Fotografía: Javier Nadales

Detrás de la editorial {Pie de Página} están los del boli rojo. Los de las anotaciones al margen y los gazapos que no vemos. Quienes fulminan los errores de concordancia, las subordinadas imposibles o las florituras de egos inflados. Los encargados de la parte más ingrata de la puesta a punto de un libro: editores, correctores y traductores. Se curtieron como negros editoriales, como «kamikazes de la lengua» de los demás, hasta que se decidieron a dar un paso al frente y fundaron la editorial.
Ahora los que estaban detrás están delante, editando sus propios libros. Se zampan las tildes de los «solo» de sus autores, e intentan eso tan romántico e impreciso de «inocular la pasión por la lengua», sacándola de su entorno apolillado. Con colecciones centradas en ensayos sobre lingüística y otras enfocadas a la narrativa. Desde una juventud insultante pero no cegadora, o lo que ellos llaman «estar con un pie en la tierra y con otro en las nubes». Y entre dos llaves.
Charlamos con Álex Herrero, su director editorial, y con Gloria Gil, responsable de comunicación y asesora pedagógica de {Pie de Página}.
Álex, tienes veintiún años y ya tienes un libro publicado, una editorial y eres asesor de Fundéu. Cualquiera diría que vas por el mal camino.
Álex: [Risas] Lo sé, lo sé. Yo en realidad empecé a estudiar Derecho, pero a los seis meses vi que todo era muy gris, que dedicándome a eso jamás viviría con la conciencia tranquila. Dejé la carrera y me planteé hacer algo de lengua de signos, pero no podía acceder a ningún grado por un tema de plazos. Así que me dije: me gustan los libros, voy a investigar por ahí. Creé una comunidad de blogueros, de reseñistas, con una peculiaridad de reseñar también en vídeo. A los seis meses de fundarla conseguimos que veintiún editoriales nos enviaran los libros gratuitamente.
¿Hablamos de booktubers?
Á. H.: Sí, eso. Es un poco el origen. A través de eso, una editorial me ofreció publicar un libro de forma gratuita, aunque era una editorial de autopublicación. Accedo a cambio de ayudarles con el marketing. Cuando llegó el libro y lo vi, pensé que a pesar de no ser lingüista era evidente que eso necesitaba más corrección. Creía que eso podía estar mejor. Y a partir de ahí surgió mi idea de hacerme corrector, y lo hice en el centro Cálamo&Cran, para profesionales de la lengua en general. Después de sacarme el curso, me llamaron de la editorial para que trabajase como corrector y ahí sí que pensé: «Esto se me está yendo». ¿Un chaval de diecinueve años que no ha pisado una editorial y es corrector recién estrenado? Pero me prometieron que aprendería, y empecé a trabajar con ellos. Allí fue donde vi que esto de la autopublicación estaba bien hasta cierto punto (porque es muy mecánico y ahí el editor un mero productor). Viene un libro, lo haces y lo mismo editas un poemario que un manual sobre cómo pilotar un avión. Me faltaba un plus de mimo, de cariño. Seguí avanzando en el mundo de la lengua y ahí conocí a Gloria y a Gabriel Cabrera en Lenguando, un encuentro de entusiastas de la lengua.
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Muy interesante. Lo de la RAE es para volver tarumba al más atinado: se admite/no se admite, ahora sí, ahora no… parece sexy, pero mejor no tomárselo en serio. Respecto a las redundancias, me parecen (siempre hablando de textos «profesionales») pesadísimas. Hay a veces un millón en un texto cualquiera: redundancia por pobreza de ideas, redundancias léxicas, redundancias visionarias y redundancias ideológicas: encuentras reescrito párrafo tras párrafo el mismo previsible rollo del primero, o te redundan a la brava cada dos por tres (reiniciar nuevamente, por exemplus), o repiten la imagen/metáfora/frase inspirada una y otra vez, como si tuvieses la memoria de un pez o su coeficiente intelectual para no pillarle el intríngulis a la primera; y, finalmente, los y las redundancias, los lectores y las lectoras, los sufridores y las sufridoras… Jo, qué paciencia hay que tener para enterarse simplemente de lo que alguien parece tener que decir…
Me encanta Editar en tiempos revueltos. ¡Gracias!