
A ese año maldito se le conoció como el año sin verano.
La luz mortecina del crepúsculo londinense teñía de un amarillo espeso la bruma que asfixiaba la ciudad, virando a un morado fúnebre con los últimos rayos del atardecer, que atravesaban a duras penas el velo de cenizas que cubría el sol escondido tras su manto translúcido. Las partículas volcánicas más finas generaban singularidades ópticas en el ocaso de la metrópoli. Los gases de azufre del lejano volcán habían cubierto el cielo durante los últimos meses, y los adoquines se cubrían de una extraña nieve de cenizas grisáceas. Los temporales de nieve y hielo asolaban el país, y los empobrecidos habitantes perseguían las escasas ratas y perros que se escondían en los recovecos de los edificios. El ganado había muerto y las cosechas habían sido destruidas, causando hambrunas en toda Europa, y multiplicando las epidemias de tifus y cólera por doquier.
Un año antes, John William Polidori se graduaba como el más joven médico de la Edinburgh Medical School. Tenía solo veinte años, y se sentía fascinado por los trastornos relacionados con el sueño y por sus estados de trance. Polidori leyó su tesis sobre el sonambulismo en 1815, estudiando las enfermedades relacionadas con el sueño y los estados semiconscientes de animación suspendida. La había escrito en latín, según los requisitos de su universidad para alcanzar el grado de médico. Ciento noventa y cinco años más tarde aquel documento sería por fin traducido al inglés.
Polidori estaba convencido de que el sonambulismo era consecuencia de la aflicción del cerebro. Estaba seguro de que los órganos de los dormidos eran capaces de responder, que sus ojos eran capaces de ver y que sus oídos no habían perdido la capacidad de oír. Por el contrario, sus contemporáneos de aquella época lejana convenían en que el poder secreto del alma inmortal suplía las necesidades de la percepción; los sonámbulos no necesitaban ni sus ojos ni sus oídos para sentir. Eran, según ellos, incluso capaces de realizar funciones con precisión sin utilizar el cerebro, guiados tan solo por el alma.
Erasmus Darwin, el abuelo del gran naturalista inglés, estaba convencido de que se trataba de una enfermedad de la voluntad, y como tal lo explicaba en el segundo volumen de su gran obra, Zoonomia, donde ya atisbaba los principios de la teoría de la evolución, para disgusto de su nieto. Erasmus, como Polidori, también defendía que el sonámbulo tiene los nervios vivos y que puede percibir sensaciones.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Diablos, qué macabro! Yo, de solo ver un muerto, aún con sus mejores ropas y arreglado, instantaneamente pierdo la confianza en la vida. Cuesta digerir esta buena divulgación. Gracias por la lectura.
Pingback: Frankenstein, Crosse y la creación de vida – El Sol Revista de Prensa