Ver la historia desde el palco

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Gustav Krupp, 1931. Imagen de la cubierta de El orden del día, de Éric Vuillard

Por alguna razón que solo ella conoce, «la manecilla del reloj prosigue, imperturbable, su minúsculo trabajo de carcoma». Con esta imagen tan eficaz, Éric Vuillard describe el reloj situado encima del escritorio de Wilhelm Miklas, presidente de Austria, en El orden del día: era cuestión de horas que su país fuese absorbido por el Tercer Reich. Miklas no era más que un comparsa, un títere que había permitido el régimen autoritario de Engelbert Dollfuss durante años para seguir en su cargo. Este presidente de pega fue uno de los actores secundarios de la tragedia de la que se ocupa el magnífico libro de Vuillard, una historia ya sabida, pero contada de un modo distinto, como si Hamlet se centrara en Laertes o en Guildenstern y Rosencrantz. El orden del día muestra que la historia no siempre se escribe con mayúsculas, en los grandes acontecimientos, sino que también acontece en las notas al pie, en los pequeños detalles que en su día pasaron desapercibidos.

El libro comienza unos años antes, el 20 de febrero de 1933, cuando una veintena de industriales alemanes (Wilhelm von Opel, Gustav Krupp, el secretario personal de Carl von Siemens…) se reunieron con Hermann Göring en su residencia oficial en Berlín. El asunto a tratar era tan importante como para requerir la presencia de Hitler: «Había que acabar con un régimen débil, alejar la amenaza comunista, suprimir los sindicatos y permitir a cada patrono ser un Führer en su empresa». A cambio, aquellos hombres tendrían que realizar importantes donaciones al partido. A Krupp y compañía, los sponsors de la tragedia, «no les pillaba de nuevas; estaban acostumbrados a las comisiones y a los pagos bajo cuerda. La corrupción es una carga ineludible del presupuesto de las grandes empresas; recibe distintos nombres: lobbying, gratificación, financiación de partidos». Para ellos, era parte del negocio, una inversión de la que podrían sacar una buena tajada a medio plazo, como así ocurrió. Una semana después se produjo el incendio del Reichstag, uno de esos «momentos estelares» de la destrucción de la humanidad (a veces da la impresión de que la manecilla no se conforma con roernos de modo inexorable y pierde la paciencia de la que habitualmente hace gala, esa paciencia digna de una gota malaya, y es capaz de adelantarse años, lustros, décadas, sin apenas moverse un ápice. Es entonces cuando la manecilla, como el badajo de las campanas cuando doblan, obra en segundos el trabajo de destrucción que le lleva años a la carcoma). Después vinieron los arrestos masivos de los opositores al régimen, la suspensión «hasta nuevo aviso» de la libertad de expresión, de prensa, de asociación… A partir de ahí, el nazismo camparía a sus anchas.

¿Cómo es que nadie se dio cuenta entonces del peligro que suponía Hitler? ¿Tenía razón Stefan Zweig cuando decía que «la historia niega a los contemporáneos la posibilidad de conocer en sus inicios los grandes movimientos que determinan su época»? En El mundo de ayer, Zweig cuenta que los pocos intelectuales que leyeron Mein Kampf «ridiculizaron la grandilocuencia de su prosa en vez de ocuparse de su programa». Los intelectuales alemanes subestimaron a Hitler por no tener formación académica, lo veían, continúa Zweig, como un «agitador de cervecerías que nunca podría llegar a constituir un peligro serio». La diplomacia extranjera también se cubrió de gloria en este sentido. Vuillard incluye en su libro una anécdota que habla por sí sola. En una visita a Berchtesgaden, donde se encontraba la residencia de montaña del Führer, Lord Halifax, presidente del Consejo británico, confundió a Hitler con un sirviente (sí, ¡con un sirviente!), hasta el punto de que llegó a tenderle el abrigo al bajar del coche. Según parece, Lord Halifax no se había dignado a levantar la cabeza.

