
En febrero de 1958, Mildred Delores Jeter le dijo a su novio, Richard Perry Loving, que estaba embarazada. Sentados en el porche de la casa de sus padres, Mildred solo necesitaba taparse con una manta de lana calada porque, pese a la fecha, la tarde no era especialmente fría en Central Point, condado de Caroline, Virginia. Richard, que era un tipo sobrio y escueto, pasó su brazo por el hombro de Mildred y le dijo: «Good. That’s good».
Mildred y Richard eran dos jóvenes que se querían y querían a la tierra donde habían nacido y donde se habían criado. Les gustaban las praderas y los bosques de tilos que se mezclaban entre las casas que salpicaban su condado. Se habían conocido allí de niños, habían jugueteado y correteado allí y se habían enamorado allí cuando apenas eran dos adolescentes. Richard trabajaba de albañil, aunque lo que de verdad le gustaba era afinar motores de coches en el garaje de su amigo Raymond Green, para luego hacerlos correr en drag races. Era bueno en lo que hacía. Mildred era ama de casa. Tenía carnet de conducir y se había graduado en el instituto sin ningún problema porque era una chica atenta y despierta, pero lo que de verdad le gustaba era cocinar y coser. Eran pobres porque todo el mundo era pobre en Central Point, pero les importaba poco; iban a formar una familia juntos.
Richard era blanco, Mildred era negra. Hacían una pareja estupenda.
Así comienza Loving, la última película de Jeff Nichols. Y también continúa así. Sobria y contenida, por mucho que narre un hecho real tan gigantesco que cambiaría las vidas de su protagonistas, la de todos los habitantes de los Estados Unidos de América y, por extensión, la de todo el mundo. Pero la apuesta del director y guionista norteamericano es parca y casi austera. No solo como consecuencia de una decisión cinematográfica, es que por mucho que, efectivamente, el caso Loving contra Virginia sirviese para modificar la ley federal, Richard y Mildred nunca lo pretendieron. No buscaron ser héroes y, probablemente, tampoco lo fueron. Ellos solo querían vivir juntos en el lugar donde habían nacido.
Richard y Mildred se casaron en junio de 1958 en una ceremonia muy sencilla ante un juez de Washington, DC. Recorrieron los ciento sesenta kilómetros que separaban Caroline de la capital del país porque, aunque hacía más de dos años que Rosa Parks se había negado a ceder el asiento a un blanco en un autobús de Montgomery, Alabama, el matrimonio interracial estaba prohibido en Virginia y en la mayoría de los estados del sur.
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Qué hermoso, y qué grande.
Hermosa historia y hermoso texto.
Habrá que verla.
Y es que, en Eeuu, lo queramos o no, la mitad de la población es facha sin remedio. La reciente victoria de Trump lo corrobora.
¡Gracias!