Tina Turner y Ann-Margret: la pareja atómica

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Tina Turner, (Ike & Tina Revue), París 1971. Fotografía: Cordon.

Cuando dos grandes artistas comparten escenario, damos por hecho que el resultado va a ser bueno. Son profesionales que conocen su oficio y saben cómo afrontar una actuación, dónde radican los puntos fuertes de un espectáculo, cómo adaptarse a quien está pisando las tablas junto a ellos. Eso no significa que necesariamente vaya a surgir la magia, aunque estén ofreciendo algo de calidad. La magia aparece, o no. Nadie sabe por qué. Simplemente ocurre. La química escénica entre dos artistas, como la cinematográfica, no equivale a la suma de sus dos talentos. Su fórmula es otra, aunque nadie sabe exactamente cómo expresarla en números, ni cuáles son sus ingredientes precisos. A veces, dos artistas suben a un escenario y lo que sucede está fuera de lo normal. Producen la impresión de que hubiesen nacido para compartir ese instante.

Eso es lo que sucedió en su día con Tina Turner y Ann-Margret (a la que se nombra por su nombre compuesto, dejando de lado su apellido: Olsson). Cuando se conocieron, tenían la misma edad (Tina es cinco meses mayor), un talento equiparable y personalidades afines; ambas provenían de zonas rurales y hasta compartían nombre de pila (el nombre de nacimiento de Tina Turner era Anna Mae Bullock). Establecieron una fuerte conexión personal y, como veremos, una ayudó a la otra a sobrellevar algunos de los peores momentos de su vida. Pero, a priori, nadie hubiese pensado que encajarían tan bien. A Tina la hemos visto hacer duetos con muchos artistas y los ha eclipsado a casi todos; de hecho, si no los ha eclipsado más, es porque suele contenerse para no robar todo el protagonismo. Pues bien, Ann-Margret fue, no sé si la única, pero sí de las pocas personas que estuvo a la misma altura que Tina sobre las tablas, cuando Tina estaba en la plenitud, y sin necesidad de que rebajara las revoluciones. Fue, creo yo, la que mejor pareja hizo con ella. Por desgracia, aquella colaboración artística se limitó a un momento puntual y nunca lo llevaron más lejos; sus carreras y sus vidas no favorecieron que el dueto se repitiera, aunque hayan mantenido una entrañable amistad desde entonces. Siempre nos quedará la melancólica duda sobre qué otros momentos de grandeza nos hubieran podido ofrecer mano a mano, pero sí nos queda una historia de simpatía mutua, lealtad y, qué demonios, ¡algunos de los mejores minutos en la historia de la televisión!

Tina y Ann se conocieron a finales de los sesenta, cuando ambas actuaban en Las Vegas la misma noche, aunque en escenarios distintos. Tina admiraba mucho a Ann-Margret y, en cuanto terminó su propio concierto, salió pitando para poder contemplar lo que quedaba de actuación de la otra. Llegó a tiempo para ver algunas canciones y después se metió entre bastidores para conocerla. Tina descubrió con asombro y satisfacción que Ann-Margret demostraba hacia ella la misma actitud de fan, o más: de hecho, Ann tenía una pila de discos de Tina junto al tocadiscos del camerino. Aún tardarían unos años en volver a coincidir y tener tiempo suficiente para hacerse amigas, pero ambas quedaron felizmente marcadas por el hallazgo de que se habían estado admirando en la distancia.

Ann-Margret actuando ante los soldados en Vietnam del Sur durante el show de Navidad de Bob Hope, 1968. Fotografía: Cordon.

