Mis escenas de lucha

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Imagen: Doc & Film International.
Imagen: Doc & Film International.

Round 1

Lo mejor, y lo peor al mismo tiempo, de Mis escenas de lucha es que en realidad se plantea como un combate contra el espectador. Para empezar por presentarse provocando al violar la primera regla del club del buen gusto: utilizar las Comic Sans al exhibir títulos de crédito para a continuación cortar abruptamente los mismos al dejar paso a la primera escena del film. Casi parece premeditado, como si el responsable de todo, Jacques Doillon, estuviese insinuando que aquello es tan real y sencillo como para escapar a su control y tener que tirar la toalla frente a la desgana estética. Por eso, es preferible intuir que el realizador lo hace de manera consciente, porque en el fondo nadie saca voluntariamente a pasear esa tipografía cuando hay gente en la calle.

Round 2

Una mujer se enfrenta a la muerte de un familiar en un entorno rural cohabitado por un hombre con el que ha tenido un acercamiento previo que casi los encama pero acabó quedándose en nada. A través de la posterior relación entre ambos la película se atreve a desatar un forcejeo y un vendaval de golpes sobre la concepción habitual que se tiene de una pareja en el cine, porque Mis escenas de lucha en lugar de proponer un dúo romántico prefiere barrer el ring y presentar a dos púgiles. La reescritura del «chica conoce a chico, chica y chico se enamoran» se transforma en un«chica conoce a chico, chica y chico se ponen a caldo a base de partirse la cara», una suerte de fight club ligero donde cada boxeador tiene el estómago relleno de mariposas y sobre todo unas ganas tremendas de irse a la cama con el oponente. Porque el motor de toda la obra es un par de protagonistas que descubren como el hecho de verse envueltos en peleas físicas les resulta útil a modo de extraña terapia, de válvula con la que aliviar las divagaciones platónicas con las que se amenazan mutuamente en cada uno de sus encuentros. Y eso es lo más interesante de la cinta, la reacción que puede generar en el público: descubrir que estamos tan acomodados en lo clásico, en la representación cinematográfica del romance con los mismos clichés tallados por guionistas y realizadores a lo largo de décadas, como para no comprender por qué una pareja decide enfocar su idilio olvidándose del coito y la caricia para centrarse en sesiones de pelea y el aplaudir utilizando una sola mano y la cara del adversario. Doillon articula su historia sin efectismos, sus luchas son caseras pero no buscan tanto la provocación como el servir de alegoría o directamente de manguera de rabias. Y aunque alguna patada hace tortilla un par de gónadas, en todo momento camina lejos del morbo de la violencia salvaje, optando más bien por el forcejeo constante, como una lucha griega amateur.

Sara Forestier interpreta a una chica de ánima inquieta que cree reconocer en el personaje de James Thierrée al compañero ideal en un momento en el que una herencia le hace replantearse la (ausencia de) relación con un padre que no ejercía como tal. Thierrée da vida a un hombre que se encarga de reparar los daños de una vivienda ajena, su primera aparición lo introduce construyendo una pared, al mismo tiempo que derriba los ánimos de su interés romántico, componiendo en sus ataques una especie de venganza por la torpeza de aquel encuentro inicial que pasó a convertir lo que debía ser un idilio perfecto en una noche confusa y errada por culpa de un pijama prestado y una erección inoportuna. Él ansía revivir ese comienzo y poder reinterpretarlo, ella no acaba de reconocer su enamoramiento, aunque sí su atracción, durante unas jornadas en las que revolotea sobre su mundo el fantasma paterno. Forestier está estupenda y Thierrée acertado, aunque el papel del segundo es visiblemente más cómodo por la propia naturaleza del personaje. Y realmente cuando alguno de los dos da señales de patinar con su encarnación resulta más certero culpar al diálogo del libreto que a la capacidad de los actores, porque la base del texto son unas conversaciones destinadas a lucirse en sus divagaciones y tratar de alcanzar ciertas profundidades que arriesgan a noquear a un tipo de espectador, aquel que ante el indicio de pedantería decide que la gresca no va con él. También es una película que fuerza más de lo habitual a los actores al requerir de ellos un esfuerzo tanto emocional como corporal, pero la dedicación de los protagonistas en esta maratón física resulta tan certera que las diferentes sesiones en ningún momento llegan a sentirse impostadas y uno acaba por creerse que en la campiña francesa la gente anda muy ociosa y se dedica a cortejar a base de hostias.

Doillon ha filmado una pieza casi teatral: de los cinco personajes que aparecen durante toda la película solamente dos lo hacen la mayor parte del metraje, reservando para los restantes unas brevísimas intervenciones que se encargan de dibujar el entorno de la chica. Y aunque la evolución de los personajes podría medirse con una regla de milímetros, el director deja claro que ha contado exactamente lo que quería contar, que le interesa más liberar la rabia que explorarla.

Round 3

Mis escenas de lucha acaba revelándose como una pieza que insinúa a su audiencia cuestiones tan afiladas como reconocer el rol de la dominación en una relación, las lágrimas llegan a ser detonantes del deseo durante uno de los encuentros, o asimilar que el choque físico en este extraño caso de ficción es una transmutación de los puñetazos sentimentales que son las inseguridades y miedo al compromiso con la que parece la pareja perfecta. En el fondo lo que propone entre sus cuerdas es directo y no pretende engañar: dos personajes copando el metraje, fusilándose con palabras y vapuleándose con golpes, cine con rúbrica de autor entregado a elegir el sendero menos obvio, una relación en un continuo estado de tensión sexual no resuelta, un erotismo de esa entidad bicéfala compuesta por el amor y el odio mutuos. Sin más pretensiones que las que uno pueda oler, con Comic Sans en la puerta de entrada, una idea de base genial y un desarrollo cumplidor sin alardes extraordinarios.

En el fondo el espectador quizá no es partícipe sino jurado del combate y finalmente, mientras los contendientes jadean sobre un charco de barro, le toca a él la labor de decidir quién ha ganado.

Imagen: Doc & Film International.
Imagen: Doc & Film International.

A partir del 12 de junio la puedes ver en Filmin.

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2 comentarios

  1. Sarita Mantel

    Pues hombre, no sé, pero explicada así la peli como que para irse a dormir, ¿no…?

  2. Muy buena.

    Se puede considerar una historia tanto inocente y cotidiana como perturbadora y surrealista, y tener razón en ambas posturas.

    Enamorado de Forestier. Pedazo de actriz.

    La verdad, la empecé a ver con un puntito de prevención, dispuesto a cortar el streaming al menor signo de vergüenza ajena.
    Acabó haciéndoseme corta… y eso que la vi en una versión original sin subtítulos…

    …no, no entiendo una palabra de francés.

    ¿Porqué?

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