El dopaje en el tenis, más allá de Sharapova y las insinuaciones sobre Nadal

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Maria Sharapova. Foto: Cordon Press.
Maria Sharapova. Foto: Cordon Press.

Para quien no lo conozca, Paul Kimmage es un exciclista irlandés de finales de los ochenta, reconvertido al periodismo desde el mismo día en que colgó la bicicleta. Como corredor no destacó demasiado, más allá de hacer de gregario puntual para su compatriota Stephen Roche. Como periodista ha dedicado su vida a la lucha contra el dopaje, con las consecuencias que eso suele conllevar: incomprensión, insultos, demandas y la condición de paria durante muchos años, prácticamente hasta que Lance Armstrong se vio obligado a reconocer la estructura de dopaje masivo del US Postal, exonerando así a los Walsh, Kimmage y compañía que llevaban años denunciando sus mentiras.

Aparte, Kimmage escribió, nada más retirarse, un libro llamado Rough ride, que se puede considerar el pionero a la hora de hablar desde dentro de asuntos de dopaje. No era gran cosa. Visto veinticinco años después, es difícil comprender cómo pudo causar tanto escándalo en su momento. Por supuesto, se habla de anfetaminas, de cocaína, de dopaje de primera y de segunda… Pero al lado del libro de Tyler Hamilton, por ejemplo, aquello se queda en nada.

En ocasiones Kimmage exagera, es poco riguroso. Él parte de la premisa de que el éxito en el deporte profesional solo se puede conseguir recurriendo a sustancias prohibidas y siguiendo su lógica prácticamente todo el mundo es culpable o cuando menos encubridor. Es una mentalidad peligrosa, por supuesto. Yo mismo estoy dispuesto a admitir que la gran mayoría de mis ídolos se han dopado o se dopan, pero tengo cuidado de reconocer que no sé exactamente quién sí y quién no, que no es poca cosa.

Sin embargo, su temeridad le convierte en una buena punta de lanza para quienes quieran seguir investigando más tarde. Por ejemplo, aprovechando el positivo de Maria Sharapova curiosamente anunciado por la tenista antes que por el órgano sancionador— Kimmage ha aprovechado para rescatar en el diario irlandés The Independent una conversación que tuvo con Andre Agassi con motivo de la promoción de su autobiografía Open, esa en la que confiesa que dio positivo por cristal, que efectivamente lo había consumido poco antes de una competición y que la ATP no solo decidió no sancionarle al entender que no lo había hecho para aumentar su rendimiento, sino que decidió ocultar el caso hasta que el propio Agassi lo hiciera público.

Es una entrevista fascinante, porque Agassi tuvo el valor de escribir lo que ninguna estrella escribiría sobre sí mismo y Kimmage está dispuesto a cualquier cosa menos a dejarlo ahí y darle una palmadita en la espalda. En cuanto al uso «recreativo» de determinadas drogas, el periodista lo deja claro: «Yo he tomado anfetaminas para competir y créeme que mi rendimiento mejoraba mucho». Agassi esquiva esa bola con un razonamiento algo débil, que vendría a decir: «En el tenis, un deporte de resistencia, pero también de concentración, este tipo de drogas acaban perjudicando tu juego mucho más que beneficiándolo». Es una excusa que en fútbol también se utiliza a menudo.

La cosa no queda ahí: Kimmage no tiene problemas en preguntarle por su relación con el preparador físico de Las Vegas, Gil Reyes, y por el tratamiento físico al que se sometió a partir de su crisis de 1997. ¿Seguro que no hubo dopaje? ¿Recurres a «los mejores médicos y los mejores tratamientos» y ninguno te recomienda EPO o autotransfusiones o nada de lo que se está haciendo en otros deportes? La respuesta de Agassi, por supuesto, es no, y para un ciclista es difícil de creer, claro… Pero puede ser verdad, al menos en el caso de Agassi, concedámosle el beneficio de la duda.

