El hombre que asesinó a Noruega

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26 Jul 2011, Malmö, Sweden --- SWEDEN/MALMOE(MALMO) _ Norwegian gun man on all nordic ,swedish,danish,norwegian talboild and other dailies ,terror in Norway 26 July 2011 (PHOTO BY FRANCIS JOSEPH DEAN/DEAN PICTURES) --- Image by © Francis Dean/Corbis
El atentado de Utøya ocupó la portada de todos los diarios suecos, noruegos y daneses. Fotografía: Corbis

El mal ha sido siempre un sujeto emborronado. A pesar de su naturaleza aparentemente permeable lleva siglos resistiendo análisis de pensadores, filósofos y antropólogos y —naturalmente— periodistas. El intento más famoso de entre los contemporáneos es el de la sempiterna Hannah Arendt, y su visión de Adolf Eichmann que se finiquitó con eso tan conocido de «la banalidad del mal». El gran Harry Mulisch (autor de dos obras maestras sobre el tema como El descubrimiento del cielo y Sigfrido) incidió en los mismos fangos con Causa Penal 40/61, llegando a similares conclusiones: el mal bien podría ser un turba de tipos mediocres capaces de cruzar todas las líneas con la excusa más nimia. Ron Rosenbaum fue incluso más ambicioso y en su libro Explicar a Hitler: Los orígenes de su maldad, trató —en forma de diversos ensayos— de llegar al fondo de la cuestión: ¿por qué el Führer industrializó la maldad hasta convertirla en una simple cuestión burocrática, de cálculos mundanos? Rosenbaum, que se mete hasta las orejas en cada rincón de la vida del dictador, acaba por reconocer que es incapaz de llegar a ninguna conclusión concreta. Su análisis se pierde en diversos caminos que acaban conduciendo al mismo lugar: el mal es impredecible, huidizo y caprichoso.

En cierto sentido, el mal bien podría ser la ausencia de lógica y todo aquello que no podemos procesar de un modo racional (desde un punto de vista moral, que no intelectual) formaría parte de ese concepto. Los vídeos de DAESH podrían ser un ejemplo claro de la disparidad de criterios con los que uno se enfrenta a la idea del mal. Imágenes de niños disparando en la nuca a prisioneros en monos de color naranja, decapitaciones, ahogamientos; cuarenta tipos reunidos en una playa decapitando a otros cuarenta desconocidos con un plano final de las olas teñidas de rojo; hombres arrojados de azoteas por su presunta homosexualidad. A la mayoría de los que piensan en sí mismos como seres humanos les repugna la sola idea de visionar algo así y se les hace difícil encontrar un discurso (ya sea teológico o bélico) en su contenido. Sin embargo, muchos expertos coinciden en que son magníficos instrumentos de propaganda y que miles de jóvenes musulmanes de todo el mundo se han alistado en la organización gracias a ellos. Para todos esos jóvenes DAESH no es el mal. Para el resto de la humanidad, indiscutiblemente, lo es, en términos absolutos.

Anders Behring Breivik nació el 13 de febrero de 1979 en la capital de Noruega, Oslo. Su madre, Wenche, estaba entonces casada con un funcionario del servicio de diplomacia que pretendía hacer carrera. Poco después de nacer Anders, a él le ofrecieron un puesto en la embajada de Londres. El matrimonio pensó que podría ser una buena idea para limar sus diferencias e hicieron las maletas. Seis meses después, Wenche se volvía a Noruega con Elisabeth, la hermanastra de Anders, y el propio Anders. Las continuas discusiones con su marido, un hombre de carácter irascible, y la naturaleza de Wenche, inestable e insegura, no contribuyeron a la buena salud de la pareja.

Ella solicitó el divorcio poco después y él le cedió la casa de Noruega durante tres años. Poco después él conoció a otra mujer y se mudó a París.

Para Wenche las cosas empeoraron en su tierra natal: fue diagnosticada como esquizofrénica paranoide y pidió ayuda a los servicios sociales para salir del atolladero. Elisabeth se había convertido en una chica con una madurez insólita para su edad, ya que su madre había empezado a beber de una forma constante. La niña trataba de cuidar de Anders, pero este pocas veces escapaba de la ira de su madre. Años después, la madre afirmaría que cuando llevaba el pequeño en la barriga ya notaba que le daba patadas «como si quisiera molestarme». Los psicólogos que atendieron a Breivik en aquella época explicaban en sus informes que el pequeño mostraba un comportamiento antisocial constante pero que cuando se sentía atacado reaccionaba de una forma especialmente virulenta. También anotaron que su madre solía decirle: «ojalá no hubieras nacido».