A las miradas por encima del hombro de los intelectuales y a las centradas en los zapatos y los bajos de los pantalones de la diplomacia, hay que añadir la mirada, siempre esquiva, de la comunidad internacional. En Historia de un alemán, Sebastian Haffner dice: «Hay pocas cosas más extrañas que la tranquilidad indiferente y engreída con la que nosotros, yo y mis semejantes, contemplamos el inicio de la revolución nazi en Alemania como si estuviéramos en el palco de un teatro, viendo un proceso cuyo objetivo, al fin y al cabo, era exactamente borrarnos de la faz de la tierra. Tal vez más extraño aún sea el hecho de que, incluso años más tarde y teniéndonos a nosotros de ejemplo, toda Europa se permitiera la misma actitud de espectadora engreída, entretenida y pasiva mientras los nazis llevaban ya tiempo prendiendo la mecha por los cuatro costados». Del Viejo Continente ya no nos sorprende nada, de hecho, esa actitud de espectadora engreída nos resulta dolorosamente familiar; pero sí llama la atención que los propios ciudadanos alemanes vivieran el nazismo como algo que no iba con ellos, que se limitaran a contemplarlo desde el palco. En 1933 el mundo, tal y como lo conocían, se desvanecía ante sus impasibles ojos. Como cuenta Haffner, desaparecían los libros, los periódicos y las revistas, el locutor de radio, los humoristas gráficos… Muchos alemanes se suicidaban, se exiliaban o, sencillamente, se esfumaban sin dejar rastro. Los ciudadanos se acostumbraron a las desapariciones sin hacer preguntas. Tal vez las vieran como un daño colateral de la prosperidad económica de aquellos años (al fin y al cabo, los alemanes, especialmente los afines al partido, disfrutaban de mejores condiciones de vida que en los años de la crisis). Además, con los nazis, muchos alemanes recuperaron el orgullo patrio, pisoteado por el Tratado de Versalles (este aspecto sería explotado al máximo por el Ministerio de Propaganda de Goebbels, como ya se anticipaba en el Mein Kampf).

Este mundo, que empezó a ser desmantelado tras el incendio del Reichstag, sería remplazado por uno nuevo. Como cuenta Haffner, más inquietante que la desaparición de algunos periódicos fue lo que les ocurrió a los que permanecieron. De la noche a la mañana, medios como el Berliner Tageblatt o el Vossische Zeitung empezaron a publicar editoriales y artículos de opinión opuestos a los que solían publicar. Cualquier noticia aparecida en la prensa extranjera que fuese crítica con el Reich era automáticamente descalificada como Lügenpresse (o como diría Trump, fake news). Otros cambios fueron más sutiles, prácticamente imperceptibles, graduales. Así lo recuerdan los alemanes entrevistados por Milton Mayer en They thought they were free, un libro que cuenta la vida de diez miembros del partido nazi desde 1933 a 1945. Era una época de prosperidad económica para ellos, y, según dijeron, se dejaron llevar: la vida «pasa a otro nivel, llevándote consigo, sin ningún esfuerzo por tu parte»; te vas adaptando a las nuevas reglas, «aceptas cosas que cinco años antes no habrías aceptado, ni un año antes, cosas que tu padre, incluso en Alemania, no podía haber imaginado». Así hasta que un día te das cuenta de que «el mundo en el que vives no es para nada el mundo en que naciste (…) Ahora vives en un mundo de odio y miedo, y la gente que odia y teme ni siquiera lo sabe».

Cuando las cosas nos van bien, lo fácil es mirar hacia otro lado. Más difícil de explicar es que uno pueda acostumbrarse a la barbarie. El psiquiatra Viktor Frankl contaba en El hombre en busca de sentido que para sobrevivir en Auschwitz tuvieron que perder una a una las ilusiones que todavía conservaban y borrar de su conciencia toda la vida anterior. Otra de las claves de su supervivencia fue el humor, en muchas ocasiones, macabro: «el humor puede proporcionar el distanciamiento necesario para sobreponerse a cualquier situación, aunque no sea más que por unos segundos». Solo así, teniendo en mente estas palabras de Frankl, puede entenderse la carta de Walter Benjamin que Vuillard recoge en su libro. En junio de 1939, el filósofo le cuenta a su amiga Margarete Steffin que «a los judíos de Viena les cortaron el gas», ya que «su consumo ocasionaba pérdidas a la compañía». Omito los detalles de la carta para no hacer spoiler, pero quédense con la idea de que lo que cuenta el filósofo es tan sobrecogedor que el propio Vuillard acaba poniéndolo en duda. ¿Era verdad o se trataba solo de ese humor del que hablaba Frankl, ese humor macabro que surge en las situaciones más desesperadas? Tal vez la diferencia tampoco importe tanto. Como dice Vuillard, «poco importa que sea una broma de las más amargas o que sea real; cuando el humor tiende a tanta negrura, dice la verdad».

