Cómo meterte coca y no dañar seriamente tu salud

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Fotografía: D. Sinclair Terrasidius (CC).

Un libro transicional publicado por una editorial contracultural se ocupó de un tema por entonces candente mientras entre los jóvenes cundía la desinformación sobre todo tipo de drogas.

Este libro no pretende defender el uso, tenencia o venta de cocaína. El lector deberá entender que el consumo, tenencia y venta de cocaína son ilegales. Sin embargo, el hecho de que la utilización de cocaína sea ilegal no ha descorazonado a miles de usuarios. A diario ponen su salud directamente en manos de proveedores ilícitos que manufacturan, importan y distribuyen la coca (…) El consumidor se encuentra, por tanto, desprotegido ante la elección entre confiar en el mercado negro o aprender a identificar el contenido de su adquisición. El EQUIPO EDITORIAL se siente moral y humanamente obligado al presentar la información que sigue, ya que ese espíritu de responsabilidad guía el presente libro.

Hay en España un manual que te enseña a meterte coca. Ya seas consumidor habitual o esporádico, hay una guía que verdaderamente se preocupa por saber qué es exactamente lo que estás inhalando y qué pasa cuando lo haces: cuáles son los efectos y consecuencias, si es o no adictiva, cómo comprarla —asegurándote, además, de que no te están timando; es decir, que te la están vendiendo al precio medio que marca el mercado y que es de buena calidad al no estar mezclada con sustancias que pueden hacer de ella, incluso, una droga letal— o cómo esnifarla correctamente para que resulte lo menos dañina posible, o bien para que no sea demasiado desagradable.

Existe un libro así y, desde luego, no es una novedad de la rentrée —¿qué ocurriría si se publicase ahora?—. Se llama, valga la redundancia, Cocaína, y fue editado en 1988 por Ediciones Libertarias. Tras la letra, su equipo editorial. Lo publicó en un acto de compromiso con el lector, que bien podía ser uno de los ochenta mil españoles que por entonces eran consumidores habituales, o pertenecer a los quinientos mil que esnifaban al menos una vez al mes, como apuntaba el Plan Nacional Sobre Drogas en 1985, la primera vez que se puso en marcha.

Según se entiende por el contenido y el prefacio, con este libro los editores pretendían subsanar vacíos y lagunas de una población desinformada que sufría los estragos de la entrada y consumo de la heroína en España, a la que fácilmente se accedía a través de otras drogas, como demuestran estudios y testimonios de entonces y de ahora:

Y es que, si los jóvenes de 1977 llegaban a la heroína al final de un proceso, de todo un itinerario, como su conclusión y su derrota, los jóvenes de esta tercera generación [a partir de 1983] se enganchan masivamente sin tener tiempo a construirse una identidad diferenciadora. (Germán Labrador Méndez en Culpables por la literatura, 2017).

… la confusión total que hay con respecto a las drogas, hábilmente fomentada desde la prensa, hace que muchos piensen que es lo mismo la heroína que el hachís; consumidores de este, del prácticamente inocuo chocolate, pasan a la heroína por ignorancia, por confusión. (Eduardo Haro Ibars en la revista Ozono, 1978).

De escritura inductiva, de lo particular a lo general, de una muerte a otras tantas. Lo que pretendía el Equipo Editorial firmante (conformado por Sagrario Fierro Madrid, Javier Memba, M. Sánchez, Fernando de Polanco, José Saavedra, Poppy y Antonio J. Huerga Murcia) era que sus interlocutores no terminaran como Poppy, al que dedican el libro con esta frase tremenda:

A Poppy, que conoció el infierno.

Poppy era José Saavedra (1948-1987), escritor canario, autor de Música, cariño, un volumen de collages y cuentos. Vinculado al underground de Las Palmas, vivió en París entre 1973 y 1978, huyendo de la Ley de Peligrosidad Social. Allí conoce a Fernando Savater y a Agustín García Calvo. Poppy prologará un libro de este último, La venta del alma (1980), mientras que Savater encabeza Música, cariño «con un texto sobre la difícil trayectoria de esta generación», según apunta Germán Labrador Méndez, investigador y profesor titular en el departamento de Español y Portugués de la Universidad de Princeton, en su libro Culpables por la literatura. También lo prologa Leopoldo María Panero con un texto titulado «Juicio a la legalidad española», «donde recuerda cómo la persecución del aborto en la España constitucional era compatible con el encubrimiento de los atentados fascistas y la censura de opinión que sigue llevando a cabo el mismo Estado que quiere encarcelar a Poppy», continúa Labrador. Luego «vendrán los años narcóticos, hasta 1987», fecha de su muerte. Entonces comienza la escritura. El Equipo Editorial preparó «una guía de uso de la nueva sustancia emergente; eran los años ochenta y la nieve vehiculaba mucho mejor las aspiraciones propias de la década y los valores de los hombres del momento, el éxito, el pelotazo y el culto al individuo». Para Labrador, Cocaína «sorprende por su manera aséptica de enfocar el empleo de la sustancia para que su consumo resulte lo menos dañino posible al organismo».