En la época de aquel primer encuentro, ambas eran artistas bien establecidas, pero Ann-Margret era la más famosa de las dos, gracias al cine. Estaba especializada en musicales. Desde muy pequeña había cultivado la danza y el canto; en su adolescencia empezó a actuar al frente de un grupo musical, un cuarteto de jazz llamado The Suttletones, con los que tenía trabajo, pero no colmaba sus ambiciones. Su primer salto se produjo cuando tuvo la oportunidad de realizar una audición como cantante y bailarina para el cómico George Burns. Este quedó impresionado por sus habilidades para el canto y el baile, pero además le enseñó la relevancia del sex appeal a la hora de alcanzar el estrellato. El primer día, ella se presentó ataviada con un suéter de lana azul y unas medias oscuras («eran la única ropa escénica que tenía»), vestimenta cómoda que le permitía moverse con comodidad pero que a ella misma le parecía muy cutre. Cuando Burns la llamó para una segunda audición, Ann se compró un elegante vestido con el afán de impresionarle. Burns se limitó a decir: «¿Dónde están el suéter ajustado y las medias del otro día?». Ann, sorprendida, respondió que pensaba que el vestido era más bonito. Él replicó: «La gente no solo quiere oír tu voz, sino también ver de dónde sale». Ann tomó buena nota del ello («Nunca lo olvidé») y, de hecho, convertiría ese sencillo atuendo —suéter ajustado y medias— en su marca personal en futuras películas y actuaciones. Burns la contrató y se convirtió en su primer maestro. Ensayaban cada número en casa del cómico; al parecer, era la mujer de Burns quien ejercía como juez: «Gracie bajaba las escaleras y se sentaba en el sofá. George y yo interpretábamos un número, cantando y bailando; si a ella le gustaba, lo incorporábamos al repertorio. Si no le gustaba, había que corregirlo.»

De las apariciones en televisión junto a Burns, que la hicieron más conocida pero no una estrella, pasó a las audiciones cinematográficas y las grabaciones de discos. Su carrera discográfica nunca llegó a despegar del todo, porque no estuvo bien aconsejada. Al principio, intentaron convertirla en una versión femenina de Elvis Presley; la competencia por hallar a the female Elvis llevaba varios años obsesionando a las discográficas. Obviamente, era más una jugada publicitaria que otra cosa; a ninguna mujer le hubiesen permitido actuar con el desparpajo de Elvis, y hasta al propio Elvis lo obligaron bien pronto a moderarse. Ann grabó temas que había cantado Elvis, como «Heartbreak Hotel» y «Fever», y algunas canciones de rock and roll más bien edulcorado. Eran versiones de producción demasiado inofensiva, que no llegaban a la altura de otras que circulaban por ahí, también cantadas por mujeres. No se supo sacar provecho del torbellino que podía ser Ann sobre las tablas y se optó por una versión suavizada que no llegó a ninguna parte; Ann-Margret no funcionaba como cantante inofensiva. Eso no era ella. Su único éxito de consideración fue «I Just Don’t Understand», un tema que, como bien puede presumir, interpretaron los mismísimos Beatles menos de dos años después. Pero ese éxito no se repitió, entre otras cosas porque no tardó en centrarse en Hollywood.

En el cine iba a tener las cosas muchísimo más fáciles. No le costó conseguir sus primeros papeles en la pantalla. Su primera prueba de pantalla para la 20th Century Fox hizo que la fichasen de inmediato como apuesta de futuro: aquellas pruebas de cámara son absolutamente arrebatadoras. Hay muchas chicas guapas en el mundo, pero Ann-Margret, además de saber cantar, proyectaba una personalidad apabullante. Era hipnótica, felina, y un punto excéntrica (filo alocado que no le dejaron explotar mucho en el cine). En cualquier caso, no se necesitaba ser un genio del casting para comprender que iba a ser una estrella. Cuando la vieron, detectaron a una posible sucesora de Marilyn Monroe. Sí, su prueba era para tanto. Compruébenlo ustedes mismos:

