
Michel Tournier decía que un mito es, básicamente, una historia que ya todo el mundo conoce. Uno se siente acechado siempre por los mismos conceptos, y lo que quizá ocurra es que no existen, dentro de los ajustados límites autoimpuestos por nuestro sistema cultural occidental, más cosas por inventar. Quedan, si acaso, nuevos enfoques, sorprendentes perspectivas desde las cuales aproximarse a esos conceptos, y en ellas quizá resida la capacidad para sorprender, en este mundo ajeno a las sorpresas, al consumidor de cultura.
Ni siquiera uno de los artistas más transgresores del último siglo, como lo es el cineasta David Lynch, ha logrado escapar de una mitología que constriñe la creación hasta un punto inconcebible, de una manera tan asfixiante y firme que escapar de ella resulta imposible, si no una cuestión que nadie puede llegar siquiera a plantearse.
Lynch es un creador que, de todos modos, ha construido a su alrededor un universo visual propio, una forma de entender un contexto inmutable que, hasta cierto punto, ha acabado siendo intransferible. Las obras del director norteamericano son fácilmente identificables, rápidamente atribuibles. Podríamos concluir, pues, que David Lynch encarna a la perfección esa idea de aproximarse a un universo conceptual común de una forma diferente, con una mirada capaz de ampliar horizontes.
Su filmografía no resulta especialmente prolífica, aunque sí brillante y ecléctica, capaz de amansar todo tipo de registros con el mismo objetivo comunicativo: el de explorar los límites del mundo onírico, el de entender cómo y hasta qué punto este modifica y afecta a la realidad terrenal. Sus acercamientos más obvios a esta idea (Mulholland Drive, Carretera perdida, Inland Empire, Cabeza borradora) son considerados obras de culto del cine de autor, al igual que Terciopelo azul o El hombre elefante, que mantienen una mayor distancia y se mueven con mayor comodidad en el terreno de la sutil sugestión.
De todos modos, la gran cima de su carrera, y el proyecto al que mayores esfuerzos ha dedicado en su trayectoria tras las cámaras, se encuentra lejos de su obra cinematográfica, escondido en los albores de la televisión como plataforma acogedora de ambiciosas obras de ficción. David Lynch creó Twin Peaks a principios de los años noventa, y lo hizo de la mano de Mark Frost, un guionista televisivo con quien desarrolló una profunda amistad a lo largo de la década de los ochenta.
Después de la emisión de dos temporadas en la cadena estadounidense ABC, el estreno de la precuela en forma de película Twin Peaks: Fuego camina conmigo y la publicación de dos spin-off en formato libro (El diario secreto de Laura Palmer, escrito por Jennifer Lynch, hija de David, en 1990; y La autobiografía del agente especial del FBI Dale Cooper: Mi vida, mis cintas, escrito por Scott Frost, hermano de Mark, en 1992), la serie se canceló. Sin embargo, veinticinco años después, el canal de pago Showtime la recuperó con la emisión de una tercera temporada, también comandada por Lynch y Frost. Este último publicó La historia secreta de Twin Peaks en 2016, un libro en formato de expediente policial en el que profundiza en cuestiones abiertas de las dos primeras entregas y tiende el puente hacia la última.
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Si, bueno. Pero como serie, a partir de mitad de la segunda temporada, el show se vuelve un truño bastante grande.
Tu si eres un truño.
Seguro que están a punto de poner a la venta los dvd con la tercera temporada, ¿eh, Azote? ¡Que te sobra la A!
Excelente artículo. Su lectura ha sido todo un placer.
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