La revista porno más antigua de la historia

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Quisiera ser tu espejo para que me mirases siempre.
Quisiera ser tu ropa para que me vistieses siempre.
Quisiera ser el agua que lava tu cuerpo.
Quisiera ser el ungüento, oh mujer, con el que te untas,
y ser la cinta en torno a tus pechos, y ser las cuentas en torno a tu cuello.
Quisiera ser tus sandalias para estar donde tú pisas.
Oh mi hermosa, quisiera ser parte de tu vida, como una esposa.
Con tu mano en la mía, tu amor sería correspondido.

Fragmento de La canción de la flor, poema egipcio, circa 1500 a. C.

En 1824, el francés Jean-François Champollion, padre de la egiptología moderna, estaba preparado para publicar su obra magna, Resumen del sistema jeroglífico de los antiguos egipcios, en la que hacía una increíble revelación al mundo: sabía cómo descifrar aquella lengua escrita que había permanecido como un enigma, en apariencia irresoluble, durante siglos y siglos. Aunque su principal arma fue la famosa «piedra de Rosetta», que había estudiado desde 1808, terminó de asegurar la precisión de sus hallazgos gracias a ciento setenta papiros que Bernardino Drovetti, un inescrupuloso coleccionista italiano, se había traído del expoliado país de los faraones. Champollion se adentró con una reverencia religiosa en la sala de los papiros del Museo Egipcio de Turín, a la que definió con elevados términos: «el columbario de la historia. (…) Ningún capítulo de Aristóteles o Platón es tan elocuente como esa pila de papiros». En la crónica epistolar de su éxtasis empleó una cita del poeta romano Virgilio para expresar la honda emoción que le invadió ante la visión de aquellos antiquísimos documentos: Quis talia fando temperet a lacrimis?, «¿Quién podría contener las lágrimas?».

Hubo, sin embargo, un papiro que lo dejó estupefacto y consternado. Champollion concebía las representaciones artísticas egipcias como un modelo de elegancia y espiritualidad, desprovistas de la sensualidad desbocada de obras romanas y griegas que retrataban prácticas sexuales de toda suerte. El erotismo era un tema casi ausente del arte egipcio, cuya escasa imaginería sexual giraba en torno a los antiguos mitos sobre la creación, donde la eyaculación o el coito representaban el impulso vital que pone en marcha el mundo. En el panteón egipcio, la penetración podía representar también el dominio de un dios sobre otro, en especial cuando ambos eran varones: el dios Seth violó a su sobrino Horus para imponerse a él. En un enfrentamiento, el dios sodomizado sufre la humillación última y es forzado a reconocer su completa derrota. Incluso antes de traducir los jeroglíficos, resultaba evidente que el erotismo es una rareza en el arte egipcio. Es comprensible que el llamado «papiro erótico de Turín» (o, a veces, «papiro satírico») perturbase a Champollion, porque ponía en peligro su ideal de los egipcios como un pueblo solemne y mesurado: «Era una imagen de obscenidad monstruosa que me produjo una impresión realmente extraña sobre la sabiduría y la compostura de los egipcios».

Datado en torno al año 1200 antes de nuestra era, el papiro que tanto disgustó a Champollion consta de dos secciones, de las que muchos fragmentos se han perdido. La primera parte está repleta de imágenes de animales que realizan actos humanos, no a la manera de los dioses con cabeza de animal y otras criaturas mitológicas, sino con intención humorística; las bestias discuten entre sí, conducen carros, recogen fruta de los árboles o practican un juego de mesa que recuerda a una forma primitiva de ajedrez. En definitiva, estampas caricaturescas no muy distintas a las de nuestros dibujos animados. La segunda parte consta de una docena de viñetas en las que un hombre, provisto de un pene desproporcionado, mantiene relaciones sexuales con varias mujeres en diversas posturas, incluyendo el uso de objetos para la penetración vaginal.    

