nos contactó después del concierto. No tenía un conocimiento muy extenso de nuestra obra, pero se había quedado maravillada con el espectáculo. Permanecimos al habla, y unos cuantos meses después nos encargaron la composición de un drama musical. Se nos dio libertad en lo que respecta al tema de dicho drama, pero considerando que se trataba de la Radio Nacional Sueca indicaron que ayudaría si dicho tema tuviera algo que ver con Suecia. Ron tuvo esta idea de introducir a Ingmar Bergman en una trama a resultas de la cual el genio sueco es mágicamente transportado hasta Hollywood, donde se le ofrece la posibilidad de desarrollar toda su carrera allí. Una fantasía donde tiene la opción de tener éxito en la meca del cine como con anterioridad hicieron otros grandes directores europeos (Hitchcock, Wilder,…)».

¿Y en qué momento del proceso se decidió que lo que había comenzado como un producto radiofónico tomaría forma cinematográfica? Ron toma la palabra: «Al principio no se nos ocurrió que la idea de esta composición musical terminaría evolucionando hasta convertirse en una película. Pero imagino que era inevitable que gradualmente, dentro de nuestras cabezas, comenzáramos a traducir la música en imágenes. Así que tal vez no al principio, pero no mucho después del comienzo la cosa se convirtió en algo visual. Siempre hemos sido grandes cinéfilos. En nuestra época de universidad siempre íbamos a ver películas de Bergman. Por entonces estaba de moda que los jóvenes disfrutaran con un cine más intelectual, más artístico. Por desgracia hoy en día, al menos en Estados Unidos, parece que este tipo de cine solo es seguido por septuagenarios. Es una pena. Pero dejando eso a un lado, la verdad es que siempre amamos al cineasta sueco. Este encargo se convirtió en una gran ocasión para hacer algo a través de lo cual pudiésemos rendirle tributo».

Solo les dieron siete meses para trabajar en la música, un periodo de tiempo mucho más corto del habitual en sus producciones. El estreno de este drama musical consistió en una retransmisión a través de la radio sueca, mientras una presentación en directo tenía lugar en un teatro de Estocolmo. «Era la antítesis del cine», rememora Ron. «Fue extraño. Mientras lo retransmitían por la radio, tanto el público como nosotros presenciábamos un escenario donde no había nada, excepto una gran pantalla que mostraba una foto de Bergman. Estamos acostumbrados a estar delante de la audiencia intentando animarles mientras tocamos, y ahora nos encontrábamos en la situación opuesta: allí nos tenías, sentados en ese palco mirando fijamente esa instantánea de Bergman y escuchando la música que habíamos compuesto sin poder hacer otra cosa que esperar que a aquella gente le gustara. Fue una experiencia aterradora. ¡Pero les encantó! Y aunque se trató de una representación completamente anti-visual, muchos asistentes confesaron haberse pasado la representación traduciendo la música en imágenes. Así que, aunque todavía no lo veíamos como una película, muy pronto entendimos el potencial visual de esta pieza».

En 2011, una más elaborada representación de la obra tuvo lugar en un teatro de Los Ángeles, con ocasión del Festival de Cine de la ciudad. Fue en ese momento donde Sparks trabajó por primera vez con Guy Maddin, director canadiense fervientemente admirado por los hermanos Mael y que resultó ser, asimismo, un gran fan de Sparks. Maddin fue el responsable escénico de esta representación en Los Ángeles, pero sus caminos estaban destinados a trascender esta colaboración ocasional y unirse en la ambición de llevar La seducción de Ingmar Bergman a la gran pantalla. Tanto Russell como Ron tuvieron claro desde el principio que Maddin, cuyo estilo ha sido comparado con el de David Lynch, y cuya capacidad para recrear el estilo y la textura del cine en blanco y negro le ha convertido en un autor de culto, era el indicado para dirigir La seducción…

«Es extraordinario» comenta Russell, simplemente. «Y la idea de aplicar su estética a este material nos emociona. Guy respondió con entusiasmo a nuestro acercamiento para este proyecto, lo cual es muy gratificante. Al principio pensamos: bueno, quizás sea un gran seguidor nuestro, pero eso no implica que quiera invertir su tiempo y su energía en este material. Temíamos eso porque él siempre escribe sus propios guiones. Así que nos animó mucho el ver que estaba deseando trabajar en una historia que no era de su cosecha, como es lo habitual, sino de la nuestra».