Y es que el problema en el deporte profesional, y desde luego en el tenis, es precisamente la duda. El hecho de que nadie haga nada por atender los rumores, investigar en serio y separar la paja del trigo. Algo parecido a lo que tampoco está sucediendo con los casos de amaños de partidos. El artículo de Kimmage, dentro de su teatralidad habitual pero probablemente necesaria, se titula «El tenis podría darle lecciones de omertà a la mafia», y en buena parte tiene razón: nadie sabe nada, nadie ha visto nada, de vez en cuando algunos piden más controles y otros dicen que ya está bien, que así es imposible poder concentrarse en los entrenamientos.

Y, sin embargo, el sentido común, y determinados hechos, nos invitan a pensar que algo hay aunque no sepamos el qué.

El peligroso ridículo de Roselyne Bachelot

Roselyne Bachelot. Foto: Cordon Press.
Roselyne Bachelot. Foto: Cordon Press.

Ese «dar palos de ciego» es lo que ha llevado a la exministra de deporte francesa, Roselyne Bachelot, a cometer un error imperdonable, acusando sin pruebas al tenista español Rafa Nadal. Les aviso de antemano de que yo soy muy poco patriotero y que, insisto, observo la limpieza del deporte profesional en todos los sentidos desde una tremenda suspicacia. Por supuesto, ya había oído las declaraciones de Yannick Noah en 2011, cuando su hijo perdió el Eurobasket contra Gasol y compañía, había leído las de Köllerer y sobre todo la famosa entrevista con Christophe Rochus en la que decía claramente que la lesión de Nadal de 2012 había sido una sanción encubierta.

Ahora bien, aquello no dejaba de ser un rumor sin base alguna. ¿La ATP «recomienda» a jugadores que se retiren unos meses de la competición mientras se estudia un caso suyo de posible dopaje? Sí, lo hace, incluso con jugadores top y lo comprobaremos más tarde cuando afrontemos el «caso Cilic» en Wimbledon 2013. ¿Quiere decir eso que cualquier lesión, especialmente cualquier lesión larga, es tapadera de un caso de dopaje? Eso es ridículo. En ese caso, Juan Martín del Potro debe de ser el deportista más dopado del mundo, porque lleva cinco años sin levantar cabeza. Y así, tantos ejemplos que vienen a la memoria.

El problema es, ya digo, el silencio. Este modo de actuar que hace que cualquiera esté al amparo de los «rumores» sin más información que el «quelqu´un m´a dit», por decirlo a la francesa. Nadal va a querellarse contra Bachelot, o así lo ha manifestado públicamente en Indian Wells, y hace bien: así podremos saber en sede judicial de dónde salen esas insinuaciones y qué base tienen si es que tienen alguna.

Otra cosa es seguir negando la mayor: en una entrevista publicada en estas mismas páginas, Toni Nadal, tío y entrenador de Rafa, se mostraba convencido de que en el tenis apenas había dopaje, y comparaba su deporte con el ciclismo, donde los casos abundaban. Eso fue un golpe bajo innecesario. Si en el ciclismo se destapan constantemente casos de dopaje es porque se lo toman en serio. Sí, a la fuerza ahorcan, pero no se puede negar que es el deporte con mayor vigilancia sobre sus profesionales, tanto por parte de las autoridades como de la prensa.

Al tenis, en cambio, lo controlan pocos, y parece muy complicado que, compartiendo en ocasiones incluso los mismos médicos y sabiendo que las sustancias están ahí, a menudo indetectables, absolutamente nadie las utilice. Cuando Kimmage le pregunta eso a Agassi en la citada entrevista, Agassi se limita a apelar al honor: «Nunca se me ocurriría porque aunque no me pillaran sería hacer trampas». Eso lo hemos oído demasiadas veces en demasiadas bocas corruptas, así que mejor vayamos a los datos, a la lógica. Si hay una sustancia nueva, mejora tu rendimiento, es indetectable en un control antidopaje o directamente no está en la lista porque las autoridades ni la conocen, como es el caso del meldonio que Maria Sharapova llevaba diez años tomando, es muy probable que alguien la tome. Si son cinco, diez, cincuenta o cien, y cuáles son sus nombres y apellidos es lo que no lo sabemos. Bueno es que se sepa cuanto antes y no nos basemos en supuestos códigos de honor.

Porque lo triste es que hay casos de sobra como para tomarse la cuestión en serio. Muy en serio. Y siguen sin hacerlo. Solo las manos a la cabeza cuando algún caso se confirma o la indignación —comprensible cuando se da un nombre al azar.

