
Por alguna razón que solo ella conoce, «la manecilla del reloj prosigue, imperturbable, su minúsculo trabajo de carcoma». Con esta imagen tan eficaz, Éric Vuillard describe el reloj situado encima del escritorio de Wilhelm Miklas, presidente de Austria, en El orden del día: era cuestión de horas que su país fuese absorbido por el Tercer Reich. Miklas no era más que un comparsa, un títere que había permitido el régimen autoritario de Engelbert Dollfuss durante años para seguir en su cargo. Este presidente de pega fue uno de los actores secundarios de la tragedia de la que se ocupa el magnífico libro de Vuillard, una historia ya sabida, pero contada de un modo distinto, como si Hamlet se centrara en Laertes o en Guildenstern y Rosencrantz. El orden del día muestra que la historia no siempre se escribe con mayúsculas, en los grandes acontecimientos, sino que también acontece en las notas al pie, en los pequeños detalles que en su día pasaron desapercibidos.
El libro comienza unos años antes, el 20 de febrero de 1933, cuando una veintena de industriales alemanes (Wilhelm von Opel, Gustav Krupp, el secretario personal de Carl von Siemens…) se reunieron con Hermann Göring en su residencia oficial en Berlín. El asunto a tratar era tan importante como para requerir la presencia de Hitler: «Había que acabar con un régimen débil, alejar la amenaza comunista, suprimir los sindicatos y permitir a cada patrono ser un Führer en su empresa». A cambio, aquellos hombres tendrían que realizar importantes donaciones al partido. A Krupp y compañía, los sponsors de la tragedia, «no les pillaba de nuevas; estaban acostumbrados a las comisiones y a los pagos bajo cuerda. La corrupción es una carga ineludible del presupuesto de las grandes empresas; recibe distintos nombres: lobbying, gratificación, financiación de partidos». Para ellos, era parte del negocio, una inversión de la que podrían sacar una buena tajada a medio plazo, como así ocurrió. Una semana después se produjo el incendio del Reichstag, uno de esos «momentos estelares» de la destrucción de la humanidad (a veces da la impresión de que la manecilla no se conforma con roernos de modo inexorable y pierde la paciencia de la que habitualmente hace gala, esa paciencia digna de una gota malaya, y es capaz de adelantarse años, lustros, décadas, sin apenas moverse un ápice. Es entonces cuando la manecilla, como el badajo de las campanas cuando doblan, obra en segundos el trabajo de destrucción que le lleva años a la carcoma). Después vinieron los arrestos masivos de los opositores al régimen, la suspensión «hasta nuevo aviso» de la libertad de expresión, de prensa, de asociación… A partir de ahí, el nazismo camparía a sus anchas.
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Un artículo excelente y apropiado a estos inquietantes tiempos…
Quizá casi todos estemos contemplando nuestro presente histórico desde nuestros acomodados palcos.
Felicidades, Rebeca.
Buen artículo. Y recomiendo a tod@s el libro de Vuillard: de fácil lectura y al mismo tiempo dotado de una gran profundidad.
Respecto a la broma del gas cortado a los judíos en Viena, en la carta enviada en Junio de 1939, dudo bastante que fuera hecha con doble sentido. La guerra empezó en Septiembre del 39 y la solución final no se empezó a aplicar como tal hasta 1941.
Muchas gracias a todos por vuestros comentarios. Efectivamente, la carta de Walter Benjamin no se refiere a la solución final. El aspecto macabro tiene que ver con la razón por la que las compañías del gas vienesas decidieron cortar el suministro a los judíos en esa época. No entro en más detalles para no destripar el libro, que, por cierto, merece mucho la pena. Un saludo, Rebeca
Solo quería dejar mi opinión respecto a la broma del gas. Agradezco tu comentario, un saludo. Isaac.
«Agitador de cervecería» ¡Ufff! Cómo me recuerda a los de VOX…
Viendo las posibles resultados horripilantes que pueden tener las próximas elecciones europeas de primavera (con Steve Bannon intentando organizar a todos los identitarios de la Unión Europea para hundirla desde dentro a partir de esa convocatoria electoral) me atrevería a decir que sí, que los habitantes de la moderna y libre Europa Occidental estamos mirando tranquilamente desde el palco.