«Acabamos de volver de Cannes, donde las cosas nos fueron muy bien», añade Russell refiriéndose al estado actual del proyecto. «Tenemos dos productoras que van a apostar en el proyecto con nosotros, y están seguros de que podrán anunciar las fechas del rodaje en la reunión del American Film Market que tiene lugar en noviembre en Los Ángeles. Están convencidos de que todo habrá encajado para entonces. Tenemos casi todos los fondos (una gran parte viene de Suecia, lo que tiene mucho sentido), tenemos nuestro director (Guy Maddin) y una gran parte del reparto. El actor principal será Peter Franzen, el actor más conocido de Finlandia. Le conocimos porque el actor sueco que interpreta a Bergman en el disco no estaba disponible para la representación de Los Ángeles. Resulta que nos encantó su trabajo, así que interpretará a Bergman en la película. La música será parcialmente regrabada. De hecho, la música se va a ampliar. Hay una nueva escena que Ron ha compuesto para Jason Schwartzman, que es un gran fan de Sparks y de este proyecto, en el cual ha querido estar presente desde el principio. Cuando Bergman está agotado de tanto esquivar el acoso de toda la gente que le tortura en Hollywood, y se encuentra en el lobby del hotel pensando que va a disfrutar al fin un momento de tranquilidad, el personaje interpretado por Schwartzman aparece y le canta una canción llamada «Smiles of a summer night», animando a todos los presentes en el hotel a unirse al cántico en homenaje a Bergman, lo que por supuesto es la última cosa en este mundo que Bergman quiere. Es un gran placer poder contar también con Jason en esta aventura», subraya Russell.

(Imagen cedida por Republic Media)

Además de Schwartzman y Franzen, en esta película sobre películas concebida por un grupo de música hay por supuesto otros personajes. En la versión del CD los propios Sparks interpretan (cantan) algunos de ellos. ¿Actuarán en el film?

Ron: «Probablemente haremos los mismos papeles que hacemos en el disco. De esta forma, yo interpretaré al conductor de la limusina que transporta a Bergman milagrosamente hasta Hollywood. He escogido cuidadosamente el verbo interpretar y no el de cantar, que sería demasiado generoso para mí».

Ron no se toma muy en serio sus dotes de cantante. De hecho, después de veintitrés álbumes y cuatro décadas de carrera, La seducción de Ingmar Bergman es el primer disco de Sparks en el que le oímos cantar (sí le oímos hablar en discos previos), dejando normalmente esta tarea a Russell, y se comprende: Russell es, sencillamente, una de las mejores voces en la historia de la música pop. Mucho se ha escrito sobre su famoso falsete, uno de los más distintivos de la música contemporánea (tomemos como ejemplo el célebre «This town ain´t big enough for both of us»), pero sus méritos como cantante van mucho más allá de su falsete. De otro modo, no habría podido adaptarse a los múltiples cambios de estilo y género descritos por la banda a través de los años: desde el glam-rock («Kimono my house») a la música de baile («Music that you can dance to», «Balls») pasando por el pop de cámara («Li´l Beethoven», «Hello, young lovers»). La banda sonora de La seducción… lo muestra en plena forma, brindando sus privilegiadas cuerdas vocales a nada menos que cuatro personajes distintos.

«Bueno, en la película no haré tantos papeles como hago en el disco. Interpretaré a Gerald Geoffrey Wise, el jefe del estudio, el hombre que trata personalmente de seducir a Bergman con los encantos de Hollywood. Y probablemente interprete también al tipo que dirige los cánticos al final, cuando Bergman está gloriosamente de vuelta en Estocolmo. De momento, Maddin y los productores parecen tener mucha confianza en nuestras habilidades interpretativas».

