El espía que inventaba historias sobre el chocolate

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Roald Dahl, 1986. Fotografía: Cordon.

Piloto de guerra, inventor de artilugios médicos, deportista, escritor, espía… hay vidas apasionantes, extravagantes, vidas insólitas que merecen ser contadas. La de Roald Dahl, el autor del inmortal Charlie y la fábrica de chocolate, es una de ellas.

Aunque nació en Gales en 1916, sus padres eran noruegos de pura cepa, Harald y Sofie. Cuatro años antes de su nacimiento, otro noruego —nada más y nada menos que el gran explorador Roald Amundsen— levantaba una bandera congelada en el Polo Sur tras una travesía suicida por las tierras del hielo infinito. En pugna con Robert Scott, se convertía en la primera persona en llegar al corazón de la Antártida y pisar el sur geográfico, lo que lo elevó a héroe nacional por antonomasia. Harald y Sofie pensaron que era buena idea homenajearlo bautizando a su hijo con el mismo nombre de pila: Roald. Llamadme lunático, pero como en la más inquietante leyenda nórdica de troles y guerreros melenudos, al tomar su nombre —y estas cosas solo pueden suceder en las tierras de Odín— una parte de los poderes sobrehumanos de Roald «el explorador» parecieron pasar al pequeño Roald: agudeza, altruismo, arrojo, astucia, audacia, autenticidad… y así hasta el final del alfabeto.

La vida suele desafiar a los colosos, despeñando en los abismos del olvido a mediocres y pusilánimes en una suerte de damnatio memoriae selectiva. El pequeño Roald estaba destinado a culminar grandes empresas, así que no habría piedad posible. Su padre falleció tempranamente, dejando huérfanos a él —con tres años— y a sus dos hermanas, Alfhild y Else la pequeña Astri, de siete años, había muerto de apendicitis unas semanas antes. El comienzo no fue fácil.

En lugar de regresar a Noruega en busca del cobijo familiar, su madre se empeñó en que Roald estudiara en colegios británicos, pensando que tendría una mejor formación y mayores oportunidades profesionales. Creció en Cardiff (Gales), donde pronto hizo una pandilla de amigos al más puro estilo The Famous Five (Los cinco) de Enid Blyton. De hecho, la banda de camaradas estaba constituida por cinco jovenzuelos de ocho años. Una de sus travesuras más célebres fue la que protagonizaron en la tienda de golosinas de la señora Pratchett, una vieja malvada y repugnante al menos así la recordaba Roald que regentaba un despacho de chucherías en el barrio de Llandaff. Aprovechando un descuido de la dueña, quisieron darle su merecido. Colaron un ratón muerto en el tarro de gobstopper, las enormes bolas de caramelo coloreadas, tan populares en el periodo de entreguerras, que inmortalizaría más tarde en Charlie y la fábrica de chocolate con el nombre de everlasting gobstopper: unos caramelos esféricos que, por mucha fruición con que se chupetearan y relamieran, jamás se reducían de tamaño ni perdían su sabor. Los reales estaban compuestos por capas y capas de distintos colores y sabores. Podían medir entre uno y ocho centímetros de diámetro, todo dependía del presupuesto infantil, y eran extremadamente duros; no en vano tenían el sobrenombre de jawbreakers, algo así como ‘rompemandíbulas’. ¡Que no se te ocurriera morderlos! Además de deliciosos también eran duraderos, lo que los hacía muy apreciados por los niños y niñas que los podían disfrutar de vez en cuando.

Como muchos otros, el episodio del ratón quedó reflejado en el diario que Roald atesoraba, esquivando como podía la curiosidad natural de sus hermanas (no hay mayor placer que, a hurtadillas, leer el diario de un hermano y poder descubrir todos sus secretos y, por encima de todo, saber qué piensa en realidad sobre nosotros). Roald iba cambiando de escondite el cuaderno con su obra mínima, a la vez que descubría el inmenso placer que le producía escribir. Los cinco amigos fueron castigados por el caso del roedor muerto en el tarro de caramelos y, como la educación tradicional victoriana prescribía, fueron debida y cruelmente azotados. No permaneció mucho tiempo en aquella escuela de barrio.

Los jawbreakers o gobstopper, rompemandíbulas o inflamofletes Fotografía: a200/a77Wells (CC).

