La América del renacimiento (Eames & Eames)

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Seagram’s Gin presenta American Portraits

Seagram´s Gin te invita a conocer el proyecto American Portraits, donde se repasará la vida y la obra de algunas personalidades más influyentes de la América de los años cincuenta. Al conocer de cerca la vida de estos hombres y mujeres es inevitable replantearse nuestra manera de ver el mundo, nos ayuda a entender mejor por qué el diseño de los objetos que nos rodean tienen las formas que tienen, o por qué los edificios y las ciudades que habitamos son como son.

La vigencia de su legado es inmensa e incalculable. Los años cincuenta fueron años de crisis y postcrisis. Hoy, al igual que entonces, estamos viviendo un proceso de redefinición constante en muchos ámbitos de la sociedad y necesitamos mirar atrás para buscar fuentes de inspiración. Con esta iniciativa, Seagram’s Gin quiere reivindicar aquellas figuras que, por su originalidad y su capacidad visionaria, nos pueden servir de modelo y guía para reinventarnos. El proyecto American Portraits está compuesto por una serie de proyecciones de documentales biográficos que se pueden disfrutar de forma gratuita en la plataforma digital Filmin.es, junto con una serie de artículos publicados en revistas de referencia y el ciclo que se proyectó el pasado mes de septiembre y que se podrá volver a disfrutar en el mes de noviembre en la Cineteca de Matadero en Madrid.

Ray y Charles Eames en 1960. Fotografía cortesía de Eames Office, LLC.

La Segunda Guerra Mundial había acabado. Los soldados volvían a casa y se vivía un ambiente de euforia que se desprendía de la victoria aliada en Europa y la rendición de Japón. El presidente Harry S. Truman vivía su momento más tranquilo y la economía volaba por primera vez desde el crack del 29. El nubarrón que había cubierto el continente durante dos décadas se había disipado y Estados Unidos se preparaba para el nacimiento de una poderosísima clase media.

En ese clima, donde Jackson Pollock, Mark Rothko o Willem de Kooning asombraban al mundo del arte y Tennessee Williams, Truman Capote y J.D. Salinger hacían lo propio en el ámbito literario, aparecieron Charles y Ray Eames.

Los Eames (que muchos siguen identificando —erróneamente— como hermanos), serían los auténticos impulsores de una revolución artística y conceptual que abarcaría todas las disciplinas de un modo —casi— extenuante.

Ray Kaiser conoció a Charles Eames en la academia Cranbrook, donde los dos estudiaban. Ray era pintora y discípula del influyente Hans Hofmann; Charles era una especie de camaleón enloquecido cuyo cerebro generaba más ideas de las que un ser humano puede digerir. Los dos se sintieron inmediatamente atraídos el uno por el otro pero toparon con un pequeño problema: Charles estaba casado.

Después de una afamada correspondencia amorosa y de que Ray hiciera la maleta para evitar males mayores, él decidió dejar a su mujer y proponer matrimonio a la que iba a ser su media naranja el resto de sus días. En realidad, no estaba sentando las bases de una relación emocional sino la creación de una de las asociaciones más fructíferas de todos los tiempos: él como infatigable corredor de fondo; ella como ejecutora y cómplice. Él coqueteando con el delirio del que no sabe cuándo detenerse; ella el pragmatismo de la materia gris, con sonrisa de propina.

Su objetivo, quizá ingenuo, era ofrecer diseño de alta calidad a precios ajustados a través de la producción industrial. Para ello, abrieron su oficina en el 901 de Washington Boulevard, en Venice Beach, California. Así, mientras la generación Beat ponía del revés las calles del Village neoyorquino en la costa este de Estados Unidos, en la costa Oeste los Eames se disponían a girar la tortilla de la creatividad, aplicándola como nunca se había hecho antes en la historia del país. De ese país, o de cualquier otro.

Su primer exitazo fue la famosa silla de plywood, que distribuyeron gracias a la ayuda de Herman Miller, un amante de los muebles, diseñador a su vez (trabajó durante años con el matrimonio), y distribuidor finalmente, que vio abrirse el cielo ante sus ojos.