Fox le ofreció un contrato de siete años en calidad de estrella en ciernes y, para ponerla a prueba, la cedió temporalmente a United Artists, donde debutó en la que sería última película de Frank Capra, Un gangster para un milagro. En aquella comedia actuaba junto a nada menos que Bette Davis, Glenn Ford y Peter Falk. Demostró que también sabía interpretar y de paso ganó un Globo de Oro como «estrella más prometedora». Su contrato cinematográfico, cosa que aún era típica en los estudios, conllevaba un cambio de imagen. Esto, hoy, nos parece anticuado. Las estrellas cambian de físico según el personaje. Por entonces, sin embargo, tener una imagen distintiva era un recurso publicitario básico. Como acabamos de ver, el color de cabello natural de Ann-Margret era castaño muy oscuro. Por motivos que nunca entenderé, en aquellos tiempos no estaba de moda la combinación entre cabello oscuro y ojos verdes, por lo que el estudio decidió teñirla de pelirroja para acentuar el exotismo nórdico de sus rasgos (aunque crecida en Estados Unidos, Ann había nacido en Suecia). La mañana en que salió del departamento de belleza del estudio, estaba horrorizada y caminaba por la calle tapándose para que nadie de su entorno la reconociese. No le importaba bailar con un suéter y unas medias, pero lo de teñirse de pelirroja fue algo que le costó asimilar. Además, contribuyó a encasillarla; en su primera película para Fox, el musical State Faire, aspiraba al papel de la protagonista, una buena chica. Sin embargo, en el estudio pensaron pensó que su aspecto de pelirroja nórdica era «demasiado provocativo», así que terminó interpretando a la antagonista.

Con todo, y aunque en su vida personal era muy reservada y aunque acumulaba todos los talentos necesarios para triunfar en el mundo del espectáculo, Ann-Margret nunca rechazó utilizar su atractivo sexual como reclamo. A largo plazo, aquello pudo perjudicar su carrera. A corto plazo, sin embargo, la convirtió en una gran estrella: se metió al público en el bolsillo con sus canciones y sensuales bailes en la película Bye Bye Birdie. Poco después, estaba rodando Viva Las Vegas junto a Elvis Presley. Ambos mantuvieron un tierno romance que duró poco más de un año, aunque da la impresión de que ella se lo tomó más en serio que él, quien ya mantenía una relación secreta con su futura esposa, la todavía adolescente Priscilla Beaulieu. Con todo, Ann siempre se ha negado a desvelar detalles íntimos sobre Presley o comentar su relación siquiera de manera general; para Elvis tiene solamente palabras de nostálgica admiración.

Hasta mediados de los setenta, Ann-Margret combinó películas, especiales televisivos y actuaciones en directo. Era una fanática de los ensayos; siempre, incluso en sus conciertos, estaba todo planificado. No daba la impresión de ser una intérprete muy rockera. Era enérgica, sí, y mucho. Podría haber matado por agotamiento a Beyoncé. Pero lo suyo tenía mucho de cabaret. Eso, y el tipo de música que interpretaba, la alejaban mucho de una Tina Turner. En apariencia.

Tina no había querido ser cantante o bailarina desde pequeña. Había cantado en la iglesia, sí, pero su sueño adolescente había sido el de convertirse en enfermera. Hasta el día en que vio actuar al grupo de su futuro marido, Ike Turner. Extasiada, de repente sintió la necesidad de formar parte de aquello, de comunicarse mediante la música. Pidió que la dejaran cantar; en cuanto la oyeron, la ficharon como corista. Y claro, no tardó en hacerse con el puesto de vocalista principal. También, para su desgracia, se casó con Ike, que era un psicópata hijo de perra y la estaría martirizando durante quince años. Fue por entonces cuando adaptó el nombre artístico de Tina, que le sugirieron porque rimaba con Sheena, la reina de la jungla que protagonizaba una serie de televisión, y que era, como ella, una amazona volcánica. La banda empezó a hacerse llamar Ike & Tina Turner. Su fuerte eran los directos. Durante los sesenta, sus discos de rhythm & blues funcionaban o justo para impulsar sus interminables giras, pero no llegaba nunca ese hit que los situara en un estrato superior de la industria.