Por supuesto, no es esta la primera ocasión en que Sparks se aproxima al mundo del cine. Solo la muerte de Jaques Tati impidió, en los setenta, que fructificara una colaboración con el genio francés destinada a cristalizar en un film llamado Confusion (la canción del mismo título, incluida en el álbum Big beat, quedó para la posteridad como señuelo de este anhelo truncado). Y mucho se habló, en los noventa, del interés de Tim Burton en la adaptación musical de un cómic manga donde los Mael también estaban implicados. Si bien ninguno de estos proyectos llegó a buen puerto, la música de Sparks puede oírse en películas diametralmente alejadas en tiempo y registro, desde Valley girl (de cuya banda sonora formaba parte la impagable «Eaten by the monster of love», donde el ingenio de la letra de Ron emula más que nunca al de su ídolo Cole Porter) hasta Holy motors de Leo Carax, uno de los grandes títulos de la temporada pasada, en la que «How are you getting home» sonaba en el coche de Denis Lavant en el más apropiado de los momentos.

Ron: «Siempre hemos soñado con hacer un musical, especialmente uno en el que no sigamos necesariamente los estándares habituales en los musicales de Hollywood. Encontrarnos en la posición en la que estamos, con un director cuya obra adoramos, y con unos productores que nos apoyan sin ningún tipo de remilgos, es maravilloso. Curiosamente, estamos encontrando mucha más libertad en esta aventura cinematográfica que en otros capítulos de nuestra carrera musical, incluso aunque trabajamos con presupuestos mucho más grandes de lo habitual. Así que no vamos a quejarnos».

La libertad artística es, por cierto, uno de los ejes centrales de La seducción de Ingmar Bergman. Cabe preguntarse si, habiendo como hay en toda fantasía una lectura autobiográfica, no habrá aquí un eco de la libertad e independencia obsesivamente perseguida por Ron y Russell a lo largo de su carrera, y si los esfuerzos que Bergman lleva a cabo en esta historia para sortear las presiones de la industria cinematográfica, obstinada en hacerle renunciar a su integridad, no serán un eco de las sufridas por ellos mismos por parte de una industria musical que suele favorecer la estandarización y penalizar la originalidad.

Ron admite: «No fue una idea consciente. No tuvimos la pretensión de escribir una historia que reflejara la historia de Sparks, pero después de hacerlo pensamos: Caramba, esto suena familiar. Así que, de un modo subconsciente, imagino que la analogía estaba presente».

¿Y cuándo en su carrera sintieron específicamente la presión de la industria musical para hacerse mainstream, en lugar de seguir su propio camino personal como artistas?

(Imagen cedida por Republic Media)

Russell: «Cuando estábamos con Island, publicamos consecutivamente tres discos muy exitosos: Kimono My House, Propaganda e Indiscreet. Y no mucho tiempo después, hicimos Number One in Heaven (con Giorgio Moroder como productor), un álbum en el que seguimos una ruta completamente diferente, intentado evitar repetirnos pese a que los formatos usados en los álbumes precedentes habían funcionado a la perfección. Básicamente dejamos fuera batería, guitarra y bajo, y decidimos trabajar con sintetizadores, solo nosotros dos, sin músicos adicionales. Era algo muy atrevido y arriesgado por entonces, radicalmente novedoso. Ese fue un momento en el que tuvimos algo de presión. Era como: “¿cómo podéis hacer eso?”, “eso no es rock & roll”, “os estáis traicionando a vosotros mismos”, “no podéis ser un grupo con solo dos personas”… Tuvimos que aguantar eso antes de salirnos con la nuestra. Llevamos a cabo este movimiento obedeciendo nuestro instinto, y no siguiendo ningún tipo de criterio comercial marcado por la industria».

La versión de Ron es ligeramente más sutil: «No fue una presión directa, pero sabíamos que sería polémico, y en ese sentido sentimos la presión. No hubo una reunión en la que nos amenazaran en el modo en que Bergman llega a ser amenazado en la trama que hemos ideado. Simplemente sentimos que dejar el clásico formato de banda podía ser peligroso. Afortunadamente salió muy bien». Desde luego que sí. Number One in Heaven es un álbum emblemático, un punto de inflexión en la historia del pop, la invención del formato del dúo electrónico.

Russell: «El hecho de que años después aquel álbum haya sido reconsiderado como algo que cambió el rostro de la música pop, y cimentó el camino a seguir por otras bandas (Erasure, Pet Shop Boys, etc.), demostró que los críticos se equivocaban. El público fue por delante de la respuesta de los críticos. Y el caso es que en momentos posteriores de nuestra carrera volvimos a la clásica formación con batería, bajo y guitarra. Intentamos no ser predecibles. Es bastante esquizofrénico», se ríe Russell.

