El Minotauro estuvo aquí

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(Clic en la imagen para ampliar). Fresco del salto del toro, autor desconocido, ca. 1450 a. C. Museo Arqueológico de Heraclión, Creta. Foto: Jebulon (CC).

A diferencia de nuestra era, tan acostumbrada a comenzar a contar citando la letra escrita, hubo un tiempo en que solo la persistencia a través de generaciones de las historias orales las consagraba a quedar retratadas en páginas. Un tiempo en que el mito era la cristalización, como un diamante, de una historia contada mil veces para explicar lo inexplicable, fuesen los orígenes del mundo, las catástrofes naturales o el motivo por el que una cosecha había sido extraordinariamente buena.

Aproximadamente cinco mil años antes de que Pericles pusiese la primera piedra para el Partenón de Atenas y de que Ovidio contase en sus Metamorfosis la historia del minotauro, el mito ya había echado raíces en la isla de Creta, en plena Edad del Bronce.

Minos, el más antiguo de todos aquellos que hemos oído, construyó una armada con la que se apoderó de la mayor parte del mar de Grecia que ahora es, señoreó las islas llamadas Cícladas y fue el que primero las hizo habitar (…) además limpió la mar de corsarios y ladrones.

Tucídices, Historia de la guerra del Peloponeso.

El rey Minos, hijo de Zeus, señor de Creta y del mar Egeo, promete al dios Poseidón que sacrificará en su nombre a la primera criatura que le mande del mar. Los dioses, ya se sabe, a pesar de ser todopoderosos, siempre han sido muy de buscarnos las vueltas a los mortales, así que Poseidón materializa un toro blanco magnífico que deja embelesado a Minos, y este, en lugar de sacrificarlo, lo manda a pastar (literalmente) y lo sustituye en el ritual por otro toro de sus rebaños, esperando que Poseidón no se dé cuenta, porque también los humanos tenemos una tradición ancestral de creernos más listos que nadie.

Los dioses son tradicionalmente implacables reclamando deudas y mandando represalias por retrasos en el pago, Poseidón impone un castigo brutal por la deslealtad de Minos. Su esposa, Pasífae, se enamorará del toro blanco, se apareará con él y quedará embarazada. Nueve meses más tarde dará a luz una criatura híbrida y monstruosa, con cuerpo de hombre y cabeza y cuernos de toro, el minotauro.

Minos, furioso y avergonzado, pide a Dédalo que construya un laberinto donde encerrará a la bestia y calmará su furia cada nueve años, entregándole jóvenes vírgenes a los que devorar.

Reconozcámoslo, nadie construye tramas como la mitología clásica.

Puesto que se crean para explicarnos lo inexplicable, debemos aceptar que detrás de cada mito hay, al menos, una mínima parte de verdad, un germen que hizo florecer esta historia alucinógena. Siguiendo este mismo razonamiento, muchos de los grandes descubrimientos arqueológicos se hicieron siguiendo la estela de los mitos, por esta necesidad de buscar un rastro verdaderamente histórico que justifique una superstición banal o una tradición de siglos.

El palacio que era un laberinto

Autor: Sir Arthur Evans.

A finales del siglo XIX era un secreto a voces en la comunidad de arqueólogos y cazadores de antigüedades que en Cnosos había un yacimiento de dimensiones enormes; era habitual que los vecinos de la zona encontrasen restos de cerámicas o utensilios de manera casi superficial. Aunque el primer intento de excavación lo hizo el griego Minos Kalokairinos, desenterrando en 1878 dos de los almacenes del palacio. Su proyecto fue suspendido a las tres semanas por desavenencias con los propietarios de las tierras. En aquel momento la isla de Creta estaba ocupada por los turcos y estos le exigieron, tanto a él como más tarde al profesor Schliemann, unas cantidades desorbitadas por el terreno, ya que solo siendo propietarios podrían excavar sin límites ni interrupciones.

Habría que esperar hasta el 23 de marzo de 1900. La isla de Creta volvía a ser autónoma y sir Arthur Evans pisa por primera vez Cnosos con el título de propiedad de los terrenos en la mano. Le acompaña una cuadrilla de treinta y siete trabajadores, que habrían de acabar convirtiéndose en cien, y empezarán a sacar a la superficie la maravilla que llevaba esperando la humanidad más de dos mil años.

