Guillermo Ortiz: Cómo perder un Open Británico con cincuenta y nueve años

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Stewart Cink hace un birdie en el hoyo 18 y se va a la casa club esperanzado: nadie le va a quitar el tercer puesto en este Open Británico de 2009. Es más, si las cosas se dan bien, puede que consiga acabar segundo, depende de Westwood, y por soñar, quién sabe, igual Tom Watson se viene abajo y le regala un play-off. Complicado, en cualquier caso, porque Watson ha marcado el ritmo desde aquel 65 de la primera jornada, a solo un golpe del excelso Miguel Ángel Jiménez, y ni los cincuenta y nueve años ni la prótesis de cadera ni los veintiséis años sin ganar un grande parecen poder detenerlo.

No importa que desde el PGA de 2000, donde acabó noveno, Watson no haya estado en posición de competir, ni de lejos, por un título así… o que no haya vuelto a acercarse al nivel del excelso 1994, o al del más que decente 1997, cuando ya rozaba los cincuenta. No importa, ya digo: a lo que se enfrenta Cink no es solamente a una cuestión de juego o de probabilidades sino de historia, de narrativa. La victoria de Watson es lo correcto, lo que todo el mundo quiere contar. A sus treinta y seis años, Cink es un aspirante a Sergio García: un muy buen jugador que puede quedar entre los diez primeros de cualquier torneo, con algunas victorias sueltas y alguna oportunidad que lamentar, principalmente el US Open de 2001, pero no es un campeón, no es un ídolo. De hecho, Cink no aparecía en ningún lado en las previsiones anteriores a esta última jornada: su torneo hasta entonces había sido regular, como siempre, sin exageraciones: ocupaba la sexta plaza, empatado con Jim Furyk, a tres golpes del líder.

Tres golpes en cualquier torneo son una anécdota. Tres golpes cuando tienes a Westwood, Goosen, Fisher y Watson delante son un mundo.

Pequeños objetivos, se debió de decir Cink a sí mismo al empezar su cuarta ronda. Un hoyo y después otro hoyo y sin agobios. Para grandes estallidos y cataclismos ya está Ross Fisher, quien, con la cabeza en el parto de su esposa, hace dos birdies nada más empezar, se coloca líder y lo celebra con un cuádruple bogey que inicia una serie de errores en cadena, acabando incluso fuera de los diez primeros. Para expectativas enloquecidas las del neoprofesional Chris Wood, mejor amateur del año anterior, empatado con los líderes tras un eagle impresionante en el hoyo 7. Para historia agónica, la de Westwood, buscando en casa —si es que Escocia puede ser la casa de un inglés— su primer grande tras años y años de decepciones, y, por encima de todas estas historias, la de Tom Watson, algo nervioso al principio, más sólido después, en los hoyos donde conviene no venirse abajo, siempre al acecho de Westwood, que ha empezado a lo grande.

Treinta y dos años después del «Duelo al Sol» con Nicklaus

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El campo de Turnberry está marcado en la historia profesional de Watson desde que, treinta y dos años antes, en 1977, batiera a Jack Nicklaus en una de las mejores rondas finales de la historia del golf, el conocido como «Duelo al Sol». Ese era el tiempo de Watson y no este: luchas contra Nicklaus, Trevino, Arnold Palmer, el ya por entonces veterano Gary Player o el jovencísimo Seve Ballesteros… Su leyenda se ha forjado ahí, en Turnberry, y sobre todo en Gran Bretaña: de sus ocho victorias en grandes torneos, cinco han llegado en el Open, el más legendario de todos los que forman el Grand Slam, el que separa a los niños de los hombres.

¿Se imaginan un sexto Open? Piénsenlo bien: un hombre de cincuenta y nueve años, casi retirado de la alta competición, gana su sexto Open Británico veintiséis años después del quinto. Tiger Woods tenía ocho años por entonces, por poner un ejemplo. Sergio García tenía tres. Rory Mcllroy ni había nacido. Watson conoce el campo, conoce la presión del liderato y además cuenta con una ventaja: nadie confía en él, todos piensan que poco a poco irá cayendo, víctima del cansancio de los cuatro días.

Pero no. Wood falla en el 15 y en el 16, Westwood en el 16 y en el 17, Cink hace bogey en el 16 y un insulso par en el 17, dejándose en el camino casi todas sus opciones, y el viejo Tom ahí sigue, impertérrito: ha empezado el día con -4 y ahora está con -2, en lo alto de la clasificación. Cuando consigue el birdie en el 17 para mantener un golpe de ventaja sobre Westwood, el sueño de todo periodista deportivo, de todo aficionado a los mitos, parece servido.