Hay en La seducción… infinidad de detalles admirables. Uno de ellos es la elección del momento en el que la fantasía concebida por Ron tiene lugar. Se trata del año 1956, cuando Bergman acaba de obtener en Cannes un sonoro éxito por Sonrisas de una noche de verano. Podía haber sido elegido cualquier otro momento en la vida del cineasta. Pero Ron se decanta por este. Funciona de maravilla.

Ron explica: «Ese evento (Cannes, 1956) sonaba como el momento adecuado para situar la acción. Fue como un dispositivo que nos servía para empezarlo todo. Ese premio en Cannes fue un gran progreso para Bergman, así que probablemente estaba en un estado mental caracterizado por un hipotético nivel de aceptación de lo que (en nuestra fantasía) estaba a punto de sucederle, en el sentido de obtener una mayor audiencia y reconocimiento. Pero lo llevamos al extremo, situándole ante un dilema de proporciones faustianas, donde debe decidir hasta qué punto está dispuesto a vender su alma, decidir si debe o no cercenar su propia creatividad como artista, ceder al vil metal. Tuvimos que elegir un momento de su vida en el que alguien tan fuerte e inflexible como Bergman pudiera realmente estar tentado a ceder. Si ese momento existió alguna vez, fue probablemente en este punto de su carrera, tras el éxito de Cannes».

Otro momento estelar es la aparición de Greta Garbo hacia el final de la película. Llamo la atención a Ron y Russell sobre un detalle: se les asignó la misión de escribir un musical sobre una figura capital de la cultura sueca, y terminaron haciendo un musical sobre dos figuras capitales de la cultura sueca. Si yo fuera Swedish Radio, estaría doblemente satisfecho.

«Ciertamente es un bonus» asiente Ron, con una sonrisa maléfica.

El papel que Garbo representa al final es salvífico: en una aparición espectral en la playa de Santa Mónica, ofrece a Bergman la solución para escapar del acoso de Hollywood. Tiene todo el sentido que sea ella (quien según la mítica canción de Ray Davies «Turned her back on stardom») quien conduzca a Bergman al final de su pesadilla. Para entonces Garbo ya estaba retirada y dos años antes, en 1954, había rechazado el Óscar honorario de la academia con el argumento de que «no quería ver a nadie». La estrella de Hollywood que más fielmente representa el rechazo al estrellato es quien obra el ensalmo de la huida de su compatriota.

Ron, de nuevo, es muy modesto al respecto: «Tuvimos mucha suerte con todos estos detalles. Parecen estar mejor pensados de lo que realmente están. Necesitábamos un catalizador a través del cual Bergman logra volver a Suecia, y pensamos: “¿sería esto llevarlo demasiado lejos?”. Pero como la acción tiene lugar en Hollywood, el escenario de tanta imaginación sublimada, decidimos que no era una situación totalmente ridícula. Tuvimos varios golpes de fortuna mientras escribíamos esto, especialmente si tienes en cuenta, otra vez, el poco tiempo que nos dieron para finalizarlo».

(Imagen cedida por Republic Media)

Los diálogos cantados de La seducción… están trufados de ingenio y vis cómica. Cito a Ron y Russell en uno de mis momentos favoritos, que ellos no dudan en celebrar al alimón.

Works of art can also work
For some Midwest creepy jerk

(Las obras de arte también pueden funcionar
para algún gilipollas del Medio Oeste)

Ron: «Es la frase que el jefe del estudio de Hollywood utiliza para intentar convencer a Bergman de que hay un terreno intermedio entre la comercialidad y la creatividad. Aparece en un momento de la trama donde sus palabras son traducidas por una intérprete sueca. No tenemos ni idea de cómo tradujeron eso al sueco. Esperamos que encaje con el tono general de la obra».

¿Están de acuerdo con esta frase del jefe del estudio? Pueden las obras de arte funcionar para un gilipollas del Medio Oeste? Ron: «No miramos a nadie por encima del hombro, ni consideramos que las masas sean idiotas, ni nos consideramos más inteligentes de lo que los demás nos consideran. Fue más una exageración que lo que realmente sentimos. Hay días en los que nos sentimos así, pero generalmente no es el caso. Si te dejas llevar por esa actitud, semejante cinismo puede paralizarte».

