Ciencias

Los niños invisibles: la congelación de Efraín

(Ilustración: Noche helada. Trinidad Ballester)
Ilustración: Noche helada, de Trinidad Ballester.

Efraín no hacía ningún esfuerzo por caer bien. No es que fuera antipático, pero nunca veía a nadie ni se dirigía intencionadamente a ninguna persona, derramaba despistadamente la sopa encima de cualquiera que se encontrara en su camino y tropezaba indolente con las sillas y muebles que encontraba a su paso.

Para sus compañeros era irritante, aunque siempre acababan dejándolo por imposible. Ni siquiera le afectó la paliza de recibimiento que le dieron los primeros días que llegó al orfanato. Tendría entonces ocho años y no parecía que sintiera dolor. Estaba muy centrado en el momento presente, lo cual, por cierto, es un estado muy buscado en diversas escuelas espirituales. Otro modo de decirlo es que tenía un tiempo de atención muy corto y eso le dificultaba el aprendizaje.

Por supuesto que su desconexión con la escuela era total. Ni siquiera encajaba en ningún diagnóstico de inadaptación al colegio: ni trastorno de la atención, ni absentista, ni fuguista, ni negativista desafiante, ni nada parecido. No es que se escapara del colegio, es que vivía al margen de él, nunca asistía.

Se sentía cómodo permaneciendo quieto mientras el otro intentaba el contacto, normalmente sin conseguirlo. Excepto cuando en alguna rara ocasión sí lo lograba.

Su posición vital era entre diletante y escéptica. Sus faltas generalmente por omisión. De aspecto sombrío, parecía llevar un cartel en la cara que decía: «Mantenga la distancia de seguridad».

El contacto le suponía un gran esfuerzo. Más que al tenis obligaba al otro a jugar al frontón. En general, lo que más le gustaba de cualquier reunión era irse.

Muchas personas quisieron compartir cosas con Efraín, enamorarse de él y enamorarlo. Pero nunca abandonó ese estado de congelación.

No sentía el dolor, o por lo menos no hacía acuse de recibo de él, era como si se lo negara a sí mismo. Tampoco tenía grandes sufrimientos, era de una estabilidad similar al pedernal, aunque sabía disfrutar de su tiempo libre y de hacer cosas banales.

De mayor sufrió una demencia que le dejó en-si-mismado.

El ser humano dispone de tres respuestas básicas ante la adversidad: el afrontamiento, la huida o la congelación. Estas reacciones se instalan a muy temprana edad en el catálogo de comportamientos. Desde la infancia se elige la prevalencia por alguna de ellas. Lógicamente no se trata de una lealtad total, estamos hablando de líneas de propensión y es importante conocer el tipo de respuesta que la persona suele dar ante el infortunio porque esto indica el modo en que construye sus patrones de construcción de dificultades y soluciones.

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2 comentarios

  1. Muy bueno, me ha gustado, gracias.

  2. Magnifico articulo que refleja la fragilidad de los niños y del ser humano en general. hermoso el poema de Trinidad Ballester.

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