La filosofía de los Eames, «nosotros no diseñamos, solucionamos problemas», conectaría con una generación que ansiaba productos con los que sentirse distintos. El 901 se convertiría en un almacén de ideas, un cajón de sastre donde bullía el alma del diseño americano. Sus pasillos, llenos de objetos de todos los tamaños, formas y texturas, se llenaron de jóvenes promesas que buscaban —desesperadamente— a un mentor.

En cierto modo, era como si el mismísimo Leonardo se hubiera aparecido en California para dar un puñetazo en la mesa y —quizá por eso— cuando la prensa empezó a hablar de Eames el adjetivo «renacentista» aparecía cada dos líneas.

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La silla de plywood Lounge Chair Wood. Fotografía cortesía de Eames Office, LLC.

Ray había dejado de pintar («no había tiempo para ello» decía) pero su ojo con los colores, su capacidad para transformar objetos aparentemente antagónicos en complementos perfectos y su mano para aterrizar cualquiera de las locuras de su marido, la había convertido en el alma de una factoría, que precedería —con mucho— a la del propio Andy Warhol. Fotografía, cine, diseño, pintura… nada se resistía a la familia Eames, que parecía poseída por el deseo de cambiarlo todo de un plumazo.

Los Eames, genios portátiles que reconstruyeron el sueño americano cuando este parecía haberse esfumado, empezaron a labrarse una reputación cuando en plena guerra mundial decidieron que las férulas que se utilizaban para los soldados en el campo de batalla eran absolutamente ineficientes: empeoraban las heridas en lugar de estabilizarlas. Produjeron ciento cincuenta mil férulas con un diseño especial que salvó innumerables vidas y —al mismo tiempo— comprobaron la eficiencia de la producción en cadena, algo que utilizarían profusamente en la década que estaba por llegar.

Además, y más allá del ámbito artístico, Charles y Ray Eames desconcertaron a la bien pensante sociedad estadounidense de los años cincuenta por su reivindicación del rol de la mujer en un mundo abrumadoramente masculino y cuyos tentáculos se extendían al cine, la publicidad y —por supuesto— los negocios. El machismo imperante en la época, reforzado por la televisión, se vio sacudido por la impresión de que en aquel matrimonio la antorcha la sostenían ambos. Su unión, catapultada por un éxito sin paliativos, fue el inicio de una corriente de pensamiento que ya no veía a la mujer como un simple aditivo sino que la colocaba en un lugar relevante, imprescindible para entender el éxito del congénere. Por si fuera poco, el trabajo de ambos con Polaroid, Boeing e IBM, les situaron como ariete de la irrupción de la tecnología en la vida social y su subsiguiente colisión con el arte. Pocos son los que han olvidado su impresionante evento en la Feria mundial de Nueva York de 1964, palpable demostración de que el término «pioneros» se les quedaba cortos.

Desde un punto de vista puramente histórico, la influencia de los Eames y sobre todo su legado es apabullante: sus muebles (sillas aparte) adornan oficinas, aeropuertos, zonas públicas, hoteles y casas por todo el mundo. Sus experimentos con aluminio y madera han sido imitados hasta la extenuación y su voluntad de trascender el propio ámbito del diseño ha calado en miles de artistas desde los años setenta hasta la actualidad. No solo eso, los Eames representan la eclosión del artista total, aquel se atreve a ser relevante en todos los campos y cuya ambición es únicamente comparable a su atrevimiento. La belleza de sus propuestas, preocupadas a un tiempo por el look y por la comodidad, siempre con un pie anclado en la tierra, ha soportado el paso del tiempo con la elegancia del que se sabe clásico.