Roald Dahl todavía tenía mucho que aprender sobre la vida. Con trece años cambió su residencia familiar a Derbyshire, condado de Inglaterra; allí comenzaría su nueva etapa escolar en la exclusiva Escuela de Repton como alumno interno. Un lugar que no debía ser especialmente agradable. Su profesor de Lengua Inglesa se refirió a él en el boletín de calificaciones así: «Nunca he conocido a nadie que escriba palabras que signifiquen exactamente lo contrario a lo que se pretende de forma tan persistente». Seguro que era un estupendo maestro, pero desde luego no tenía olfato de editor. Las novatadas, los abusos que algunos de los alumnos mayores infligían a los más débiles y las palizas que sufrían por parte de profesores frustrados eran el pan nuestro de cada día. Así lo describe en su obra autobiográfica Boy: Tales of Childhood: «A lo largo de mi vida escolar, me horrorizó el hecho de que los maestros y los muchachos mayores pudieran, literalmente, herir a otros niños, y algunas veces con bastante severidad… no podía superarlo. Nunca lo superé. Sería injusto sugerir que todos los maestros golpeaban constantemente a todos los muchachos. Solo algunos lo hacían, pero eso fue suficiente para dejar la huella del horror en mí». Cómo olvidarlo. Roald era muchas cosas, pero no un matón de barrio. Como persona sensible y con grandeza —y no solo por el metro noventa y ocho que llegó a medir—, la crueldad y la injusticia removían sus entrañas. Eso le marcó profundamente y, por ende, a su obra. Si habéis tenido la oportunidad de leer, por ejemplo, Matilda (Londres, 1988), ilustrado por el genial Quentin Blake, aparece un personaje abyecto: la Señorita Trunchbull. Su onomatopéyico nombre lo dice todo. Una mujer forzuda y malvada que disfrutaba con el sufrimiento de los más pequeños y, de alguna manera, encarnaba la esencia del mal que Roald había conocido en primera persona. El libro arrasó en ventas y Danny DeVito lo adaptó años más tarde al cine; aunque es una película de 1996, ha soportado bien el paso del tiempo y sigue cautivando y horrorizando —a partes iguales— a los más pequeños.

Pero incluso en un averno cabían momentos de felicidad e inspiración. Y entre los mejores estaban aquellos en los que la fábrica de chocolates Cadbury enviaba sus nuevas muestras. Muy a menudo, los alumnos de Repton hacían a la vez de jueces y conejillos de indias. Los probaban y los evaluaban antes de que la marca decidiera cuáles serían sus lanzamientos comerciales de temporada. ¡Probar chocolates! ¿Quién no querría hacer algo así? Roald narró en sus memorias lo asombrosamente felices que les hacía testar las muestras de Cadbury, y cómo se convirtieron en verdaderos expertos. Su hija, Ophelia Dahl, contaba al Daily Mail hasta qué punto llegó a seducirle el chocolate: «Mi padre estaba tan fascinado con la sección transversal de la chocolatina Mars, con sus capas de chocolate, caramelo y turrón, que cuando la cortaba y la observaba, como si fuera un corte transversal de la Tierra, no se atrevía a morderla». Años más tarde sucedería —inevitablemente— lo que todos estáis imaginando; aunque para llegar a eso aún faltaba un trecho francamente excitante.

Trabajadoras de la fábrica de chocolate Cadbury. Mitad de los años treinta.

Cuando Roald terminó sus estudios en Repton, su madre se prestó a ayudarlo para que fuera a la universidad, nada menos que a Oxford o Cambridge, y finalizara así su formación de manera sobresaliente; pero él se negó. Roald prefería trabajar en una compañía que lo enviara «a lugares lejanos y maravillosos como África o China». Poco después se enrolaba en Shell Petroleum Company: la Shell. Gracias a su brillantez y desparpajo, cumplió parte de sus deseos: dos años en Reino Unido y luego Kenia y Tanzania… Desgraciadamente —como les sucedió a miles de jóvenes por aquel entonces— uno de sus mejores momentos vitales se vio mutilado atrozmente por la Segunda Guerra Mundial.

Por una extraña razón, algunos tramos de su vida parecían discurrir de forma paralela a la del chocolate. Durante la guerra, la fábrica que poseía Cadbury en Bournville dedicó gran parte de la planta a producir asientos para los aviones de combate —a pesar de que el chocolate era considerado un alimento esencial y estaba sometido a racionamiento inflexible—; para no desmerecer, Roald se alistó en el ejército, siendo exactos, en la Royal Air Force, la temible RAF… quién sabe si siguiendo el rastro de los «asientos Cadbury». Tenía veintitrés años y comenzaba una de las etapas más azarosas de su existencia.