El propósito erótico de estas escenas es evidente y Champollion no podía encontrar la manera de interpretarlas como referencias mitológicas. Las mujeres dibujadas siguen el canon de belleza tradicional del antiguo Egipto, donde juventud y hermosura eran sinónimos; estas mujeres tienen cuello esbelto, son muy curvilíneas en los muslos, las nalgas y las caderas, pero tienen cintura estrecha. También son de piel broncínea, ni demasiado oscura ni demasiado clara. Aparecen rodeadas de simbología amorosa: flores de loto y campanilla, o un sistro, instrumento similar a una maraca hecha de piezas metálicas que, entre otras cosas, servía para invocar a Hathor, diosa del amor y de la danza. Así pues, no hay nada en estas figuras femeninas que rompa con el ideal de mujer que los egipcios plasmaron en casi todo su arte.

Los personajes masculinos del papiro, en cambio, sí rompen con todos los cánones. Están medio calvos, cuando entre los varones egipcios lo aceptable era raparse por completo la cabeza, aunque fuese para llevar una peluca. Aún peor, muestran la barba desarreglada; en la época de este papiro, el no afeitarse era signo de bajo estatus social. Aún podía considerarse aceptable, en determinados estratos, el lucir una barba muy bien cuidada y recortada según la tradición, aunque la moda predominante era la de estar bien afeitado; en pinturas de la época pueden verse escenas de barberos muy atareados, mientras una cola de clientes aguarda con paciencia su turno. Así pues, los varones del papiro erótico son seres ridículos, inadaptados. El enorme pene, que en otras circunstancias podría representar fertilidad, es un detalle de extravagancia deliberada, pues no teniendo una intención simbólica, es una exageración con propósito burlesco. Por el cuidado trazo del pergamino, se asume que estaba dirigido a consumidores de clase alta. Champollion pensó que se trataba de una obra clandestina y que la censura imperante entre los conservadores egipcios había impedido que este tipo de pornografía fuese común.

Esta combinación entre pornografía y comedia es algo que existe en nuestra propia cultura, pero que los egiptólogos del XIX jamás hubiesen atribuido a sus amados habitantes del antiguo Nilo. Quizá por eso alejaron el papiro de los focos, por vergüenza profesional y también por su incapacidad para ubicar semejante anomalía en los esquemas preestablecidos. Aún hoy, de hecho, es el único papiro erótico del que se tiene noticia, aunque sí han aparecido imágenes sexuales, si bien pocas, en algunas pinturas y objetos.

(Click en la imagen para ampliar). Fragmentos del papiro erótico de Turín expuestos en el Museo de Egipcio de Turín (DP).

El que Champollion descifrase la escritura jeroglífica permitió, irónicamente, que el análisis de los antiguos jeroglíficos revelase una sexualidad mucho más colorida de lo que podría haber imaginado su mirada decimonónica. La poesía egipcia ofrece un retrato muy vívido y colorista de su concepto del amor, teñido de un apasionado romanticismo y una fogosa idealización del otro que resultan muy familiares porque son, en esencia, idénticos a los de los poemas y canciones de nuestros días. En los poemas, que se han seguido descubriendo a lo largo del siglo XX y hasta en el XXI, es donde descubrimos que el papiro erótico no debió de ser clandestino, y ni siquiera algo mal visto por la sociedad egipcia. Aunque entre los egipcios había poetas etéreos, no eran pocos los que escribían de manera muy abierta sobre sexo, incluso en mitad de poesías en las que predomina un tono romántico. En La canción de la flor, poema que abre este artículo y que en su mayor parte es delicado y sutil, hay unas líneas donde el autor, con lo que suponemos se consideraba elegancia en su tiempo, describe cómo se masturba preparándose para la llegada de su amada:

Y te diría, bien erguido, de pie en la orilla:
Mira mi pez, amor, cómo yace en mi mano,
cómo mis dedos lo acarician y se deslizan por sus costados…
Y entonces diría, con mayor suavidad y con los ojos brillando cuando te miran:
Es un regalo, amor. No hace falta decir nada. Ven, acércate y mira,
esto soy yo.