Los servicios sociales noruegos permiten en algunos casos que los niños puedan pasar los fines de semana con familias de acogida para así ayudar a los progenitores con problemas a estabilizar su situación en la medida de lo posible. En el caso de Wenche los intentos por mejorar su salud (especialmente en el plano mental) resultaron infructuosos. Tampoco ayudaba el hecho de que el padre de Anders no estuviera de ningún modo interesado en su hijo: después de perder la custodia de los hermanos había tenido dos retoños con su nueva esposa en París y consideraba Noruega un resquicio de su pasado.

A pesar de ello, Breivik y su madre siguieron conviviendo y el adolescente empezó a mostrar preocupantes síntomas de aislamiento que solo empeoraron con su habilidad al enfrentarse a un ordenador: las únicas personas que le interesaban se ocultaban —como él— en un entramado de ceros y unos.

Así fue como entró en contacto con diversas facciones de la extrema derecha más radical de Europa. Los ultras noruegos, muy activos en redes, fueron el gran polo de atracción para Breivik, que creó su propio grupo (los caballeros templarios) y se autodenominó (según el mismo declaró en su juicio) «comandante militar del movimiento de resistencia anticomunista noruego y jefe de justicia de la orden de los Caballeros Templarios». Pronto empezó a escribir un manifiesto que ponía sobre las mesa sus soluciones para lo que el consideraba la creciente islamización de Europa. Cualquiera que haya tenido acceso al documento (fácilmente rastreable en redes) podría haber encendido la luz de alarma: Breivik apostaba sin ambages por la acción directa. Sin embargo, todos esos años de militancia solo sirvieron para que la inteligencia noruega le pusiera en una lista de «personas de interés» con otros miles de sujetos con relaciones (directas o indirectas) con círculos de la ultraderecha noruega. Inexplicablemente, ni siquiera cuando Breivik empezó a acumular toneladas de fertilizante (nitrato de amonio).

27 Jul 2011, Oslo, Norway --- (110727) -- OSLO, July 27, 2011 (Xinhua) -- Workers work at the bomb-damaged government quarter in Oslo, capital of Norway, July 27, 2011. Rigmor Aasrud was the first cabinet member to make a symbolic return on Wednesday to her bomb-damaged office as the nation tries to restore normality after the massacre by right-winger Anders Behring Breivik. (Xinhua/Wang Qingqin) (zf) --- Image by © Wang Qingqin/Xinhua Press/Corbis
Uno de los edificios dañados por la bomba en Oslo. Fotografía: Corbis

La combinación del nitrato de amonio y diversos derivados del petróleo lo convierte en un eficaz explosivo y, por así decirlo, agranda el radio de destrucción. Breivik trabajaba en una finca y se dedicaba a la agricultura, por lo que levantó pocas sospechas, pero bastaba con acercarse a su lugar de trabajo e interrogarle para saber que el cupo de fertilizante necesario en la finca donde prestaba sus servicios estaba más que cubierto.

Con esas seis toneladas de nitrato de amonio, unos cuantos litros de combustible de uso agrícola, un detonador y una furgoneta, Breivik empezó la preparación de uno de los atentados terroristas más graves de la historia del continente europeo en las últimas décadas. Su plan primigenio consistía en entrar en el parlamento y decapitar al primer ministro para a continuación hacer estallar la bomba. Según los cálculos del noruego, la furgoneta contenía la suficiente cantidad de explosivo como para fracturar las columnas que soportaban la estructura del edificio y hacer que este se viniera abajo. Finalmente, descartó la ejecución del ministro por una cuestión de tiempo, ya que afectaría a la segunda parte de su plan. Aquel día las juventudes laboristas noruegas celebraban su habitual campamento de verano: Breivik pretendía irrumpir allí y asesinar a los que él consideraba indeseables. Pretendía hacerlo con tranquilidad: todas las fuerzas del orden del país estarían ocupadas tratando de lidiar con la explosión en el centro de Oslo, lo cual le garantizaría unas horas de total inactividad policial en el área.

