
El cerebro humano se ha hecho a base de atrocidades. Solo en los últimos cientos de años ha habido algunos, pocos, privilegiados, que han podido ahorrarse el horror en sus vidas, las catástrofes, las injusticias, las guerras. Tanta miseria vivida por nuestros cerebros ha tenido que dejar una huella tangible en las vías de comunicación entre el área de Broca y el hipotálamo, entre la corteza prefrontal y el cerebelo. Vivir vidas felices, aisladas de los problemas ajenos, es algo nuevo, casi imposible. Allí donde hay más de dos, surge el conflicto. Allí donde se mezclan las creencias, las apetencias, las jaquecas y las emociones, surge el problema. Los juegos han servido para desfogar el exceso de adrenalina, sacar el fervor por los colores y ponerlos a secar en el patio. Con el surgimiento del ajedrez hace mucho más de un milenio se encapsuló en un tablero y unas pocas piezas todo el terror del mundo conocido, todo el miedo a la incertidumbre en diez elevado a ciento veinte posiciones posibles. La estela de este juego prosaico para algunos, indefectiblemente profundo para otros, sigue viva. El juego del ajedrez me hace feliz, dijo Tarrasch. El juego del ajedrez es lucha permanente, dijo el sabio Lasker. El juego del ajedrez es la vida, dijo el loco Fischer.

En la cueva, el troglodita todavía no sabe de reyes y damas. No sabe de casillas y de tableros. Juega a vivir; está hasta arriba de alucinógenos. En realidad no los necesita, tanto tiempo en la oscuridad le hace ver sombras que no existen, luces que no están, uros con cabezas humanas, ciervos que vuelan o a su compañera danzando con las estrellas de un cielo que no puede ver. Además, tiene hambre. Lleva varios días casi sin comer y su estado de debilidad se suma al frío y al revoloteo incesante de los murciélagos por encima de sus greñas polvorientas y enredadas. Al menos hay agua en esta cueva maldita, con eso podrá preparar un pigmento con el resto de sangre coagulada que lleva pegada en su mandil. Está a punto de poner su mano sobre la piedra y dejarla ahí para toda la eternidad. Cada mano es un trofeo: dos violaciones, un parricidio, tres actos de canibalismo sobre criaturas indefensas y una pelea casi a muerte en donde al otro no le quedarán ganas de desafiar su posición de líder de la tribu. En realidad, las manos sobre la piedra son un acto de comprensión. El troglodita comprende lo que ha hecho y lo relata en la piedra. Es también un acto de poder. Es su cueva, son sus animales, sus alucinaciones, sus manos, sus miedos, sus atrocidades.
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Grande Diego! En el peón está la esperanza…
Brillante y profundo, la marca de la casa…
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Atrocity exhibition.