Lo atroz sobre un tablero desolado

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Vesalius de corporis humani fabrica. DP)

El cerebro humano se ha hecho a base de atrocidades. Solo en los últimos cientos de años ha habido algunos, pocos, privilegiados, que han podido ahorrarse el horror en sus vidas, las catástrofes, las injusticias, las guerras. Tanta miseria vivida por nuestros cerebros ha tenido que dejar una huella tangible en las vías de comunicación entre el área de Broca y el hipotálamo, entre la corteza prefrontal y el cerebelo. Vivir vidas felices, aisladas de los problemas ajenos, es algo nuevo, casi imposible. Allí donde hay más de dos, surge el conflicto. Allí donde se mezclan las creencias, las apetencias, las jaquecas y las emociones, surge el problema. Los juegos han servido para desfogar el exceso de adrenalina, sacar el fervor por los colores y ponerlos a secar en el patio. Con el surgimiento del ajedrez hace mucho más de un milenio se encapsuló en un tablero y unas pocas piezas todo el terror del mundo conocido, todo el miedo a la incertidumbre en diez elevado a ciento veinte posiciones posibles. La estela de este juego prosaico para algunos, indefectiblemente profundo para otros, sigue viva. El juego del ajedrez me hace feliz, dijo Tarrasch. El juego del ajedrez es lucha permanente, dijo el sabio Lasker. El juego del ajedrez es la vida, dijo el loco Fischer.

El cerebro, los caminos alucinantes de la comunicación neuronal (Thomas Schultz, CC).
El cerebro, los caminos alucinantes de la comunicación neuronal. Imagen: Thomas Schultz (CC).

En la cueva, el troglodita todavía no sabe de reyes y damas. No sabe de casillas y de tableros. Juega a vivir; está hasta arriba de alucinógenos. En realidad no los necesita, tanto tiempo en la oscuridad le hace ver sombras que no existen, luces que no están, uros con cabezas humanas, ciervos que vuelan o a su compañera danzando con las estrellas de un cielo que no puede ver. Además, tiene hambre. Lleva varios días casi sin comer y su estado de debilidad se suma al frío y al revoloteo incesante de los murciélagos por encima de sus greñas polvorientas y enredadas. Al menos hay agua en esta cueva maldita, con eso podrá preparar un pigmento con el resto de sangre coagulada que lleva pegada en su mandil. Está a punto de poner su mano sobre la piedra y dejarla ahí para toda la eternidad. Cada mano es un trofeo: dos violaciones, un parricidio, tres actos de canibalismo sobre criaturas indefensas y una pelea casi a muerte en donde al otro no le quedarán ganas de desafiar su posición de líder de la tribu. En realidad, las manos sobre la piedra son un acto de comprensión. El troglodita comprende lo que ha hecho y lo relata en la piedra. Es también un acto de poder. Es su cueva, son sus animales, sus alucinaciones, sus manos, sus miedos, sus atrocidades.

Figura 2. Pintura rupestre en la Cueva del Castillo (40.000 años): manos en la piedra como trofeos del horror.
Pintura rupestre en la Cueva del Castillo (40.000 años): manos en la piedra como trofeos del horror. (DP)

El troglodita juega al ajedrez. Saca la dama y la hunde en territorio enemigo. Se va a comer una pieza, el caníbal. Va a perpetrar una masacre, el bestia. Va a ser implacable y no va a tener piedad del peoncillo débil y aislado, del alfil de la gran diagonal ni del caballo apostado sigilosamente en la casilla e7. Ha conquistado espacio, el muy expansionista y en vez de las 32 casillas que le corresponden por derecho de ser, de estar, sobre ese tablero de 64, ahora controla 41. ¡Nueve casillas más! La victoria está cerca, la presión es insoportable; a las amenazas sobre los peones centrales se unen ahora las amenazas ciertas sobre el rey enemigo. Mientras tanto, caen algunos peones y algunas piezas. Son precios que hay que pagar. El troglodita hace tiempo que sabe hacer cuentas y discierne entre el bien y el mal. El otro troglodita, el que está sentado frente a él, también sabe de piscologías y de estrategias de terror. También tiene manos impresas sobre piedras oscuras. Ha matado inocentes, comido carne humana en muchas ocasiones y matado a quien ha creído conveniente. Ha dejado sin protección a sus propios peones. El conflicto es infinito. De tan humano, deshumanizado. De tan terrible, trivializado. De tan feroz, elevado.