El 22 de julio de 2011, Breivik dejó su casa en un pequeño pueblo de Hedmark con una furgoneta llena de explosivos. El día anterior había aparcado otro vehículo similar con el que se daría a la fuga, a pocos metros del parlamento noruego. Aproximadamente a las tres de la tarde, vestido de policía, Breivik aparcaba la furgoneta bomba en la mismísima puerta del parlamento. Sospechando que alguien podía reparar en que no tenía autorización para estacionar en aquel lugar, el noruego abandonó el vehículo pistola en mano. Sin embargo, nadie se le acercó.

Breivik caminó sin guardar la pistola unos trescientos metros y se subió a un vehículo plateado. El temporizador haría estallar la bomba a las 15.25.

La explosión pudo notarse en un kilómetro a la redonda. Tres personas murieron en el acto por el efecto de la onda expansiva. Breivik escuchaba el relato en la radio mientras se dirigía a Tyrifjord, desde donde ya se divisaba Utoya. El terrorista tenía pensado coger el barco allí poco después de las cuatro de la tarde. Llevaba consigo un revolver y un rifle. En el primero, y con la ayuda de un cuchillo, había grabado en caracteres rúnicos la leyenda «Mjolnir», por el martillo de Thor; en el segundo «Gungnir», por la lanza de Odín. Para Breivik, un fanático del esoterismo, lo que estaba a punto de suceder la aseguraría su entrada en el Valhalla, el mítico refugio de los dioses nórdicos.

En la capital, el caos reinaba. No había guardias armados en la entrada del parlamento, la mitad de la policía estaba de vacaciones y aún no habían llegado las fuerzas especiales. No se habían establecido controles de carretera o cerrado puentes o aeropuertos. En cierto sentido, el país seguía funcionando de forma normal aunque iba a ser golpeado de un modo que ni siquiera podía llegar a sospechar. La policía noruega solo disponía de un helicóptero, y aunque un ciudadano que había llamado a la policía poco después de la explosión les había advertido de que había visto huir del lugar a un hombre de metro noventa, armado y cargando una mochila, nadie había establecido los parámetros para seguir al sospechoso. El piloto del helicóptero llamó a sus superiores en cuanto se enteró del atentado en Oslo: «No le necesitamos», le contestaron.

Cuando se dictó la orden de arresto, Breivik ya estaba en Utoya.

Seiscientos jóvenes de entre dieciséis y veintidós años celebraban allí un fin de semana de conferencias y fiestas que marcaban cada año el aniversario de la rama juvenil del partido laborista noruego. Cuando Breivik llegó, con aspecto tranquilo y su uniforme de policía, las noticias de la bomba en Oslo ya habían llegado a la isla. El terrorista usó esa información como excusa para pedir a todos los jóvenes que se acercaran, ya que se disponía a darles detalles de lo sucedido. Cuando a su alrededor se formó un semicírculo de rostros nerviosos que deseaban volver a sus casas, Breivik sacó su pistola y abrió fuego.

Anders Behring Breivik durante el juicio: Fotografía: Corbis
Anders Behring Breivik durante el juicio: Fotografía: Corbis

Durante la siguiente hora y media, mientras gritaba «marxistas, hoy vais a morir todos», Breivik se paseó por la isla disparando sin cesar, caminando lentamente, registrando cualquier lugar que pudiera servir de escondite. A muchos/as les disparó dos veces, dándoles el tiro de gracia para asegurarse de que estaban muertos. Algunos jóvenes trataron de huir a nado pero el agua estaba demasiado fría y aunque la distancia era pequeña, se veían obligados a volver: Breivik les esperaba en la orilla. Cuando llegó la policía, Anders Behring Breivik, de treinta y dos años, había asesinado a sesenta y ocho personas. Se entregó sin oponer resistencia.

