Arte y Letras Fotografía

Cuadros de costumbres

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Fotografía tomada por Lady Clementina Hawarden, ca. 1860 (DP).

Una mujer fotografía la espalda de su hijo tras dejarlo en la cuna. Ya está imaginando cómo expondrá su material en la galería, y sigue retratando: «La taza de café cubierta de sedimento, el interior del retrete, la montaña de ropa sucia vista desde dentro afuera, un montón de verduras esparcidas entre otras peladuras, las sábanas arrugadas, su propia vagina, un puñado de condones en una caja dispuestos al azar, la ventana sucia, un montón de tierra con semillas vegetales enterradas, un cajón lleno de cachivaches del trajín cotidiano». Sigue con su tarea, pero el bebé se despierta llorando. Se acerca a él con la cámara y su hijo deja de llorar. A partir de ese momento, la fotógrafa ya no mira a su hijo directamente, sino a través de la cámara: es material de su próxima exposición.

El relato en el que aparece la fotógrafa es de Rosellen Brown, titulado «El buen gobierno de la casa». La mujer había decidido mirar a su hijo como objeto de trabajo, y eso la aleja de lo maternal, según una opinión ajena que llevan consigo todas las madres. Si repasas el listado de todo cuanto fotografía, te das cuenta de cómo la mujer se adapta al medio: aquello que tiene a su alcance es aquello de lo que decidirá hablar. Durante años de historia, con la literatura fue igual —a ratos narraban aquello que vivían y conocían (lo doméstico) y a ratos, aquello que leían (salvando los filtros sociales)—. De ahí que el costumbrismo y las emociones estén eternamente vinculadas a lo femenino, cuando se trata de arte; y cuando no, también.

Antes de la mujer y de Rosellen Brown, hubo otras mujeres que decidieron fotografiar todo cuanto tenían a su alcance, pero con vocación de artistas. Entre ellas, pionera, Lady Clementina Hawarden, una de las primeras fotógrafas mujeres olvidadas —como no podía ser de otro modo—. Lady Clementina hablaba de cuadros de costumbres porque era fotógrafa amateur, aunque su intención no era quedarse en lo superficial, sino ahondar y profundizar en la fotografía como arte y, por tanto, teniéndose a sí misma por artista. Pero ¿qué iban a fotografiar las burguesas victorianas de 1857? Sus casas, sus hijos, sus vidas domésticas, sus cuartos. ¿Con qué luz iban a jugar? Con las que entraban por sus ventanas, apartando las cortinas.

Autoexploración familiar

La mayoría de las mujeres de la época se acercaron a la fotografía como medio para comunicarse con ese mundo exterior al que tenían poco acceso, o uno limitado al menos, y para tomar ciertas riendas. Muchas de ellas lo vivieron como una autoexploración familiar, en la mayoría de casos se tenían los conocimientos básicos para hacer tarjetas y álbumes de los hijos y los parientes. No dejaba de ser el testimonio de un estatus y una exposición social —bastante parecido a lo que es la fotografía amateur de hoy—, otra manera de llevar un diario de la vida que se tuvo, de la que uno querría recordarlo todo, de cómo los hijos crecieron. La aristocracia victoriana vivía entretenida con aquellas máquinas pesadas y poco prácticas, y era de lo más habitual que hombres y mujeres exploraran aquel campo poco conocido. Era signo de glamour, una modernidad, y ningún aristócrata quería quedarse atrás.

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