Oneirodinia

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Autor: Henry Robinson (DP)

A ese año maldito se le conoció como el año sin verano.

La luz mortecina del crepúsculo londinense teñía de un amarillo espeso la bruma que asfixiaba la ciudad, virando a un morado fúnebre con los últimos rayos del atardecer, que atravesaban a duras penas el velo de cenizas que cubría el sol escondido tras su manto translúcido. Las partículas volcánicas más finas generaban singularidades ópticas en el ocaso de la metrópoli. Los gases de azufre del lejano volcán habían cubierto el cielo durante los últimos meses, y los adoquines se cubrían de una extraña nieve de cenizas grisáceas. Los temporales de nieve y hielo asolaban el país, y los empobrecidos habitantes perseguían las escasas ratas y perros que se escondían en los recovecos de los edificios. El ganado había muerto y las cosechas habían sido destruidas, causando hambrunas en toda Europa, y multiplicando las epidemias de tifus y cólera por doquier.

Un año antes, John William Polidori se graduaba como el más joven médico de la Edinburgh Medical School. Tenía solo veinte años, y se sentía fascinado por los trastornos relacionados con el sueño y por sus estados de trance. Polidori leyó su tesis sobre el sonambulismo en 1815, estudiando las enfermedades relacionadas con el sueño y los estados semiconscientes de animación suspendida. La había escrito en latín, según los requisitos de su universidad para alcanzar el grado de médico. Ciento noventa y cinco años más tarde aquel documento sería por fin traducido al inglés.

Polidori estaba convencido de que el sonambulismo era consecuencia de la aflicción del cerebro. Estaba seguro de que los órganos de los dormidos eran capaces de responder, que sus ojos eran capaces de ver y que sus oídos no habían perdido la capacidad de oír. Por el contrario, sus contemporáneos de aquella época lejana convenían en que el poder secreto del alma inmortal suplía las necesidades de la percepción; los sonámbulos no necesitaban ni sus ojos ni sus oídos para sentir. Eran, según ellos, incluso capaces de realizar funciones con precisión sin utilizar el cerebro, guiados tan solo por el alma.

Erasmus Darwin, el abuelo del gran naturalista inglés, estaba convencido de que se trataba de una enfermedad de la voluntad, y como tal lo explicaba en el segundo volumen de su gran obra, Zoonomia, donde ya atisbaba los principios de la teoría de la evolución, para disgusto de su nieto. Erasmus, como Polidori, también defendía que el sonámbulo tiene los nervios vivos y que puede percibir sensaciones.

Pero aparte de profundizar en los conocimientos de los estados del sueño, Polidori tuvo, además, la posibilidad de aprender de grandes profesores que han pasado a la historia de la neurociencia, como Alexander Monro, o Charles Bell, configurándose así como uno de los grandes conocedores de los entresijos del conocimiento del cerebro de la época decimonónica.

Pero John Polidori no ha pasado a la historia por sus descubrimientos médicos.

Sería el año de la catástrofe del volcán cuando George Gordon «Noel» Byron, más conocido como Lord Byron, contrataría a Polidori como médico personal para acompañarlo por sus viajes por Europa. Entre sus múltiples tareas, el médico debía evitar que el poeta maldito enfermara por su abuso del alcohol y de los laxantes, que consumía compulsivamente para alimentar a su voraz anorexia. Como contraprestación, Byron pagaría doscientas libras al año al doctor.

Polidori y Byron viajaron a Ginebra el aciago verano volcánico. Se alojaron en Villa Diodati, a las orillas del lago Leman. Durante ese estío maldito las tardes húmedas y plomizas los obligaron a resguardarse en las profundidades de la elegante villa suiza. Y fue allí donde Polidori conoció a la joven Mary Wollstonecraft Godwin y a su amante, Percy Bysshe Shelley. Los veraneantes, confinados en la mansión, se entretenían durante aquellas tardes brumosas y tormentosas imaginando historias fantásticas y leyendo pasajes traducidos al francés de la Phantasmagoria germánica, entre sorbos de láudano.

Mary Wollstonecraft Godwin, a la postre Mary Shelley, con tan solo diecinueve años, escuchaba el erudito discurso del poeta, pero sobre todo le fascinaban los profundos conocimientos del doctor Polidori, que relataba con pasión cómo se entremezclaba la consciencia con el trance en los estados alterados del sueño, mientras Byron y Percey se entusiasmaban con los avances de la electricidad descritos por Benjamin Franklin. Todos ellos presentían que los últimos descubrimientos médicos podrían anticipar el principio del fin de la muerte y, apiñados en torno al fuego, discernían las intimidades de la naturaleza del principio vital.

Y fue allí donde Mary empezó a maquinar inconscientemente los andamios de su engendro, fusionando, como en un puzle macabro, las piezas referentes a las alusiones a extrañas máquinas eléctricas con las nociones más románticas de la fisiología del cerebro. Mary escuchaba a sus compañeros de verano, rescatando sus lecturas científicas, y devolviendo a su mente detalles precisos de los escritos de Erasmus Darwin o de Humphry Davy.

L. Galvani, De viribus electricitatis in motu musculari commentarius, cum J. Aldini dissertatione et notis. Acc. epistolae ad animalis electricitatis theoriam pertinentes, 1792.