Youtube ya había retirado el vídeo donde aparecía con un parche en el brazo derecho en el que podía leerse «cazador de marxistas». Su manifiesto de mil quinientas páginas seguía disponible para cualquiera que tuviera el estómago de echarle una ojeada. Los medios de comunicación empezaron pronto a escudriñar a Breivik solo para encontrarse a alguien que afirmaba ser prosionista, admirador de Churchill, masónico, antimusulmán y amante del esoterismo; un tipo tan desconcertante que no encajaba en ninguna descripción, un lobo solitario cuya visión del mundo era un pandemónium. Se le comparó con Timothy McVeigh, el hombre que el 19 de abril de 1995 hizo pedazos un edificio del FBI en Oklahoma, causando ciento sesenta y ocho muertos, pero McVeigh era un supremacista blanco de manual: admirador del Ku Klux Klan, antisemita y simpatizante del nacionalsocialismo estadounidense que representaban William Luther Pierce o las milicias de Michigan. Él y Breivik no se parecían en nada, excepto en su ultraderechismo, su aparente facilidad para matar sin arrepentirse y en su uso de la palabra «colateral» para definir a las víctimas.

En cuanto a Breivik, su aparición en el juicio, con traje y corbata, rostro sonriente y el puño en alto, enervó a la sociedad noruega. Sus delirios patrióticos y las soflamas presuntamente europeístas que se empeñaba en soltar ayudaron a sus abogados a presentarle como un enfermo, un tipo que era incapaz de distinguir el bien del mal. El propio Breivik, como si quisiera contradecirles, declaró que lo que había hecho «era atroz» pero «necesario». En ningún momento mostró señales de arrepentimiento y su comportamiento hizo mella en una sociedad que se preciaba de ser de las más avanzadas del continente.

Finalmente, fue condenado a veintiún años revisables en una institución psiquiátrica mientras los expertos se enredaban en inacabables debates sobre si el código penal debía ser revisado (endurecido) para castigar acciones tan brutales como aquella.

Nada más llegar a la cárcel, aquel gigante de metro noventa se quejó de que su habitación era muy pequeña, de que no tenía conexión a internet, de que el ordenador del que disponía era demasiado antiguo y de que la comida no era lo suficientemente buena. En 2013 su madre fue a visitarle y él lloro y le pidió perdón por haberle arruinado la vida. Fue la única ocasión, dijeron sus carceleros, en la que se ha visto a Breivik emocionado.

Robert K. Ressler, el creador de la unidad de ciencias del comportamiento de Quantico y —probablemente— la figura más relevante en el estudio de asesinos en serie y maníacos de toda clase, confesaba en su libro El que persigue a monstruos que a pesar de haber pasado horas interrogando a Charles Manson o David Berkowitz (más conocido como «el hijo de Sam»), resultaba imposible saber con precisión qué elementos podían señalar a aquellos dispuestos a cruzar la línea. Los perfiles para atrapar a los asesinos servían a posteriori, una vez que estos habían actuado, pero nadie podía prevenir las masacres de los lobos solitarios, de los terroristas cuyos planes solo conocían ellos mismos. Los golpes de suerte, las monitorizaciones de ciertas organizaciones o la prevención en forma de más policías, más recursos y más seguridad, se revelaban casi insignificantes en casos como el de Breivik, McVeigh o —por qué no— los ataques contra Charlie Hebdo o el reciente atentado frustrado al tren de alta velocidad en Francia. Estamos expuestos al mal, con su disfraz ideológico o religioso, y la sonrisa de Breivik sea quizás el reflejo más atroz de la impotencia que sentimos cuando nos muerde y se niega a soltarnos. Entenderlo no rebajará sus consecuencias pero al menos nos daría las herramientas para tratar de asimilarlo, de digerir lo que provoca en una sociedad presuntamente civilizada.

Alguien dijo una vez que si los malvados fuesen demonios surgidos del mismísimo infierno, eso nos aliviaría: sabremos que no son humanos, que no son de los nuestros. Lamentablemente, no fue Lucifer quien empuñó las armas en Noruega.

Hace unas semanas, algunos de los supervivientes de la masacre de Utoya volvieron a la isla. Allí, un pequeño recordatorio en forma de estructura de metal donde se han escrito los nombres de las víctimas sirve de homenaje a todos los que perdieron la vida aquel día. Para ellos, el mal tiene nombre y apellidos pero, como para el resto, ninguna explicación.