No hay duda de que están emocionados con el proyecto. ¿Qué es lo que más les ilusiona? Ron: «Una de las cosas que más valoramos es que Guy Maddin esté tan interesado en hacer esto. Realmente pensamos que es uno de los directores más grandes de cuantos siguen en activo».

Russell: «Este proyecto puede servir tanto a nuestros intereses como a los de Maddin, y para Maddin creo que realmente puede ser útil en el sentido de ayudarle a llegar a un público más amplio sin necesidad de vender su alma al diablo de Hollywood, como Bergman está tentado de hacer en la película».

Ron: «En The Saddest Music in the World, una de nuestras películas favoritas de Maddin, el uso de la música es formidable. Es halagador que alguien de su estatura esté tan comprometido en este proyecto, que ha aunado muchas voluntades. Todo el mundo rema en la misma dirección».

Russell: «Los productores no ven la película como un film indie o como una rareza o como una película de nicho que no verá nadie. Puede llegar a un público. Y el momento parece ser bueno. ¡Puede funcionar incluso para algunos gilipollas del Medio Oeste! Fíjate en The Artist: nadie habría esperado semejante éxito de una película muda y en blanco y negro. Odiamos cuando la gente dice: “Sí, muy bonito, pero ¿dónde está el público para esto?”. ¡El público está en todas partes!».

Sería muy fácil caer en el cliché de una banda veterana que, a pesar del tiempo transcurrido, continua hirviendo de emoción cuando habla de su nuevo proyecto. El caso de Sparks, que próximamente estará tocando en España como parte de su gira «The Revenge of Two Hands, One Mouth» transciende el lugar común, porque el tiempo transcurrido es ya más de cuatro décadas, porque son cuatro décadas del más feroz eclecticismo, porque son el único grupo de su generación del que cabe esperar cosas rabiosamente nuevas y porque (qué demonios) es verdad que hierven de emoción como principiantes cuando hablan de esta muy posible película imposible. Esta incursión en el mundo del cine no detiene la incombustible carrera musical de Sparks: como parte de su gira «The Revenge of Two Hands, One Mouth» estarán tocando en Barcelona y Madrid, respectivamente, el 6 y 7 de diciembre.

(Imagen cedida por Republic Media)

Imágenes cedidas por Republic Media.

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5 Comentarios

  1. El argumento del drama musical apenas me interesa, pero no puedo evitar sentir cierta curiosidad por escuchar la música de este proyecto. Lo que se hubiera perdido la Humanidad si no hubiéramos visto a Ingrid Thulin, Bibi Andersson, Harriet Andersson, Pernilla August, Lena Endre… a través de los ojos de Bergman.
    Me quito el sombrero ante todas ellas, ante su valentía y su inconmensurable calidad. Es tanta la admiración hacia Liv Ullmann que, si entrara en una habitación, sentiría la necesidad de levantarme. Y podría seguir con ellos, con Björnstrand, von Sydow, Josephson… Enorme Bergman y grandísimos sus actores. Hay escenas que, recordadas, me siguen poniendo los pelos de punta.

  2. ¡Yo, no solo sentiría la necesidad de levantarme si Liv Ullmann entrara en una habitación, sino que además, tendría el deseo irreprimible de proponerle sexo inmediato y salvaje!

    • Y Bergman asentiría. Yo adoro a Katharine Hepburn, flipo con Bette Davis y tengo mucho cariño a Norma Jeane, pero los ovarios que tiene Liv Ullmann… Qué clase, qué elegancia, qué grandeza…, y ese desnudo de Saraband con botellazo en el rodaje de por medio. Esperando su «Miss Julie» como agua de mayo.

      Long Live Liv!

  3. Al despistado -o aquejado de repentina urgencia- que hace un lustro colocó por equivocación el ‘Propaganda’ del dúo maravilla en la cubeta de ‘power pop’ (omitiré el nombre de la tienda), quisiera decirle: ¡¡¡ETERNAMENTE AGRADECIDO!!!
    Tu ‘ida de olla’ -y el efecto imán de la portada- me hizo descubrir a Sparks. ¡¡¡Más grandes que la Virgen de Calatayud!!!

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