Fue durante aquella tarde de un junio disfrazado de noviembre cuando Mary y sus compañeros entendieron que la electricidad iba a resultar ser el elemento clave. Aquellos lejanos estudios de Luigi Galvani que relataban sus compañeros permitirían prender la chispa divina de la vida. En los experimentos del médico italiano las patas seccionadas de las ranas muertas llegaban a saltar como si estuvieran vivas. Tan solo una descarga eléctrica atmosférica procedente de un rayo de tormenta parecía obrar el milagro. Solo hacía falta eso. Y un cuerpo. O un órgano.

Galvani había asegurado que la electricidad era el jugo vital que fluía desde el cerebro a los nervios, y de ahí a los músculos. Y había argumentado que no hay una diferencia sustancial entre la electricidad artificial y la electricidad que reside en la fisiología de los animales. El fin de la muerte parecía estar cerca.

Y todavía mejor. El sobrino de Galvani, el también médico Giovanni Aldani, había alcanzado el siguiente nivel. Aldani había realizado experimentos con cabezas frescas de cadáveres utilizando una máquina de su invención. Los reos recién decapitados en la Piazza Maggiore parecían volver a la vida por un momento tras el milagroso chasquido eléctrico. Tan solo había que conectar la oreja con la boca y pasar justo después una corriente eléctrica. El resultado era prometedor; la mandíbula se movía y, con un poco de suerte, los ojos se abrían oteando la estupefacción de los experimentadores desde la bruma de un más allá plagado de sombras de espíritus.

Contaban que Aldani había conseguido por fin llevar a cabo el experimento definitivo; el simulacro de la resurrección de un cadáver de cuerpo entero. Para ello tuvo que abandonar su Italia natal y viajar a Inglaterra, donde tenían la sana costumbre de ahorcar a sus reos, en vez de guillotinarlos. El clímax ocurrió un 17 de enero de 1803 en el Royal College of Surgeons. El sentenciado tenía tan solo veintiséis años. Su falta había sido matar a su mujer y a su hijo. Su nombre era George Forsters. Aldani manipuló con cuidado el cuerpo del ejecutado, conectando ciento veinte placas de cobre y zinc. Inmediatamente después hizo pasar una corriente eléctrica que hizo que los músculos de la cara del muerto se contrajeran, que hiciese muecas, e incluso que abriera el ojo izquierdo. Para finalizar el espectáculo, conectó la oreja con el recto y aplicó de nuevo una intensa corriente eléctrica. Los brazos del fallecido golpearon con fuerza la mesa mortuoria en un espasmo funesto, mientras los pulmones simulaban respirar, y la boca resoplaba apagando incluso las velas encendidas que ponían a su alcance.

Años después el químico escocés Andrew Ure realizó experimentos similares en Glasgow, conectando la médula espinal con el nervio ciático de otro ejecutado, pero doblando la potencia eléctrica utilizada por Aldani. El resultado resultó ser un baile siniestro del muerto, en donde todos los músculos se agitaron, sufriendo movimientos convulsivos que se asemejaban a un estremecimiento por frío, produciéndose algo parecido a una respiración completa, y generando una expresión en la cara del cadáver que combinaba todos los sentimientos, desde la rabia a la angustia, y de la desesperación a la sonrisa desgraciada. Algunos espectadores de tan tétricos espectáculos llegaron a creer que los ejecutados iban a volver a la vida, otros se desmayaron por la impresión, y los menos osados huyeron despavoridos.

Ambos científicos prometieron a las generaciones venideras restaurar la vida. La única duda que ensombrecía sus avances era si los esperados desenlaces de la resurrección podrían ser contrarios a la ley.

De todo aquello discutieron los veraneantes en la villa suiza de aquel lejano y tormentoso junio, conduciéndoles inconscientemente al convencimiento de la posibilidad de transgredir la última de las fronteras de la ciencia. De aquellas conversaciones a las que atendía con entusiasmo la joven amante de Percey surgió la ensoñación nocturna con la que nació el nuevo Prometeo.

Y de aquellos sueños literarios del verano maldito que siguió a la gran erupción volcánica hemos terminado por comprender que la chispa que enciende nuestras áreas cerebrales y que posibilita los pensamientos y las ilusiones reside íntimamente en la electricidad. Y todo ello lo imaginó Mary antes de que existiese una comprensión clara de la neurotransmisión y de la neurofisiología del cerebro.

De todos los límites que nos ofrece la ciencia, todavía se nos resiste la posibilidad de transgredir esa frontera definitiva que permita la resurrección de un cuerpo inerte.

Galvani, Aldani y Ure jugaron a ser nuevos dioses. Mary Shelley y John Polidori, en aquellas noches fantasmales a orillas del lago, intentaron adivinar las consecuencias de la más osada aventura que el ser humano ha conseguido imaginar. Hoy, doscientos años más tarde, seguimos sin conocer si ese límite alguna vez será traspasado. Y tal vez eso sea una fantástica noticia.

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2 comentarios

  1. Diablos, qué macabro! Yo, de solo ver un muerto, aún con sus mejores ropas y arreglado, instantaneamente pierdo la confianza en la vida. Cuesta digerir esta buena divulgación. Gracias por la lectura.

  2. Pingback: Frankenstein, Crosse y la creación de vida – El Sol Revista de Prensa

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