Es difícil decir hasta qué punto los alemanes de a pie sabían lo que les estaba ocurriendo a los judíos. La verdad, junto con la dignidad, fue una de las grandes damnificadas de aquella época. El ya citado Milton Mayer mostró a los alemanes que entrevistó una noticia publicada en el periódico de su localidad en noviembre de 1938. La noticia informaba de que «un número [indeterminado] de judíos había sido arrestado y llevado lejos de la ciudad por su propia seguridad». Ninguno de ellos recordaba haberla visto y, aunque habían pasado ya unos años, solo uno, y con matices, se atrevió a condenar los crímenes nazis contra el pueblo judío. Es más, las filigranas mentales para absolver a Hitler de algunos de ellos eran bastante sorprendentes: «¿El asesinato de los judíos? Estuvo mal, a menos que cometieran alta traición. Y por supuesto que lo hicieron. Si hubiera sido judío, yo mismo lo habría hecho. De todas formas, algunos dicen que pasó y otros que no. Puedes mostrarme fotos de cráneos o de zapatos, pero eso no prueba nada. Pero, te diré algo: fue cosa de Himmler. Hitler no tuvo nada que ver con ello». Aunque cueste creerlo, años después, la admiración y el respeto hacia el Führer permanecían intactos.

Para poder entenderlo, dijeron, habría que haber vivido allí en aquellos años. La ilusión transmitida por el nuevo mesías en sus misas multitudinarias era tal que hasta una niña judía al ver un desfile dijo: «Mamá, si no fuera judía, creo que sería nazi». La fe traspasó fronteras: también los austriacos vieron en Hitler a un libertador. En los pueblos y carreteras austriacas, la multitud se dejaba la garganta para darle la bienvenida con el brazo en alto (como dice Vuillard, llevaban «cinco años entrenándose»). El griterío en la Heldenplatz de Viena, donde Hitler anunció la anexión de Austria al Tercer Reich, era tan ensordecedor que, cincuenta años después, los personajes de Heldenplatz, la última obra de teatro de Thomas Bernhard, seguían escuchando los vítores… Sin duda, el Anschluss, la anexión, tuvo mucho de sainete (imposible no acordarse de la invasión de Osterlich en El gran dictador). Estremece imaginar las risas de Göring y Ribbentrop en los juicios de Núremberg al escuchar la transcripción de las llamadas telefónicas correspondientes a aquellos días. Esa «sensación de guasa», como subraya Vuillard al describir las llamadas, hiela la sangre. Uno de los méritos de El orden del día, además de la soberbia prosa de Vuillard, es su capacidad para tender puentes con el presente. Los lobbies que manejan los hilos en la sombra, las donaciones a los partidos, las escuchas telefónicas, la pasividad de la comunidad internacional… parecen sacados de un telediario de la semana pasada. No creo que tenga mucho sentido trasponer una época a otra, preguntarse si aquello podría pasar aquí y ahora, pero siempre se puede aprender algo de lo ocurrido. Tal vez no esté de más desconfiar de las masas que aplauden como locas a los líderes políticos. Como decía Thomas Bernhard en una entrevista publicada en Quimera, «las calamidades siempre las provoca la masa enfervorizada que aplaude. Todos los horrores provienen de los aplausos». Sobre todo, añadiría yo, de los aplausos de aquellos que creen que están en el palco contemplando un espectáculo que no va con ellos.

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4 comentarios

  1. Agustín Serrano Serrano

    Un artículo excelente y apropiado a estos inquietantes tiempos…

    Quizá casi todos estemos contemplando nuestro presente histórico desde nuestros acomodados palcos.

    Felicidades, Rebeca.

  2. Buen artículo. Y recomiendo a [email protected] el libro de Vuillard: de fácil lectura y al mismo tiempo dotado de una gran profundidad.

  3. Respecto a la broma del gas cortado a los judíos en Viena, en la carta enviada en Junio de 1939, dudo bastante que fuera hecha con doble sentido. La guerra empezó en Septiembre del 39 y la solución final no se empezó a aplicar como tal hasta 1941.

    • Rebeca García Nieto

      Muchas gracias a todos por vuestros comentarios. Efectivamente, la carta de Walter Benjamin no se refiere a la solución final. El aspecto macabro tiene que ver con la razón por la que las compañías del gas vienesas decidieron cortar el suministro a los judíos en esa época. No entro en más detalles para no destripar el libro, que, por cierto, merece mucho la pena. Un saludo, Rebeca

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