Cuando echamos la vista atrás y ejercitamos la memoria, es difícil encontrar en el siglo XX a una pareja tan influyente y cuyos postulados hayan sido imitados con tanta insistencia. Decía George Bernard Shaw que «el hombre razonable se adapta al mundo; el hombre no razonable se obstina en intentar adaptar el mundo a sí mismo. Todo progreso depende, pues, del hombre no razonable». Charles y Ray Eames no eran razonables, nunca lo fueron, y su tozudez se ha traslado al siglo XXI de un modo inequívoco. Cuando pensamos en la gran revolución moderna en términos de diseño y decoración es imposible no acabar mencionando Ikea. Los suecos, con esa idea de llegar a todos los rincones con una filosofía popular y de voluntad generalista, no es más que la sublimación de esa idea surgida en el 901 de Washington Boulevard de que es posible ofrecer calidad a precios competitivos y de que es viable esquivar el elitismo que —a priori— condiciona el universo del diseño. Los Eames fueron pioneros en esa idea (utópica) que soñaba con acercar el arte a todo aquel que quisiera poseerlo y no solo a aquellos que pudieran permitírselo.

Curiosamente, los años cincuenta fueron un hervidero de artistas, colectivos y personajes de todo tipo y pelaje, peleando contra lo que hasta aquel momento se consideraba el reino de unos pocos. La tozudez colectiva, convertida en una herramienta imparable (un ariete cultural irrepetible) consiguió tumbar muchos de los tópicos que hasta aquel momento pululaban en torno al mundo del arte. Por eso, si uno mira a la época actual es difícil encontrar algún movimiento social, político, artístico o cultural que no fuera parido en aquella época. Una época llena de hombres y mujeres sin prejuicios que forjaron la auténtica identidad de América y (por ende, y pura influencia) del mundo.

En una de las pocas entrevistas que se conservan con la pareja, Charles Eames afirmaba que «artista es un elogio que te conceden, no puedes llamarte eso a ti mismo. Es como llamarte genio… es absurdo».

Los Eames merecen ambos epítetos: artistas y genios, aunque solo sea por representar —aún hoy en día— que la creatividad no entiende de fechas de caducidad.

Ray y Charles Eames en 1957. Fotografía cortesía de Eames Office, LLC.

El próximo viernes 12 de septiembre se estrenará el documental Eames: The Architect & The Painter a las 22:30 en la sala Azcona de la Cineteca del Matadero de Madrid, dentro del Ciclo American Portraits presentado por Seagram´s Gin. Se proyectará un segundo pase el viernes 19 a las 20:30 en la Sala Borau. En ambos casos la entrada será gratuita hasta completar aforo. Así mismo, desde el 1 de septiembre lo podrás disfrutar también gratuitamente en la plataforma digital Filmin.es. El ciclo incluye también la proyección de los documentales: Frank Lloyd Wright; Diana Vreeland, la mirada educada; Looking back to the future: Raymond Loewy. Si quieres saber más infórmate en www.cinetecamadrid.com/secciones/american-portraits, www.filmin.es/ap o en http://www.seagramsgin.es/american-portraits/

En los meses de noviembre y diciembre el ciclo se proyectará en la sala Borau de Cineteca:

Noviembre Sala Borau
Jueves 20:  Eames. H 20:00
Viernes 21:  Diana Vreeland .H 20:30
Sábado 22:  Frank Lloyd Wright. H 20:00
Domingo 23: Raymond Loewy. H 20:00

Diciembre Sala Borau
Jueves 18:  Eames H 20:00
Viernes 19:  Diana Vreeland H 20:30
Sábado 20:  Frank Lloyd Wright H 20:00
Domingo 21: Raymond Loewy H 20:30

 

 

 

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4 comentarios

  1. Larrey

    Interesantisimo articulo. Podria dar mas referencias sobre las férulas que diseñaron en la segunda guerra mundial? Muchas gracias.

  2. Truman

    Muy bueno. Deseando leer el siguiente. Gracias.

  3. Pingback: El Buda más bello de Tailandia | Mediavelada

  4. Buen artículo sobre una pareja genial. Sólo echo de menos alguna referencia a su propia casa, un clásico de la arquitectura del siglo pasado y, en mi opinión, la más lograda de la serie de «Case Study Houses» que definieron la versión californiana de la arquitectura doméstica moderna.

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