En 1966, el productor Phil Spector llamó a Tina para poner voz a la que él consideraba su obra maestra, aquella epopeya sonora llamada «River Deep, Mountain High». El público estadounidense ignoró por completo el tema, lo cual deprimió tanto a Spector que le hizo retirarse durante una temporada. Pero en Inglaterra, donde estaban más atentos, la canción fue número 3. A Spector le importaba un carajo el éxito inglés, pero para Ike & Tina fue un punto de inflexión, porque les permitió girar en las islas junto a los Rolling Stones. Eso hizo que Ike comprobase que entre el público rockero inglés tenían un gran recibimiento, y que un rock and roll más directo se ajustaba como un guante al estilo de Tina. Por muy despreciable que fuese Ike como persona (que lo era), su talento está fuera de toda duda; ella podría haber triunfado por sí sola, porque era simplemente una fuerza de la naturaleza, pero la mejor Tina Turner es la tina rockera y fue Ike quien proporcionó la base musical perfecta para que desarrollase esa faceta. Ike empezó a componer cosas como «Nutbush City Limits», probablemente una de las canciones más puramente Tina Turner que se han escrito. También ideó aquella versión de «Proud Mary» de Creedence Clearwater Revival con la que Tina demostraba que estaba en otro nivel. Su voz, su carisma, su magnetismo escénico, su absoluta entrega, su instinto para entender cuándo debía moderarse y cuándo debía explotar… alucinante. Había dos caras en la moneda en todo este asunto: Ike Turner, mal que nos pese, era un genio. Era el cerebro musical detrás de la evolución artística de Tina. Pero él tampoco hubiese podido crear estas cosas sin alguien con las inconmensurables capacidades de ella. Porque no había, no hay y no habrá otra Tina Turner:

Con el nuevo enfoque más rock, Ike & Tina alcanzaron un nuevo estatus discográfico a principios de los setenta. Se hicieron más grandes en su país, y además los llamaban del extranjero porque lo de Tina Turner era algo que HABÍA que ver. Los rockeros la adoraban. Frank Zappa, por ejemplo, la llamó a ella y a sus coristas, The Ikettes, para poner voces en la extraordinaria «Montana» (tenían que cantar una extraña melodía después del solo de guitarra, y las chicas se divirtieron haciendo una competición para ver quién era capaz de aprendérsela antes). Sin embargo, Tina estaba en un momento personal trágico. Los abusos y palizas de Ike, que venían de lejos, habían empeorado con su adicción a la cocaína. Ella lo había padecido en silencio durante años, pero estaba harta. Una manera de intentar sobrellevar la situación fue su conversión al budismo, religión (o filosofía, si lo prefieren) que ha seguido practicando. Pero estaba sola en el negocio.

Uno de sus principales apoyos le llegó de manera inesperada cuando otros reyes del rock enérgico, The Who, le pidieron que encarnase a la «Reina Ácida» (o «Reina del Ácido») en la versión cinematográfica de la ópera rock Tommy. En ella iba a coincidir con Ann-Margret, que interpretaba uno de los personajes principales, la madre de Tommy. Era la primera vez que Tina actuaba en una película, algo que le hacía mucha ilusión, pero que la ponía nerviosa debido a su inexperiencia. Ann-Margret, ya muy curtida después de una década en el cine, la ayudó a afrontar su debut. Aunque no compartían ninguna escena en la película, sí pasaron mucho tiempo y se hicieron amigas durante el rodaje. Tina encontró un hombro donde llorar y le confesó a su nueva amiga que llevaba años viviendo una relación tóxica. Ann-Margret le prometió que podía contar con ella siempre que lo necesitara.