Estamos en el hoyo 18 del campo de Turnberry, Escocia. Tom Watson lidera con -3, Lee Westwood le sigue con -2, igual que Stewart Cink, aunque Cink ya ha acabado con un milagroso birdie, el que celebra con entusiasmo en la casa club. Para cuando Watson pega el primer golpe del último hoyo, la culminación de este último baile que lleva camino de ser la mayor sorpresa de la historia reciente del golf, se confirma el bogey de Westwood. Ya solo un par le separa del triunfo, pero, cuidado, esto es el Open, y, si no se lo creen, que le digan a Jean Van de Velde.

El último baile de Tom Watson en un Grand Slam

Y es que, igual que Van de Velde, Watson pega un primer golpe impecable, justo en el medio de la calle. Sacar un birdie en el 18 está complicado: de los últimos veinte jugadores que han pasado por ahí solo Cink lo ha conseguido, pero desde donde está Tom, el bogey parece muy improbable. Watson mide las distancias, no deja nada al azar y decide que el Hierro 9 es el mejor palo para esa distancia. Es un palo muy ligero, para distancias muy cortas, que es exactamente lo que tiene delante. Su precisión con ese tipo de palo siempre ha sido destacable y estos cuatro días ha rayado la perfección.

De repente, atento a un pequeño cambio del viento, la típica duda del que no quiere riesgos absurdos, cambia de decisión y pasa a un Hierro 8. La distancia no es muy grande, unas diez yardas entre palo y palo. Si elige el 8 tendrá que pegar más suave. Si elige el 9 tendrá que tirar de adrenalina para hacer los metros que puedan faltar.

Solo que es el hoyo 18 de un Grand Slam y va líder.

Solo que han pasado veintiséis años, perdonen que lo repita, desde la última vez que vivió algo así.

Solo que, en esa situación, la adrenalina es incontrolable y el Hierro 8, el que finalmente ha elegido, eleva la pelota con precisión, línea recta hacia el green y la bandera. «Me gusta», dice Tom Watson mientras la pelota vuela y en el campo los aficionados, ya volcados con él porque quién es el Cink ese para impedir que puedan presumir el resto de sus vidas de haber estado ahí cuando Watson ganó a los cincuenta y nueve, gritan de entusiasmo. La pelota, sí, va en línea recta, y bota en una posición prometedora, en medio del green, pero lleva demasiada fuerza y no se para, a cada metro que avanza en la pendiente se oye un lamento desde la grada, así hasta que para en el rough, a una distancia asumible del hoyo.

No es ningún drama. El golpe es relativamente sencillo, cuesta arriba: hay que acercar la bola y dejarla a dos-tres metros como mucho y sobre todo no quedarse corto para que la bola no pueda volver hacia atrás y desandar la pendiente. Watson lo sabe y pega con fuerza, de nuevo con demasiada fuerza y poca trayectoria. La pelota queda a cuatro metros, un poco más de lo previsto. Además, el putt es cuesta abajo y la sensación es que las oportunidades van pasando. Esto no recuerda tanto a Van de Velde en 1999 como a Sergio en 2007, ese extraño presentimiento de que todo se va a joder al final.

Y se jode.

Watson pega sin confianza, la pelota nunca coge la trayectoria y Stewart Cink, el funcionario Cink, de repente se da cuenta de que tiene un play-off por jugar, un play-off en el que tiene que hacer de malo, por supuesto, pero en el que sabe que va a ganar porque su rival está agotado, no ya físicamente sino mentalmente, porque, ahora sí, la presión está sobre él, ha estado demasiado cerca como para renunciar sin más, todo el mundo quiere que el sueño, el baile, duren un poco más de tiempo. Cuatro hoyos de desempate en los que Watson simplemente no existe y Cink cumple, sin más, sin menos, sin dar opciones.

Stewart Cink, que sabe que su único Grand Slam siempre tendrá el asterisco al lado de ser «el que perdió Tom Watson». Malvado Cink. Malvado Lawrie. Watson ganó al campo por dos golpes en 72 hoyos y cedió cuatro en los cuatro finales. Fue duro de ver. Bogey en el 15, doble bogey en el 17, bogey en el 18. Cuando llega a la rueda de prensa, los periodistas no saben qué hacer con la media sonrisa del abuelo. «No sentía las piernas», dice, como si fuera un amateur, como si imitara a un mal imitador de Rambo. El silencio es absoluto. Cosas de la tristeza. Tanto que, en un momento dado, el propio Watson tiene que intervenir en aquello: «Eh, tíos, esto no es ningún funeral», dice, intentando ser optimista, pero nadie está dispuesto a creerlo.

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2 comentarios

  1. Pingback: Bitacoras.com

  2. Mediocre artículo sobre uno de los momentos más intensos de golf de las dos últimas décadas.
    De narración farragosa y alborotada no solo para los que practicamos el deporte, también para los que lo vimos en su día.
    Desconozco el criterio por el que el articulista se aventura a decir que García no es un campeón pero no será por palmarés…(otra cosa es que nos parezca antipático pero para eso ya están los sálvames).
    Artículo prescindible en mi modesta opinión.
    Saludos

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