Del escándalo de del Moral al cuarto secreto de Serena Williams

Mis problemas con el tenis profesional vienen de lejos, pero se han incentivado en los últimos años con la proliferación de casos digamos que extraños y que la prensa ha dejado pasar de largo. Es un clásico de la industria del deporte: los órganos reguladores a menudo son federaciones u organizaciones que se lucran con la presencia de las grandes estrellas, con lo que serían los primeros perjudicados en caso de que estas estrellas tuvieran que apartarse meses o años de la competición. Lo mismo pasa con los periodistas. Los hay que se matan por averiguar la verdad y los hay que, una vez han conseguido elevar a la categoría de ídolo a alguien, probablemente haciéndose su amigo en el camino, tienen muy complicado ponerse ahora a investigar lados oscuros.

Aparte, no olvidemos: o tienes los cabos muy atados o te expones a una demanda millonaria, como le pasó a David Walsh con Lance Armstrong. Tuvo que pagarla en su momento por su libro L. A. Confidential y a su vez el texano se la tuvo que devolver cuando admitió que todo lo que se contaba en ese libro y que Walsh no había podido demostrar ante el juez era verdad.

Vamos, en cualquier caso, con algunas de estas situaciones anómalas y que cada uno las juzgue como estime oportuno, más que nada para que nadie piense que todo esto del dopaje en el tenis empezó en enero de 2016 cuando a Sharapova se le olvidó leer su correspondencia un email, según ella; cinco, según la ITF y la AMA sino que viene de bastante atrás.

1) En su autobiografía, Tyler Hamilton definía al doctor Luis García del Moral como la clase de médico que entra en una habitación y antes de que te des cuenta tienes una aguja puesta en el brazo. En la investigación posterior de la USADA se señala a del Moral como pieza clave de la «mayor trama de dopaje de la historia» y se le sanciona de por vida, sanción que ha hecho extensiva la AMA. El propio Toni Nadal, en la citada entrevista con Jot Down, afirmaba que Lance Armstrong era un tramposo y «que lo sabíamos todos».

Del Moral era el médico de Armstrong, o lo fue en el período 1999-2003 al menos. Bien, ¿qué hizo exactamente del Moral como encargado médico de la academia TennisVal durante el período de 2006 a 2012?, ¿cuáles eran sus tratamientos médicos?, ¿aparte de Sara Errani, sorprendente finalista de Roland Garros que siempre dijo de él que «era el mejor médico deportivo que conocía», qué otros jugadores colaboraron con él?, ¿hay investigaciones llevándose a cabo para verificar que esos jugadores no han estado sometidos a tratamientos irregulares como sí lo estuvieron los clientes ciclistas de del Moral?

2) ¿Cuál es exactamente la «ayuda sustancial» que dio Wayne Odesnik a la ATP y la ITF que justificó en su momento la reducción de su sanción de dos años a uno? Hay que recordar que la sanción a Odesnik no era exactamente por dopaje sino por tráfico de sustancias dopantes: el amigo se presentó en el Open de Australia de 2010 con un cargamento de hormona del crecimiento que hacía complicado pensar que se tratara de dosis para él solo. ¿Quiénes eran, pues, sus clientes? ¿Es esa la información que dio a las autoridades y por la cual logró competir de nuevo durante cinco años hasta que en marzo de 2015 diera de nuevo positivo y fuera sancionado con quince años de inactividad? ¿Por qué el jugador siempre ha negado haber colaborado con nadie y menos en ese sentido?

3) Odesnik aparece también en los papeles de la investigación que la Agencia Federal llevó a cabo en Miami y determinados gimnasios de Florida entre 2010 y 2014 con la intención de acabar con el tráfico de esteroides, anabolizantes, hormona del crecimiento y otras sustancias dopantes relacionadas especialmente con el béisbol. La investigación estuvo a punto de llevarse por delante la carrera de Alex Rodríguez, entre otros, una de las más grandes estrellas de los New York Yankees y del deporte. ¿Sabía algo la ATP de lo que estaba pasando en Miami, del papel de Odesnik en todo eso y por qué determinados deportistas trasladaron su lugar de entrenamiento a esa ciudad con éxito inmediato?