Monumento a las víctimas de Utøya. Fotografía: Corbis
Monumento a las víctimas de Utøya. Fotografía: Corbis

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13 comentarios

  1. Creo que es preciso traducir algunos de los términos del artículo:
    – «entró en contacto con diversas facciones de la extrema derecha más radical de Europa» quiere decir que se afilió al Progress Party y al cabo de un tiempo le echaron. Es partido de la extrema derecha más radical en Europa está desde el 2013 en la coalición de gobierno en Noruega. Luego también intentó entrar en otro grupo y también le echaron.
    – «creó su propio grupo (los caballeros templarios)» quiere decir que tenía un grupo de seguidores imaginarios para los que preparaba todo tipo de insignias. A este «grupo» se le dió mucha publicidad en su momento. Luego resultó que nunca había existido en ningún otro lugar aparte de en la imaginación de Breivik.

    • Guillermo

      El partido del progreso no es para nada el partido más radical de la extrema derecha en Europa, ni siquiera me atrevería a llamarlo de extrema derecha. Es un partido incluso algo más liberal que el resto en Noruega en temas de impuestos, venta y consumo de alcohol y libertad de comportamiento a nivel individual, entre otras cosas, en frontal contraste con la mayoría de partidos noruegos que tienden a dar por hecho que el «papa Estado» debe controlar casi todo . Lo que si es cierto es que, como la mayoría de partidos de derechas o conservadores europeos, no ve con muy buenos ojos el tránsito libre e incontrolado de extranjeros ( sobre todo si vienen de países mayoritariamente musulmanes ), lo que, siendo reprochable absolutamente, no lo convierte ni muchísimo menos en extrema derecha radical. De hecho están en un gobierno tripartito y con muchas posibilidades de renovar con el apoyo del pueblo, y no, aquí aún no se han expulsado extranjeros, ni se han recortado libertades ni presupuestos como en España, Reino Unido , Grecia, Italia, Portugal y practicamente casi toda Europa Occidental.

  2. Joseph

    La psicología y la psiquiatría arrojan más luz sobre esas lineas que son saltadas, especialmente en los casos de los «lobos solitarios» como coloquialmente se les conoce. Escritos de Freud y Lacan pueden consultarse pese a que sus detractores sigan insistiendo que eso no es ciencia.

    Los ejercicios fílmicos también nos permiten atisbar un poco en la psique de esa maldad, impredecible e insalvable. Recuerdo la película Kalifornia, con Brad Pitt (Seven, me parece una chorrada infumable) y en la cual el personaje que encarna parece un tipo común y corriente, hasta que su naturaleza lo rebasa. Que es lo que lo detona y el porqué? Llegamos a la misma conclusión: hay un campo desierto, o en el mejor de los casos, minado.

    Al dia siguiente de la tragedia en Noruega, recuerdo que en algún diario El sueño ha terminado…

  3. Pingback: El hombre que asesinó a Noruega

  4. Héctor C.

    Es bastante gracioso como se habla del mal y de los demonios, y blabla… ¿A nadie se le ha ocurrido coger un libro de Alice Miller? ¿Acaso no es bastante obvio que el mal procede del maltrato infantil?
    ¡Este hombre fue criado durante años por una madre esquizofrénica! «Alguien dijo una vez que si los malvados fuesen demonios surgidos del mismísimo infierno, eso nos aliviaría: sabremos que no son humanos, que no son de los nuestros. Lamentablemente, no fue Lucifer quien empuñó las armas en Noruega.» Lo que es lamentable es este párrafo. Hoy no hay dropcoin para usted Sr. García.

    • Héctor M.

      El problema que tenemos cuando argumentamos eso es que hay cientos de miles de personas que son maltratadas en su infancia y sin embargo no se vuelven terroristas ni asesinos en serie

  5. exdar

    El pasajero oscuro que habita en cada uno de nosotros. Unos lo encierran , otros lo dejan salir de vez en cuando, unos pocos le dejan el control total. Todos sabemos que vive en nuestro interior.

  6. Me parece muy acertado lo que dice autor: «Entenderlo no rebajará sus consecuencias pero al menos nos daría las herramientas para tratar de asimilarlo, de digerir lo que provoca en una sociedad presuntamente civilizada». Y como sugiere Joseph, leer a Freud y a Lacan abriría caminos hacia un mejor entendimiento. Basta remitirse a esta otra parte del artículo para quienes dudan de esto: «En 2013 su madre fue a visitarle y él lloro y le pidió perdón por haberle arruinado la vida. Fue la única ocasión, dijeron sus carceleros, en la que se ha visto a Breivik emocionado». No soy profesional en este tema, pero de haber una pista que nos lleve a descubrir el origen de su transtorno, debe ser esta.