Ann también acababa de atravesar por momento muy duros: en 1972, durante una actuación, había caído de una plataforma de siete metros, rompiéndose un brazo, la mandíbula y el pómulo (su marido llegó a robar una avioneta para llevarla a urgencias). Sometida a una cirugía de reconstrucción facial, había pasado casi tres meses alimentándose a base de zumos y papillas. Milagrosamente, no quedó el más mínimo rastro de todo aquello. Sus piernas no estaban heridas, así que pudo volver a bailar como si nada, y en su cara no se percibía el menor cambio, así que tampoco su carrera cinematográfica se vio afectada por el accidente, más allá de los lógicos retrasos. Durante el rodaje de Tommy, por cierto, sufrió otro accidente: en la famosa secuencia en que lanza una botella de champagne a un televisor, se cortó una mano con los cristales y empezó a sangrar con profusión. Tuvieron que llevarla al hospital de inmediato, donde le pusieron dieciséis puntos de sutura. Ann empezó a lucir su cicatriz con orgullo. La consideraba una herida de guerra. Es una mujer dura, no cabe duda.

Tommy, además de permitirles iniciar una amistad, fue un triunfo artístico para ambas. Ann-Margret fue nominada por segunda vez a un Óscar (nominación muy merecida, aunque perdió frente a una poderosa competencia: Louise Fletcher, la enfermera de Alguien voló sobre el nido del cuco). Su prestigio en la industria era inmenso. Una pequeña muestra: el productor Allan Carr quería que Ann-Margret interpretase a Sandy Dumbrowski, la protagonista femenina de la película Grease. Aunque todos los actores que interpretaban a chavales de instituto eran ya adultos, Ann-Margret, a sus treinta y cinco años y con un físico no precisamente aniñado, no hubiese sido nada creíble en el papel de una adolescente. Allan Carr, a su pesar, tuvo que resignarse a no poder contar con ella El papel, como sabemos, terminaría en manos de Olivia Newton-John, que tenía un aspecto más juvenil. Sin embargo, como signo de admiración, los productores cambiaron el apellido del personaje en el guion y le pusieron el de Ann-Margret (Olsson). Por ese motivo, la protagonista de Grease tiene un apellido sueco: Sandy Olsson.

En cuanto a Tina Turner, su interpretación en Tommy sorprendió a todo el mundo. No solo cantaba tan bien como se esperaba de ella, sino que se apropió completamente del personaje (¡Pete Townshend sabía a quién invitaba!); los críticos se deshicieron en elogios y no vacilaron en considerarla uno de los puntos fuertes de la película. Es simple: esta obra se ha interpretado otras veces, pero, para ese personaje, Tina puso el listón imposible de superar. Como de costumbre.

Por la época en que rodaban Tommy en Inglaterra, Ann-Margret invitó a Tina a actuar en uno de sus especiales televisivos, que se iba a emitir desde Londres. Fue entonces cuando entendió hasta qué punto era mala la situación de Tina, que carecía de independencia económica. Cuando Tina acudió al rodaje del especial, no llevaba ni equipaje. Ike controlaba las ganancias de la pareja. Lo cual, en un cocainómano, ya pueden imaginar a dónde llevaba. Ann le tuvo que prestar a Tina unos vaqueros y una camiseta roja, que es con lo que Tina terminaría apareciendo en el programa.

