Los fantasmas blancos de África

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Fotografía cedida por Fundación África Directo.
Fotografía cedida por Fundación África Directo.

Cuentan que un buen día un chaval llamado Tumaini quiso apagar el sol. Vivía en Tanzania, a los pies del Kilimanjaro. Aquel monte era el más alto que conocía, y por eso fue camino de su cima para alcanzar al astro rey, acabar con él y terminar así con el sufrimiento de su madre, que no descansaba desde que Tumaini nació. La razón del desasosiego de su progenitora es que en su poblado corrían historias sobre hechiceros que, para conseguir elixires mágicos, cocinaban niños albinos cuya piel castigaba el sol. Y Tumaini era albino.

El crío pensaba que si conseguía apagar el sol, su piel dejaría de sufrir. Entonces podría ser un niño normal. Y quizá a partir de ese momento, cuando fuera como los demás, los hechiceros lo dejarían en paz y su madre ya no temería por él.

Resultó que en su camino hacia la cima del Kilimanjaro, Tumaini se encontró a una señora hada, a un anciano sombrerero y a un sabio maestro que le hicieron cambiar de opinión explicándole que podía protegerse del sol para que no le hiciera daño y dejar que siguiera brillando para que la Tierra pudiera continuar existiendo. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Así termina la historia de Tumaini, el protagonista de un cuento con el que la Fundación África Directo pretende mejorar la calidad de vida de la comunidad albina en África. Porque aunque el relato que cuenta Tumaini, el niño que quiso apagar el sol sea pura ficción, las historias acerca de hechiceros que cocinan pócimas con partes del cuerpo de africanos de piel blanca no están tan lejos de la realidad.

Ocurre en poblados como Ndami, junto al lago Victoria, donde hace unos meses una niña albina de cuatro años fue raptada por una banda de hombres armados. A día de hoy se desconoce qué fue de ella. O en distritos como Chato, al noreste de Tanzania, donde un bebé albino de poco más de un año fue secuestrado a golpe de machete el pasado mes de febrero. Dos días después encontraron en un bosque cercano su cadáver con varios miembros cercenados. La policía cree que algún hechicero de la zona usó esos miembros para que la buena fortuna alcanzara a sus clientes.

Cacerías para ganar elecciones

Muchos de los residentes en poblados de Tanzania y otros países del centro y el este de África creen que los albinos son hijos del demonio concebidos durante la luna llena. Y como tales, les atribuyen ciertos poderes. Por ejemplo, que nunca mueren. Simplemente se desvanecen cuando les llega su hora. Como espíritus que no pertenecen a este mundo. Por eso, y por su color de piel, en África llaman a los albinos «fantasmas». Hasta hace unos años, esa condición significaba rechazo: su diferencia los apartaba de una sociedad donde integrarse en el día a día de la comunidad como uno más era toda una proeza. Pero desde 2007, cuando renacieron antiguas leyendas y mitos acerca de las propiedades mágicas de los llamados «zeru», además de ser rechazados por unos, los albinos empezaron a ser perseguidos por otros. Su sangre, sus extremidades y otras partes del cuerpo como genitales, nariz, corazón y orejas se convirtieron a partir de entonces en codiciados trofeos con los que los supersticiosos creen que atraerán la buena suerte. Un informe de Cruz Roja estimaba el coste total de un kit completo demando por los curanderos en unos setenta y cinco mil dólares, una auténtica fortuna en un país donde más del 30% de la población vive bajo el umbral de pobreza.

Es la razón de que, según datos de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU, en estos últimos años se hayan producido más de doscientos ataques contra albinos en quince países africanos diferentes, aunque la mayoría de ellos tiene lugar en Tanzania. Y ahora que se acercan las elecciones en ese país, los albinos están especialmente «cotizados» entre los clientes de brujos y hechiceros porque les atribuyen poderes como el de dar ventaja a unos candidatos sobre otros. Por eso, el Gobierno se vio obligado en enero de este año a poner en marcha una campaña de detenciones contra los brujos ante el temor de que las elecciones desencadenaran una ola de violencia hacia los albinos. Aunque los ataques no han cesado completamente, la policía de Tanzania ya ha arrestado a doscientos veinticinco curanderos acusados de instigar la muerte o mutilación de albinos.