Figura 3. Posición de ajedrez (partida del autor en playchess.com), juegan negras y arrasan.
Posición de ajedrez (partida del autor en playchess.com), juegan negras y arrasan.

El troglodita se incorpora sobre la posición; hay que buscar una idea. Recuerda vagamente que una posición similar se jugó en el campeonato del mundo de 1973, el gran duelo entre los representantes de las superpotencias que estuvieron a punto de hacer volar el planeta a base de misiles nucleares. En esta ocasión eran solo dos ajedrecistas, Fischer y Spassky. El troglodita había estudiado aquella partida movimiento por movimiento. De pronto, encuentra un sacrificio que la daría el triunfo. Es una jugada bella, profunda. Sus pulsaciones se aceleran y la piel comienza a transpirar con más intensidad. Mira a su alrededor y ve la habitación, sus muebles y su ventana, la brisa del viento que atrae la cortina. Vuelve sobre el tablero, solo hay tres variantes posibles y las tres parecen dar el triunfo. Las recorre una a una y constata con satisfacción que el resultado es favorable. De pronto se detiene; en su rostro se dibuja, sin duda, una mueca de contrariedad que su oponente parece percibir con agrado. El cuerpo se revuelve; en especial su estómago. Se deja aplastar contra el sillón, tensa los músculos y comienza a mover rítmicamente las piernas; ha encontrado una refutación al sacrificio de pieza en la tercera jugada de la segunda variante. El sacrificio no sirve. El cuerpo vuelve a relajarse y comienza a buscar otra idea.

Durante todo ese tiempo, en donde la actividad se focaliza en una tarea compleja como el juego de ajedrez, el cerebro y la mente que emerge de él, emplea recursos cognitivos de diversa índole: la percepción, a través de los ojos, pero también de todos los sentidos, se entremezclan para generar un acto de comprensión, haciendo que las piezas sobre el tablero se llenen de significados, una serie de símbolos que en la mente del jugador toma un sentido específico, concreto, personal, totalmente intransferible. La memoria a largo plazo examina el elemento percibido y lo compara con el conocimiento previo: el jugador recuerda la posición que percibe y busca planes de acuerdo a lo que ya sabe, su propia experiencia de otras partidas o lo que ha visto al estudiar las bases de datos. El hallazgo de una jugada, un sacrificio, genera un cúmulo de respuestas emocionales que se transmiten al cuerpo. La búsqueda de las variantes pone en juego un módulo de pensamiento lógico: al encontrar la refutación a su idea, el jugador experimenta sensaciones de frustración, una nueva respuesta emocional que se transmite por el cuerpo.

Percepción, toma de decisiones, pensamiento lógico, memoria, emociones, son algunas de las funciones emergentes del cerebro que conocemos como mente. A todas ellas se une la percepción de uno mismo, la conciencia corporal y espacial, saberse en un lugar del mundo también lleno de significados que recorren el cerebro: al descubrirse en una habitación el olor a patatas bravas que se eleva sin piedad desde el bar de abajo trae recuerdos y sensaciones al troglodita, recuerdos muy especiales que influyen de modo no consciente en la decisión que tomará en la próxima jugada.

La niña se despierta y solo quiere ver los ojos de su madre. Que todo sea inocente y bello; juegos en el jardín, darle la mano a su muñeca y llevarla a tomar el té en el mejor de los restaurantes. Pocas niñas acceden a ello; la mayoría solo lo sueñan y unas cuantas, muchas, no han aprendido ni a soñar, solo el terror está impreso en sus neuronas. Tristes hombres y tristes sus guerras. ¿Por qué avanza la torre implacable sobre esa columna semiabierta? ¿No sabe que causará desolación? ¿No sabe que el peón también sufre alucinaciones? ¿Cómo justificar lo injustificable? Cuarenta mil años desde que las primeras manos quedaran impresas sobre las piedras. Poco y nada desde entonces. Los mismos miedos, las mismas atrocidades.

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4 comentarios

  1. Riemann

    Grande Diego! En el peón está la esperanza…

  2. Brillante y profundo, la marca de la casa…

  3. Pingback: Lo atroz sobre un tablero desolado

  4. Troy McClure

    Atrocity exhibition.

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