Eran tiempos difíciles para Tina. Ni siquiera pudo rentabilizar el prestigio adquirido con Tommy. Dispuesta en secreto a separarse de Ike, pero aún bajo su tutela, había publicado su primer álbum en solitario, Tina Turns the Country On!, con versiones de temas country, de Bob Dylan, etc. Era un disco bonito, pero intrascendente. La producción de Tom Thaker era demasiado limpia, demasiado estándar. Tina puede cantar temas tranquilos con facilidad y los elegidos eran muy buenos en origen, pero todo en el disco suena correcto, pero previsible e inofensivo. Después del estreno de Tommy, Tina publicó su segundo álbum, Acid Queen, que contenía versiones de los Rolling Stones, Led Zeppelin y, por supuesto The Who. Pudo haber sido un discazo. Pero no lo fue. Una vez más, las versiones sonaban previsibles (escuchen qué enorme diferencia con el alarde que David Bowie hizo con esa misma canción). Hasta la versión de «Whole Lotta Love», un tema idóneo para la voz de Tina, se quedó en poca cosa. Rehecha en el estilo de Isaac Hayes, era una idea interesante que no terminaba de despegar. ¿Sonaba mal? No, pero pónganse en la piel del público de la época. Para escuchar música al estilo Isaac Hayes, ya tenían a Isaac Hayes, que lo hacía mucho mejor. Además, había otras mujeres haciendo el funk que Tina debería haber hecho por entonces, como Betty Davis. El álbum Acid Queen podía haber sido grande, pero ni Ike ni los demás productores supieron dar con la tecla. Todo en el disco es demasiado calculado. Los que sonaban menos forzados eran los temas compuestos por Ike, aunque en alguno de ellos se limitaba a copiar sin demasiada gracia el tema más rockero de Elton John, el arrollador «Saturday Night’s Alright for Fighting».

Los discos mediocres eran producto de la falta de inspiración de Ike, metido en la cocaína hasta las cejas. Su conducta era cada vez más imprevisible. Incluso provocó cancelaciones de conciertos y demandas de promotores, que amenazaban con ganarle un dineral en los tribunales. Aquello estaba hundiendo la carrera de Tina Turner, que veía desvanecerse el impulso obtenido por los éxitos anteriores y por su aparición en Tommy. Aunque, en realidad, su carrera era lo que menos le importaba. Solo pensaba en separarse de Ike. Un día, después de una pelea tras un concierto, Tina sencillamente se marchó y, sin un dólar en el bolsillo, empezó a refugiarse en casas de amigos mientras preparaba su demanda de divorcio. Uno de aquellos refugios fue la casa de Ann-Margret, que se encargó de protegerla y hacer que se sintiera acompañada. Cuando Ike amenazó de muerte al abogado que llevaba la demanda de divorcio (sí, como lo oyen) y este, aterrorizado, decidió dejar el caso, Ann-Margret le consiguió otro abogado. Tina ni siquiera pedía dinero a Ike en la demanda. Solo quería dejar de ser su mujer y poder usar el nombre artístico que el cabronazo de Ike había registrado años atrás por si ella lo dejaba, para poder sustituirla por otra «Tina Turner» (¡acojonante!). Por lo demás, con tal de deshacerse de Ike, Tina renunciaba a royalties y propiedades intelectuales a las que tenía derecho. Se quedó sin nada, excepto las deudas con los promotores de las que sí era partícipe. Hubiese terminado en la calle de no haber sido por amigos como Ann-Margret. No sería hasta finales de la década que consiguió empezar a rehacer su carrera, la cual, como sabemos, despegaría más que nunca. Sus mejores discos habían quedado atrás, pero aún ofrecía buen material de vez en cuando y, sobre todo, seguía siendo una emperatriz sobre el escenario. Toda una nueva generación la descubrió gracias a la era del videoclip; haciendo temas propios o ajenos, haciendo rock, baladas o medios tiempos, era sencillamente demasiado buena para no triunfar.

La hemos visto hacer muchos duetos. Ella siempre está bien, pero la química funciona mejor con unos artistas que con otros. Por ejemplo, siempre tuvo buena química con Mick Jagger; forman una pareja muy natural sobre las tablas. Su voz empasta muy bien con la de Bowie. Pero volvamos a 1975.

Tina, recordemos, atravesaba por momentos muy duros y Ann-Margret acababa de descubrir la magnitud de los problemas de su amiga, a la que tenía que prestarle hasta los pantalones con los que salir en el programa, pero ambas se tomaron su actuación conjunta como una fiesta. Iban a interpretar tres canciones del repertorio de Tina: «Nutbush City Limits», «Honky Tonk Woman» y «Proud Mary». Canciones que, en principio, se salían mucho del estilo vocal de Ann-Margret. Y, sin embargo, quizá por única vez en la carrera de Tina, otra artista iba a estar a su mismo nivel, si no por encima.