La guerra iba más rápido que la formación de los jóvenes pilotos, así que la RAF se vio forzada a preparar un programa de choque: el Plan de Entrenamiento Aéreo de la Commonwealth. Gracias a este programa, miles de jóvenes se adiestrarían en países de la Mancomunidad Británica de Naciones, lejos del frente. Junto a dieciséis muchachos más, Roald comenzó su instrucción en Nairobi —de esos dieciséis, solo tres sobrevivirían a la guerra—. Tras siete horas y cuarenta minutos de entrenamiento, Roald era capaz de volar solo. Continuó su preparación avanzada en la base aérea que la RAF tenía cerca de Bagdad. Después de todo, el destino le iba a dar el exotismo que tanto había añorado en su primera juventud. El 24 de agosto de 1940 obtenía su título oficial de piloto. Estaba listo para unirse al resto de chicos en el frente de combate; pero algo inesperado estaba a punto de suceder.

Apenas tres semanas después le fue asignada una misión. Debía integrarse en el escuadrón 80 de la Fuerza Aérea, para ello tendría que llegar hasta la base de la 80, tras sobrevolar el delta del Nilo y parte del desierto. Después de varias de etapas de vuelo, cuando en teoría se acercaba a su destino, advirtió que estaba completamente perdido. El avión no tenía radio ni ayudas a la navegación. Roald solo contaba con el auxilio del sol y un plano atado a su rodilla. El tiempo se consumía al igual que el combustible que quedaba en el depósito, pero la pista de aterrizaje ni siquiera se vislumbraba. La noche se cernía sobre él y su aeroplano continuaba volando en círculos en algún comprometido punto entre las tropas italianas y las británicas. No le quedaba más remedio que tratar de aterrizar su biplano en mitad del desierto. No era un desierto ideal y arenoso como el que aparece en las postales, según sus propias palabras era un desierto «lleno de piedras enormes, rocas y barrancos». La maniobra tuvo fatales consecuencias. Su Gloster Gladiator quedó completamente destruido y él, herido de gravedad: «No podía ver nada en absoluto, pero no sentía dolor. Solo quería dejarme llevar por el sueño». Dichosamente para millones de lectores, no se dejó acunar por los brazos de Morfeo. El calor de las llamas despertó su instinto de supervivencia y se arrastró como pudo, lo suficientemente lejos del calor como para no morir abrasado. Paradójicamente, las llamas que pudieron haberle consumido le salvaron. En la oscuridad absoluta del desierto, con un cielo perfecto, la pira iluminó las dunas y recovecos en varios kilómetros a la redonda. Algunos soldados amigos que había sobrevolado sin saberlo —observadores avanzados ocultos en trincheras— dieron la voz de alarma. Roald fue rescatado durante la noche.

El biplano británico Gloster Gladiator. Fotografía: Alan Wilson (CC).

Un momento, os preguntaréis: «¿Un accidente con un avión en mitad del desierto? ¿Un escritor de cuentos de enorme éxito?… No puede ser. ¡Esa historia la conozco!»; y así es. Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El principito, vivió unas circunstancias muy parecidas cinco años antes. Mientras volaba sobre el Sáhara libio con su Caudron Simoun tuvo que hacer un aterrizaje forzoso. Aunque sobrevivió a la peligrosa maniobra, estuvo muy cerca de morir debido a la severa deshidratación que padeció. Al cuarto día, sin agua, cuando ya no podía caminar y las alucinaciones lo dominaban, fue rescatado milagrosamente por un hombre del desierto. Esta experiencia aparece reflejada en su exquisita obra Tierra de hombres y, en parte, inspiró El principito. Sin embargo, sí que había una gran diferencia entre el accidente de Roald y el de Antoine; mientras el primero volaba como piloto de guerra en una misión, el segundo lo hacía por un premio de ciento cincuenta mil francos camino de la colorida Saigón. Desde luego no se puede negar que ambos fueran accidentes formidablemente literarios.

El golpe que Roald recibió en la cabeza durante el aterrizaje de emergencia fracturó su cráneo y lo dejó ciego. Pudo haber muerto allí mismo, pero acabó en un hospital de Alejandría donde fue tratado para recuperarse de sus lesiones. Y, como en la mejor novela de Victoria Holt, en el momento preciso entró en escena una enfermera del hospital que la Royal Navy tenía en Alejandría, Mary Welland; pero eso es otra historia. Solo os adelanto que se sentaba en su cama cada día para curar sus heridas durante una hora, y cuando Roald, contra todo pronóstico, recuperó la vista tiempo después, ella fue la primera persona que vio —no podéis negar que os recuerda necesariamente a Ralph Fiennes y Juliette Binoche recreando en el cine la novela de Michael Ondaatje, El paciente inglés—.