  7. Julian

    El artículo está lleno de inexactitudes y errores, tanto en los testimonios como en las conclusiones.

  8. Carmen

    No puedo dejar de contestar a la burda simplificación de Héctor C, basandose en los libros de Alice Miller. Mira, hay montones de niños maltratados, que han sufrido acoso, y que de adultos, no van por ahí asesinando, ni acosando gente. Ya esta bien de simplificar de esta manera, y de condenar, a los que han tenido la desgracia de nacer en lugares que no hogares, regentados por perversos que no padres. Esos comportamientos van con uno mismo, , independientemente de donde hayas nacido, Los neurocientificos tendrán mucho que decir al respecto, cada dia se descubren mas cosas. Pero basta ya, de condenar a la gente, con la mezquina, injusta , falsa y asquerosa premisa de como fue su infancia. Hay gente que repite comportamientos execrables y sigue la cadena, pero otros muchos, no los repiten jamás, los sufren y los condenan con todas las fuerzas, a pesar de haberlos visto y sufrido. Va con la persona, y gente que no habiendo sufrido nada, se dedica a la vileza mas absoluta, a la crueldad con el prójimo. Si señores existe la banalidad del mal, hayan nacido donde hayan nacido. Hay gente que disfruta haciendo sufrir a otros, y puede ser tu madre, tu padre, tu hermana. Hay montones de desgraciados, con vidas desgraciadas que no matarian ni a una mosca. Marie France hirigoyen ha arrojado luz sobre el tema del mal, la perversion, de una forma profunda, sutil y útil. Simplificar es agredir.

    • Héctor C.

      Estimada Carmen, qué maravillosa regañina! Disculpa mi simplificación. Quedé atónito ante el argumento del mal en el ser humano como elemento dejado al azar, ejemplificado justamente en este caso: el de un psicópata de madre esquizofrénica. No le quepa duda que hojeare a la señora Marie France Hirigoyen. Ciertamente, mi discurso no defiende una condenación de nadie en base a su infancia, supongo que también hay que tener en cuenta a la sociedad, la cultura y la educación. Por otro lado, ya que cree que mi discurso es simplista, aunque yo diría más bien que visceral, le ofrezco que nos proporcione usted un discurso complejo, aportándonos su opinión sobre el artículo: Quizás una introducción a M.F. Hirigoyen, lo que usted quiera. Creáme me ha dejado con ganas de conocer más sobre su vasta sabiduría.

  9. Carmen, no creo que nadie esté diciendo que un niño maltratado acabe siendo un psicópata o un asesino. Nada más lejos de la realidad. Llegados a este punto no está de más recordar el sencillo ejercicio de lógica que solían enseñar en el instituto:

    Todos los atenienses son griegos.
    Todos los espartanos son griegos.
    Ningún ateniense es espartano y ningún espartano es ateniense.

    Por lo tanto, no todos los griegos son atenienses.

    Pues eso.

    A ver si antes de lanzarnos al cuello de los demás e ir por ahí con el dedo acusador dedicamos 30 segundos a analizar lo que nos están diciendo.

  10. aldebaran

    Que maravillosa conversacion me perdí…en su día.
    Hoy he recalado en este estupendo articulo… no tiene nada que ver que buscara otra linea relativa al Sr. Trump, pero el caso es que estoy aqui.
    Y por supuesto que estoy de acuerdo con Carmen, no deja de tener algo de razón Hector C. en que son un profundo factor desestabilizante el entorno de tu infancia… peeero….Rousseau se equivocaba en su rotundidad, al igual que Hobbes,… nada es blanco ni negro, todo es gris. Un gris salpicado de motitas blancas y negras. Porque aunque no todo sea negro, si que si, rotundamente, afirmo que entre vez y cuando aparecen motas absolutamente NEGRAS, al igual que candidamente blancas, y ni su educacion, ni el entorno, ni el cariño o los castigos consiguen doblegar totalmente su tendencia… han nacido asi: Hijos de puta desde chicos …. (o maravillosamente angelicales)… pero si, aunque parezca muy fuerte, SI un niño pequeño puede ser maquiavélico, sin tener nada especialmente diagnosticable, por ahora, quizas algún día….

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