Cuenta en su documental sobre la civilización minoica la arqueóloga Bettany Hughes que la excavación de Cnosos superó cualquier expectativa: de repente una civilización de más de cinco mil años de antigüedad, de la que apenas se tenían noticias, aparece y resulta ser tan única y tan sofisticada que, cuanto más se descubre acerca de ella, en lugar de explicarse a sí misma, multiplica las incógnitas.

En el momento de empezar a trazar los planos de Cnosos, el palacio se plantea como un edificio muchísimo más complejo que cualquier otro descubierto hasta el momento en Troya o Micenas. Según avanzaban, las habitaciones, corredores y escaleras se sucedían anárquica e indefinidamente con conexiones complejísimas, estancias pequeñas y sucesivas sin utilidad concreta ni orden aparente. El laberinto existía y era mucho más grande y complejo de lo que cualquier imaginación humana hubiese podido concebir.

Es difícil superar las dotes narrativas de la mitología, pero hay que reconocer que a veces la historia hace intentos gloriosos. Cuando había pasado apenas un mes del comienzo de los trabajos arqueológicos en Cnosos, y todo el mundo estaba ya abrumado con el tamaño de las cuartos, los pasillos y las salas de columnas del edificio, la excavación del ala oeste encuentra un fresco enorme que representa un toro de tamaño real, en posición de embestida con la boca abierta, tallado en relieve de yeso sobre la propia pared.

Las piezas del mito, como un rompecabezas, comenzaban a encajar.

Estaban sacando a la superficie un edificio colosal y laberíntico, habían encontrado una referencia clara al toro, y a Evans ya solo le faltaba alguna evidencia que apuntase al rey Minos para cerrar el círculo. Como si los dioses le fuesen dejando miguitas de pan, a los pocos días, en el ala sur, apareció una sala con un trono; aunque no era demasiado grande, no parecía esta suficiente razón como para negar que aquel pudiese ser el trono del mítico rey que encerró al minotauro. Era el trono más antiguo encontrado en Europa. Evans ya lo había decidido: aquel era el trono de Minos y la suya, la civilización minoica.

En aquellos años, arqueólogos profesionales y aficionados de toda Europa y Estados Unidos competían en una carrera contrarreloj para encontrar la civilización más antigua del Mediterráneo; todo apuntaba a que Arthur Evans iba a ganar a todos. El ritmo de la excavación fue tal que en 1903 el palacio había sido totalmente desenterrado, además de una cantidad incontable de objetos y tesoros, por lo que se empezaron a excavar las zonas anexas.

Diecisiete mil metros cuadrados construidos distribuidos en mil quinientas habitaciones, conectadas con escaleras, corredores y patios de columnas, adornadas con frescos, baños rituales y sótanos llenos de almacenes de víveres y ánforas de tamaño gigantesco. Siete u ocho entradas diferentes, que se supone deberían tener cada una una función distinta y ser usadas en diferentes ocasiones. A su vez, todos estos caminos llevan a un impresionante patio central, de cincuenta y cuatro metros de largo por veintisiete de ancho, que nadie sabe a ciencia cierta para qué se usaba, pero no hay duda de que podría acomodar a una cantidad enorme de personas.

Una edificación que es muchísimo más que la suma de sus partes, un enigma que, cuanto más se descubre de él, en lugar de esclarecerse resulta cada vez más inquietante y fascinante, por lo oscuro y contradictorio.

Llegados a este punto y seguramente ya llevado por el entusiasmo, Arthur Evans empieza a contaminar lo que encuentra con su propia convicción, porque, aunque el mito puede llevar a los hechos, es un error tomárselo tan literalmente que no nos deje analizar lo que tenemos delante. Todos los indicios confirman que Cnosos debía de ser un lugar administrativo o religioso, un lugar donde se llevasen a cabo rituales, y nada indicaba que era un palacio, salvo el trono, pues no hay rastro de aposentos que pudiesen servir para que viviesen allí un rey y su séquito. Pero a Evans le da igual, pone nombre a las plantas del edificio según su propia imaginación le indica y reconstruye algunas partes con hormigón armado intentando así hacer su versión más verosímil. Es una pena, porque este tipo de aberraciones pesarán mucho más a la hora de recordarlo que el propio descubrimiento de Cnosos.

