
Hubo un tiempo en que el jazz no era solo una marca de distinción cultural. No servía como hilo musical. No admitía lecturas pacificadoras. No adornaba los eventos de las instituciones gubernamentales. No se encontraba petrificado en una memoria idealizada de antros oscuros y humo de tabaco. Hubo un tiempo en que el jazz, música rebelde, no reconciliada, convulsa, inició un viaje más allá de sus propios límites y convirtió la libertad en su único fin. La detonación del orden establecido, la ampliación de lo posible y la destrucción de cadenas fueron los medios. El camino no fue de rosas, claro. Fue de fuego y lucha. De menosprecios y conquistas. El free jazz, así bautizado desde que en 1961 el doble cuarteto de Ornette Coleman editase en disco la «improvisación colectiva» del mismo nombre, supuso tal vez el punto de no retorno de la música afroamericana nacida a finales del siglo XIX en Congo Square, New Orleans.
La historia de este meteorito cuenta con versión más o menos oficial. Es aquella que menciona la pieza «Intuition», grabada por el pianista Lennie Tristano en 1949, y salta después a los primeros discos del cuarteto de Ornette Coleman, que a finales de los cincuenta reunió a iconoclastas como el contrabajista Charlie Haden o el trompetista Don Cherry en cinco elepés de significativos, desafiantes títulos y una diabólica reapropiación de manierismos bebop: ¡¡¡Algo más!!! (Something else!!!, 1958), La cuestión es mañana (Tomorrow is the cuestion, 1959), La forma del jazz que viene (The shape of jazz to come, 1959), Cambio de siglo (Change of the century, 1959) y Esta es nuestra música (This is our music, 1960). El despegue de John Coltrane hacia su propio colapso, identificado por cierta crítica en la pieza «Chasin’ the Trane» y su estrategia de desatar saxofón y sección rítmica, conformaría el siguiente hito del jazz en libertad, junto a la desestructuración del piano realizado por Cecil Taylor. Eric Dolphy, Albert Ayler o Archie Shepp son habituales en las nóminas de instrumentistas del movimiento.
Esta, variante formalista y más difundida de la historia del free jazz, reduce el movimiento a una lógica estética evolucionista. Solipsista. La música solo responde ante sí misma y sus reglas. Nada interfiere en la combinación de notas, texturas, armonías, que procuran territorios sonoros no explorados, presuntamente inéditos. Al igual que la pintura viajó hacia la abstracción, parece decir, el jazz se aparta de la comunidad donde había surgido y se convierte en asunto académico, elitista. Ya no se puede bailar, ya no es nuestra revolución. Y, sin embargo, esta no es la única versión de los hechos. «La música negra es esencialmente la expresión de una actitud o una serie de actitudes frente al mundo y solo secundariamente una forma de elaborar música», escribe el crítico Leroi Jones en el ensayo Crítica de jazz e ideología.
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Gracias por el artículo. Si no fuera por revistas como ésta…
Recomiendo el clásico historia del jazz de ken burns para completar auditiva y visualmente el artículo, aunque éste va más lejos en contenido, desde luego.
En España no interesa mucho la música fuera del mainstreaming, no digamos ya el free jazz. Siempre he creído que géneros como el jazz gustan si tocas algún instrumento, fuera de ese ambiente, te miran raro, como no es un balón al que chutar… Por eso se agradece mucho leer este tipo de artículos
Y A. Braxton??? Ahh claro, no encaja en toda esta más que desfasada e idealizada asimilación de una nada más y nada menos forma de hacer música.
Y de lo que vino después?? toda la confluencia entre free improvisation, electroacústica, música experimental, composición estructurada….que abrazaron al free jazz. Esto avanza, dejarse de idealizaciones, el freejazz sin más a día de hoy es tan clásico como el be o hard bop…