Fotografía: Pexels (DP).

Siguiendo su principal leitmotiv, Cocaína hace especial hincapié en enumerar y detallar cuáles son los adulterantes que se utilizaban para rebajar la cantidad y calidad de la cocaína y que podían resultar especialmente peligrosos. Algunos de ellos eran el manitol (un laxante para niños; también conocido por maunito, menito y menita), el azúcar, la lactosa y la dextrosa; el inositol (un compuesto de vitamina B); los anestésicos locales, en general la procaína y la novocaína; la metanfetamina, bencedrina y dexedrina (speed), y así hasta llegar a la quinina, un elemento empleado para rebajar la heroína que también se hallaba algunas veces en la cocaína.

Los autores dedican todo un anexo a las muertes a causa del consumo de cocaína adulterada con esta última sustancia, que recibieron el nombre de «Síndrome X». De acuerdo con su línea argumental, al no existir una profunda y necesaria investigación científica ni policial sobre la quinina, las muertes acaecidas en estas circunstancias a partir de principios de los años cuarenta en Estados Unidos se relacionaron directamente con la sobredosis de heroína. Sin embargo, los editores de Libertarias defienden que estos fallecimientos «no estaban causados por sobredosis de heroína, pues sucedían inmediatamente después de la inyección, cuando en lugar del conocido letargo aparecían edemas pulmonares». Apelan, asimismo, a otra serie de evidencias (la autopsia, los análisis de orina y otras pruebas no señalaron una concentración alta de heroína, por ejemplo) y concluyen que «es evidente que el “Síndrome X” ha estado causando la muerte a gran número de personas sin ningún reconocimiento oficial ni preocupación al respecto», con fragmentos tan tajantes como el siguiente, que ahonda en la tesis de desprotección del consumidor:

Como las víctimas eran usuarios de heroína que murieron durante su consumo, las autoridades han tenido todas las facilidades para clasificar estas muertes como sobredosis, en lugar de investigar la causa real. Si estos consumidores hubiesen comprendido las implicaciones y hubieran podido disponer de un sistema para la detección de quinina, es probable que muchos viviesen hoy en día. Sin esta información esa oportunidad les está vedada.

Para detectar todos estos y más adulterantes, los autores proveen al lector de las instrucciones para realizar varias pruebas con el fin de identificarlos y determinar así la pureza de la droga. Se trata de procedimientos más bien caseros, llamados a realizarse en la propia casa o bien en la de un camello de confianza; parte, se entiende, de unos usos cotidianos, aunque cuesta creer que estos test se impusieran al trapicheo callejero. Estos son algunos:

  • Prueba de la lejía. La más sencilla. Dicho producto «separa e identifica, uno a uno, los distintos elementos presentes en la cocaína según sus reacciones»
  • Prueba de la disolución. «Para el analista que desee algo más que una buena valoración de la pureza de su cocaína, el test de la disolución o fundición suministra un porcentaje de exactitud de, aproximadamente, el 5 % de probabilidad de error».
  • Otras pruebas. «La mayoría de ellas (…) arrojan resultados incompletos o inverificables»: la de la evaporación sobre el papel de estaño (papel de plata), la disolución con el fármaco Metonal, el uso de agua en lugar de lejía, la del microscopio…

El Equipo Editorial añade unas notas explicativas, un completo índice cronológico de la historia del consumo de cocaína (incluye referencias a las investigaciones y publicaciones más importantes desde 1553, así como a las primeras noticias que tenemos sobre la sustancia, allá por el 1200 a. C.), unas tablas y un glosario para culminar un manual que, en definitiva, persigue el cometido de informar a una cantidad ingente de españoles sobre una droga que empezaba a consumirse de forma notable sin apenas disponer de ningún conocimiento sobre la naturaleza y las consecuencias de la misma, ya que las autoridades (tanto gubernamentales como policiales) no estaban actuando, según los autores, debidamente: estos vinculan en buena parte la adicción a la cocaína con las condiciones de vida de sus consumidores, gente con «una vida aburrida, vacía, sin fundamento, miserable, que pueda hacerles sentir que la única manera de soportarla es alterar nuestro estado mental con productos químicos».