La primera parte del segmento en que aparecían juntas era un sketch en el que, vestidas como señoritas decimonónicas y hablando como si estuviesen en una novela de Jane Austen, se preguntaban si no harían mejor en abandonar los sudores de la escena, dedicándose a la vida contemplativa. Por supuesto, es muy gracioso ver a dos chicas de pueblo, pero ambas con mucha clase, fingiendo ser aristócratas relamidas. Pero lo mejor viene después, durante la actuación puramente musical. Desde que empieza hasta que termina las dos mujeres parecen hechas para formar un dúo. Es la química que mencionaba al principio. Parecen hermanas o algo así; es como si hubieran crecido en la misma casa, cantando y bailando juntas. No se parecen físicamente, sus voces están en polos opuestos del registro y sus estilos deberían ser incompatibles, pero ahí están. Una de las mejores parejas escénicas que pueda concebirse.

Ann-Margret, detalle maravilloso, está fuera de sí durante la actuación, y más conforme pasan los minutos. Esto tiene su explicación. Sus conciertos, por lo general, eran enérgicos pero estaban sujetas a patrones muy medidos. Pasos coreográficos milimetrados, una forma de cantar muy clásica, sin inflexiones rockeras (así había cantado en Tommy, creando un curioso contraste con la música de The Who). Pero aquí, interpretando canciones del repertorio de Tina y sintiéndose más libre, experimenta un muy evidente subidón de adrenalina. Cuando empieza la parte rápida de «Proud Mary», que es cuando la cosa se convierte en un terremoto, hay un momento en que ambas dan unos pasos hacia delante y después hacia atrás. Pues bien, en ese maravilloso instante podemos ver que Ann-Margret ya está fuera de sí. Hacia el final, cuando han de repetir esos pasitos, Tina la agarra disimuladamente del brazo para ponerla en la posición correcta del escenario, porque Ann, eufórica, ya no parece saber ni dónde está pisando. Ambas eran cantantes muy acostumbradas a la disciplina y las coreografías, pero en ese momento Tina ya era consciente de que su compañera había entrado en trance.

Esta clase de energía descontrolada era la que el público esperaba de Tina Turner, pero resultaba insólita en Ann-Margret. La expresión felina que solía poner en sus actuaciones se desvanece, y la vemos disfrutar como una chiquilla, desprendiendo un entusiasmo absolutamente contagioso. Para Tina, esta clase de canciones y esta libertad para, dentro de una coreografía, moverse con desparpajo, era lo normal. Para Ann, sin embargo, era una oportunidad única de liberar algo que llevaba dentro, como si hubiese pasado quince años esperando a que algo así sucediese, a poder soltarse definitivamente el pelo y volver a ser la Ann salvaje que, por lo que sabemos, era sobre los escenarios antes de hacerse famosa. La Ann-Margret domesticada por Hollywood desaparece de repente. Tina, durante la actuación tiene mucho más control, pero parece muy cómoda teniendo a una igual. Si se fijan en otros duetos de Tina, suele bajar de revoluciones para adaptarse a quien la acompaña y no sobresalir más de la cuenta; en ese sentido, es una mujer muy elegante que nunca busca eclipsar. En esta actuación ni siquiera necesita bajar revoluciones porque Ann-Margret, con la mayor expresión de felicidad que se le ha visto en toda su carrera, es la que sube de revoluciones hasta ponerse al nivel de Tina. Incluso hay momentos en que abandona su forma natural de cantar (más jazzística) y descubrimos que cuando pone voz más rockera tiene un toque raspado muy sutil y muy especial. En resumen: Tina Turner sacó lo mejor de Ann-Margret.

