
Piloto de guerra, inventor de artilugios médicos, deportista, escritor, espía… hay vidas apasionantes, extravagantes, vidas insólitas que merecen ser contadas. La de Roald Dahl, el autor del inmortal Charlie y la fábrica de chocolate, es una de ellas.
Aunque nació en Gales en 1916, sus padres eran noruegos de pura cepa, Harald y Sofie. Cuatro años antes de su nacimiento, otro noruego —nada más y nada menos que el gran explorador Roald Amundsen— levantaba una bandera congelada en el Polo Sur tras una travesía suicida por las tierras del hielo infinito. En pugna con Robert Scott, se convertía en la primera persona en llegar al corazón de la Antártida y pisar el sur geográfico, lo que lo elevó a héroe nacional por antonomasia. Harald y Sofie pensaron que era buena idea homenajearlo bautizando a su hijo con el mismo nombre de pila: Roald. Llamadme lunático, pero como en la más inquietante leyenda nórdica de troles y guerreros melenudos, al tomar su nombre —y estas cosas solo pueden suceder en las tierras de Odín— una parte de los poderes sobrehumanos de Roald «el explorador» parecieron pasar al pequeño Roald: agudeza, altruismo, arrojo, astucia, audacia, autenticidad… y así hasta el final del alfabeto.
La vida suele desafiar a los colosos, despeñando en los abismos del olvido a mediocres y pusilánimes en una suerte de damnatio memoriae selectiva. El pequeño Roald estaba destinado a culminar grandes empresas, así que no habría piedad posible. Su padre falleció tempranamente, dejando huérfanos a él —con tres años— y a sus dos hermanas, Alfhild y Else —la pequeña Astri, de siete años, había muerto de apendicitis unas semanas antes—. El comienzo no fue fácil.
En lugar de regresar a Noruega en busca del cobijo familiar, su madre se empeñó en que Roald estudiara en colegios británicos, pensando que tendría una mejor formación y mayores oportunidades profesionales. Creció en Cardiff (Gales), donde pronto hizo una pandilla de amigos al más puro estilo The Famous Five (Los cinco) de Enid Blyton. De hecho, la banda de camaradas estaba constituida por cinco jovenzuelos de ocho años. Una de sus travesuras más célebres fue la que protagonizaron en la tienda de golosinas de la señora Pratchett, una vieja malvada y repugnante —al menos así la recordaba Roald— que regentaba un despacho de chucherías en el barrio de Llandaff. Aprovechando un descuido de la dueña, quisieron darle su merecido. Colaron un ratón muerto en el tarro de gobstopper, las enormes bolas de caramelo coloreadas, tan populares en el periodo de entreguerras, que inmortalizaría más tarde en Charlie y la fábrica de chocolate con el nombre de everlasting gobstopper: unos caramelos esféricos que, por mucha fruición con que se chupetearan y relamieran, jamás se reducían de tamaño ni perdían su sabor. Los reales estaban compuestos por capas y capas de distintos colores y sabores. Podían medir entre uno y ocho centímetros de diámetro, todo dependía del presupuesto infantil, y eran extremadamente duros; no en vano tenían el sobrenombre de jawbreakers, algo así como ‘rompemandíbulas’. ¡Que no se te ocurriera morderlos! Además de deliciosos también eran duraderos, lo que los hacía muy apreciados por los niños y niñas que los podían disfrutar de vez en cuando.
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Qué interesante artículo, bien escrito y documentado. He disfrutado mucho leyendo esta historia, tanto por lo que cuenta, que desconocía, como por tu dominio del lenguaje, que hace deliciosa su lectura.
Gracias Antonio por tu generosa aportación literaria.
Muy interesante artículo! Escrito de manera atrapante sin quitar mérito a la riquísima biografía del protagonista.
Un placer haber tropezado con él!
Divertido e interesante. Con un tono y un lenguaje perfectos para compartir con lectorxs infantiles de R.D.
Gracias!
Fascinante. Estas hecho un verdadero humanista. Enhorabuena.
Muy interesante. Muchas gracias. Saludos
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