Y sin embargo, las supersticiones de políticos y empresarios no son las mayores amenazas para ellos, cuya anomalía genética se caracteriza por la ausencia de pigmentación en ojos, piel y pelo: aunque la esperanza de vida en Tanzania ronda los sesenta y un años, solo el 10% de los tanzanos albinos conseguirá superar la barrera de los treinta. El sol es el culpable de que el cáncer de piel haga estragos en esta comunidad, en realidad el principal enemigo de su lista de atacantes. José Manuel Colón lo narra en el documental Black Man White Skin, en el que ha contado con la colaboración de Óscar Jaenada y Zoe Saldana para llamar la atención sobre la situación de la comunidad albina en África. «El documental es muy duro, porque cuenta con crudeza los problemas que tienen los albinos para sobrevivir a través de distintas historias con perfiles muy diferentes. Pero tiene un poso de esperanza gracias a muchos héroes anónimos que, con una generosidad inmensa, están haciendo mucho por ellos», explica Colón.

Fotografía cedida por Fundación África Directo.
Fotografía cedida por Fundación África Directo.

Fútbol al caer el sol

Se refiere a «heroínas» como Mafalda Soto, una farmacéutica y cooperante gallega que llegó hace más de seis años a Malaui y acabó entregándose a la lucha de los albinos contra el cáncer de piel en las faldas del mismo Kilimanjaro. Ahora, con ayuda de ONG, empresas y colectivos españoles, Mafalda fabrica en Moshi (Tanzania) una crema de protección solar, KiliSun, que distribuye de forma gratuita a los albinos de la zona. En un año y medio ha conseguido que en el norte de Tanzania no se hayan detectado nuevos casos de cáncer de piel.

Otros «héroes» son familias españolas como la de Cristina, una mozambiqueña albina que logró sobrevivir al más pesimista de los diagnósticos gracias a la dedicación del doctor Santos y sus colaboradores en el Hospital Gregorio Marañón y a la entrega de su familia española. O profesionales como el dermatólogo Pedro Jaén y el equipo de médicos, anestesistas y enfermeras con el que viaja desde hace siete años regularmente a Tanzania. Allí opera los tumores de cientos de albinos y forma a los dermatólogos del Regional Dermatologic Training Centre (RDTC) del hospital de Moshi.

La «fortuna» de ser únicos

Mientras tanto, al otro lado del charco, en el mundo occidental, la diferencia de los modelos afroamericanos Shaun Ross y Diandra Forrest les ha abierto las puertas del mercado de la moda. Su albinismo los ha convertido en exclusivos y únicos, y en el universo de las pasarelas, la publicidad y el marketing, eso es un plus que se paga con éxito. Ambos nacieron en el Bronx neoyorquino y fueron descubiertos muy jóvenes por casualidad —Shaun colgó varios vídeos suyos bailando en YouTube que acabó viendo un agente de modelos, quien le ofreció su primer contrato con dieciséis años; a Diandra la descubrió un fotógrafo un día de compras en Mahattan y poco después era la primera modelo albina en firmar un contrato con Elite Models NY—. Ahora son musas de diseñadores de la talla de Alexander MacQueen o Roberto Etxeberria e intervienen en videoclips de estrellas como Katy Perry, Beyoncé o Kanye West. Y ambos usan su anomalía genética para animar a quienes son como ellos a no ocultarse y a los demás a aceptar la diferencia que los hace únicos. Porque lo que Ross o Forrest han convertido en virtud sigue siendo un castigo en gran parte de África, donde curiosamente se da la mayor concentración de albinos. Mientras que en Europa o Estados Unidos tenemos una posibilidad entre veinte mil de cruzarnos con un albino, en países como Tanzania la comunidad albina es mucho más numerosa: uno de cada mil cuatrocientos niños nace albino.

Jugar la partida con sus cartas es bastante complicado especialmente en África, reconoce el director José Manuel Colón. Pero no imposible. Cantantes como Salif Keïta o diputados albinos como Salum Khalfani Bar’wani o Al Shaymaa Kwegyir son una prueba de ello. Cuanto más larga sea esa lista, más Tumainis lograrán protegerse del sol y menos querrán apagarlo para siempre. Hasta que eso suceda, un equipo de fútbol tanzano formado por albinos se seguirá reuniendo en un viejo campo cuando cae el sol. Entrenan a oscuras, como pueden y en donde pueden, intentando demostrar a sus vecinos que los fantasmas blancos de África son tan humanos como ellos. Y hasta pueden meter goles.

Fotografía cedida por Fundación África Directo.
Fotografía cedida por Fundación África Directo.

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