Sociedad

De víctima a superviviente

Cuatro mujeres que han sufrido violencia machista cuentan su historia. No como víctimas sino como supervivientes de una sociedad y un sistema que las ha cuestionado y las ha convertido en ello.

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Jèssica. Fotografía: Guillem Valle.

«Lo siento, chica, la vida es dura. Yo no sé cómo estás ni quiero un informe del amigo de papá que diga que la niña no está bien». Esta fue la respuesta de la jefa de estudios de la facultad donde Jèssica, de veinticinco años, está estudiando. Hacía poco más de un año que había sido violada por dos desconocidos en los alrededores de esta facultad, de noche, cuando iba a buscar el coche para volver a casa. Cuando acabe la carrera llevará estos hechos a los tribunales. Mientras se reserva, comienza a narrar su historia: «Caminaba sola y sentí que me llamaban pero no hice caso. Ni me giré, pero eran muy insistentes y me puse nerviosa y caminaba más deprisa. De repente noté que me tiraban del pelo y el cuello. Fue muy rápido. Me estaban ahogando y me empezaron a pegar; primero, en la cara, y después por todo el cuerpo». Inspira y continúa: «Me decían que no me girara y cuando intentaba defenderme me pegaban más fuerte. Me destrozaron la cara, la mandíbula, un ojo, y el cuello me quedó marcado. No les vi la cara». Pausa larga: «Me arrancaron la ropa y me agredieron sexualmente». Con los ojos anegados, baja la mirada. «Notaba que tenía mucha sangre en la cara, todavía no sé cómo, di una patada y huí corriendo sin mirar atrás. Subí al coche y, hasta llegar a mi pueblo, no recuerdo nada más».

Desde entonces no ha dejado de luchar ni un solo día para salir del infierno en el que la hundieron aquellos dos hombres. A pesar de la insistencia de la familia, no quiso denunciarlo y reconoce que no sabe muy bien por qué, que tal vez tenía miedo de tener que admitir los hechos. Y conocía casos de chicas que no se habían sentido bien tratadas durante todo el proceso y en ese momento no se sintió capaz de afrontarlo. A los dos meses inició terapia con un psicólogo e intentó seguir la vida que llevaba con normalidad. Un año después, sin embargo, la violencia sufrida se manifestó en una depresión que la llevó a tener pensamientos suicidas. Explica que el trato que recibió de la facultad, la mala atención del departamento de psiquiatría del Centro de Atención Primaria (CAP) de su pueblo, así como comentarios del entorno, la hundieron aún más. La jefa de estudios negó el cambio de grupo porque consideraba que las razones de Jèssica no tenían suficiente peso: «La vida es dura, pero es que ya hace un año de todo eso», le respondió. Ir al grupo de tarde le suponía tener que hacer, de noche, el mismo recorrido del lugar donde la agredieron. Finalmente, a medio semestre le concedieron el cambio, no sin recordarle: «Ya veremos si apruebas esta asignatura». Terminó el semestre, aprobando la asignatura, y aquel curso no se volvió a matricular. En plena depresión, era incapaz de levantarse de la cama y no podía dormir. El psicólogo le recomendó que fuera al CAP para que le dieran medicación. Allí se encontró otro muro: «Me recetaron una medicación que me hizo una mala reacción. Intenté volver a ver a la psiquiatra, hasta que fui personalmente y la recepcionista me dijo: «¿Crees que la gente no tiene vida social? Cuando pueda ya te llamará»». Y nunca la llamaron.

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11 comentarios

  1. Brutal.
    Me he quedado sin palabras. Menudo sistema de justicia tenemos que culpabiliza a las pocas víctimas que encima se atreven a denunciar. Porque según se ve es todo un atrevimiento hacerlo.

    Gracias a la autora por dar visibilidad con el reportaje y mucho ánimo a las valientes que le han puesto cara.

  2. Bochornoso

    Mientras tanto pagamos millones a asesores de politicuchos que teclean el típico mensajito «repudiamos..»..»condenamos…» bla bla bla y solo conocen las historias de estas mujeres por estadísticas.