El que estas dos increíbles mujeres no hicieran por lo menos una gira conjunta es algo que nos hemos perdido y no podemos más que lamentar. Pero bueno, al menos nos queda la filmación. Ya se lo digo: son ocho minutos que le van a arreglar el día.

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15 comentarios

  1. LePeisens

    Ya no hay mujeres así. Bravo!

  2. Rijoso

    Aunque me cuesta un poco decirlo por pudor, una de mis fantasías eróticas desde siempre, ha sido comerle el ano y el potorro a Tina Turner después de uno de sus conciertos, chorreando sudor… ¡Mmmmm, qué maravilla, la boca se me hace un embalse! ¡Y después de este con la Ann -Margret Olsson también me hubiera apuntado con las dos! Bueno, pues mi mujer no lo entiende, ¡dice que soy un cerdo!

    • Nestoriomagnus

      Qué hermosas y sinceras palabras! Creí que era el único cerdo en el mundo! No estamos solos!
      Y por supuesto: Felicito al autor del maravilloso artículo alrededor de ocho minutos de pura magia que nos regalan la Ann-Marggret y la Tina Turner.

      • Rijoso

        Gracias por tus palabras de apoyo, Emilio. Significan mucho para mí y más en estos tiempos en que los rijosos estamos tan perseguidos.

    • Que digo yo que...

      … quiero ser Tina.

    • Wladimir Rojo Carrillo

      Tu mujer tiene razon.

  3. Pedro

    Por si no sabéis, Tina lleva un montón de años viviendo en Suiza, hasta renunció la nacionalidad estadounidense(tiene nacionalidad Suiza).

    • Rijoso

      Sí, pero ahora mismo la veo un poquito mayor para comérselo todo. Si no, igual me llegaba hasta allí, a ver qué pasaba. De todos modos, gracias por la información, Pedro. ¿A ti también te ponía la Turner?

  4. Solano

    Es muy revelador saber que “cuando se conocieron, ambas tenían la misma edad”. No vaya a ser que el lector crea que fue antes o después.

    Por lo demás, hecha la broma, buenísimo.

  5. laborde

    Super article de presse. J’ai beaucoup aimé le début de l’article sur la magie qui peut se produire sur scène. Le Duo avec Ann Margret est superbe.

  6. Maestro Ciruela

    ¡Estupendo el video, del que no tenía noticia hasta hoy! La verdad es que Ann- Margret fue uno de los iconos eróticos de mi última infancia y posterior adolescencia durante los sesenta. A Tina Turner la seguí entusiasmado desde el principio con Ike y posteriormente, en su triunfal segunda época en los ochenta con esas piernas y ese trasero de concurso que sabía mover a ritmo vertiginoso como nadie. También me encantaba y me encanta, oírle cantar sin necesidad de verla. Y para Rijoso y Nestoriomagnus, decir que es mucho más divertido hacer “eso” con el hocico que buscar trufas en el bosque.

  7. Jesús

    Es un gustazo poder disfrutar de artículos como éste, bien redactados, con un objetivo claro, que además incorpora vídeos musicales de los que ya no se escuchan, y que sobretodo nos reconcilian con artistas en mayúsculas, de los que han pasado las duras y las maduras, de esas artistas que se dejaban todo en el escenario y en la vida. Además, me has mostrado una época de la música de la cual, lo confieso con toda humildad y vergüenza, conozco muy poco. O nada. Solo tengo una palabra más que añadir: Gracias. Y me quedo corto. Enhorabuena,

  8. “Porque no había, no hay y no habrá otra Tina Turner”, as simple as that. Sobre la frase “experimenta un muy evidente subidón de adrenalina” referida a Ann Margret, sólo estoy estoy de acuerdo con la primera parte.

  9. Sr De gorgot, sus artículos son tremendos. ¿Para cuando un libro suyo con historias como las que precede, y que leo siempre con delectación? Creo que no soy el único que lo compraría en pre-venta. Graciad

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