4) El torneo de Wimbledon de 2013 fue de los más raros que se recuerdan: de hecho, fue el que más retiradas tuvo en toda la historia, al menos desde que existe la Era Open (1968). A las pocas semanas, supimos que uno de los retirados por lesión, Marin Cilic, uno de los cabezas de serie en el torneo, no estaba lesionado sino que se le había recomendado apartarse por tener un asunto de dopaje pendiente desde el torneo de Munich en abril. Cilic estuvo en el limbo jurídico durante dos meses más, hasta que en septiembre de ese mismo año se decretó una sanción de nueve meses, que después el TAS redujo a cuatro, permitiendo al croata volver antes al circuito, recuperar puntos y un año después ganar el US Open. Ahora bien, la duda sigue: ¿por qué permitió la organización de Wimbledon que Cilic enmascarara su positivo con una supuesta lesión?

5) El de Cilic no es el único caso de sanción encubierta que pasa por lesión mientras vemos qué hacemos contigo. Ya hemos mencionado el caso de Agassi, y aunque ahí puedo creer que su intención no era doparse para mejorar rendimiento, desde luego es un indicio de cómo se toma la ATP la lucha contra el dopaje, de manera casi tan seria como cuando Richard Gasquet dio positivo por cocaína y la excusa «es que besé a una chica que había esnifado coca poco antes» se dio por buena. El caso se convirtió en una sucesión de pruebas y contrapruebas y al final, el TAS consideró que no había indicios suficientes para pensar que había tratado de mejorar su rendimiento. Gasquet mencionó un supuesto estudio de ADN que confirmaba que su organismo estaba limpio de cocaína: ahora bien, la cocaína de alguna manera tuvo que entrar en su organismo por mucho que luego desapareciera.

Cuando Kimmage pregunta a Agassi por este caso, el estadounidense, con algunas evasivas, viene a afirmar que a Gasquet se le dejó pasar ese positivo porque estaba en un mal momento y lo mejor era ayudarle a salir adelante. Otro caso menos conocido pero igual de escandaloso es el de Fernando Romboli, jugador que dio positivo en verano de 2012, se retiró de las canchas durante varios meses y solo en mayo de 2013, la ATP informó de que esa retirada se debía a una sanción por dopaje (furosemida) que el jugador había aceptado voluntariamente mientras se incoaba el expediente. Como la sanción era de ocho meses y medio, se le consideraba ya apto para competir de nuevo.

6) Viktor Troicki, jugador irregular pero que llegó a estar en el Top 20 y fue campeón de la Copa Davis con Serbia junto a Novak Djokovic, fue sancionado con dieciocho meses que luego se redujeron también a un año por negarse a dar una muestra de sangre en un control durante el torneo de Montecarlo en abril de 2013. Negarse a dar una muestra de sangre es motivo de sanción según el Código Antidopaje de la AMA, pero el propio Djokovic salió a defender a su amigo, como Nadal hiciera en su momento con Gasquet.

El problema de nuevo es que Troicki no es el primero en negarse a pasar un control antidopaje: en octubre de 2011, la tenista Serena Williams hizo algo parecido cuando unos inspectores se plantaron en su casa. La reacción de la estadounidense fue encerrarse en la llamada panic room y llamar a la policía, como si fueran ladrones que venían a asaltarla. A lo que se ve, no debe de ser fácil distinguir a un médico acreditado que hace su trabajo de un ladrón. Serena Williams escapó sin sanción. ¿Por qué se tratan los dos casos de distinta manera?, ¿a qué se debe el escaso número de análisis de sangre fuera de competición cuando sabemos por otros deportes que los tramposos suelen utilizar los períodos de entrenamiento para doparse más que las propias competiciones?, ¿es verdad, como dijo entonces Novak Djokovic, que el número uno del mundo llevaba meses sin pasar un análisis de sangre fuera de competición?, ¿cuáles son los criterios para estos análisis?