Los colosos son colosos por algo. Después del accidente, ningún oficial pensó que el piloto Roald Dahl volvería a volar jamás; al igual que su profesor de Lengua Inglesa, se equivocaban. Roald volvió a pilotar y entró en combate aéreo en varias ocasiones, entre ellas en la célebre batalla aérea de Atenas. En esa y otras escaramuzas derribaría varios aviones enemigos, al menos cinco. No obstante, las secuelas de su accidente continuaban afectando a sus sentidos. Fue relevado del servicio por este motivo. Y aquí comienza otra etapa que da un giro vital e inesperado a la biografía rocambolesca de Dahl. Una serie de circunstancias lo llevaron a trabajar para el MI6 —el Servicio de Inteligencia Secreto del Reino Unido— desde la embajada británica en Washington D. C. Roald iba a ser espía, pero lo más importante es que iba a volver a escribir, y eso sí que cambiaría su destino.

Sus habilidades sociales y las buenas amistades que había forjado en poco tiempo equivalieron a influencia e información. Eso atrajo la atención del famoso maestro de espías canadiense William Stephenson —lo más parecido a un James Bond que podamos imaginar—. Parte de la misión de Stephenson era que la opinión pública continuara a favor de la intervención militar de Estados Unidos en la guerra, y para eso había que contar con la prensa. En poco tiempo, además de pasar toda la información de la que disponía, Roald «el espía» se ponía manos a la obra y escribía un amplio artículo para el Saturday Evening Post —el de las portadas del ingenioso Norman Rockwell— donde narraba con todo lujo de detalles su accidente en el desierto. Después de ese hubo muchos otros. Y quizás sea el momento preciso de volver al chocolate, aunque sea dando el último rodeo.

Además de espiar, Roald no había dejado de escribir. En 1943 publicaba Los gremlins con un enorme éxito. Random House no pudo reimprimir a tiempo por la escasez de papel, pero la primera edición fue de cincuenta mil ejemplares solo para el mercado estadounidense. La historia giraba  en torno a unos pseudoduendes que, según los pilotos, eran los responsables de las averías de sus aviones. La Disney compró los derechos para el cine, pero la cinta nunca llegó a producirse. Cuarenta años más tarde, Steven Spielberg se inspiraba en estos seres para filmar la película que todos hemos visto alguna vez: Gremlins. La de los reptilianos hijos bastardos —y bastante canallas— de Gizmo. Una película que, además de entretener, dio felices ideas a los niños de todo lo que se podía hacer con una batidora —poco después de que se estrenara, la Asociación Estadounidense de Cineastas tuvo que cambiar su sistema de calificación por edades—.

La guerra terminó en el año 1945, y ser espía no resultaba tan rentable, pero escribir buenas historias era otro cantar. Roald se movía con soltura entre cócteles y fiestas; pero también entre la literatura infantil y la de adultos. Así que decidió apostar por ello de forma definitiva, iba a desarrollar una carrera que lo catapultaría al olimpo de los grandes escritores del siglo XX… aunque le faltaba el último empujón. Ese fue contraer matrimonio con la actriz Patricia Neal (Óscar a la mejor actriz en 1963 por Hud). Se casaron en 1953, orientó bien a Roald y concibieron juntos a cuatro chicas y un chico.

Roald Dahl y Patricia Neal, por Carl Van Vechten, abril de 1954. Fotografía: Biblioteca del Congreso. Washington, D.C.

Durante un paseo en Nueva York, mientras la niñera se ocupaba del pequeño Theo Dahl, un taxi atropelló el cochecito que lo transportaba. Theo solo tenía cuatro meses. El fuerte traumatismo le provocó una hidrocefalia, colocándole al borde de la muerte. No había mucho que se pudiera hacer. La presión intracraneal era excesiva, los artefactos que existían se atascaban con tanta frecuencia que eran inservibles. Viendo el sufrimiento de su hijo, Roald no dejaba de pensar en cómo ayudarlo. No perdió el tiempo y, con el asesoramiento del ingeniero hidráulico Stanley Wade y el neurocirujano Kenneth Till, diseñó un rudimentario dispositivo que era capaz de aliviar la afección. Funcionó. Lo bautizaron como válvula WDT (Wade-Dahl-Till valve). Además de salvar la vida a Theo, la válvula extracraneal se fue perfeccionando y se aplicó en miles de pacientes, la gran mayoría niños. Ninguno de los tres consintió jamás recibir regalías por su invento.