Esto entra en directa relación con el denominado desencanto y con las altas tasas de desempleo de la época. Como dato: en 1981 el 53,7 % de los parados eran jóvenes de entre dieciséis y veinticuatro años. Cuando Cocaína se publicó, en 1988, el paro juvenil (de entre dieciséis y veintinueve años) había descendido hasta el 49,4 %, pero hasta entonces la subida es escalofriante: según datos del Injuve (concretamente, del Informe Juventud en España 2000), en 1985 el porcentaje de desempleo entre los jóvenes de dieciséis a diecinueve años llegó a alcanzar el 55,2 %; el 44 % entre los de veinte a veinticuatro, y el 27,2 % entre los de veinticinco a veintinueve, siendo el tiempo medio de espera «hasta encontrar el primer empleo o comenzar con un nuevo trabajo» de ocho a nueve meses; afectando más —esto no es nuevo— a personas con dificultades y menor nivel de estudios. En este sentido, Cocaína insiste en la raíz social y biográfica de la cuestión:

Medios gubernativos, sociales y autoridades médicas abordan el problema del abuso de drogas como un fenómeno causado básicamente por la propiedad misma de la droga. Mientras esta política continúe, seguirá en aumento el abuso de drogas. Únicamente cuando se intente comprender y coordinar los esfuerzos para mejorar las condiciones de vida, podrá haber un progreso encaminado a una reducción o erradicación de la dependencia de la droga. Mientras estas instituciones y organismos científicos y estatales se permitan ignorar esa verdad básica, seguirán utilizando mal la responsabilidad que los ciudadanos han puesto en sus manos.

Siguiendo el eje cronológico que aparece en el libro, observamos que en 1974 la cocaína aún no había entrado en España. En nuestras fronteras se incautaron ese año únicamente 0,580 kilogramos de coca. Sin embargo, ya en 1985 el Gobierno pone en marcha el Plan Nacional Sobre Drogas y «se reconoce oficialmente que ochenta mil españoles son consumidores habituales de cocaína, mientras que quinientos mil esnifan, al menos una vez al mes». El Congreso aprueba un presupuesto de cinco mil millones de pesetas para tratar el tráfico y consumo de drogas en España. Tres años después, en el 88, «los dos alijos más grandes de Europa en toda su historia son aprehendidos en España: quinientos kilos en Barcelona y trescientos kilos en Madrid». En esos momentos, «el consumo de cocaína se ha disparado en España y, según los expertos, esta droga, destinada en principio a personas de clase alta [por su alto coste], se ha democratizado al ser consumida por todas las clases sociales».

«Todo ello dentro del devenir diario de cualquier ciudadano», concluye el libro.

—¿Qué pasa, que tú no estás en la vida o qué?

—Yo estoy donde me han dejao.

Navajeros, Eloy de la Iglesia, 1980.

6 comentarios

  1. Pablo Escobar

    Que buenos tiempor para traficar hasta finales de los 80. Se podian mover kilazos sin mayor problema.

  2. El objetivo general del libro me parece muy bien. Entiendo al ser humano fuera de cualquier concepción paternalista y el que quiera esnifar que esnife, el que quiera traficar que trafique… ambas actividades tienen sus consecuencias, perfectamente detalladas en documentos de fácil acceso (en el caso del tráfico, las leyes).

    Pero pretender reclamar al Estado que gaste el dinero de todos en explicar métodos para distinguir la pureza de la droga me parece, simplemente, un sinsentido.

    • Roberto

      Uruguay lo está haciendo con la marihuana. En el Cono Sur es muy popular, especialmente entre los consumidores más pobres, el uso de “paraguayos”, marihuana prensada en bloques que se mantienen unidos gracias pegamento epóxico, gasolina y quién sabe qué otras porquerías. El gobierno uruguayo está gastando recursos para, entre otras cosas, evitar daños graves a la salud de los consumidores.

    • Al Estado hay que exigirle que ahorre el dinero de todos y que lo gaste bien, no que lo despilfarre miserablemente en una demencial cruzada antidroga cuyos únicos beneficiarios son los narcos y los bancos que lavan el dinero.

  3. Marta.

    Claro que hay que prevenir por parte del Estado porque todos esos consumidores que terminaran estragados por las drogas harán uso de la sanidad publica y supondrá un gasto enorme. Es mejor prevenir que gastar.. asi que eso de que el que quiera esnifar que esnife pues como que yo paso de pagarles la sanidad a los que se drogan, se ponen cerdos comiendo o no se cuidan. Trabajo demasiado para que mi dinero pague las consecuencias de sus vicios.. asi de claro.

  4. AES en Barcelona

    Coincido con Marta. Que de ninguna manera el Estado, o sea nosotros, se haga cargo de un adicto a ninguna droga (eso incluye a los fumados de la marihuana, con el cerebro fundido en su camino a cosas mayores). Y en todo caso, que todos los accidentes, problemas y juicios que generan por su asquerosa adicción sean automáticamente solucionados con culpa de su parte, cero indemnización, causal de despido legal, y nada de acogerse a un estúpido criterio de disminución de culpa, etc. Lo mismo para los borrachos, ahora llamados alcohólicos. De esta forma, la Sabia Naturaleza hallará el equilibrio, eliminándolos generosamente, y la sociedad se beneficiará como un todo.

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