    Mucha fuerza y ánimos para continuar con vuestra lucha diaria, ojalá os recuperéis pronto y del todo..ojalá.

  3. Escalofriante. He tenido que hacer un esfuerzo para leerlo todo. Y lo peor es que no terminarán estas agresiones gracias a que finalmente las mujeres han logrado hacerse oír, continuarán, talvez en menor medida, pero no desaparecerán. Como varón me pregunto qué puede hacer la educación contra el instinto que desconoce las más elementales normas de respeto. No sirven rezos ni antibióticos. Qué calvario la de esas mujeres. Y qué se podía esperar de un universo al masculino? Si iban para lamentarse al cura, siempre varón como asimismo las autoridades, lo primero que sentían era: No es por casualidad que los has provocado? El testosterona es una maldición.

  4. Sinceramente, este texto me ha dejado abatido. Los sucesos son escalofriantes en todos los casos, pero lo qie verdaderamente me ha impactado han sido las reacciones de las personas que supuestamente deben ayudar a las victimas (funcionarios, abogados, jueces..).

    Supongo que les importa mas bien poco, pero les mando todo mi apoyo a estas cuatro chicas. No os rindais.

    La sociedad debe proporcionar a las mujeres las herramientas para defenderse, pero este problema no se solucionara hasta que no desaparezcan los violadores. Y esto solo ocurrirá desde la educación, hablando y concenciando de este problema desde pequeños.

    Gran trabajo jot down por este artículo.

  5. Llevo años luchando desde la sombra, exactamente 17 años…. en caso de abuso a menores todos y cada uno de los puntos que leventais son ciertos y iguales…si añades a esto un entorno social que toca educacion, burguesia, religion, y mundillo del derecho calentado todo en una isla el souflé esta servido…. 1000 gracias chicas por vosotras… y por las demas….España os necesita bravo y animo✌️????????

  6. Artículo tan desagradable como necesario. Desde el mal cuerpo que me ha dejado: gracias por escribirlo.
    Apunto 2 reflexiones:
    Cometemos un error de concepto cuando buscamos justificaciones a las agresiones «¿qué hora era, llevaba Ud. una minifalda?» o cuando les buscamos eximentes ¿ armas de fuego en el hogar…? Como si los insultos y los golpes no pudieran herir cuerpos y almas. Es un problema de base cultural -creo- nuestra necesidad de racionalizar, explicar la violencia, porque cuando lo hacemos, quedamos a un paso de justificarla.
    Hablamos de instituciones, de sistemas que no funcionan. Pero las instituciones las formamos personas. Algo funciona rematadamente mal en las cabezas de los jueces y funcionarios insensibles.

  7. Me alegra que España sea un país donde este tipo de agresiones sean muy pocas. Incluso comparándonos con el resto de Europa.

  8. Es desolador. El 016 responde con un mesaje estándar. Las compañeras «feministas» cuestionan a la víctima con un «no seas exagerada» o «habrá sido un malentendido», las compañeras feministas protegen al acosador con un «no me digas su nombre, no sea que lo conozca», las compañeras «feministas», con una frialdad insoportable, envían mensajes por whatsapp con «metoo», «yo te creo», pero no creen a su compañera.
    Tan triste todo.

  9. Pingback: Un nido de perversiones – El Sol Revista de Prensa

  10. ¿Que se puede esperar de un sistema institucional, político y judicial, que deja libre a la Manada más que este maltrato a la mujer?
    ¿Que pueden entender los agresores salvo que tienen permiso para hacer lo que les venga en gana?
    Contabilizar en 2016 tres violaciones denunciadas por día que además se calcula representan el 20% de las posibles/reales hace un mínimo de 5600 violaciones por año. ¿Estamos hablando de un país civilizado o estamos hablando de la barbarie que se lee existe en algunos rincones de Africa? Ser mujer es para muchas vivir una desprotección total y absoluta.
    Asco y rabia hacia estos violadores que solo me inspiran deseos de cortarles el cuello.
    Agradecimiento y respeto hacia estas mujeres que han sido capaces de contar la humillante y triste odisea de su día a día.

  11. Pingback: Federación Anarquista ? Noticias anticapitalistas y informaciones libertarias

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