La familia volvió a Inglaterra buscando la tranquilidad. Pero dos años más tarde, Olivia Dahl, la primogénita, moría víctima de una encefalitis provocada por el virus del sarampión. Tenía siete años. Este hecho hundió a Roald por completo, nunca llegó a recuperarse del todo. Cómo hacerlo. Era 1962, y la vacuna del sarampión no sería efectiva hasta 1971. Se refugió en la escritura. Removiendo los rincones de su memoria en busca de vivencias felices que lo evadieran, brotaron sus recuerdos de Repton. Y ahí estaba el chocolate que lo redimiría una vez más. Inspirado en esos recuerdos, Roald escribía su gran obra en 1964: «Fue hermoso soñar esos sueños. Recordé esas pequeñas cajas de cartón y los chocolates recién inventados dentro de ellas, y comencé a escribir un libro llamado Charlie y la fábrica de chocolate». Al fin llegaba Charlie.

El libro cuenta la historia de Charlie Bucket, un niño muy pobre al que le cambia la vida cuando encuentra un premio colosal dentro de una chocolatina Wonka. La ilusión e inocencia de Charlie, alguien que no tiene absolutamente nada material, contrastan con la tristeza y descreimiento del otro protagonista, el inventor de golosinas Willy Wonka, un magnate del chocolate que lo tiene aparentemente todo. La historia, divertida y conmovedora, ha hecho vibrar a niños y mayores de todo el mundo. Además de chocolate, está llena de extrañas ambrosías con los efectos más locamente peligrosos y extravagantes que se puedan imaginar. ¿Una muestra? Además de los caramelos eternos everlasting gobstopper, estaba el toffe capilar, te comías un trocito y justo a la media hora te crecía una larga y sedosa cabellera, por no hablar de la barba; el chicle mágico Wonka, un chicle alimenticio para no tener que cocinar; helados calientes para días fríos, muy útiles en invierno; chicles con pegamento para padres que hablen demasiado; caramelos explosivos para los enemigos… y mis preferidas: las grajeas de arco iris rainbow drops: después de comerlas, podías escupir hasta en seis colores diferentes (siempre me pregunté dónde fue a parar el séptimo color).

Material promocional para la edición del 40 aniversario de la película. Imagen: Warner Bros.

La historia de la fábrica de Willy Wonka tuvo tanto éxito que fue llevada al cine en dos ocasiones. La primera en 1971, con dirección de Mel Stuart y protagonizada por Gene Wilder y Peter Ostrum (hoy día es veterinario). La segunda en 2005, dirigida por Tim Burton y protagonizada por Johnny Depp y Freddie Highmore. El libro Charlie y la fábrica de chocolate ha vendido más de doscientos millones de ejemplares en todo el mundo. Son muchos ejemplares. Cualquier editor se rompería la crisma por contar con un título así en su catálogo. Y goza de una salud de hierro. Si los niños no se acaban en algún futuro distópico, cosa altamente improbable, continuará vendiéndose durante mucho tiempo. El talento y la imaginación de Roald lo valen.

Quizás sea solo casualidad y, después de todo, los poderes sobrehumanos del explorador Roald Amundsen no pasasen al pequeño Roald Dahl de ninguna de las maneras; pero, adivinad qué llevaba la ración diaria de Amundsen en su viaje a las ignotas tierras de las nieves del sur: unos 350 gramos de pemmikan (una pasta hipercalórica de carne pulverizada y deshidratada, mezclada con frutos secos y grasa), 380 gramos de galletas (lo que viene a ser «cuarto y mitad»), 60 gramos de leche en polvo… y 40 gramos de chocolate, muy cerca de lo que pesaban las irresistibles chocolatinas Wonka, las maravillosas barras de los billetes dorados con las que todos hemos soñado alguna una vez.

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4 comentarios

  1. DANIEL AGÜERA FERNÁNDEZ

    Qué interesante artículo, bien escrito y documentado. He disfrutado mucho leyendo esta historia, tanto por lo que cuenta, que desconocía, como por tu dominio del lenguaje, que hace deliciosa su lectura.

    Gracias Antonio por tu generosa aportación literaria.

  2. Celeste

    Muy interesante artículo! Escrito de manera atrapante sin quitar mérito a la riquísima biografía del protagonista.
    Un placer haber tropezado con él!

  3. Divertido e interesante. Con un tono y un lenguaje perfectos para compartir con lectorxs infantiles de R.D.

    Gracias!

  4. Juan A. Priego Glez de Canales

    Fascinante. Estas hecho un verdadero humanista. Enhorabuena.

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