7) Entre 2001 y 2005, hasta cinco tenistas argentinos —Juan Ignacio Chela, Guillermo Coria, Martín Rodríguez, Mariano Puerta (dos veces) y Mariano Hood— dieron positivo, por estimulantes, nandrolona o esteroides, aunque sus sanciones, excepto en el caso de Puerta por reincidencia, fueron testimoniales y en el caso de Rodríguez no pasó de una multa. La tendencia a principios del siglo a usar esteroides y derivados, como se puede ver en el caso Odesnik, parece fuera de toda duda. No parece que la ITF ni la ATP se lo hayan tomado demasiado en serio ni hayan establecido un posible patrón de dopaje colectivo. Después de volver de su sanción, tanto Coria como Puerta fueron finalistas de Roland Garros. De hecho, a este último le detectaron su segundo positivo en la final de 2005 ante Rafa Nadal.

8) Por último, la ATP anunció la implantación del pasaporte biológico para la temporada 2013. Es una medida que yo creo que ha funcionado bastante bien en ciclismo. No es una panacea, no elimina a los tramposos, es fácilmente alterable por buenos médicos… Pero supone una importante criba. Lo que no sabemos seguro es si está funcionando de hecho o no. Las noticias son confusas. Algunos medios dicen que se empezó el mismo 2013, otros que a partir de septiembre de 2014 y desde entonces apenas hay referencia alguna al proyecto. Todos queremos suponer que, efectivamente, se está haciendo el seguimiento debido para configurar dicho pasaporte y que la ausencia de novedades se debe simplemente a que, para establecer patrones y alteraciones, hace falta esperar al menos unos años.

Serena Williams. Foto: Cordon Press.
Serena Williams. Foto: Cordon Press.

Sin paja, no hay trigo

Algo parecido a lo que hace Kimmage en el ciclismo y allí donde tiene oportunidad lo intenta hacer el administrador de la página Tennis Has a Steroid Problem, conocido en Twitter como @Tehaspe. Lo que pasa es que, partiendo de una misma base —el famoso «todos se dopan», no se preocupa demasiado en investigar antes de acusar. Quizá porque no puede o quizá porque prefiere limitarse a levantar sospechas para que otros lo hagan, de momento sin éxito alguno.

Es un ejemplo de lo que no se debe hacer desde el anonimato y que ya es directamente intolerable cuando eres exministra de deportes. Con todo, en un mundo que, como dice Kimmage, ha hecho del silencio en torno al dopaje y los amaños un modo de vida, no viene mal que de vez en cuando alguien dé el aviso. La sombra del meldonium se ha extendido por el circuito e igual que hace un par de meses todo el mundo era sospechoso de haber amañado un partido, ahora llueven los nombres de posibles consumidores.

No sería tan grave si dejaron de tomarlo antes de enero de 2016, cuando pasó a ser una sustancia dopante, pero obviamente el caso de Sharapova deja dudas: si el medicamento era tan bueno y facilitaba tanto la recuperación, ¿es posible que solo una tenista lo supiera y el resto no? En los últimos años hemos asistido a una longevidad sin precedentes entre los mejores jugadores del circuito. Puede ser talento, falta de competencia de las generaciones posteriores o simplemente una cuestión farmacéutica, que, insisto, no tiene por qué ser ilegal.

En cualquier caso, haría bien el mundo del tenis en tomárselo en serio y para tomarse las cosas en serio conviene no distraer la atención, es decir, no lanzar acusaciones sin fundamento y enredarse en el «te denuncio o no te denuncio», «es una ofensa o no es una ofensa». Trabajar duro para acabar o al menos mitigar la lacra y conocer exactamente el alcance del problema. Aquí están algunas de las pistas a seguir para entender el problema. No hace falta dar nombres y apellidos porque si de verdad es algo estructural los nombres y apellidos son lo de menos.

Confiemos en que no lo sea. La gente necesita héroes y tiene un aguante muy limitado para las decepciones. En un momento en el que se supone que el tenis vive una época de esplendor, con Djokovic, Federer, Nadal y Murray compitiendo al más alto nivel desde hace ya casi diez años, lo cierto es que este tipo de revelaciones no dejan el deporte en buen lugar. Eso puede parecer algo horrible pero en realidad es una noticia excelente porque detectar el mal es un paso irrenunciable si uno quiere apartarlo del cesto.

Otra cosa es que quieran. Sinceramente, eso es algo que solo descubriremos con el tiempo.

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