
En 1924 en Texas, Estados Unidos, decidieron jubilar la lazada tradicional y rendirse a los centelleantes avances tecnológicos al sustituir como pena capital la horca clásica por la moderna y muchísimo más divertida silla eléctrica. Ese mismo año se centralizaría el destino final de los presos al establecer la sede de las ejecuciones en un corredor de la muerte situado en el condado de Walker y más concretamente en la ciudad de Huntsville, una urbe que sería conocida como la «capital de la pena de muerte» y asociaría de manera eterna la imagen de Texas con las barbacoas de carne presidiaria. Pero el propio estado también sería responsable de instaurar un famoso gesto de cortesía con los condenados a muerte: el de decidir el menú de su última comida, aquella previa a su ejecución.
Este tipo de almuerzo particular, a la carta y previo al ajusticiamiento, tenía cierta tradición histórica al contar con precedentes: los griegos eran muy de enterrar a sus fallecidos junto a banquetes majestuosos y tupperwares de la época rellenos a presión con el objetivo de que ningún fantasma hambriento se quedase vagando por el mundo de los vivos a la caza de meriendas huérfanas. En algunos países europeos se cultivaba una costumbre similar al ofrecer comilonas al condenado para que de este modo hiciese las paces con el verdugo y su espectro resentido no le atormentase en un futuro. Los franceses pillaron el hábito de ofrecer un vaso de ron a todos aquellos que tenían cita para redefinir su altura con la hoja de una guillotina. Unos cuantos años antes de que en Texas atornillasen la silla eléctrica al suelo, el verdugo británico John Ellis ya tenía por costumbre invitar a un brandy al reo antes de apretarle la corbata al cuello. Y la imagen popular de los pelotones de fusilamiento insinúa que tiraban de estanco y permitían al futuro colador echarse un último cigarrillo.
Esta última cena por encargo nunca llegaría a constar como un derecho del preso, se trataba simplemente de un detalle de compasión, un gesto que se volvió tan común como para que entre los propios condenados acabasen tomando forma otras reglas no escritas de cordialidad: entre 1924 y 1964 en Hunstville, los reos que iban a ser ejecutados encargaban el postre de su última comida en un número de raciones idéntico a la cantidad de presos con los que compartían pasillo, con el obvio objetivo de que sus colegas de hotel se regasen las arterias de azúcar en su honor.
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Hermosa nota, hace unos años recuerdo haber leído un artículo sobre un estudio al estilo Bourdieu (sentido social del gusto) que indagaba sobre los pedidos de última cena. Quedaba muy claro el sesgo económico de los condenados a muerte, en su gran mayoría de orígenes humildes.
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Se me abrió el apetito!
Curioso artículo que ya había leído. Tan sólo he entrado de nuevo para corroborar la historia de Lawrence Russell Brewer, ya que anoche (24 abril 2019) fue ajusticiado uno de sus dos cómplices (o asesinos, no sé si «cómplices» sería la definición legal exacta en este caso)