En este tipo de poseía, como vemos, no siempre necesitaban convertir lo sexual en metáfora; cuando lo hacían era no por pudor, sino porque, como en cualquier otro tipo de literatura, las metáforas eran consideradas bellas. Frases como «Frotaría mi cuerpo con los vestidos viejos que ella tira» o «Él es el lobo del amor que devora mi cueva» eran muy frecuentes en los poemas. Este género romántico, por cierto, también recogía el punto de vista femenino, como en este fragmento donde hay alusiones sexuales explícitas, pero también un cofre, una de tantas metáforas que usaban para referirse a la vagina:

Si quieres acariciar mi muslo,
te ofreceré también mi seno, ¡no te rechazaré!
¿Te irías porque tienes hambre,
acaso eres un hombre tan centrado en tu barriga?
¿Te irías porque necesitas algo que vestir?
Tengo un cofre repleto de suave lino.
¿Te irías porque quieres algo para beber?
Aquí tienes, ¡toma mis pechos!
Están repletos y desbordantes, ¡y todo es para ti!

El antiguo Egipto era una sociedad conservadora para ciertas cosas; el matrimonio, por ejemplo, era una institución sagrada. Se deseaba, aunque no siempre se cumplía, que fuese para toda la vida. Aunque la ley no dijese nada al respecto, en ciertas comunidades la mujer adúltera podía ser castigada incluso con la pena de muerte. El varón que forzase a una mujer casada podía ser emasculado, cuando no ejecutado. Si el adulterio era de mutuo acuerdo, ambos podían ser castigados. Mientras el matrimonio estaba en efecto, la esposa debía someterse al marido, aunque tenía voz en los asuntos domésticos y la educación de los hijos; el hombre estaba obligado a mantener a la familia. Como existía el divorcio, que podía ser solicitado por cualquiera de los cónyuges sin demasiada justificación, hasta en los matrimonios concertados se esperaba que los cónyuges se amasen y respetasen; si eso no sucedía, preferían la separación.

No parece, sin embargo, que existieran normas rígidas para los solteros, salvo la de respetar los matrimonios ajenos. La virginidad no era un valor intrínseco, ni aun en las mujeres, que podían disfrutar de sus cuerpos antes de casarse sin que eso tuviera repercusión en su idoneidad como futura esposa. No les importaba el historial sexual. Los solteros, de manera pública, usaban anticonceptivos como condones de tela o pieles, y espermicidas como aceites, resina de acacia o extracto de semillas de granada. Se practicaban abortos, que no estaban mal vistos. La prostitución es poco mencionada, signo de que o era poco común o levantaba poco escándalo, o ambas cosas. El lesbianismo era tolerado; en un relato, una mujer es reprendida porque ha tenido un sueño lésbico, pero el motivo de vergüenza no es fantasear con otra mujer, sino con una mujer casada. Una escritora aclaraba que nunca había mantenido sexo con otra mujer «dentro del templo», dando a entender que sí lo había hecho fuera de él. La homosexualidad masculina también era tolerada, o al menos estaba bien visto el sujeto activo, porque ser el pasivo sí era motivo de cierta vergüenza. En cuanto al incesto, los egiptólogos llegaron a pensar que era algo habitual, pero se trató de una confusión debida al lenguaje que se usaba entre cónyuges y amantes, que se llamaban «hermano» y «hermana» como simple expresión de cariño y cercanía. Todos los egipcios sabían que algunos faraones se habían casado con sus hermanas, pero la gente común lo evitaba como un tabú. Como mucho, se celebraban bodas entre primos.

Para disgusto de Champollion, allá donde esté ahora, el papiro erótico de Turín no solo fue la primera revista pornográfica de la historia, sino también una representación fiel del desenfado con el que los egipcios veían todo lo relacionado con el sexo. Salvo el pecado capital de la infidelidad, casi todo estaba permitido. Las personas solteras podían mantener relaciones entre sí con total libertad. La manera en que experimentaban el enamoramiento o la pasión no era diferente a la nuestra, y en algunos aspectos hemos tardado siglos en llegar a un nivel de tolerancia sexual similar a la del antiguo Egipto. Como recomendaba el poema La canción del arpista, escrito hace más de cuatro mil años y grabado por varios egipcios en el interior de sus tumbas: «Disfruta del placer mientras estés vivo».

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2 comentarios

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  2. Con estas nuevas noticias, es de suponer entonces que Safo habrá tenido un antecedente, o talvez inspiración para escribir lo que escribió. Emociante lectura. Muchas gracias por ella.

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