La teoría más sólida es también la más espectacular, el patio central de Cnosos debía de servir de escenario para rituales religiosos y espectáculos de gladiadores y toros. El arte minoico está lleno de representaciones de este tipo, se repiten especialmente las escenas de jóvenes atletas, hombres y mujeres de torsos desnudos, saltando por encima de toros que los embisten en plena carrera. Un espectáculo que, de ser literalmente así, requeriría una condición física propia de superhéroes. Los toros prehistóricos serían cruces con uros y medirían aproximadamente un metro ochenta desde el suelo hasta la cruz, la huella de una de esas bestias tendría el tamaño de la cabeza de una persona.  

Animales magníficos que eran símbolo de fertilidad desde la Edad de Piedra, quizá era eso lo que trataba de captar este ritual. Aun así, todo es interpretable y podría ser solo una representación simbólica; desgraciadamente, no se ha conseguido aún descifrar la escritura minoica, que podría dar un vuelco a todo o complicarlo aún más, visto lo visto.

La cuestión más importante que surgió con todo este descubrimiento abrumador fue: ¿Quiénes eran los minoicos? ¿De dónde habían venido? ¿Cuál fue el origen de esta civilización tan extraña y tan compleja, que no se parece a nada y cuya escritura aún hoy no somos capaces de descifrar?

Después de un análisis minucioso tanto del arte como de los restos arqueológicos, se llega fácilmente a la conclusión de que los minoicos fueron una civilización con un espíritu libre e independiente y una personalidad sin precedentes. Probablemente porque el mundo en aquel momento estaba fascinado con Egipto, Evans apuntó como posible lugar de origen de los primeros minoicos el norte de África, en el delta del Nilo. Desde entonces otros autores han propuesto también las islas Cícladas, la Anatolia, los Balcanes y el Medio Oriente como posibles lugares de origen.

Sir Arthur Evans se murió sin saber la verdad, sin saber que dejó una punta del hilo de la que tirar casi como una broma y que luego resultó ser una profecía, pasando por alto que la respuesta estaba en el propio mito.

La parisien y la madre de Minos

En una de las salas de Cnosos apareció un fragmento de un fresco que actualmente se conserva en el museo de Heraklion. Representa a una mujer noble o una sacerdotisa, adornada y maquillada con delicadeza y distinción. Evans la llamó La parisien porque su aspecto era bello y moderno como el de una mujer de París de principios del siglo XX.

En el año 2013 fue publicado en la revista Nature Communications un estudio del ADN mitocondrial, es decir, heredado solo por vía materna, de los huesos de treinta y nueve individuos encontrados en una cueva en Creta, datados en la era anterior a la construcción de Cnosos. Los resultados revelaron que el hilo imaginario que une a los minoicos con las civilizaciones neolíticas va directamente a Europa, que las correspondencias apuntan a Iberia, Escandinavia y, aquí viene lo mejor, Francia. La broma de Evans era verdad y La parisien sofisticada y bella tenía parientes europeos.

Todos estos años esperando una respuesta y la teníamos delante, Ovidio lo escribió hace más de dos mil años. Zeus se enamoró de Europa, así que se transformó en un toro blanco y se puso a pacer al lado de donde ella cogía flores. Europa, que nunca había visto un animal tan bello y tan manso, se acercó para acariciarlo e incluso se montó sobre él. El toro Zeus salió corriendo con ella sobre el lomo, se adentró en el mar y se alejó nadando hasta llegar a Creta. El primer hijo de Zeus y Europa fue el rey Minos.

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Bibliografía:

Jeffery R. Hughey, Peristera Paschou, Petros Drineas, Donald Mastropaolo, Dimitra M. Lotakis, Patrick A. Navas, Manolis Michalodimitrakis, John A. Stamatoyannopoulos y George Stamatoyannopoulos (2013), «A European Population in Minoan Bronce Age Crete». Nature Communications. Article number, 1861.

Sosso Logiadou y Platonos (1982), Knossos. The Minoan Civilization. Atenas.

Bettany Hughes (2004), The Minoans. The Ancient World (TV series) UK.

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3 comentarios

  1. Un lector cualquiera

    Gracias, mil gracias por este artículo, me ha encantado. Y que razón tenían los antiguos griegos, todas las historias ya estaban contadas en su tiempo.

  2. ¿Y en todo esto, encaja de alguna manera el mito de los atlantes?

  3. Lectura estimulante. Ya toda una constelación de fantasias prenden vuelo. El bisonte de las cuevas de Altamira, generador del toro de Cnosos. Por qué no? Gracias por la lectura.

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